EN Oración
Serie Acuerdo

Acuerdo: caminar con Dios bajo su voluntad y su dirección

Caminar de acuerdo con Dios es rendirle tu voluntad. Descubre cómo la ingratitud, la queja y la incredulidad estorban ese caminar, y qué piedra necesitas quitar hoy para creerle.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
49 min

Desde Génesis hasta Apocalipsis vemos a Dios invitando a sus hijos a caminar juntos con él, de acuerdo. Estar de acuerdo es caminar juntos bajo una misma dirección y una misma voluntad. Es ponernos de acuerdo con Dios y decirle: «Señor, yo no quiero mi voluntad, sino la tuya; no quiero mi dirección, sino la tuya». Así nuestro corazón se alinea con el corazón de Dios. Para eso necesitamos su Palabra, porque nos transforma, nos activa, nos enciende, nos redirecciona y nos da fuerza, vigor, vitalidad y claridad.

Dos que caminan juntos

El versículo base para hablar de este acuerdo está en el libro del profeta Amós:

Versículo clave

«¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?»

Amós 3:3

Muchas veces nos encontramos en situaciones y momentos de la vida en los que no estamos de acuerdo con Dios. Le decimos: «Señor, eso yo no lo quiero», aunque él sí lo quiera. Precisamente ahí tiene que prevalecer la obediencia.

A Jesús le pasó. En Getsemaní le dijo al Padre: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa». El Padre quería una cosa y Jesús quería otra. Pero a la tercera vez Jesús rindió su voluntad y se puso de acuerdo. Esa es la verdadera obediencia. Ponerse de acuerdo con los planes de Dios cuando nos parecen bien es fácil. La verdadera prueba llega cuando Dios nos pide algo que no queremos hacer. Aun entonces nos dice: «Necesito que seas obediente, que te pongas de acuerdo conmigo y que caminemos juntos».

Cuando Dios habló por medio del profeta Amós, estaba confrontando a Israel. Los israelitas tenían una relación privilegiada con Dios, una relación de intimidad, comunión y cercanía. Pero habían dejado de responder a ella y habían optado por su propia dirección y sus propios caminos. Su caminar no iba de acuerdo con la voluntad de Dios. Por eso cuesta tanto caminar de acuerdo con Dios cuando llevamos una dirección diferente a la suya.

Hay veces que queremos caminar de acuerdo con Dios, pero escuchamos otras voces, y no solo las escuchamos: las obedecemos. Es tiempo de ponernos de acuerdo con Dios, para que la única voz que sigamos y obedezcamos sea la suya: tiempo de responder a su invitación y recuperar la dirección. Dios nos está redireccionando porque va a acelerar procesos y respuestas.

Tres cosas que estorban nuestro acuerdo con Dios

Hay tres cosas sencillas y prácticas que impiden o estorban nuestro caminar de acuerdo con Dios: la ingratitud, la queja y la incredulidad.

La ingratitud: cuando dejamos de dar gracias

La primera es la ingratitud. La Palabra de Dios es muy clara: nos manda dar gracias en todo tiempo. En las buenas, en las malas y en las regulares. Dar gracias no es solo decir «Señor, gracias por lo bueno que has hecho en mi vida». Es no olvidar lo que Dios ha hecho. Hasta hoy Dios nos ha sostenido, ha sido fiel, ha enviado su palabra, nos ha consolado y nos ha levantado. Dios ha sido bueno.

Hay suficientes razones para dar gracias. Abriste los ojos, respiras y tienes vida: es un día más, no un día menos, y lo tienes por gracia y por favor. Si desayunaste hoy, puedes decir «Gracias, Señor», porque mucha gente quizá no tiene qué comer. Gracias por la familia y por la salud: gracias en todo tiempo. Estamos llamados a ser una iglesia agradecida en todo tiempo.

Pero la gratitud no mira solo a lo que Dios ha hecho; también mira a lo que hará. La gratitud se expresa mediante la fe. Por eso a algunas personas les cuesta dar gracias. Algo les pasó en el camino, perdieron la fe y ya no creen que Dios pueda traer algo diferente u obrar un milagro. Nosotros no solo vamos a agradecer lo que Dios ha hecho: vamos a creer lo que Dios hará.

Mirar al cielo antes de ver el milagro

Mateo 14 relata la multiplicación de los panes y los peces. Jesús tomó los panes y los peces, miró al cielo y dio gracias. Muchas veces no damos gracias porque miramos a todos lados menos al cielo. ¿Quieres dar gracias? Voltea a ver al cielo y di: «Señor, gracias por lo bueno, por tu gracia, tu favor y tu bondad». A veces miramos lo que no deberíamos mirar.

Los discípulos hicieron algo muy diferente. Se fijaron en que el lugar era desierto, en que ya era tarde y en que doscientos denarios no alcanzarían para alimentar a toda una multitud. Se pusieron a ver otras cosas en lugar de mirar al cielo. Jesús no: él miró al cielo y dio gracias.

Jesús todavía no había visto las doce cestas que sobraron. Es fácil dar gracias cuando Dios ya hizo el milagro, cuando ya cumplió su promesa o ya te abrió la puerta. El reto es dar gracias cuando todavía no has visto nada, pero sabes que por la fe Dios lo va a hacer. Jesús dio gracias porque, por la fe, vio una multitud satisfecha y doce cestas sobrantes. No necesitaba ver para dar gracias.

Si quieres caminar de acuerdo con Dios, empieza a dar gracias. Dile: «Señor, gracias por lo que vas a hacer en las próximas semanas y los próximos meses. Gracias desde ya por el milagro, porque te vas a manifestar, por la multiplicación y por las puertas que vas a abrir».

Cuando nos acostumbramos a las bendiciones

Otras veces dejamos de agradecer porque olvidamos las bendiciones que Dios nos regala cada día o porque nos acostumbramos a ellas. Es fácil apartar el plato que se nos sirve porque no es lo que imaginábamos, y salir a buscar otra cosa.

Pero lo que se menosprecia se pierde. Lo que Dios pone en la mesa es un regalo suyo, y despreciarlo es abrirle la puerta a que se pierda.

Cuando no somos agradecidos y menospreciamos un regalo de Dios, el enemigo puede llevarse lo que Dios ya nos dio.

Dios usó cuervos para alimentar a Elías. Y en la parábola del sembrador, parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la llevaron. Así sucede también con la Palabra: cuando no la recibimos con gratitud o nos conformamos, el enemigo nos la roba, y no recibimos la bendición.

Agradece por lo que tienes: «Padre, muchas gracias; está delicioso, Señor». Dios es creativo, tiene sentido del humor y habla a cada uno en su propio lenguaje para enseñarle a apreciar lo que da. La enseñanza es clara: no permitas que el menosprecio y la ingratitud dejen al enemigo robarse lo que Dios ya te dio.

Esaú, Adán y Eva: el peligro del menosprecio

La ingratitud vuelve ordinarias y comunes las bendiciones de Dios. Eso le pasó a Esaú: estaba cansado y, por el cansancio, vendió su primogenitura. Cuidado con cansarnos de las bendiciones que Dios nos da y de lo cotidiano que nos regala. Jesús usaba lo cotidiano para revelar lo eterno. Por eso hablaba de la semilla, los panes, la barca o las redes: quería enseñarnos que en lo cotidiano hay un principio eterno.

Por favor, no te acostumbres. No pienses: «Es domingo, siempre vengo a recibir». Mejor di: «Señor, muchas gracias porque vivo y respiro, porque me has dado vida y oportunidad, y porque puedo recibir tu palabra y ser transformado por ella. Gracias por tu Espíritu y por tu presencia».

¿Qué representaba la primogenitura que Esaú despreció? Una posición de honor y de honra, y una herencia especial: el primogénito recibía doble porción. Implicaba estar consagrado, es decir, dedicado a Dios. También llevaba la responsabilidad de transmitir la fe a las siguientes generaciones, que se confiaba al primogénito y no a los demás hijos. Hoy también estamos llamados a transmitir fe, gratitud y una buena actitud en Cristo Jesús. Pero Esaú pasó todo esto por alto: se cansó de tantas bendiciones y su corazón se llenó de menosprecio. Cuidado con el menosprecio, porque nos impide caminar de acuerdo con Dios.

Adán y Eva también se cansaron de tantas bendiciones. Tenían comunión directa con Dios y hablaban con él cara a cara. Dios les dijo que podían comer de todos los árboles, pero no se conformaron y quisieron justamente el que Dios les había prohibido, porque el menosprecio entró en su corazón. En cambio, si aprecias todo lo que Dios te da, es señal de que caminas de acuerdo con él. Prepárate, porque Dios quiere llevarte a una nueva etapa, a una tierra prometida.

La queja: una actitud que resiste la voluntad de Dios

Lo segundo que puede impedirnos caminar de acuerdo con Dios es la queja. Una madre tenía tres hijos que llegaron a ser millonarios antes de los cuarenta años. Cuando le preguntaron el secreto, respondió: «Desde los siete años les enseñé a mis hijos a no quejarse». Cuando nos llenamos de queja y olvidamos agradecer, se forma una mentalidad débil.

Esta madre les enseñaba a sus hijos a usar en buscar soluciones la energía que gastaban en quejarse. ¿Está lloviendo? Busca un paraguas. ¿Te va mal en el colegio? Busca a alguien que te pueda ayudar. ¿Ves una injusticia en tu vida? Cambia tu perspectiva, pero no te quedes ahí: busca una solución.

Muchas veces nos quejamos todo el tiempo. Éxodo 16 relata que toda la comunidad de Israel salió de Elim y llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinaí, el día quince del segundo mes, apenas un mes después de salir de Egipto. Allí, en el desierto, comenzó otra vez a reclamarles a Moisés y a Aarón. Les dijeron que habrían preferido que el Señor los matara en Egipto, donde al menos tenían suficiente comida, y no que los trajeran al desierto a morir de hambre.

El pueblo empezó quejándose y terminó murmurando: la murmuración llega después de la queja. En el desierto, Dios quería sacarles toda mentalidad de esclavo y llevarlos a una actitud de gratitud. Pero ellos se pusieron a quejarse en pleno desierto.

Si nos ponemos en las sandalias de los israelitas, recordemos todo lo que habían visto de Dios. Vieron las diez plagas en Egipto sin que ninguna los tocara, y vieron cómo Dios los guardó y los protegió. Vivieron la libertad que Dios les dio al sacarlos de Egipto. Vieron abrirse el mar Rojo y a Dios destruir a Faraón y a su ejército: su mano salió en su defensa. Vieron una nube que los protegía de día y una columna de fuego que los guiaba de noche. Vieron a Dios manifestarse todos los días, las veinticuatro horas. Aun así no les bastó: Egipto no había salido de su corazón, y su corazón necesitaba ser transformado.

De la misma manera, Dios ha llevado a su pueblo por un tiempo de purificación. Ha estado limpiando la mente, el corazón, las decisiones y los pies, porque quiere que caminemos de acuerdo con él. Para eso, la ingratitud y la queja tienen que salir del corazón.

La queja refleja el descontento del corazón: quien se queja todo el tiempo es porque no está contento. Además, la queja resiste la voluntad de Dios; cada vez que nos quejamos, nos resistimos a lo que él quiere. Y así como la ingratitud refleja incredulidad, la queja también. Quien siempre se queja es porque perdió la fe y ya no cree que Dios pueda hacer algo grande, mayor, nuevo y fresco. Pero Dios quiere que le creas por algo nuevo y fresco que tiene para ti. Olvídate de lo pasado: Dios tiene algo nuevo.

La queja nos pone un velo sobre los ojos para que no veamos las bendiciones ni lo bueno. Quien se queja vive enfocado en lo malo, en lo que no tiene, en lo que le falta, y eso nos aparta del camino que Dios tiene. Seguramente conoces a personas que siempre tienen una queja, les vaya bien, regular o mal. Aunque estén en el lugar más precioso, la queja sigue ahí. Es una actitud del corazón, y muchas veces una expresión de amargura.

¿Abeja o mosca?

Proverbios 24:13 dice: «Come, hijo mío, de la miel, porque es buena, Y el panal es dulce a tu paladar». Tenemos dos opciones: ser como una abeja o como una mosca. La abeja busca la miel a propósito, como la gente que busca lo bueno. Se le pincha la llanta y dice: «No importa, Dios me guardó de algún accidente». Quizá llega a la iglesia y nota que las luces o el sonido no están muy bien, que en la alabanza alguien se confundió o que la predicación no fue la mejor. Aun así reconoce que la presencia de Dios está ahí. Esas son las abejas: buscan la miel y miran lo bueno.

Las moscas, en cambio, buscan la basura, los desechos, la porquería. Dios te regala una amistad y tú solo te fijas en esto y en lo otro. Dios te abrió la puerta de un trabajo por el que oraste durante meses y solo dices: «Que mi jefe esto, que mi jefe lo otro, que los horarios, que el tráfico». Eso es actuar como mosca. También lo es quien dice «Te cuento un chisme, es para que oremos», cuando lo que menos quiere es orar. O quien, cuando has hecho bien las cosas, te dice «Te quiero decir algo en el Señor» y te suelta un golpe. Si no tienes nada bueno que decir, mejor no digas nada: guárdatelo y cierra la boca.

Pídele al Señor: «Guárdame de ser una mosca. Quiero ser una abeja. Que cada vez que abra la boca sea para bendición, para hablar de lo bueno, de lo que tú tienes y de lo que haces». Y rodéate de abejas, no de moscas. Hay personas, como una asistente que atraviesa momentos muy difíciles, que siempre sonríen y dicen: «Esto no salió, pero Dios va a hacer algo bueno». Busca a la gente que siempre busca lo bueno, no a la que busca el pelo en la sopa o el punto negro en la hoja. La queja te nubla y no te deja ver la bendición. Seamos como las abejas, que siempre buscan la miel.

La incredulidad: creer en Dios, pero no creerle a Dios

La tercera es la incredulidad. Para caminar de acuerdo con Dios necesitamos creerle. Una cosa es creer en Dios y otra muy distinta es creerle a Dios. Mucha gente sabe que Dios existe, pero no le cree cuando le dice: «Te voy a abrir una nueva puerta», «Voy a cambiar las cosas» o «Voy a intervenir». La incredulidad nos impide caminar de acuerdo con él. Empecemos a creerle a todo lo que Dios dice, hace y es.

Un niño fue con su madre a la tienda de la esquina. El dueño lo recibió con amabilidad y le dijo: «Agarra todos los dulces que puedas; te los voy a regalar». Pero el niño dio un paso atrás y no tomó nada. Entonces el dueño metió su propia mano por él, y el niño se fue contento. Al salir, su mamá le preguntó por qué no había metido la mano cuando el señor lo invitó. Él respondió: «Porque la mano de él es más grande que la mía».

Deja de meter tu mano, porque la mano de Dios es más grande y más poderosa. Puede hacer lo que tú no logras con todos tus dones, talentos y esfuerzos; puede más que la tuya. ¿Cuánto podemos abarcar con nuestra mano? Muy poco. Pero la mano de Dios es de autoridad, de amor y de poder, y no hay infierno, circunstancia ni puerta que se le interponga. Esa mano todo lo puede. Este es el tiempo de que la mano de Dios intervenga, y nosotros estaremos a su lado diciendo: «Señor, sé que tú lo puedes hacer. Nada es imposible para ti. Tú harás justicia y cambiarás los tiempos. Yo confío y creo en tu mano todopoderosa».

Marta, María y una sola instrucción

Cuando Lázaro había muerto, Jesús fue a resucitarlo, pero antes trató con el corazón de dos mujeres: Marta y María. Ante un mismo acontecimiento tuvieron dos reacciones y dos actitudes diferentes, y Jesús pudo con ambas. Marta tenía dudas y preguntas, como cuando nosotros le decimos a Dios: «Señor, explícame, porque no entiendo». Jesús no la rechazó: habló con ella. María llegó con todo su dolor a los pies de Jesús. No preguntó nada; solo derramó su dolor a sus pies y lo rindió ante él. Y Jesús atendió a ambas de la mejor manera.

Jesús no tiene problema en atender tus preguntas; quiere contestarlas y resolverlas. Tampoco tiene problema cuando llegamos con dolor a sus pies. Puedes caminar de acuerdo con Dios con todas tus preguntas y con todo tu dolor. No te preocupes: Dios traerá claridad. Pero hay algo con lo que Jesús no puede caminar. Lo vemos en el relato de Juan, frente al sepulcro de Lázaro:

Versículo clave

«Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?»

Juan 11:38–40

Jesús dio una sola instrucción, y Marta objetó que ya olería mal, porque llevaba cuatro días allí. Jesús ya había resuelto sus preguntas; ahora la invitaba a ponerse de acuerdo con él por la fe. Pero Marta se puso más de acuerdo con lo que sentía, con su dolor y con sus heridas. No te pongas de acuerdo con lo que sientes, con lo que perdiste o con lo que no tienes, ni con tus argumentos y conclusiones. Tampoco con tus normas ni con tus formas. Ponte de acuerdo con Cristo.

La instrucción era una sola: quitar la piedra. Jesús no la iba a quitar; les tocaba a ellos. ¿Quieres caminar de acuerdo con Dios? Quita las piedras: tus temores, tu incredulidad, tus heridas, tu desgaste, tu cansancio, tu frustración, aquello que no puedes y tus argumentos. Cuando Marta objetó que ya olía mal, Jesús no estaba negando la realidad; la estaba invitando a ponerse de acuerdo con él.

Ponte de acuerdo con Dios

Esta invitación es importante porque, si no nos ponemos de acuerdo con Dios, no podremos ver lo que tiene para nosotros. Así les pasó a los israelitas en el desierto: siempre había queja e ingratitud, no se pusieron de acuerdo con Dios en fe y no pudieron entrar a la tierra prometida. Dios tiene una tierra prometida para ti y te está invitando: «Ponte de acuerdo conmigo, camina conmigo, bajo mi voluntad y bajo mi dirección. Quita la piedra, quita tus temores, quita lo que te pasó. Lo único que te pido es que me creas: que yo puedo y que yo quiero».

Dios no va a quitar la piedra; nos toca a nosotros. Quita lo que te pasó y lo que te desgastó, tus temores, tus ansiedades y tus dudas, y decide hoy creerle a Dios. Jesús quiere hacer el milagro, quiere resucitar y quiere manifestar su poder. Tú quita la piedra y ponte de acuerdo con Dios.

Tal vez reconoces que has dejado de dar gracias, que tu corazón vive quejándose o que has dejado de creer. Quizá has actuado como una mosca en lugar de ser una abeja que mira lo bueno. Nadie está exento de que la queja o la ingratitud se instalen en el corazón. Si las hay en el tuyo, Dios no te acusa: quiere transformarte. Acércate a él y dile: «Señor, perdóname por las veces que me quejo, por no ver lo bueno y por enfocar mi vida en lo malo. Perdóname por menospreciar tantas bendiciones y por no verte en lo cotidiano». No te importe el qué dirán, porque el compromiso, el acuerdo, es con Dios.

No dejemos que el enemigo nos robe para después lamentarlo, como Esaú: lo procuró con lágrimas, pero ya era muy tarde para arrepentirse. Tuvo la oportunidad y la perdió. No pierdas la oportunidad que Dios te da: rectifiquemos y dejemos que Dios nos redireccione. Ver como dolor lo que Dios bendice, añade y hace es menospreciar sus regalos.

Hoy podemos rendir nuestra voluntad y nuestras direcciones, y someternos a las suyas. Sacamos nuestra mano —nuestra fuerza, nuestros dones, nuestros talentos— para que él meta la suya e intervenga. Su mano sigue extendida, invitándonos a caminar de acuerdo con él, y nadie puede guiarnos mejor. Por eso le damos gracias por su paciencia y porque va a acelerar.

Jesús dio el mayor ejemplo de este acuerdo hace más de dos mil años, en la cruz: se puso de acuerdo con el Padre y vino a salvar a la humanidad. No fue nada fácil: rindió su voluntad y su vida entera para darnos vida eterna. Hoy puedes decirle: «Señor Jesús, gracias por darme vida eterna, por morir en la cruz y por ponerte de acuerdo con el Padre para salvarme. Hoy te recibo como mi Señor y mi Salvador. Gobiérname, entra en mi corazón, direccióname. Quiero hacer tu voluntad».

Referencias bíblicas