Es tiempo de soltar las excusas y tomar el propósito. Somos muy valientes para hacer nuestra voluntad, pero Dios nos llama a ser valientes en lo que él tiene para nuestra vida, y a decirle al alma y a la carne: «No es lo que tú quieres, es lo que Dios quiere». Ser valiente no es gritar ni gritarle a tu esposa. Ser valiente es reconocer cuando te has equivocado y resolver las cosas a la manera de Dios. Dios nos llama a ser una iglesia valiente para hacer lo que él quiere.
Un Dios que nos lleva al otro lado
Juan 6:1-2 dice: «Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos». Jesús nunca se quedaba en el mismo lugar: siempre iba al otro lado. La palabra nos desafía a ir de gloria en gloria. A veces nos aferramos a una gloria y no queremos movernos, pero Dios nos dice: «Qué glorioso estuvo; ahora vamos por algo más glorioso para tu vida, tu familia y tus generaciones». Dios nunca se estanca; nosotros sí. Y fíjate en la razón por la que lo seguía la multitud: por los milagros.
Jesús subió a un monte y se sentó allí con sus discípulos, y estaba cerca la Pascua. Dios nos llama a subir, a un tiempo nuevo. Así como un día les dijo «pasemos al otro lado» y los subió en una barca, hoy nos invita a una nueva aventura con él. No será fácil: en aquella barca hubo una tormenta. Pero Dios nos desafía para llevarnos a un nuevo nivel. Lo que has vivido ha sido maravilloso, pero lo que viene es una nueva gloria. ¿Qué nos impide vivirla? ¿Es Dios, o son nuestras excusas?
Ser probados es un honor
En el versículo 5, cuando Jesús alzó los ojos y vio la gran multitud, le dijo a Felipe: «¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?». Pero esto decía para probarle, porque él sabía lo que había de hacer. Dios ya sabía que alimentaría a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños; se calcula que pudieron ser unas quince mil personas. Dios va mucho más allá de lo que pensamos: ya conoce el resultado y el final. Pero estaba probando a Felipe.
Ser probados es un honor. El enemigo no puede probarte; solo puede tentarte. Con Job, el enemigo dijo que si Dios le quitaba lo que tenía, dejaría de adorarlo, y Dios permitió que fuera probado; y Job no atribuyó a Dios despropósito alguno. El único que prueba es Dios. Y primero enseña, luego prueba. Los discípulos estaban a punto de vivir algo para lo cual ya habían sido enseñados. Esta enseñanza es mucho más profunda que dar de comer a una multitud.
Felipe respondió: «Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco». Eran unos ocho meses de salario, y no alcanzaba. Tenemos que romper la excusa que nos da el entendimiento, porque Dios no calcula como calcula el hombre. Dios nos dio el entendimiento, y hay cosas que aún tratamos de entender, como a nuestro cónyuge. Pero nunca uses el entendimiento contra aquel que te lo dio. Es como si Dios dijera: «Aunque no lo entiendas, soy el Dios que todo lo puede». Confiemos más allá del entendimiento, porque habrá días en que nos dará muchas excusas.
La excusa de lo poco
Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo: «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?». Tenemos que romper la excusa de lo poco. En el reino, todo comienza pequeño, como un grano de mostaza. Para ellos, lo poco era nada; para Jesús, era un nuevo inicio en la relación con el Dios sobrenatural, que hace posible lo imposible. Mi confianza es más profunda que los detalles, porque está en el Dios que no veo. ¿Confiamos en Dios cuando tenemos tan poco? Dios es proveedor.
Jesús tomó aquellos panes, pero quería enseñarles algo más: había que dejar las excusas y empezar a repartir. Mandó que la gente se recostara en grupos, y ese es un cuadro de la iglesia: muchos recostados y pocos sirviendo. Una gran multitud recostada, y solo doce repartiendo. Dios no busca una iglesia recostada, sino una iglesia que sirve, ora, intercede y clama. Hay excusas que nos han mantenido recostados mucho tiempo, y es tiempo de romperlas.
No podemos apoderarnos de Jesús
El versículo 14 dice que aquellos hombres, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: «Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo». Pero Jesús, entendiendo que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo. Nadie puede apoderarse de Dios. Querían convertir a Jesús en un medio para sus fines. Cuántas veces queremos lo mismo: «Jesús, dame casa, dame carro, dame esposo, dame todo». Queremos un Jesús a la carta, sin servir, pero recibiendo todo. Pero Jesús tiene visión: aunque había una gran multitud, quería formar discípulos, hijos que le sirvan no por obligación, sino por amor.
En el versículo 24, cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, entró en las barcas y fue a Capernaúm buscándolo. Estaban desesperados, pero por lo que Jesús podía darles. Dios es bueno: sana y da casas. Pero eso se llama añadidura. No convirtamos el fin en un medio. Todo lo que nos es añadido es un medio, porque ya obtuvimos el fin: a nuestro Señor Jesucristo, lo eterno. Cuando alguien nunca puede hablar de Dios, sino solo de lo que posee y de sus proyectos, eso revela cuál es su fin.
Cuando lo hallaron al otro lado del mar, le preguntaron cuándo había llegado. Y Jesús les dijo: «De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis». Querían una relación por interés. Podemos pedirle a Dios, y todos le hemos pedido su misericordia. Pero la verdad nos hace libres, y no somos libres en un solo día: conforme aprendemos la verdad, sale la mentira que creíamos verdad, y Jesús nos va liberando y dándonos una perspectiva eterna.
Versículo clave
«Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece.»
Juan 6:27
Jesús dijo: «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre». No resistamos su llamado con excusas que no son bíblicas, con teorías del alma y del corazón recostado en sus comodidades. La iglesia no es el edificio; somos nosotros. Qué triste sería que la razón de congregarnos fuera un edificio cómodo. No hagamos de la iglesia algo tan temporal que creamos que la recompensa de servir es una canasta llena, y queramos apoderarnos de Jesús.
Tenemos las mejores historias, y por eso deben contarse con excelencia. Durante mucho tiempo se contaron de la peor manera. Tenemos al mejor autor, al mejor director y al que hace los milagros. Servir en la casa de Dios es un honor, desde las tareas más sencillas. Cada servidor que se prepara con excelencia lo hace por honra a Dios. Y quienes han estado recostados pueden ponerse de pie, romper las estructuras que tienen y servir al Señor.
El verdadero pan del cielo
Le dijeron que sus padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Pan del cielo les dio a comer». Y Jesús respondió: «De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo». Le dijeron: «Señor, danos siempre este pan». No habían entendido: no era el pan que comieron ese día; él es el verdadero pan. Este mundo te quiere vender la idea de que el éxito da vida, pero el día que llegues a lo que creías éxito puedes sentirte el hombre más triste, si esperabas de él lo que solo puede darte el que te creó y te dio los dones.
Hemos construido nuestras prioridades sobre bendiciones y comodidades, y tenemos un evangelio con nosotros en el centro, donde Dios es un colaborador: «Dios, necesito esto», y si no lo da, nos molestamos. Pero el orden es otro: Dios en el centro, Dios soberano, y nosotros cooperando con él.
Recogieron doce cestas de lo que sobró: terminaron con más de lo que empezaron, y se multiplicó en las manos de quienes repartían. Dios nos dio la capacidad de multiplicar en los negocios y en muchas cosas, pero se puede multiplicar sin disfrutarlo. Primero tiene que pasar por las manos de Jesús. Hay gente con mucha multiplicación, pero sin la bendición que viene cuando todo se pone en sus manos y se reconoce que todo viene de Dios. Tenemos que salir del centro del evangelio para que Jesús sea el centro. A Pedro se le rompían las redes en la pesca milagrosa, pero Jesús le dijo: «Sígueme», y él lo dejó todo. Las bendiciones te van a sorprender, pero no te van a llenar; solo Jesús, el que te bendijo, llena tu vida.
Juan 6:58 dice: «Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente». Cada discípulo terminó con una cesta. Pero el mensaje más poderoso no era lo que quedó en la cesta, sino ver al Dios de los milagros. El milagro tiene que ver con la eternidad. Quizá viniste por algo temporal, y Dios te escucha; pero hay algo más valioso: lo eterno del pan de vida, que es Jesús. Un problema financiero o una empresa que se destruye es temporal, pero el carácter que Dios forma en ti es eterno.
¿A quién iremos?
Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: «Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?». Jesús les respondió: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida». Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él. Y Jesús dijo a los doce: «¿Queréis acaso iros también vosotros?». Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».
Versículo clave
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.»
Juan 6:68
Todo el capítulo 6 no se trata solo de alimentar a cinco mil ni de un milagro o una sanidad. Eso nos trae a Jesús, pero aunque hoy seas sanado, un día morirás igual. Se trata de anhelar lo eterno. Si hacemos una iglesia basada en lo temporal, con un Dios a la carta, seremos una iglesia recostada. Venimos a adorar al pan de vida, que sostiene nuestra vida y estará con nosotros por siempre. En el valle de sombra de muerte, solo hay uno que estará contigo, y entonces entenderás que este pasaje era más que un milagro: el pan de vida sigue contigo en el momento más oscuro y no te suelta.
Abrazar las promesas de Dios no significa que no habrá decepción, lamento ni llanto cuando lo que vives va en dirección contraria. Muchos discípulos dejaron al mejor líder de la historia porque su palabra les pareció dura. Esperaban que les sirviera pan todos los días, o que derrocara al Imperio romano y se sentara en un trono. Si eso esperas, sus palabras te parecerán duras. Pero él vino a hablar de la eternidad, de lo que nunca te será quitado. Y como añadidura, Dios da lo que ni siquiera imaginaste, para que no construyas tu reino, sino el suyo.
Hay decisiones de obediencia a Dios que parecen inexplicables para quien vive en la carne; no se pueden explicar las cosas del espíritu a quien no las conoce. ¿Por qué exigimos tantos detalles? Si tienes una confianza profunda, necesitas menos detalles. En una relación donde la confianza se rompió, hay que restaurarla; pero si alguien necesita saber cada media hora dónde está su cónyuge, es porque no confía. Cuando confías, obedeces. Y cuando hay agradecimiento, la gente da sin que nadie la manipule, porque sabe que no fue por sus dones y talentos, sino por Dios. En una iglesia sana no hay que manipular a nadie. Dios añade, pero esa no es la razón por la que venimos a adorar.
Imagina a doce sirviendo a quince mil personas: cómo terminarían ese día. Hoy tenemos muchas excusas: el tráfico, el estacionamiento. Ellos caminaban días para escuchar la palabra. Y a los padres: disfruten cada etapa de sus hijos, que un día anhelaron, en lugar de vivir quejándose de los desvelos. Da gracias a Dios. Qué bueno cuando alguien sale de su pequeño reino personal y quiere sembrar en lo que Dios está haciendo. Jesús no es un medio para nuestros fines: él es el fin. Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
La cosecha está lista
En muchos lugares se dice que el territorio es duro y que la gente no recibe a Cristo. Es cierto que el enemigo pelea por territorios y almas, pero esos son detalles y razones del entendimiento. Es mejor ser bíblicos. Jesús dijo: «Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega», y que la mies es mucha, pero los obreros pocos. Un creyente con pasión puede hablarle del amor de Jesús a un desconocido que dice odiar la religión, y al final del trayecto ese hombre puede recibir a Cristo. La cosecha está; lo que nos falta es pasión. Nos convertimos en religiosos que solo quieren recibir y no comparten. Comparte a Jesús con todos los que puedas. Es tiempo de levantarse, romper las excusas y empezar a repartir el pan de vida.
Podemos orar: «Señor, que seamos una iglesia que no quiere apoderarse de ti, sino adorarte. Que no nos aferremos al pan de la cesta. Sé que quieres cubrir nuestras necesidades y aún más, pero perdóname si mi visión se ha nublado por lo temporal y he perdido la perspectiva eterna. Tú eres lo que nunca me será quitado. Somos como una lámpara, y no se pone debajo de la mesa; perdónanos por escondernos para alumbrar solo nuestras bendiciones. Este mundo tiene hambre de un pan que no ha probado, y ese pan eres tú. Perdóname porque a veces he querido la salvación, pero no seguirte. Quiero recibirte y seguirte. No quiero volver atrás».
No te quedes solo con los milagros: quédate con el Dios de los milagros. Hoy puedes tomar tu cruz, dejar de estar recostado y ser de los que reparten a Jesús. Puedes orar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y, como dice tu palabra, te confieso como mi Señor y mi Salvador. Estoy listo para seguirte».


