EN Oración
Serie Gracia

Posicionados en su gracia: confiar, volver a creer y dejarse transformar

La gracia de Dios no depende de una fe siempre firme ni de nuestras obras: sostiene, levanta y abre la posibilidad de volver a creer. Mientras esperas las promesas, Dios trabaja en tu naturaleza y te invita a vivir con gratitud, confianza y disposición para servir.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
41 min

Acercarse al trono de la gracia reclama una respuesta. Posicionarte en la gracia es decidir dónde afirmarte cuando las circunstancias cambian, cuando la fe flaquea o cuando el pasado pesa. La gracia es para la vida presente y para la eternidad, y nada de lo que el mundo ofrece como plenitud se le puede comparar.

Dios ofrece su gracia y respeta tu voluntad: no obliga a nadie a ser su hijo ni a recibir lo que ofrece. Puedes responder, acercarte y tomar una decisión. No esperes pasivamente: actúa en lo que te corresponde, porque Dios no hará por ti lo que te toca hacer.

Lo bueno viene de Dios, que no cambia

Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden del Padre de las luces, en quien no hay mudanza. Las personas sí cambiamos: hoy estamos contentos y mañana enojados; perdonamos y luego volvemos a guardar resentimiento; dejamos que el corazón se oscurezca con pensamientos de odio o falta de perdón. Frente a esa inconstancia, la misericordia de Dios es firme y está disponible.

Versículo clave

«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.»

Santiago 1:17

La gracia no se limita a una ocasión favorable: está extendida para quien se acerca, incluso después de haber fallado. Dios no cambia mientras nosotros atravesamos cambios de ánimo, dificultades y decisiones. Por eso puedes volver a él sin fingir que nunca te equivocaste y sin hacer de la culpa el lugar donde te quedas para siempre.

Dios nos hizo nacer por la palabra de verdad. La mentira reduce la vida a sobrevivir; la verdad confronta y libera. A veces descubres que vives de una manera contraria a lo que enseña la palabra. Esa confrontación no tiene que llevarte a esconderte: puede impulsarte a volver a la verdad y encontrar libertad.

La verdad y la gracia abren espacio para volver a creer

La palabra incomoda porque revela lo que necesita cambiar. Pero esa incomodidad no es rechazo, sino oportunidad de libertad. Regresar a la verdad te permite descubrir de nuevo la gracia: no importa cuánto hayas fallado, todavía puedes disponerte a un comienzo distinto y a una vida que dé fruto.

Somos primicias de sus criaturas, valiosos para Dios. Él formó al ser humano, aunque nosotros solemos mirarnos a través de los defectos y de los ojos naturales. Quien está molesto contigo quizá no vea tu valor, pero mirar a los demás a través de Jesús cambia esa perspectiva: la sangre de Cristo limpia y da una nueva oportunidad.

Reconocer el valor de cada persona no es ignorar sus errores, sino no reducirla a ellos. La gracia te permite mirar con esperanza y recordar que la vida puede ser restaurada. Posicionado en la verdad y en la gracia, puedes ejercer fe aun cuando reconozcas que tu confianza no siempre es fuerte.

Cuando la fe falla, la gracia sostiene

A todos nos puede faltar la fe. No hace falta fingir fortaleza. La promesa viene por la fe, pero la gracia garantiza que una caída no sea el final. Puedes volver a creer, no por tus méritos, sino porque Dios te ofrece su ayuda y te abre la oportunidad de levantarte.

En un momento muy difícil, uno puede llegar a decir: «he caído de la fe». Pedro caminó sobre el agua y comenzó a hundirse, y no se sostuvo por su propio poder: Jesús lo levantó. Cuando tu fe flaquea, la gracia te sostiene y te permite comenzar de nuevo.

Versículo clave

«Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros»

Romanos 4:16

Esa garantía no es temporal ni depende de que nunca tropieces: es eterna. Por eso, si caíste, puedes acudir a Dios, reconocer que no creíste como querías y volver a ejercer fe. La gracia no se basa en tus buenas o malas obras, sino en la posibilidad de acercarte otra vez a Dios.

No toda expectativa es fe. A veces llamamos fe a la ansiedad por obtener algo, y la urgencia por alcanzarlo nos roba la paz. Si conseguimos desde el afán lo que perseguíamos, quizá no podamos disfrutarlo, porque habíamos puesto en ese resultado la plenitud que solo Dios puede dar. La fe puede convivir con la gratitud por lo que ya tienes.

No vivas desesperado por alcanzar algo como si eso fuera a llenar toda tu vida. Dios puede sorprenderte con algo mejor para tu vida y tu familia. Puedes creer por algo mayor y, al mismo tiempo, agradecer el presente.

Gratitud mientras esperamos

La diferencia entre afán y fe se reconoce por la paz. El afán te mantiene desesperado por algo que aún no tienes y puede impedirte disfrutarlo incluso cuando llega. La fe no elimina el deseo ni te prohíbe pedir; te permite esperar sin entregar toda tu plenitud a un resultado futuro. La gracia de Dios te permite vivir hoy con gratitud mientras sigues creyendo por lo que todavía no ves.

Llama las cosas que no son como si fuesen, no por talento ni autosuficiencia, sino porque crees en el Dios que da vida a los muertos. Lo que Dios le dijo a Abraham quedó escrito, y hoy podemos apropiarnos de promesas ya expresadas, sin inventar otras. La fe descansa en lo escrito y en el Dios que hace posible lo que parece imposible.

Dios da vida a los muertos también en las áreas que parecen apagadas: los pensamientos, el corazón y las decisiones afectadas por errores. Deja que la palabra de Dios vuelva a dar vida a lo que está muerto en ti. No vivas toda una vida sin esperanza en esas áreas: la gracia quiere aliviar ese peso.

La promesa también obra en quien espera

Recibir gracia requiere humildad: reconocer que somos defectuosos y que todavía necesitamos crecer. Nadie está en un nivel aparte; todos necesitamos la gracia y podemos crecer al aprovecharla. Abraham creyó en esperanza contra esperanza, aunque todavía no veía cumplida la promesa. Permanece en pie aun cuando la realidad parezca desmentir lo que esperas.

La espera entre la promesa y el cumplimiento tiene propósito. José recibió sueños, pero tuvo que pasar por la cisterna antes de llegar al gobierno. La cisterna no era el cumplimiento, sino parte del proceso en el que Dios formaba su naturaleza en él. El valor de la promesa no está solo en llegar a la meta, sino en quién te vuelves mientras caminas hacia ella.

En los momentos difíciles, cambia la pregunta. En lugar de medirlo todo por el resultado inmediato, pide que Dios forme en ti amor, paz y perdón. Cuando cambia tu interior, también cambian tus deseos: lo que antes te atraía puede dejar de hacerlo si te aleja de la naturaleza que Dios está formando.

Confía en el tiempo de Dios y ábrete a lo que él quiere hacer, no solo a lo que tú quieres hacer. Algunas promesas todavía no se ven, pero la espera no significa que Dios haya fallado. Sigue posicionado en la gracia: Dios está en control, y el proceso también tiene valor.

Servir por amor, no por obligación

Servir es una decisión personal que nace de la gracia. No hay que rogarle a nadie para que sirva: hay que enseñar, motivar y mostrar el poder del servicio, no obligar. Quien quiere servir puede hacerlo, y quien no quiere tiene libertad para decidir.

Servir no es hacerle un favor a Dios ni una forma de ganarse su aceptación. Es una oportunidad recibida por gracia: si la salvación es inmerecida, servir a un Dios tan grande es un honor. Jesús le dijo a Pedro: «Sígueme». Seguirlo puede implicar sacrificio, pero es un honor.

El evangelio no pone a la persona en el centro para que Dios le entregue todo lo que desea: Jesús está en el centro. En lugar de pedir sin fin, coopera con Dios y deja que él forme tu naturaleza. Ninguna iglesia está libre de defectos, pero su visión puede ser gloriosa cuando Dios está presente.

Esforzarse y confiar más

Confiar no cancela el esfuerzo. Puedes trabajar con dedicación en tu empresa, en tus estudios o en cualquier tarea y, a la vez, reconocer que cada respiro y cada oportunidad vienen de la gracia. No se trata solo de esforzarte más, sino de confiar más que en tus propias fuerzas. El esfuerzo sin confianza te hace creer que todo depende de ti.

Al organizar un gran evento hay que hacer todo lo que esté al alcance, pero el resultado no se produce solo con fuerzas humanas. Puedes comprar una casa, pero un hogar necesita la gracia de Dios. Hacer lo que te corresponde y depender de Dios no son caminos opuestos.

Si sientes que no mereces acercarte, recuerda la cruz. La gracia perdona y te permite levantarte; no niega tu responsabilidad, pero no te condena a seguir culpándote. Dios confronta con su palabra para traer libertad y restauración, no para dejarte atado a tu error.

¿Dónde estás posicionado: en la culpa, en la angustia, en lo que estás viviendo o en un pasado que no puedes soltar? Muévete hacia la gracia. Ese cambio de posición te prepara para ejercer fe por lo que viene, sin negar lo que atraviesas.

Acercarse, adorar y volver a Dios

Quizá ves a otros adorar, pero aún no has tenido ese encuentro. Pídelo y dispón tu vida: fuimos creados para adorar. Quien entra por primera vez a una iglesia puede no entender por qué la gente adora así y hasta reírse, hasta que tiene un encuentro personal con Dios que nunca olvidará.

Adorar a Dios no es algo extraño: adoramos a quien sostiene el universo y es más real que cualquier otra cosa. Reconoce las promesas ya escritas y espera obras maravillosas. La gratitud y la adoración acompañan tu confianza durante el proceso, aun antes de ver lo que esperas.

Jesús se sacrificó en la cruz por ti. Si todavía no lo has recibido o quieres retomar tu camino con Dios, pide perdón por tus pecados y recíbelo como tu Señor y Salvador. Posiciónate en la gracia: acércate, confía en la fidelidad de Dios, vuelve a creer y responde a su invitación.

Referencias bíblicas