Hay una puerta que no puedes cerrar: la puerta de la esperanza. Dile a quien tienes al lado: «No cierres esa puerta». Mantenerla abierta depende de ti, y por ella Dios trae respuestas y promesas que te conducen hacia el destino que preparó para ti. Si pierdes la esperanza, lo pierdes todo.
La esperanza es creer que mañana será mejor que hoy. Vivir con esa convicción te permite mantenerte firme en Dios cuando llegan pruebas y dificultades, aferrado a la palabra que recibiste. Abraham creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho.
Versículo clave
«Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia.»
Romanos 4:18
Abraham: creer contra lo que se ve
Dios le prometió a Abraham una descendencia incontable, como las estrellas del cielo y la arena del mar. Pasaron unos veinticinco años hasta que nació Isaac, el hijo esperado. Abraham tenía casi cien años, y Sara era estéril: era humanamente imposible. «Esperanza contra esperanza» es aferrarte a lo que Dios dijo aunque lo que ves parezca contradecirlo.
Abraham no se debilitó en la fe, ni dudó por incredulidad de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. No te des por vencido: aférrate a Dios y cree que es poderoso para cumplir lo que dijo. Lo que parecía imposible para los hombres no lo era para Dios.
Nació Isaac, y comenzó una descendencia que llegaría hasta Jesús. Ahora te toca a ti aferrarte a la esperanza que Dios te dio. Tu espera quizá no tenga el mismo calendario que la de Abraham, pero sostén tu confianza en Dios ante lo que todavía no ves.
¿En qué o en quién estás poniendo tu esperanza? ¿En una relación, en una persona, en la aprobación de alguien, en el saldo de tu cuenta bancaria, en un diagnóstico o en el conocimiento de un médico? Son cosas terrenales y temporales, aunque a veces las tratemos como si fueran nuestra esperanza definitiva.
Durante la espera de Abraham tuvieron que morir ciertas seguridades humanas. La desesperación lleva a tomar decisiones fuera del plan de Dios: Sara le dio su sierva a Abraham para que tuviera un hijo, y nació Ismael, fuera del tiempo y de la voluntad de Dios.
No juzgues a Abraham desde lejos: también tú te has desesperado y has pensado que Dios no está contigo cuando nada parece ocurrir. Guarda esto en tu corazón: lo que Dios ha dicho debe importarte más que lo que sucede o deja de suceder a tu alrededor. Dirígete a Dios y aférrate a su palabra, aunque la espera sea larga.
Si no reconoces esa prioridad, buscarás escapes y alternativas temporales para llenar tus necesidades presentes. Poner tu esperanza en algo que no sea Dios termina en frustración cuando eso falla. Con Dios puedes mantenerte firme aunque las cosas no ocurran como esperabas, confiando en que hay un tiempo y una voluntad de Dios. No niegues la dificultad: persevera y sigue caminando.
Las tormentas, las pérdidas, la enfermedad, la necesidad, la tribulación y las batallas son oportunidades para conocer a Dios de maneras que de otro modo no conocerías: el Dios que restituye, sana, provee, restaura y da paz; el Dios de la victoria. El dolor sigue siendo dolor, pero las circunstancias difíciles no tienen que sacarte del propósito. Pueden llevarte a examinar dónde estás parado y en quién has depositado tu confianza.
La distracción emocional y el discernimiento
Una emoción sin control puede distraerte y debilitar tu esperanza en la palabra o la dirección que recibiste. Puedes comenzar el día con ánimo, leer la Palabra, orar y salir cantándole a Dios; pero basta que alguien se te atraviese en el tráfico para encender tu enojo. Llegas a tu trabajo enojado, rindes menos y te desquitas con quien no tiene la culpa. Una distracción emocional puede cambiar el rumbo de tu día.
Una pequeña discusión con tu cónyuge, una conversación, una decisión, un permiso que te concedes: las distracciones emocionales te hacen perder de vista las promesas y el propósito. Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, mientras él despedía a la multitud. Luego subió al monte a orar aparte. La barca estaba en medio del mar, azotada por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: «¡Un fantasma!».
Habían estado cerca de Jesús, habían visto sus obras, venían de ver alimentar a cinco mil personas; y aun así, el terror de aquella situación les nubló el discernimiento y no reconocieron a Jesús. Tus emociones pueden oscurecer tu percepción de quién es Jesús y de las promesas que recibiste.
Jesús los envió a la barca. Estar en una tormenta no demuestra que la situación esté fuera de Dios. No todo lo que viene de Dios se siente en paz: los discípulos atravesaron una situación peligrosa después de que Jesús los enviara. El miedo puede llevarte a etiquetar como malo un proceso en el que Jesús está presente. Cuida tu discernimiento y no tomes la emoción del momento como única medida.
Lo mismo vale para las relaciones, las conversaciones, las decisiones y los consejos que eliges desde la herida, la frustración o el miedo. Las emociones no son malas: Dios te las dio como indicadores. Pero lleva tus cargas a Jesús: los traumas, la tristeza, la infidelidad. No dejes que la distracción te desarraigue de un proceso que es parte de tu camino con Dios.
Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: «¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!». Quizá te sientes en aquella barca. Si Dios te dijo que pasarías por un tiempo de estiramiento y dolor, también te dijo que estaría contigo. Aférrate a la esperanza.
Versículo clave
«Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!»
Mateo 14:27
No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida. Cuando tú no puedes, entran la mano, la sabiduría y la presencia de Dios para levantarte. No permitas que nada te robe el discernimiento acerca de Jesús.
Imagina a Jesús en el monte, orando por sus discípulos para que su fe no se debilitara y permanecieran firmes. «Yo soy». Cuando Moisés preguntó quién lo enviaba, Dios le dijo: «YO SOY EL QUE SOY». Dios es todo lo que necesitas que él sea: tu consuelo, tu Padre, tu paz, tu amigo.
Las puertas pequeñas y la fidelidad de David
Muchos quieren pasar directamente a la puerta grande de la bendición o de la promesa, pero Dios te conduce primero por puertas pequeñas: pruebas que forman tu carácter. Si las menosprecias, quizá no estés preparado para cargar lo que esperas al otro lado. La bendición no es solo llegar a una puerta mayor, sino lo que Dios forma en ti en las pequeñas.
David fue ungido rey, pero pasaron muchos años antes de que ocupara el trono. Samuel le preguntó a Isaí: «¿Son estos todos tus hijos?». Isaí respondió: «Queda aún el menor, que apacienta las ovejas». Y Samuel dijo: «Envía por él». Los demás hijos estaban presentes; David, cuidando las ovejas. Jehová no mira lo que mira el hombre, sino el corazón.
David era fiel en esa tarea. Cuando un león o un oso se llevaba una oveja, iba tras él y la rescataba. ¿Quién arriesgaría su vida por una oveja que ni siquiera era suya? La fidelidad en una responsabilidad que parecía pequeña preparó el testimonio que David presentaría ante Saúl.
Saúl le dijo a David: «No podrás tú ir contra aquel filisteo, porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud». David respondió: «Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca». Esa fidelidad fue la puerta hacia Goliat. Si David hubiera descuidado su tarea por considerarla insignificante, no habría tenido ese testimonio.
Dios liga su nombre al de quienes permanecen fieles en las puertas pequeñas. No es un evangelio color de rosa, ni una promesa de que todo saldrá bien: perseveras porque Dios es fiel y no abandona. Pide la compañía del Espíritu Santo y no desprecies los procesos pequeños o difíciles.
Perseverar cuando llega el silencio
Quien no discierne quién es Jesús ni lo que ha dicho puede tirar la toalla o regresar por el camino que tanto le costó recorrer. Pero hay quien pone su esperanza no en una cosa, sino en Jesús. Dios te forma en esos momentos, y las oportunidades más importantes no siempre son las más obvias.
Una mujer cananea clamó a Jesús: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio». Pero Jesús no le respondió palabra. Los discípulos le pidieron: «Despídela, pues da voces tras nosotros». Él respondió: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: «¡Señor, socórreme!». El silencio, la petición de los discípulos y la respuesta de Jesús fueron momentos de prueba.
El silencio de Dios duele cuando llegas con fe y no recibes respuesta inmediata. Precisamente en el silencio y en la dificultad se vuelven necesarias la fe, la confianza y la esperanza. El silencio de Dios no es su ausencia. Aunque lleves un año o diez esperando, persevera, aférrate a la palabra que recibiste y confía en que tu fe se fortalece en la espera.
Cuando Jesús calla, puede ser una oportunidad para acercarte más, hasta estar lo bastante cerca para oír un susurro. La mujer se acercó, se postró y volvió a pedir ayuda. Lo que parece rechazo no debe alejarte de Jesús, sino llevarte a sus pies.
Algunas puertas cerradas se sienten como decepción. Habrá momentos en que parecerá que Dios te olvidó o te rechazó, pero no te des la vuelta ni abandones la búsqueda. El dolor y la decepción pueden empujarte a volver a la presencia de Jesús. Quizá no tengas una explicación inmediata, pero sigue creyendo y postrándote, aun cuando nadie te mire.
Jacob luchó toda la noche y, herido, dijo: «No te dejaré, si no me bendices». El pueblo de Israel rodeó Jericó día tras día, en silencio, sin ver caer un solo ladrillo, hasta el séptimo día. Persiste.
Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Jesús como paloma, el Espíritu lo llevó al desierto, donde enfrentó tentaciones, dificultades y presiones. Necesitas la esperanza y la presencia del Espíritu Santo para atravesar lo difícil. Jesús prometió el Consolador, que estaría con nosotros para siempre: no pases por alto su compañía.
Volver a la esperanza
Acércate a Dios con tus cargas; puedes llorar y mostrarte tal como estás. El Espíritu Santo está contigo; no estás solo. Dios es «Yo soy»: nuevas fuerzas, sabiduría, ayuda para tu matrimonio, provisión ante la escasez, presencia constante. Los procesos no se tratan solo de lo que Dios te dará, sino de tu relación con él. Él es el capitán que te conduce a tierra firme.
Si sientes que cerraste la puerta de la esperanza o estás a punto de rendirte en tu matrimonio, tu trabajo, tu vida o los planes que creías haber recibido de Dios, recibe fortaleza, amor, presencia y nuevas fuerzas. Levántate, persevera y empuja: Dios va delante de ti abriendo camino. Que no te debilites en la fe, sino que te fortalezcas en Dios, como Abraham.
Recibe a Jesús, fuente de vida y compañía en los buenos y en los malos momentos. Si no tienes una relación íntima con él, o si te has alejado, dale gracias, arrepiéntete y recíbelo como tu único Señor y Salvador. Vuelve a Dios y mantén abierta la puerta de la esperanza.
Referencias bíblicas
- Romanos 4:18-21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 14:22-33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 16:11-13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 17:33-37 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 15:21-28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 32:24-30 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 10:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 4:18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 14:27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


