EN Oración
Serie Puertas

La puerta está abierta: confiar en la justicia de Dios y no en la nuestra

La puerta de la justicia de Dios está abierta, pero tienes que entrar. Jesús es la puerta. Ante la injusticia, muchas veces buscas venganza, que deja vacío; la justicia de Dios sacia. Vístete de justicia como Job, decide con rectitud en medio del dolor, clama en lugar de quejarte, y no dejes que la injusticia te convierta en el próximo injusto.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
1 h 07 min

Dios te dice que la puerta está abierta. Pero una cosa es que esté abierta y otra que entres. No se trata de una emoción pasajera: Dios ve lo que hay en tu corazón y quiere darte la oportunidad de cambiarlo. La puerta no está cerrada; muchas veces simplemente no has entrado.

La puerta de la justicia es Jesús

«Abridme las puertas de la justicia; entraré por ellas, alabaré a Jehová. Esta es puerta de Jehová; por ella entrarán los justos».

Versículo clave

«Abridme las puertas de la justicia; Entraré por ellas, alabaré a JAH.»

Salmos 118:19

A veces piensas que no puedes entrar porque no eres justo, y es cierto: estabas muerto en tus delitos y pecados, y ninguna obra te hace justo para salvación. Pero Jesús dijo: «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo». Su sangre tuvo el propósito de hacerte justo delante del Padre. Imagina un juicio en el que el acusador enumera todo lo que hiciste, y tu abogado, Cristo, responde: «Es cierto, pero yo di mi vida por él; por mi sangre lo declaro justo». La puerta no es para los perfectos, sino para los justificados por Cristo.

Justicia o venganza

No confíes en tu justicia; confía en la de Dios. Casi siempre tu idea de justicia nace de algo injusto que te hicieron, y muchas veces lo que buscas en realidad es venganza. Llamas justicia a un sentimiento de dolor: «Ya verás cuando Dios te castigue». Pero la venganza nunca sacia: aunque parezca que ganas, te deja un sabor amargo y un vacío. El herido tiende a herir.

Te volverán a herir; pero si maduras, tu reacción será distinta. No irás a aplicar tu justicia, sino que irás delante del Dios justo. Y nunca desees que la mano de Dios se levante contra quien te hizo daño: pide que se levante a tu favor. «Señor, quiero justicia, no para alimentar la venganza, sino para ver otra vez tu mano levantándome». Eso déjaselo a Dios. Cuando confías en su justicia, siempre trae libertad.

Hambre y sed de su justicia

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».

Versículo clave

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.»

Mateo 5:6

Hay un hambre espiritual que se nota cuando la iglesia busca a Dios en adoración: «Te necesito; vengo a adorar al Dios que me ama y dio su vida por mí». Saciar significa llenar un vacío, y solo la justicia de Dios lo hace, aun más allá de los resultados, porque sabes que hay un Dios justo que no te ha dejado ni te dejará. La justicia de Dios siempre tiene propósito eterno: forma algo extraordinario en ti y te lleva a confiar en él como nunca imaginaste.

Decide con rectitud en medio del dolor

Job dijo: «Me vestía de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema era mi rectitud». Vestirse expresa el carácter y también cubre. Job lo dijo en plena prueba: lo había perdido todo, su piel ardía, sus amigos lo acusaban. Parecía injusto. Pero mientras Job estaba en el capítulo 29, Dios ya veía el capítulo 42, donde le restituyó el doble. Quería que aprendiera a confiar en su justicia.

Haz lo correcto sin medir las consecuencias. José rechazó a la esposa de Potifar y terminó en la cárcel; pero quien lo sacó de allí no fue el faraón, sino el Dios que cumple sus sueños. Tus sentimientos son buenos, Dios te los dio; puedes llorar, sentir dolor y ser consolado. Pero no dejes que te dirijan. Si decides desde el dolor, terminarás hiriendo a todos para calmar tu frustración. Una cosa es ser víctima; otra, victimizarse.

A veces lo que vives parece contradecir que Dios te ama. Nadie prometió que todo saldría bien; lo importante es que tú estés bien en él. No desperdicies los procesos: hay personas que salen de una prueba más maduras, y otras más inmaduras que antes. No confíes en tu carne, que te dice: «Véngate, critica, murmura». Lleva tus razones a la palabra. Si te golpean en una mejilla, pon la otra: el primer golpe te tomó por sorpresa; el segundo es voluntario, y cuando lo ofreces, tu corazón ya decidió buscar la justicia de Dios por encima de todo.

Clama en lugar de quejarte

Jesús contó una parábola «sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar». Una viuda insistía ante un juez injusto: «Hazme justicia de mi adversario», hasta que él cedió. «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?». Cuántos días pierdes quejándote y buscando culpables, en lugar de doblar las rodillas ante el Dios justo. Tus declaraciones tienen poder cuando tu boca y tu corazón están conectados.

A veces Dios permite que te quedes a solas porque quiere llevarte a un nuevo nivel de madurez. No es abandono: es formación. En lugar de preguntar quién tuvo la culpa, pregunta qué quiere hacer Dios en ti.

Cuando dejas de alegar y te rindes, Dios te dice: «Ahora es mi turno: mi turno de honrarte, de levantarte, de bendecirte». «Os digo que pronto les hará justicia». Quizá no es Dios quien tarda en responder, sino tú quien tarda en clamar. Y Jesús preguntó: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?». En medio de un mundo injusto, Dios busca a alguien que diga: «Sigo creyendo en ti».

La fe y el corazón sano

La justicia de Dios se manifiesta por la fe: «Con el corazón se cree para justicia». Dios no puede darte algo que no has creído, pero sí puede darte más de lo que creíste. A Dios nadie lo manipula: su misericordia te perdona, pero su justicia te forma. Por eso necesitas un corazón sano, libre de amargura, para recibir lo que él tiene. Cuando el corazón se daña, no ejerce fe, sino frustración, enojo y amargura.

«En el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá». Lo escrito es lo más confiable: cuando todo lo demás falla, como un piloto que pierde sus instrumentos y se guía por la brújula y sus notas, la palabra sigue siendo segura. Frente a cada injusticia, pregunta: «¿Qué dice la palabra?». Una cosa es creer en Dios; otra, creerle a Dios. Israel creía en Dios, pero frente al mar dudó de su instrucción.

«Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo». Hay un tiempo en que Dios te sostiene y otro en que te levanta. Puedes estar abatido, pero no para siempre, porque tu Dios es justo. «Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado». No le pongas plazo a tu fe: quizá todavía no ves lo que esperas, pero verás lo que crees.

No te conviertas en el próximo injusto

David fue perseguido por Saúl y tuvo razones y oportunidades para vengarse, pero no lo hizo: «No extenderé mi mano contra el ungido de Jehová». Cuando se cansó y se apartó del propósito, dejó de escribir salmos; pero volvió a confiar en la justicia de Dios. Que la injusticia que viviste no te convierta en el próximo injusto. La puerta está abierta: entra, confía en su justicia, y verás lo que él es capaz de hacer.

Referencias bíblicas