Cuando Dios dice que abre una puerta, no hay circunstancia ni oposición que pueda detener lo que él ya determinó. Prepara la tierra de tu corazón: quita la incredulidad, la preocupación, el afán y todo lo que quiera distraerte de lo que Dios quiere hablarte. Puede ser una palabra que cambie tu futuro y el de tu familia.
Jesús tiene la llave
«Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre». Hablar de llaves es hablar de autoridad, y Jesús tiene autoridad para gobernar el cielo y la tierra. No importa lo que estés viviendo: si Jesús dice «esta puerta yo la abro para ti», es tuya, y nadie puede cerrarla.
Versículo clave
«Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre»
Apocalipsis 3:7
Cuando el imposible se vuelve plataforma
Muchas veces llegas a un punto en que ya gastaste todos los recursos, todo tu conocimiento y todo tu esfuerzo, y te ves rodeado de imposibles. Precisamente ahí Dios prepara el escenario. Tu imposible puede convertirse en la plataforma perfecta para que se manifieste su gloria en tu casa, tu familia, tu enfermedad o tu economía.
Jesús interrumpe el camino en Naín
«Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda». Los judíos no enterraban a sus muertos dentro de la ciudad: el cortejo salía por la puerta. Poco antes, Jesús había sanado al siervo de un centurión que estaba a punto de morir; aquí ya no había nada que hacer. Pero Dios tiene poder sobre lo que está a punto de morir y sobre lo que ya murió.
Imagina a la viuda llorando, rodeada de familiares y amigos, cruzando la puerta de la decepción y la impotencia: «Ya no hay solución». Y de repente, una multitud que venía con Jesús se encontró con otra que salía con un muerto. Jesús nunca llega tarde. Cuando el mundo, las circunstancias, la enfermedad o la crisis te dicen que no, Jesús te dice que sí. Él es la puerta de lo imposible.
El nombre Naín se asocia con «agradable» o «hermoso». Dios puede irrumpir con algo bello justo donde no lo esperabas. Esa viuda no estaba enterrando solo a su hijo: enterraba su protección, su provisión y la esperanza de continuar su familia. Era todo lo que tenía. Y entonces Dios visitó a su pueblo: «Dios ha visitado a su pueblo», decía la gente. Dios puede visitar tu casa, tu negocio, tu matrimonio.
Una compasión que sí puede actuar
«Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores». La compasión humana, aunque sincera, es impotente ante ciertas situaciones: alguien te dice «no llores», pero no puede hacer nada. La compasión de Jesús es poderosa, porque cuando él dice «no llores», es porque ya tiene el milagro preparado. Deja de desgastarte llorando: él tiene todas las piezas alineadas para sorprenderte.
La viuda no tomó la iniciativa: la tomó Jesús. Esto no significa dejar de orar; somos un pueblo de oración. Significa que hay momentos en que Dios te dice: «Déjamelo a mí; yo daré el paso, yo abriré la puerta, yo haré la obra completa».
Este milagro solo aparece en el evangelio de Lucas, y muestra algo esencial: Jesús dijo «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Donde él llega, la muerte no tiene la última palabra. Cuando Jesús interviene, no hay situación que pueda permanecer como estaba.
Dios restaura los lazos familiares
En los evangelios hay tres resurrecciones, y en las tres Jesús devolvió a alguien a su familia: la hija de Jairo a sus padres, Lázaro a sus hermanas, y el joven de Naín a su madre. «Y lo dio a su madre». Dios es un Dios de familias. Si hay distanciamiento con tu padre, tu madre, un hermano o un familiar, él puede abrir la puerta de lo imposible y resucitar relaciones que dabas por perdidas.
Esto exige una decisión de tu parte: dejar el orgullo, el ego y las diferencias. «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». Seguir la paz no es sentir paz en una playa; es esforzarte por ella. Quizá Dios te inspire a llamar a alguien, o haga que alguien te llame. Prepárate para responder.
Levántate y entrega lo que cargas
«Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate». Imagina a quienes cargaban el féretro sintiendo que algo se movía. Lo que dabas por muerto puede empezar a moverse. Quizá pensabas cerrar el negocio, abandonar un proyecto o firmar un divorcio, y Dios te dice: «Espera; no lo entierres, porque me voy a glorificar ahí».
Versículo clave
«Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.»
Lucas 7:14
Jesús puede resucitar, pero a ti te toca levantarte. No permitas que el desánimo, la tristeza o la depresión te mantengan paralizado. Levantarte significa abandonar la duda, el temor y el doble ánimo —hoy sí, mañana no—, y definirte en lo que Dios dice. Y entrégale tu imposible: «Señor, aquí está mi diagnóstico, mi matrimonio, mi crisis financiera, mi falta de trabajo. Lo he intentado todo; yo no puedo, pero tú sí». Jesús no necesita ayuda: él es suficiente.
Quizá eso que cargas te tiene angustiado, de mal humor, impaciente, sin dormir; te roba la paz, la fuerza y el ánimo, y en lugar de mirar a Jesús miras lo que el enemigo te quiere mostrar. Hay veces que lo único que Jesús espera es tu rendición: «Señor, nada de lo que tengo me ha sacado de aquí, pero tú sí». Déjalo a sus pies y no vuelvas a cargarlo.
Suelta la tristeza y celebra con fe
La tristeza es una emoción que Dios permite, y hay tiempo de llorar. El problema surge cuando se arraiga y se vuelve parte de tu carácter: entonces te encadena, te roba el sueño, la paz y el ánimo, y te impide disfrutar lo que Dios te da. «La fe es la certeza de lo que se espera»: así como la viuda pasó del luto a la alegría, tú puedes empezar a celebrar por fe lo que Dios va a hacer.
«Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar». Cuando Dios te da un testimonio, se convierte en profecía para otros: si lo hizo contigo, lo hará con ellos, porque Dios no hace acepción de personas. Seca tus lágrimas, deja la angustia, y entra con alegría por la puerta que Jesús abrió. Donde Dios abre, nadie cierra.


