Gracias a Dios por un nuevo día y por la oportunidad de aprender de su Palabra. Gracias también a quienes abren sus hogares y sus corazones para compartir las buenas nuevas de Jesús. Que el Espíritu Santo te visite, con la confianza de que la Palabra viva y eficaz hará algo nuevo en tu vida.
Declara esta confesión de fe: «Hoy es un nuevo día; su gracia y su amor están sobre mí; caminaré y Él guardará mis pasos; hablaré de soluciones y no de problemas; todo lo que mis manos tocarán será prosperado; hoy me extiendo a lo que viene y no me detendré en lo que pasó; las bendiciones de Dios vendrán y me alcanzarán». Que esa declaración se haga vida en ti y en las personas que te rodean.
Recibir el día como una oportunidad de Dios
«Nuevas historias, nuevos finales». Salmos 118:24 dice: «Este es el día que el Señor ha hecho; regocijémonos y alegrémonos en él». Cada día debe vivirse con alegría, aun cuando no sabemos qué ocurrirá y aunque atravesemos una situación difícil. La fe permite celebrar que el día lo ha hecho el Señor y estar dispuestos a que algo cambie. Podemos alegrarnos y confiar en que Dios puede sorprendernos con su poder, su gracia y sus planes.
Versículo clave
«Este es el día que hizo Jehová; Nos gozaremos y alegraremos en él.»
Salmos 118:24
Juan 4 cuenta que Jesús tenía que pasar por Samaria y llegó a Sicar, cerca de la heredad que Jacob había dado a José. Allí estaba el pozo de Jacob; Jesús, cansado del camino, se sentó junto a él. Era alrededor de la hora sexta. Una mujer samaritana llegó a sacar agua, y Jesús le pidió de beber. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar comida.
Los discípulos tenían hambre física; Jesús, en cambio, tenía un propósito al quedarse junto al pozo: cambiar la historia de aquella mujer. Quizá los discípulos insistían en que Jesús fuera a comer y no comprendían lo que estaba por suceder. Jesús no se acomoda a las expectativas de otras personas, sino que sigue la voluntad del Padre. Si sientes que otros no comprenden tu propósito, recuerda que Dios sí lo conoce.
La mujer pregunta cómo Jesús, siendo judío, le pide agua a ella, una samaritana, y el relato señala que judíos y samaritanos no se trataban entre sí. Jesús le responde que, si conociera el don de Dios y quién le pide de beber, ella le pediría y Él le daría agua viva. Cuando la mujer señala que Jesús no tiene con qué sacar agua y que el pozo es profundo —tenía treinta y dos metros—, aparece el contraste entre la limitación que ella ve y la identidad de Jesús: «Jesús era el pozo».
La mujer representa a quien solo alcanza a ver los límites de sus circunstancias. Había ido a buscar agua y esperaba volver a tener sed; lo mismo ocurre con la tristeza y la frustración que pueden repetirse. Jesús le ofrece una fuente de vida que no se limita a lo que ella había imaginado. Por eso, celebremos el día como una ocasión en la que Dios puede interrumpir la rutina y abrir un tiempo nuevo, y confiemos en que Dios puede hacer algo distinto.
Un Dios de generaciones y promesas vivas
La mujer menciona a Jacob, sus hijos y sus ganados, y pregunta si Jesús es mayor que aquel antepasado que les dio el pozo. Esa mención conecta la escena con Jacob y José. Jacob recibió noticias de que José había muerto y, más adelante, llegó a saber que su hijo seguía vivo. No demos por muertas las promesas de Dios. Hay cosas que las personas ya no esperan, pero que Dios puede tener preparadas.
La historia de José tiene una inversión: aquel a quien daban por muerto llegó a ser quien llevó provisión a sus hermanos. Prepárate para «bendiciones inesperadas en lugares improbables». Samaria y el encuentro junto al pozo son un lugar inesperado para una transformación. No concluyas que algo es imposible solo porque no se espera que ocurra allí.
José presenta a sus hijos ante Jacob, llamado Israel, y este cruza sus manos para poner a Efraín por delante de Manasés. Manasés se asocia con olvidar lo vivido en la casa de su padre, y Efraín, con fructificar en medio de la aflicción. No entres en un nuevo final pensando únicamente en el pasado: se puede fructificar aun en medio de circunstancias difíciles. «Vas a fructificar camino al nuevo final».
La verdad y la posibilidad de un nuevo comienzo
Juan 4 continúa con el diálogo en que Jesús le dice a la mujer que llame a su marido. Ella responde que no tiene marido; Jesús confirma que ha dicho la verdad y menciona que ha tenido cinco maridos y que el hombre con quien vive ahora no es su marido. Es un paso incómodo, pero liberador; ella pudo haberse preguntado cómo responder. Decir la verdad sobre los errores puede ser difícil, pero, delante de Jesús, es un camino hacia la libertad y hacia nuevos finales.
Jesús miró a aquella mujer como una adoradora. Por eso, reconozcamos los errores y permitamos que Dios transforme el corazón.
Versículo clave
«Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.»
Lucas 15:20
El padre corre hacia el hijo
Lucas 15:19 continúa con el regreso del hijo pródigo. El hijo dice que ya no es digno de ser llamado hijo y que quisiera ser tratado como jornalero. Cuando todavía está lejos, el padre lo ve, se compadece, corre hacia él, lo abraza y lo besa. El hijo reconoce que ha pecado contra el cielo y contra su padre. Entonces el padre pide que traigan el mejor vestido, un anillo y calzado, y que preparen el becerro gordo para celebrar: su hijo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y ha sido hallado.
La escena expresa el amor del Padre que ofrece restauración y un nuevo final. La conducta puede traer malas consecuencias y requiere arrepentimiento, pero es distinta de la identidad de hijo: si te sientes indigno, no concluyas que has dejado de ser hijo de Dios. El hermano mayor y otras personas quizá esperaban que el hijo ya no tuviera oportunidad; el padre, en cambio, lo recibe y hace fiesta.
Las algarrobas y los cerdos contrastan con el recibimiento que narra la parábola. No sabemos si el hijo volvió sucio; lo que sabemos es que volvió dispuesto a ser recibido por su padre. Deja que el amor de Dios ministre, sane y restaure: tu final no tiene por qué ser el de las algarrobas, porque el padre puede recibir y dar una nueva oportunidad. «Yo solo sé que yo soy su hijo y Él es mi Padre». Descansa en el amor del Padre.
En la fiesta, el padre podía ver algo que otros no veían: un nuevo comienzo. Dios puede usar para bien incluso aquello que una persona vivió y sus errores, para levantarla y darle motivos para celebrar. Pon en manos de Dios tus errores, confiando en que Dios perdona, sana y puede usar tu vida para que su nombre sea glorificado.
Una invitación a abrir el corazón
Reconoce: «Este es el día que tú has hecho», y no lo dejes pasar sin abrir el corazón a Dios. No es casual que hayas llegado a este mensaje. Así como Jesús se detuvo en Samaria por aquella mujer, este momento es una invitación para recibir a Jesús como Señor y Salvador.
Haz esta oración: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te abro mi corazón; entra en él, porque a partir de hoy algo nuevo comienza en mi vida». Celebremos cada día que el Señor ha hecho, listos para ver nuevos finales, en el nombre de Jesús. Amén.
Que cada día que el Señor ha hecho sea el comienzo de una nueva historia y de un nuevo final.


