Hay muchas cosas que nos dan acceso, pero es Dios quien orquesta cada acceso. Como en un semáforo, a veces Dios pone luz roja y te dice que no; otras veces pone luz verde y te dice: «Avanza»; y otras te dice: «Detente y espera». Él da la señal de salida. Pero antes de hablar de la llave maestra que abre tantas puertas, conviene asentar una base: ¿sabes cuánto te ama Dios y cuánto anhela estar contigo?
Dios quiere escuchar tu voz
Adán y Eva se escondieron cuando oyeron la voz de Dios, pero Dios no se esconde de ti: se deleita cada vez que lo buscas. El ciego Bartimeo mendigaba junto al camino; cuando Jesús pasó, lo llamó y le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». ¿No era obvio? Necesitaba ver. Pero Jesús quería oír la petición de su boca. Dios está atento a tu voz, porque te ama.
Por eso la llave maestra es la oración. La oración es el aliento del alma: sin ella, el alma se queda sin respiro. Es el lugar donde tus rodillas tocan el suelo y el infierno tiembla; el lugar donde el cielo se vuelve cercano; la cita personal de Dios con cada uno de sus hijos. Allí él atiende tu vida con amor y ternura. La oración da acceso a las promesas, a la palabra y a los milagros, y produce al menos tres cosas.
1. La oración te fortalece
Hay muchas personas debilitadas por falta de oración. Tienen mucha información, muchas noticias, muchas opiniones y consejos, pero poca comunión con Dios. Cuando David y sus hombres llegaron a Siclag, encontraron la ciudad quemada y a sus mujeres e hijos llevados cautivos por los amalecitas. «Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar». Un mismo acontecimiento produjo dos reacciones distintas.
«Y David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus hijos y por sus hijas; mas David se fortaleció en Jehová su Dios». El pueblo se hundió en amargura; David corrió a Dios. Y con esa fuerza fue y recuperó todo lo que había perdido. De sus seiscientos hombres, doscientos se quedaron cansados junto al torrente de Besor. Cuando enfrentas circunstancias difíciles sin el fundamento de la oración, te debilitas muy rápido. «En tu presencia hay plenitud de gozo», y quien tiene gozo no se queda tirado a mitad del camino.
Versículo clave
«Y David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus hijos y por sus hijas; mas David se fortaleció en Jehová su Dios.»
1 Samuel 30:6
2. La oración te hace descansar
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Estar «trabajado» es sentir fatiga, perder fuerza, estar acosado. Es como si Jesús dijera: «Lo que te molesta, lo que te tiene sin aliento, tráelo aquí; yo te haré descansar». No solo te cansas físicamente: también emocional y espiritualmente. Y un alma cansada difícilmente avanza hacia lo que Dios tiene para ella. «Y hallaréis descanso para vuestras almas».
Muchos niños, en noches de miedo, corren a la cama de sus padres, se acuestan en medio, y el temor se va. Eso es lo que Jesús te invita a hacer cuando no puedes dormir, cuando estás fatigado, cuando el enemigo siembra duda, temor e incredulidad: «Ven aquí conmigo; yo te guardo, yo te cubro». En oración no estás delante de cualquiera, sino del Dios que creó todo lo visible y lo invisible, al que el viento y el mar obedecen. «Porque yo Jehová no cambio». Tú cambias de parecer; él sigue siendo el mismo.
3. La oración te da paz
Piensa en unos padres con su bebé prematuro en cuidados intensivos, conectado a un respirador. Los médicos les advierten que podría quedar sordo, ciego o con daño cerebral. Pero días antes, en oración, Dios les había hablado: «Te van a decir eso, pero no lo creas; yo te lo voy a entregar sano». Cuando llegaban los diagnósticos y los testimonios negativos de otros, ellos recordaban esa palabra y tenían paz. Esa es la paz que nace de un encuentro con Dios.
Muchas veces sufrimos de amnesia espiritual: olvidamos todo lo que Dios ya hizo. Si lo hizo una vez, puede volver a hacerlo. ¿Has visto el poder de Dios en tu vida? Trae esos testimonios a la memoria y mantenlos frescos. La amnesia espiritual drena tus fuerzas y te roba la paz. La ansiedad crece cuando estamos ocupados preocupándonos en lugar de ocuparnos en orar.
Entra en tu aposento
«Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público». «Mas tú»: es personal. Para entrar necesitas dejar cosas afuera: preocupaciones, ansiedades, frustraciones, tristezas, amarguras. Es como el niño que antes de un viaje largo quiere llevar todos sus juguetes, y sus padres le dicen: «Aquí no cabe todo eso». Dios te dice: «Es contigo con quien quiero estar».
Versículo clave
«Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.»
Mateo 6:6
La palabra «aposento» también puede entenderse como depósito o despensa. Cuando tienes hambre, vas a la despensa. Si oras, tu despensa estará llena de las palabras que Dios te ha hablado, y cuando salgas al mundo no dudarás en la oscuridad de lo que Dios te dijo en la luz. Hay gente débil porque, cuando va a su despensa, no encuentra nada y sale a alimentarse de lo que otros dicen. Guarda cada palabra de Dios, aunque no la uses hoy: la necesitarás mañana.
Otra cosa que no cabe en la oración es la falta de perdón. «Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano». No puedes vivir orando y guardando rencor. Muchas noches de insomnio tienen esa raíz, aunque no siempre. «En paz me acostaré, y asimismo dormiré». Entra con un corazón limpio.
Vuelve a la carrera
En una carrera olímpica de larga distancia, dos corredoras cayeron enredadas. Se levantaron, se ayudaron y terminaron juntas; una de ellas, con las rodillas tan lesionadas que salió en silla de ruedas. La vida espiritual es una carrera de resistencia, no de velocidad. A veces alguien te hace tropezar con palabras hirientes; otras veces es una pérdida, una frustración o un negocio que se cayó. Quizá hoy te sientes fuera de la carrera. Dios no te acusa ni te condena: es tiempo de levantarte, como Pablo, que pudo decir: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe».
No permitas que la culpa, la frustración, la amargura o la falta de perdón te saquen de la carrera. Lo peor que te puede quedar es una cicatriz que diga: «Me hirieron, pero volví». Fortalécete en oración y deja que la paz que sobrepasa todo entendimiento guarde tu corazón. Puedes orar: «Señor Jesús, perdona mis errores y mis pecados. Hoy te abro mi corazón; entra y vive en él. Gracias por dar tu vida en la cruz».


