Podemos planificar nuestra vida de una manera y descubrir que las cosas no suceden como esperábamos. No te aferres a tus planes: confía en que Dios obra en tu vida de acuerdo con lo que él quiere hacer. Importa tanto la obra que Dios hace a través de nosotros como la que hace en cada uno.
Cuando lo inesperado pone a prueba nuestra identidad
Moisés quizá había planificado, pensado y soñado cómo sería su vida, y un día todo cambió: Dios lo visitó y lo llamó para liberar a todo un pueblo.
En el relato de Éxodo, Dios envía a Moisés ante Faraón, y su respuesta es: «¿Quién soy yo para que vaya a Faraón?». Lo inesperado puso a prueba su identidad: en ese momento veía sus propias debilidades. Moisés se describía como tartamudo, y el llamado de Dios lo invitaba a dejar de centrar el corazón en esos defectos y volverlo hacia Dios. Lo mismo pasa hoy con las circunstancias que no teníamos previstas.
Hay momentos en que los planes se deshacen y el entorno parece quedar removido. Uno puede sentirse desubicado y preguntarse qué está ocurriendo; aun así, podemos permanecer seguros de a quién pertenecemos. «Todo puede pasar, pero Dios nunca pasará». Desubicarse ante lo inesperado puede ocurrir; lo importante es volver a encontrar la identidad en Dios y reconocerlo como el Dios de nuestra vida.
Versículo clave
«Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.»
Éxodo 3:14
La respuesta de Dios, «Yo soy el que soy», reafirma a Moisés y ubica su identidad en Dios. Deja de volver el corazón a tus debilidades y confía en el poder de Dios, que se perfecciona en la debilidad. La dificultad no desaparece automáticamente, pero no dejes que lo que vives se convierta en la definición de quién eres.
Soltar lo que tenemos y confiar en Dios
Éxodo 7:9: cuando Faraón pida una señal, Aarón debe lanzar su bastón delante de él, y el bastón se convertirá en serpiente. Los sabios y magos de Faraón también hicieron aparecer serpientes, y el bastón de Aarón se tragó los de ellos. La clave está en soltar el bastón.
«Suelta lo que te he dado»: suelta tus dones, talentos y logros, e incluso la confianza en ti mismo, para que Dios obre. No está mal tener capacidades ni esforzarse por ser bueno en lo que uno hace; pero los dones, los talentos, los logros y las carreras no deben ocupar el lugar de Dios ni ser el centro de nuestra confianza. Ponerlos delante de Dios es reconocer que lo decisivo no es lo que creemos conseguir con nuestras propias fuerzas.
En medio de lo inesperado, no podemos sostenernos únicamente en nuestros talentos. Saldremos adelante con el poder y la mano de Dios en nuestras vidas: suelta las cargas y los afanes y di: «En ti confío, Señor». Vendrán milagros a nuestras vidas y a nuestras familias. Vuelve el corazón a Dios y espera en él: no pongas en tus habilidades la seguridad que buscas.
La identidad no está en lo inesperado que nos tocó vivir, sino en aquel a quien esperamos. Cuando no sabes qué hacer, espera en Dios. Si sabes que Dios está contigo, no necesitas otra razón para seguir adelante: Dios está con nosotros en medio de lo inesperado.
La batalla que David no había ido a buscar
David fue enviado a llevarles la comida a sus hermanos —la lonchera, los quesos—, y al llegar encontró a un pueblo arrinconado por Goliat. Había ido a entregar comida, no a una batalla: el enfrentamiento le llegó de manera inesperada, sin días para prepararse.
Hay batallas que no elegimos: las veíamos lejanas, como si fueran de otros países, y llegaron de pronto. La adversidad abre una puerta de oportunidad para levantarnos como hijos de Dios, no sostenidos en nuestros talentos y dones, sino volviendo el corazón a Dios y confiando en él.
Al llegar ante sus hermanos, David recibió una reacción de rechazo. Ellos le preguntaron si había venido a burlarse, y David respondió que solo les llevaba comida. Luego viene el diálogo con Saúl: Saúl le dice que no podrá pelear contra el filisteo porque es joven y su adversario es un hombre de guerra desde su juventud. David responde: «No desmaye el corazón de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo».
Saúl parece no escuchar la respuesta de David, porque vuelve a decirle que no podrá ir. No basta con oír una voz; importa a cuál obedecemos. Saúl escuchaba las palabras de David, pero respondía desde el temor ante Goliat: el corazón del pueblo se había vuelto hacia el gigante. David, en cambio, animaba a que los corazones no desmayaran.
Permanecer mucho tiempo bajo una influencia hace que termine marcando nuestra identidad. Así pasa con el tiempo que pasamos en dificultades: no dejes que el momento difícil te defina. David estaba bajo la influencia de lo que Dios había dicho, aunque reconocía que Goliat era más alto y estaba más entrenado. Goliat era grande, pero Dios era más grande.
La confianza como estrategia
La narración continúa con la armadura que Saúl le ofreció a David. David no podía usarla adecuadamente. La armadura no era la estrategia decisiva: lo era la confianza total en Dios. La estrategia de aquella batalla no estaba en las fuerzas propias, sino en confiar en Dios. David no necesitaba que Saúl le diera razones ni que la armadura le ofreciera seguridad; lo que necesitaba era una revelación de Dios. La mención de las piedras queda dentro de esa exhortación: la victoria no estaba en la honda ni en las piedras, sino en un corazón vuelto hacia Dios.
Puedes confiar en Dios incluso cuando la batalla parece más grande que tú: «Dios no nos avergonzará». La confianza en Dios es una estrategia ante lo inesperado: las circunstancias pueden ser mayores que nuestras capacidades, pero no mayores que Dios. No se trata de negar el tamaño del desafío, sino de dejar de mirar al gigante como si tuviera la última palabra.
No esperes a que todo termine para que comience la victoria: puede comenzar hoy en ti, en tu familia y en quienes te acompañan.
Versículo clave
«Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.»
1 Samuel 16:7
Una victoria que empieza antes del enfrentamiento
1 Samuel 16: Samuel vio a Eliab, alto y fornido, y pensó que seguramente era el ungido del Señor. Pero Dios le respondió que no juzgara por la apariencia ni por la estatura, porque el Señor mira el corazón.
Mira lo que Dios te muestra, no solo lo que quieres ver. Hay quienes no avanzan porque se quedan en su propia perspectiva y no atienden a lo que Dios les está mostrando. Rinde las áreas que Dios pone delante de ti, aunque no quieras verlas.
Samuel hizo pasar a los hijos de Isaí; tras ver a varios de ellos, preguntó si estaban todos. Isaí respondió que quedaba el más joven, que estaba cuidando ovejas y cabras. Samuel pidió que lo mandaran llamar de inmediato y dijo que no se sentarían a comer hasta que llegara. Ese llamado fue urgente, y la elección de David tiene que ver con el corazón. Eso no significa que David nunca fallara: pecó, pero su respuesta contrasta con la de Saúl.
Saúl, después de su error, se preocupó por su imagen ante los demás: su corazón se volvió hacia sí mismo, hacia el orgullo y hacia lo que quería aparentar. David, en cambio, sabía volver a Dios cuando fallaba: reconocía su falta y no quería vivir apartado de él. La diferencia no es que David nunca pecara, sino que sabía regresar a Dios.
«La diferencia es que David sabía el camino de regreso». Si has fallado, vuelve tu corazón a Dios: reconoce que no puedes vivir sin él. «manda a llamarlo de inmediato» es también una invitación urgente a volvernos a Dios. Dios sigue buscando corazones: que tú, tus hijos y tus generaciones se vuelvan a él.
Volver el corazón y responder al llamado
La diferencia no está solo en el tamaño del enemigo, sino en si el corazón se vuelve hacia el gigante o hacia Dios. Reconoce a Dios como todopoderoso y confía en él. La victoria de David no estaba en las piedras ni en la honda, sino en un corazón vuelto a Dios. Toma un momento para reconocer a Dios como el único Dios verdadero, bueno y fiel.
Que en medio de lo inesperado creas más en Dios que en lo que estás viviendo. Dios busca hombres y mujeres conforme a su corazón: hijos que vuelvan a él, lo adoren y confíen en él.
La cruz fue un acontecimiento inesperado y maravilloso para quienes estaban perdidos en delitos y pecados: la sangre derramada trae salvación. Abre tu corazón a Jesús: pide perdón por tus pecados y reconoce que lo necesitas.
Si te reconcilias con Dios o sientes que hay áreas de las que no has podido salir, hay libertad en el nombre de Jesús: vuelve a Dios con todo tu corazón.


