El tesoro es Dios. El tesoro es lo eterno: su presencia, sus pensamientos, sus tiempos y su voluntad. Si buscamos a Dios es porque reconocemos ese tesoro y queremos encontrarnos con el único que puede llenar los espacios que nada más llena. Pero necesitamos buscar lo eterno de otra forma, con una pasión diferente.
Mateo 13:44 dice: «Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo». El tesoro existe; la pregunta es cómo lo buscamos, qué esfuerzo hacemos y cuánto estamos dispuestos a entregar y sacrificar para obtener lo eterno.
Versículo clave
«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo.»
Mateo 13:44
Si alguien dijera que en el terreno de al lado hay enterrado un maletín con un millón y que es de quien lo encuentre primero, seguro llegaríamos con palas, picos y hasta un tractor, y pediríamos permiso en el trabajo toda la semana para buscarlo. Muchas veces buscamos con pasión lo temporal, pero no buscamos con la misma pasión lo eterno. Dios nos llama a un nuevo nivel en la búsqueda del tesoro: no una búsqueda pasiva, sino apasionada. Jesús fue apasionado por ti y por mí, y en el reino de los cielos las cosas se buscan apasionadamente.
Perder para ganar
En el reino de los cielos hay que perder para ganar. Nos hemos acostumbrado a un cristianismo que solo se trata de ganar: que Dios me bendiga, me levante, me restaure, me dé victoria y un nuevo trabajo. Queremos vivir de victoria en victoria y de bendición en bendición, pero no estamos dispuestos a perder. Hay un evangelio cómodo en el que todo es ganar, pero el reino no es así. Dios entregó a su Hijo y sacrificó lo que más amaba por nosotros. Eso significa que nuestra relación con él también implica perder para ganar.
Filipenses 2:5-9 nos llama a tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre. Ese es el Jesús que seguimos: uno que no se aferró, que renunció y que estuvo dispuesto a entregar. Y estamos llamados a tener su misma actitud.
Todos tenemos metas: terminar el año con cierta cantidad, hacer cambios, viajar. Pero ¿está entre tus metas terminar el año pareciéndote más a Jesús? ¿Quieres que su carácter sea formado en ti o solo quieres recibir sus bendiciones? Jesús entregó voluntariamente su vida, se humilló y murió en la cruz. Su búsqueda de tu alma no fue fácil, y por eso nuestra búsqueda de él implica sacrificio. No es pasiva ni es una búsqueda donde todo sale bien. Debemos aprender a perder, y hay tres cosas que debemos aprender a perder.
Perder lo malo
Lo primero es perder lo malo. Hebreos 12:1 dice: «Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». Qué maravilloso es Dios, que nos invita a perder lo malo. Nos ofrece un intercambio: tomamos lo malo que nos hace pesados y nos impide caminar en él, y recibimos lo bueno. Él toma el peso que has cargado y te dice: «No te preocupes, estoy contigo todos los días; mis planes para ti no han terminado».
Versículo clave
«Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia.»
Hebreos 12:1
Si es el peso de tus finanzas, confía en tu proveedor; si es el de tu salud, tienes a tu sanador. Hay pesos que en realidad nos llevan a Jesús. Y hay pesos que nos estorban: la duda, la incredulidad, el pecado, las cosas ocultas. La mayoría sabemos qué áreas nos está pidiendo Dios que le entreguemos y en las que nos hemos tardado. Nos aferramos a lo que nos hace daño: a la falta de perdón, a tener la razón en el matrimonio aunque lo destruya, a un vicio que nos está destruyendo.
Lo peor es ni siquiera estar conscientes de lo malo que hay en nuestra vida y repetir lo mismo una y otra vez. Es como el mal aliento: el único que no se da cuenta es el que lo tiene. Tu cónyuge te dice que tienes mala actitud, que pones primero el trabajo o que estás orgulloso, y tú respondes que estás bien. Tus padres o tus líderes te señalan lo que no está bien y no quieres escuchar. Debemos aprender a perder lo malo.
En Génesis 4:6-7, Dios le dijo a Caín: «¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él». Dios ve lo que está mal en nuestra vida. Cuando oramos, él saca a la luz lo que hay en el corazón para que se lo entreguemos. Ese es el poder de la oración: no solo que Dios transforme algo externo, sino que transforme nuestro corazón. Dios le habló a Caín a tiempo para que perdiera lo malo. Y también hoy quiere mostrarnos esas áreas para que las perdamos a tiempo, antes de que tomen el control.
Muchas veces Dios usa a nuestra madre, a un hermano o a alguien cercano para mostrarnos lo que está mal, y oran y le creen a Dios por nosotros. Pero si no escuchamos, un área como el alcohol puede írsenos de las manos sin que nos demos cuenta, hasta hacernos perder momentos irrepetibles con nuestra familia y causarles dolor. Muchas veces nos aferramos a no perder lo malo cuando está a punto de destruir nuestra vida. Dios te da una nueva oportunidad. Si hay áreas que te han afectado, él puede tomarte de ellas y llevarte a sus más altos propósitos. Si algo está a punto de hacerte perder a tu familia, es tiempo de perder lo malo y buscar el tesoro de lo eterno, de la salvación y de la libertad.
Proverbios 10:23 dice: «El hacer maldad es como una diversión al insensato; mas la sabiduría recrea al hombre de entendimiento». Si algo debemos entregarle a Dios es la necedad que daña nuestro matrimonio y nuestra vida, y decirle: «Señor, quiero aprender a vivir sabiamente». La historia de Caín terminó así: «Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra». Cuando no estamos dispuestos a perder lo malo, como una falta de perdón, eso termina gobernándonos y andamos errantes, sin propósito y sin descanso. Si te has sentido frustrado y sin descanso, es momento de entregar esa área y decirle: «Señor, ya no la quiero ni un día más».
Perder las bendiciones
Lo segundo es estar dispuestos a perder las bendiciones. Cuando perdemos lo malo, Dios nos regala cosas buenas. Pero en nuestra humanidad tenemos la debilidad de convertir lo bueno en un ídolo, y ponemos las bendiciones en el lugar que solo le corresponde a Dios. Las mismas bendiciones que un día recibimos de él terminan siendo la razón por la que dejamos de buscar lo eterno. Hay quienes creyeron mucho tiempo por un matrimonio, y el matrimonio terminó alejándolos de Dios; otros creyeron por un trabajo o una empresa, y la empresa los alejó. Lo peor que nos puede pasar es poner las bendiciones por encima de Dios.
En Lucas 14:16-20, Jesús contó que un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. A la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados que vinieran, porque ya todo estaba preparado. Pero todos comenzaron a excusarse: uno había comprado una hacienda y necesitaba ir a verla; otro había comprado cinco yuntas de bueyes e iba a probarlas; otro se había casado y no podía ir. No es el evangelio de Jesús acomodarnos y poner lo terrenal por encima de lo eterno. Dios nos llama a desacomodarnos y volver a poner la vista en lo eterno. Buscar lo eterno trae bendición, pero cambiar lo eterno por las bendiciones es lo peor que nos puede pasar.
Las bendiciones no te sostienen. Dios sostiene tu matrimonio, a tus hijos, tu empresa y el ministerio. No hay bendición que te sostenga como solo Dios puede hacerlo. Nuestra búsqueda tiene que estar por encima de las bendiciones y de las comodidades: «Señor, tú sigues siendo el primer lugar en mi vida». A los padres de hijos pequeños les cuesta congregarse o participar en un congreso, y uno empieza a pintar escenarios razonables: «Me quedo en casa; Dios me va a hablar aquí; me duele la cabeza». Suenan lógicos, pero no siempre son correctos. Dios pone en nuestra vida personas que nos confrontan para que no nos acomodemos, y muchas veces, por poner las bendiciones por encima de Dios, nos perdemos lo que él tenía preparado para nosotros.
Nuestros hijos necesitan ver que Dios va primero que ellos. Un día no estaremos, pero la relación con Dios que les enseñamos los sostendrá todos los días de su vida. Tus socios necesitan ver a alguien que dice: «Voy a buscar a Dios, porque lo que cambia esta empresa es una palabra suya». No pongas las bendiciones por encima de Dios, porque él lo sostiene todo.
Eliseo puso las bendiciones en el lugar correcto. 1 Reyes 19:19-21 relata que Elías halló a Eliseo arando con doce yuntas de bueyes delante de sí, y él tenía la última. Elías pasó y echó sobre él su manto. Eliseo dejó los bueyes, corrió tras Elías y le pidió despedirse primero de su padre y de su madre. Elías le dijo que fuera, pero que considerara lo que le había hecho. Entonces Eliseo tomó un par de bueyes y los mató, y con el arado de los bueyes coció la carne, y la dio al pueblo para que comieran. Después se levantó, fue tras Elías y le servía.
Eliseo entendía que lo eterno era invaluable. Estaba bendecido: tenía bueyes y un campo que arar. Pero cuando recibió el llamado de Dios a caminar en lo eterno, puso las bendiciones por debajo de él. Dios levanta una generación de Eliseos que, sin importar lo mucho o lo poco que Dios les haya añadido, toman el manto que él les pone y sacrifican lo que tengan que sacrificar para seguir al Rey de reyes. Hoy el manto no lo pone un hombre, sino Dios: el manto de su gracia y de nuevas asignaciones. No te acomodes con lo temporal que ya tienes. Y si Dios ya puso un manto en tu vida y tienes los ojos en las bendiciones, recuerda la asignación que te dio y deja de arar la tierra cuando te llamó a poner los ojos en lo eterno. Hay quienes servían y Dios los llama a volver a servir.
Hay cosas que no son negociables en la relación con Dios. Si tienes un tiempo apartado para buscarlo, no lo negocies por un compromiso de trabajo. Puede costar, pero Dios sostiene a quien no negocia lo eterno. Llegamos a Dios sin nada, y eso no se debe olvidar. Seguimos buscándolo a pesar de todo lo que nos dé. Él es quien nos ha dado la familia, el hogar y todo lo que tenemos porque lo pusimos primero. Colosenses 3 dice: «Buscad las cosas de arriba… porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». No quites a Dios del primer lugar.
Estar dispuestos a perderlo todo
Lo tercero es estar dispuestos a perderlo todo. El Jesús que conocemos es glorioso: el Rey de reyes, el vencedor, el autor y consumador de la fe, sentado victorioso en su trono. Pero no olvidemos que estuvo dispuesto a dejarlo todo para entregar su vida. ¿Estarías tú dispuesto a pasar de tenerlo todo a perderlo todo, a entregar tu vida por alguien que no siempre te amaría, a dejar todas tus comodidades por un amor que no siempre sería correspondido? Jesús lo hizo, porque tú eres su tesoro.
Isaías 53:3-5 dice: «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados».
Nunca deja de asombrar que lo perdiera todo y se entregara por completo. La mayor bendición que podías recibir ya te fue dada: la vida de Jesús derramada por amor en la cruz del Calvario. Cambió una corona gloriosa por una corona de espinas para decirte que te ama. Abrió sus brazos en la cruz para decirte que, sin importar tus errores, te ama. Sabía que le seríamos infieles, que no siempre le responderíamos y que muchas veces preferiríamos el pecado a su presencia, y aun así lo dio todo. Si has creído que se olvidó de ti, ya expresó su amor hace más de dos mil años. Lo más hermoso del cielo es Jesús, y bajó a la tierra a entregarse por ti.
De los doce, solo Juan se quedó a los pies de la cruz. Vio a Jesús dejar de respirar y entendió que su propia vida se iba con él. No puso primero su vida ni su seguridad: «Se me va mi Maestro, mi Señor y mi Salvador; después de perderlo a él, no tengo nada más que perder». Y Jesús, viendo a su madre y al discípulo que amaba, dijo: «Mujer, he ahí tu hijo». Dios quiere despertar una iglesia así, que entienda que sin él no es nada.
¿Sigues dispuesto a perderlo todo como el día que te encontraste con él? ¿Cuando era fácil decir que no a una invitación, encerrarte horas en tu cuarto o apagar la televisión para estar en su presencia? ¿O ya te acomodaste? Muchas veces dejamos que el corazón se enfríe y empezamos a negociar, poniendo tantas cosas delante de Dios. Al principio no había otra bendición que buscar: él bastaba. No podemos entregarnos en una cruz por él, pero sí podemos entregarle nuestra vida, nuestro tiempo, nuestros pensamientos y sentimientos para sus sueños, su gloria y su voluntad. ¿Vives para los sueños de Dios o para los tuyos?
Es tiempo de volver al primer amor, de poner los ojos en la cruz, de reconocer que nos acomodamos y decirle: «Señor, no puedo vivir una búsqueda a medias, porque tú te entregaste por completo por mí». Si te ha costado perder lo malo, el Espíritu Santo te visita y te ayuda. Puedes orar: «Señor Jesús, te reconozco como mi Señor y mi Salvador. Gracias por entregarte por mí y tomar mi lugar. Entra en mi corazón y llévame a buscarte apasionadamente todos los días de mi vida».
Referencias bíblicas
- Mateo 13:44 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 2:5–11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 12:1–2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 4:6–12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 10:23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 14:16–24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Reyes 19:19–21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 53:3–5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 19:25–27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


