Hay edificios que hoy son lugares de paz y de fe, y que un día fueron solo obra gris. Su construcción atravesó un proceso largo, con muchas dificultades, y hubo momentos en que parecía que la obra no avanzaba. Pero Dios estaba trabajando en el proceso. Así también trabaja en tu vida.
Los diamantes se forman a gran profundidad bajo la tierra, sometidos a temperaturas extremas, a presión y a oscuridad. Allí el carbono se transforma hasta convertirse en un diamante. Tú también atraviesas lugares oscuros, presión y circunstancias incómodas: son tus procesos.
Un día ibas al colegio, a la universidad o al trabajo, y al siguiente todo cambió: tuviste que quedarte en casa y convivir todo el día con tus hermanos y tus padres. Dios permite que el proceso haga tres cosas en ti. La primera es pulirte.
Los procesos te pulen
Los procesos te pulen y sacan lo mejor de ti. José tenía diecisiete años y soñaba. Contó sus sueños a sus hermanos y a su padre, y sus hermanos le tuvieron envidia y le aborrecieron. Cuando su padre lo envió a buscarlos, ellos lo vieron de lejos y conspiraron para matarlo.
Quizá te has destacado en algo o tienes sueños grandes, y otros se burlan de ti. Los sueños pueden despertar envidia. Lo que vivió José fue el comienzo del proceso que lo estaba puliendo. Aun las tensiones con tus hermanos en casa pueden ser parte de cómo Dios trabaja en ti y saca tu brillo, como en el diamante.
Los hermanos de José no lo mataron, pero lo vendieron como esclavo. José llegó a la casa de Potifar y comenzó a trabajar allí. «Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero». Los procesos no solo pulen: también hacen progresar.
Un diamante en bruto no brilla todavía: necesita ser cortado y pulido. Cada corte parece una pérdida, pero en realidad está abriendo caras por donde la luz entrará y se reflejará. Lo que Dios quita de ti en el proceso —orgullo, impaciencia, inseguridad, malos hábitos— no te disminuye: te prepara para reflejar su luz.
Los procesos te hacen progresar
En casa de Potifar, la esposa de su amo puso los ojos en José, porque era de hermoso semblante. Pero José se negó: «He aquí que mi señor no se preocupa conmigo de lo que hay en casa, y ha puesto en mi mano todo lo que tiene… ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?». Ella lo acusó falsamente, y José fue encarcelado injustamente.
Quizá sientes que has vivido injusticias: un último año de colegio que no pudiste disfrutar, una vida que no fue como esperabas. Muchos atravesamos procesos que, con el tiempo, entendemos que nos estaban preparando para brillar. Hay quienes de niños sufrieron bullying por su sobrepeso o por usar anteojos; sus compañeros se burlaban y los hacían sentir mal. Fue muy duro.
Si has sufrido bullying o has recibido palabras hirientes, no midas tu valor por lo que dicen los demás, sino por lo que Dios dice. Eres un especial tesoro para Dios. El rechazo y el acoso son como la presión que forma una piedra brillante. Resiste: lo que viviste servirá para que brilles. No es fácil, pero Dios está trabajando.
En la cárcel, José hacía bien las cosas, y con la ayuda de Dios interpretaba sueños. El copero y el panadero del rey tuvieron sueños, José los interpretó, y se cumplieron. Pero el copero, a quien José le pidió que se acordara de él, lo olvidó. Pasaron dos años.
¿Te has sentido encerrado o tratado injustamente? ¿Olvidado? Dios no te olvida. Cuando Faraón tuvo un sueño que nadie podía interpretar, el copero se acordó de José.
Mientras esperaba, José no se amargó ni dejó de servir. Siguió haciendo bien su trabajo, atendiendo a los demás presos y preguntándoles: «¿Por qué parecen hoy mal vuestros rostros?». Aun olvidado, se interesaba por otros. Tu proceso no es una pausa en tu vida: es el lugar donde Dios forma tu carácter mientras sirves.
Los procesos te posicionan
Dios se acuerda de quien atraviesa sufrimiento y dificultades. «Y dijo Faraón a sus siervos: ¿Acaso hallaremos a otro hombre como este, en quien esté el espíritu de Dios? Y dijo Faraón a José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo». Cuando permites que Dios trabaje en tu corazón, los procesos no solo te pulen y te hacen progresar: también te posicionan.
Versículo clave
«y dijo Faraón a sus siervos: ¿Acaso hallaremos a otro hombre como este, en quien esté el espíritu de Dios? Y dijo Faraón a José: Pues que Dios te ha hecho saber todo esto, no hay entendido ni sabio como tú. Tú estarás sobre mi casa, y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo; solamente en el trono seré yo mayor que tú.»
Génesis 41:38-40
Después de todo lo que atravesó, el diamante llega a ser una piedra brillante. José salió de la cárcel, se cambió de ropa, recibió el anillo del rey con el que se sellaban los decretos, y lo vistieron de lino finísimo. Dios también está cambiando tu ropa: quitando una mentalidad antigua y trabajando en tu vida, si le das acceso.
Desde el primer rechazo, José guardó su corazón y confió en medio del proceso. Confía tú también: Dios sabe lo que está haciendo. El proceso puede ser incómodo, pero no te impide avanzar hacia lo que Dios está formando en ti.
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». No desistas de tus sueños. Dios está trabajando contigo en medio del proceso que estás viviendo.
Versículo clave
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.»
Romanos 8:28
Confía y guarda tu corazón
Confía y guarda tu corazón. Desde aquel primer rechazo, José no permitió que el proceso envenenara su corazón, sino que dejó que el proceso trabajara para llevarlo a su posición. Cuando años después vio a sus hermanos, pudo decir: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien».
Ora: «Señor Jesús, estoy en medio de un proceso. Quiero abrirte mi corazón y permitirte entrar. Perdona mis errores. Te recibo como mi Señor y Salvador». Si ya habías recibido a Jesús y te apartaste, vuelve a él: busca a alguien que ore contigo y te acompañe.
No compares tu proceso con el de otros. Cada diamante tiene su propio tiempo de formación, y cada vida tiene su propia historia. Lo que importa no es cuán rápido llegas, sino que llegues con un corazón formado por Dios. Él sabe cuánta presión puedes soportar, y no permitirá que el proceso te destruya.
Disfruta tus procesos: Dios tiene el control de todo. Confía en medio del proceso.


