Sigue creciendo en sabiduría. Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia. El que adquiere sabiduría ama su alma: recibir la Palabra te permite mirarte como en un espejo, reconocer las áreas donde necesitas la dirección de Dios y dejar de engañarte a ti mismo.
Versículo clave
«Porque Jehová da la sabiduría, Y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia.»
Proverbios 2:6
Busca sabiduría, obedece la Palabra, observa y pide sabiduría. Dios quiere bendecir y traer libertad a cada área de tu vida. Todos necesitamos seguir aprendiendo: es sano sentarse a recibir enseñanza, aunque uno mismo enseñe a otros.
Una prosperidad que alcanza la vida entera
Prosperar no es solo hacerse millonario. Prosperar es avanzar con Dios: una iglesia que sigue adelante, un matrimonio que crece aun con diferencias, unas finanzas sujetas a la Palabra. Un matrimonio próspero no es uno sin defectos ni errores, sino uno dispuesto a reconocerlos y a pedir sabiduría. Tener dinero no te hace próspero por sí solo: lo importante es que tu corazón esté alineado con Dios y que no vivas afanado detrás de las posesiones ni las adores.
Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la sabiduría. «Yo sé cómo hago las cosas»: el orgullo te impide aceptar una opinión distinta. No lo trates como algo que se arregla con una oración rápida: ríndelo. A veces el orgullo te mantiene en una necedad tan grande que prefieres tener la razón antes que ser transformado.
La humildad reconoce que necesitas a Dios y su Palabra, rinde cuentas y abre el corazón. En el matrimonio y en las relaciones de responsabilidad, rendir cuentas no significa tolerar el abuso de autoridad: se trata de una doctrina sana y de relaciones donde se pueda hablar con honestidad. Para crecer hace falta humildad: admitir que necesitas ayuda y estar dispuesto a escuchar.
Liberación y sabiduría para no volver a la esclavitud
Israel vio el poder de Dios cuando fue liberado de Egipto, y aun así el pueblo murió en el desierto por falta de sabiduría. Dios puede liberarte de muchas situaciones, pero algunas dificultades también requieren sabiduría. No todo se debe a un demonio o a un faraón: la ignorancia puede mantenerte en esclavitudes que no esperabas.
Las plagas mostraron que los dioses de Egipto eran falsos. Faraón dijo que no dejaría ir al pueblo, pero Dios abrió el mar. Aun así, cuando Dios dice que algo no conviene, hay que temerle. El pueblo fue liberado de Faraón, pero no entró en la tierra prometida. No temas las amenazas de Faraón: escucha a Dios y obedécelo.
Ante el adulterio y la fornicación, Dios dice que no. Dios ama y perdona, pero pone límites porque el pecado destruye. No olvides a Dios ni digas en tu corazón que tu fuerza te trajo la riqueza. El sustento y la energía para trabajar cada día vienen de la misericordia y la bondad de Dios.
Hay quienes, después de intentar de muchas maneras dejar de fumar, reciben oración y nunca más vuelven a tener ganas: un milagro, una liberación inmediata. Pero hay otras áreas en las que puedes seguir atado hasta que abras tu corazón para recibir sabiduría. Conocerás la verdad, y la verdad te hará libre; la ignorancia te mantiene en lo que te daña.
El principio de la sabiduría es el temor de Jehová: tomar en serio lo que Dios dice. Dios no decide por ti; tu disposición interviene en la batalla interior. Si Dios rechaza algo, es porque es perfecto, ama a sus hijos y quiere lo mejor para tu vida. Respétalo, y no temas más a Faraón que a Dios.
No basta con salir del problema: hay que encontrar la raíz
La sabiduría no es solo descubrir cómo salir de un problema; también es reconocer qué te llevó a entrar en él. Si sales de una dificultad y luego vuelves a apartarte de Dios, ¿realmente aprendiste? Hay quien, en un tiempo difícil, vuelve a la iglesia, llega puntual y se queda hasta el final, pero deja de hacerlo cuando pasa la crisis. Salir del problema sin aprender de lo que lo provocó no es crecer en sabiduría.
Examina las posibles raíces: egoísmo, envidia, ambición, avaricia, haraganería o pecado. No todas están detrás de cada problema, pero pregúntate qué te condujo a tu situación. Ve a la raíz, aprende y no te quedes solo en tratar el síntoma. Ten humildad para reconocer lo que está golpeando tu vida y lo que te mantiene en pecado o te impide crecer.
El hijo pródigo y el hermano que se quedó
En algún momento, todos podemos ser como el hijo pródigo. Lo perdió todo viviendo perdidamente; al volver, decidió decirle a su padre: «He pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo». El padre lo recibió, se echó sobre su cuello y lo besó, mandó ponerle un anillo, el mejor vestido y calzado, e hizo fiesta.
Pero el hermano mayor, que se había quedado en casa y había obedecido, se enojó: a él nunca le habían dado ni un cabrito para gozarse con sus amigos, y ahora se festejaba el regreso de su hermano. Hay pecados visibles de la carne, como fumar o emborracharse, y pecados del alma —la envidia, el chisme, la amargura, los celos y la crítica— que pasan más inadvertidos.
Imagina que en un restaurante ves a alguien tomando licor y empiezas a criticarlo o a comentar chismes sobre él. La debilidad visible de otro no debería llevarte a pecar en tu interior. En lugar de alimentar el chisme, acércate, pregúntale cómo está y ofrécele oración o ayuda.
Dios nos está hablando a todos. Lleva a la cruz la avaricia y los chismes que no quieres conservar, porque puedes terminar reproduciendo en tu alma el pecado que criticas en otro. Busca sabiduría y sirve con otra actitud: «¿Cómo estás? Estoy para servirte. ¿Quieres que oremos por alguna necesidad?».
Correr con disciplina, pero por un premio eterno
¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Los atletas olímpicos muestran el esfuerzo y la disciplina del entrenamiento.
Versículo clave
«¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.»
1 Corintios 9:24
Pero no tomes una frase fuera de contexto para convertirla en un llamado a perseguir éxito económico o posesiones. Pablo corre por una corona incorruptible. Corre cada paso con propósito, no golpees el aire y disciplina tu cuerpo para hacer lo que debes. Pablo temía que, habiendo predicado a otros, él mismo quedara eliminado.
Corinto era una ciudad de cultura profundamente deteriorada, y eso afectaba a la iglesia. Por eso Pablo dio instrucciones específicas para aquel contexto. Estudia lo que estaba sucediendo para no convertir en ley universal lo que respondía a una situación cultural, ni caer en lecturas legalistas.
No corras solo para ganar cosas temporales. Tu motivación cambia cuando piensas en el premio eterno y dejas que la sabiduría de Dios gobierne tus emociones. No escuches solo lo que se ajusta a lo que quieres hacer: obedece también lo que debes hacer. Tu vida ha de tener propósito, y tus metas necesitan una perspectiva que vaya más allá de lo temporal.
Uno de los atletas con más medallas de oro de la historia contó que, a pesar de todos sus logros, llegó a querer suicidarse y sentía un gran vacío. Necesitaba a Jesús, encontró propósito y su vida cobró sentido. Las medallas no son malas, pero los logros temporales no pueden darte lo que Dios da: la motivación y lo que da sentido a tu vida importan.
Ten metas: una casa, una empresa. Plantéalas con fe, pero corre con Jesús y su Palabra. Tu empresa puede tener un propósito para tu familia, para el reino de Dios y para la eternidad, no solo para ganar dinero. No es lo que adquieres, sino lo que haces con lo que adquieres: vive para el reino de Dios, no para un reino personal.
El problema no son las medallas ni la abundancia económica, sino una motivación incorrecta y una vida que corre tras una meta sin correr con el Señor. No corras solo por tener algo, sino con alguien. No construyas muchas cosas sin propósito ni vuelvas a golpear el aire.
Una meta económica también puede tener propósito
Supón que te propones ganar cien quetzales. Primero, el diezmo: un principio de adoración que reconoce a Dios como tu proveedor. Te quedan noventa. El dinero no garantiza prosperidad: importa cómo lo usas y la disposición de tu corazón.
Honra a Dios con el resto: no lo gastes en algo que destruya tu vida, la de tus hijos o la de tu familia. Si llevas tu ofrenda y tienes una diferencia o falta de perdón con alguien, primero ve y reconcíliate. Una institución puede recibir un diezmo, pero eso no garantiza que Dios lo reciba como ofrenda agradable: importa el corazón con que das.
Si tu meta es comprar una casa, ¡felicidades! Pero pregúntate si ese hogar estará lleno de Dios, si allí invitarás su presencia a tu vida, a tu matrimonio, a tus relaciones y a tus finanzas. Las posesiones no son el problema; que lo que adquieras tenga un propósito más amplio que la acumulación personal.
Observar a las hormigas
Cuatro cosas son de las más pequeñas de la tierra, y las mismas son más sabias que los sabios. Las hormigas, pueblo no fuerte, preparan en el verano su comida. Si fueran empleadas de una empresa, no harían falta supervisores para que hicieran lo que les toca.
Las hormigas dejan un rastro que otras siguen hasta la comida. Si una encuentra un camino más directo, las demás redireccionan su ruta, como un GPS. Comparte lo que has aprendido: si ya encontraste un camino más corto, no dejes que otro dé una vuelta más larga por tu orgullo o por no admitir que te equivocaste.
Imagina a alguien que visita otra iglesia que está por construir su edificio y se ofrece a diseñarles el área de niños, para que la de ellos quede diez veces mejor que la propia. Eso es trabajar para que otros reciban algo bueno, incluso mejor que lo que tú tienes.
Si encontraste una ruta más directa, ayuda a otros a evitar el camino largo. Esa disposición es parte del reino de Dios y contribuye a algo eterno. El orgullo te impide admitir tus errores, aunque compartir lo aprendido beneficie a otros.
Las hormigas, los conejos, las langostas y la araña son débiles. Tú también puedes haberte equivocado, pero necesitas rendirte a quien te creó. La estrategia es rendirte a Dios y bendecir y ayudar a otros, no usar el error ajeno para condenarlos.
Las hormigas no se guían por la vista y trabajan unas con otras: si una no puede llevar una ramita, llegan otras a ayudarla. Así es la iglesia: aprender, orar, ayudar y bendecir a quien está a tu lado. Aprende de la creación.
La palabra hebrea para hormiga, «nemalá», se relaciona con apiñarse y estar juntos. Congrégate, forma parte de una comunidad y adora junto a otros a Dios.
La sabiduría también se vive en comunidad
Dios ordenó el cuerpo para que no haya desavenencia, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. Como las hormigas, la iglesia es una gran familia donde cada uno puede preocuparse por los demás y hacerles bien.
Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo. Pide perdón por tus pecados y recibe a Jesús en tu corazón como tu Señor y Salvador.
Referencias bíblicas
- Proverbios 2:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 11:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Deuteronomio 8:18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 9:24-27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 30:24-28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 12:25 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 15:11-32 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 5:23-24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 9:24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


