EN Oración
Serie El Protagonista

El desagrado: una emoción que debemos aprender a administrar

El desagrado puede alertarnos ante un peligro, pero si toma el protagonismo puede dirigir nuestra vida y dañar nuestras relaciones. Ejerce dominio propio y recuerda que, aun cuando tu conducta desagrada a Dios, sigues siendo amado por él.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
27 min

Una emoción con un propósito

¿Cómo están tus emociones? Quizá a algunas personas les gustan las ratas, pero a muchos no nos agradan ni las ratas ni las cucarachas. Esa reacción introduce el tema: el desagrado. No es una emoción mala por sí misma: las emociones son una bendición y pueden ser aliadas cuando son breves y cumplen un propósito.

«Yo no soy mi emoción». Dios nos creó con emociones que nos ayudan a responder ante las situaciones, y el desagrado puede protegernos cuando algo parece representar un peligro. Pero esa emoción no debe convertirse en protagonista ni dirigir la vida. Nuestra responsabilidad es prestar atención a lo que sentimos y administrar las emociones.

Una emoción que dura más de lo debido puede convertirse en sentimiento y marcar la vida. No la dejes crecer sin atenderla: úsala para el propósito que corresponde. Dios nos dio un espíritu de amor, poder y dominio propio; tener emociones no elimina la responsabilidad personal de gobernarlas.

¿Le ha faltado a la iglesia gracia o favor a lo largo de los años, o lo que ha faltado es dominio propio? A veces no queremos hacernos responsables de lo que nos toca, incluida la administración de las emociones. «Aquello que gobierna tu vida es lo que la dirige». El enemigo puede usar las emociones para engañar a una persona y llevarla a vivir según una emoción que terminó convirtiéndose en sentimiento y estilo de vida. Pablo advirtió a Timoteo que se cuidara a sí mismo: cada uno puede ser su peor enemigo cuando permite que sus emociones avancen sin control.

Versículo clave

«Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, este se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora.»

Hechos 16:18

Pablo: el desagrado dirigido contra lo que destruye

Hay un uso provechoso del desagrado. Hechos 16:16-18 cuenta que, mientras Pablo y sus acompañantes iban a la oración, se encontraron con una muchacha que tenía espíritu de adivinación y daba gran ganancia a sus amos. Ella seguía a Pablo y a los demás, proclamando que eran siervos del Dios Altísimo y anunciaban el camino de salvación. Después de muchos días, Pablo, desagradado, se volvió y ordenó al espíritu, en el nombre de Jesucristo, que saliera de ella; y el espíritu salió en aquella misma hora.

Lo importante es hacia dónde dirigió Pablo su respuesta: no tomó el desagrado como una ofensa personal contra la muchacha ni la insultó, sino que habló al espíritu que estaba en ella. Esa emoción condujo a una liberación. No dejes que el desagrado convierta a una persona en blanco de rechazo: examina qué está dañando su vida.

Cuando algo o alguien cercano te provoca desagrado, ¿qué es exactamente lo que te desagrada? Fíjate en aquello que está destruyendo la vida de la persona, en lugar de rechazarla, para poder marcar una diferencia y ser de ayuda.

Cuando el desagrado se convierte en rivalidad

Saúl es el contraste. En 1 Samuel 18:7-9, las mujeres cantaban y danzaban diciendo: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». Saúl se enojó, le desagradó el dicho y pensó que a David le daban diez miles y a él miles; desde aquel día no miró a David con buenos ojos.

El desagrado de Saúl no se convirtió en ayuda para su vida, sino en rivalidad: esa emoción pasó a dirigirlo y cambió su relación con David. En vez de gobernar la emoción, Saúl permitió que avanzara. Cuando el desagrado toma el protagonismo, puede impedirnos apreciar a quienes están a nuestro lado y convertirse en un sentimiento capaz de dañar a otros.

Ese camino lleva a la envidia, cuya raíz comienza cuando dejamos de mirar con agrado lo que tenemos y empezamos a querer lo que tiene otra persona. Todos podemos ser tentados a sentir desagrado ante el logro de alguien cercano, pero el llamado es a ejercer el dominio propio: la emoción puede terminar ahí, sin transformarse en un sentimiento que dañe el corazón.

Hay una forma de envidia en la que alguien sabe que no obtendrá lo que codicia y, aun así, se conformaría con que la persona envidiada también lo perdiera: lamenta en apariencia que al otro le vaya mal, mientras por dentro celebra. Es la distancia entre las palabras de condolencia y la alegría interior ante la pérdida ajena.

Éxodo 20:17 prohíbe dejarse dominar por el deseo de tener lo que otros tienen: la esposa, los sirvientes, el buey, el burro y las pertenencias. En Saúl, una emoción de desagrado no sujetada dio paso a la envidia, y eso le costó la vida y seguir siendo rey de Israel. Detén ese proceso y sujeta la emoción a la palabra de Dios, en vez de permitir que dirija tu vida.

David y los hombres de la cueva

Imagina, en cambio, cómo pudo llegar David a la cueva de Adulam mientras lo perseguían. Allí se reunieron hombres afligidos, endeudados y amargados.

David pudo haber sentido desagrado ante el lugar y ante quienes estaban allí: hombres con deudas, aflicciones y amargura. Pero David vio con desagrado la aflicción, la amargura y las deudas, no a los afligidos, amargados y endeudados. Esos hombres son mencionados después como valientes. No confundas el rechazo de lo que hace daño con el rechazo de las personas.

David usó la emoción a su favor y en favor de quienes lo rodeaban. Las emociones pueden usarse para el bien de otros, y Dios puede obrar a través de una persona.

El vino nuevo y los odres nuevos

Los discípulos de Juan y los fariseos preguntan por el ayuno porque les desagrada lo que Jesús hace. Algunos actúan como fariseos al llamar pecado a lo que ellos creen que es pecado, como cuando desaprobaban que Jesús sanara en día de reposo; y a quienes preguntaban por el ayuno, les desagradaba ayunar. Con la imagen de los odres, Jesús les decía que traía vino nuevo y no lo derramaba sobre odres viejos: necesitaba odres nuevos, sin estructuras, para que vieran una nueva gloria para la humanidad, de poder, amor y bondad.

El desagrado les impidió usarlo a su favor y recibir lo nuevo que Dios traía.

El desagrado puede impedir recibir lo nuevo de Dios. No toda objeción o desacuerdo es señal de rechazo espiritual; el punto es no permitir que una emoción se vuelva protagonista hasta cerrar el corazón a lo que Dios trae.

Versículo clave

«Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.»

Lucas 15:20

Examinar la conducta sin confundirla con la identidad

Una conducta puede desagradar a Dios porque destruye lo que a él le agrada, y aun así seguimos agradándole. Dios dio a su Hijo en la cruz por cada uno: no dejes que el desagrado hacia ti mismo te lleve a pensar que Dios ya no te ama. Al mismo tiempo, el pecado puede interrumpir la relación con Dios.

La conducta que puede desagradar a Dios no es lo mismo que la identidad de una persona ante él. Dios no está siempre malhumorado o enojado con sus hijos, aunque le desagrade una conducta cuando lastima y destruye aquello que más le agrada: las personas. Puedes reconocer que tu conducta no agrada a Dios y, a la vez, saber que sigues siendo amado por él.

El padre de la parábola lo muestra.

El hijo pródigo: volver a casa

En la parábola del hijo pródigo, el hijo tomó sus bienes, los desperdició viviendo perdidamente y terminó comiendo algarrobas con los cerdos. El pecado puede llevar a una persona a acostumbrarse a situaciones que antes le habrían parecido desagradables. Después, el hijo volvió en sí, recordó que los jornaleros de la casa de su padre tenían pan en abundancia y decidió regresar. Al acercarse, dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti», y añadió que ya no merecía ser llamado hijo y que lo recibiera como jornalero.

El hijo había convertido la vergüenza por lo que hizo en una conclusión sobre quién era: pensaba que no solo su conducta desagradaba, sino que él mismo ya no agradaba a su padre. Pero el padre lo recibe, se le echa al cuello, lo besa y manda preparar una fiesta: su hijo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y fue hallado. Esa recepción es imagen del amor de Dios.

El pecado puede degradar la vida e interrumpir la relación con Dios, pero siempre es posible arrepentirse: «Perdóname, Señor; me arrepiento, no va más eso en mi vida». En la parábola, el padre ve al hijo de lejos: es él quien espera expectante su regreso, y prepara lo mejor para el día en que vuelva a casa.

No conviertas una emoción de desagrado hacia ti mismo en la conclusión de que Dios ya no te ama. Una conducta desagradable puede y debe reconocerse, pero el regreso a la presencia de Dios sigue abierto. Cuando la emoción deja de ocupar el centro, puedes volver a casa y recibir el amor que Dios sigue teniendo por ti.

Una pausa para examinar el corazón

Medita en la responsabilidad que tienes. ¿Se ha vuelto protagonista el desagrado? ¿Ha llegado el momento de ejercer dominio propio? ¿Has hecho algo desagradable a Dios? Si piensas que por eso tú mismo le resultas desagradable, la respuesta es no: Dios te ama.

Abre tu corazón a Jesús y repite: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor».

Referencias bíblicas