Que todos puedan participar en la oración y la alabanza, también desde casa.
La Santa Cena, según 1 Corintios 11:24-27, tiene tres miradas: hacia atrás, al sacrificio de Jesús; hacia adelante, a la esperanza de que él volverá; y hacia adentro, para examinarse, reconocer las faltas y arrepentirse. Se participa de manera digna no porque alguien sea perfecto, sino con esa disposición de recordar, esperar y ponerse a cuentas con Dios. Después de una canción y una oración, se comparten los elementos en unidad, con gratitud por el perdón y la nueva oportunidad que da el sacrificio de Jesús.
La herencia y la madurez espiritual
¿Estamos listos para recibir la herencia? Gálatas 4:1 dice que, mientras el heredero es niño, no se diferencia del esclavo, aunque sea señor de todo, porque está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. La inmadurez impide vivir la herencia como corresponde. No es una cuestión de edad física, sino una condición espiritual que se muestra en reacciones y actitudes.
Versículo clave
«Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo»
Gálatas 4:1
Seguir con faltas de perdón y resentimientos es señal de inmadurez espiritual, como las reacciones de un niño. Además de querer las promesas, ¿estamos listos para recibirlas?
La generación que atravesó el desierto, aunque Dios la llevaba hacia la tierra prometida, seguía quejándose y mostrando las mismas actitudes, y no entró en la tierra de las promesas. El desierto era un proceso que debía conducirla a la madurez. Habían visto milagros: el maná, el mar abierto, agua de la roca, túnicas y sandalias que no se desgastaban, y la nube y la columna de fuego como guía y protección. Josué, en cambio, recibió la herencia. Presenciar milagros no produjo por sí solo la madurez necesaria.
A veces reaccionamos de una manera que el Espíritu Santo nos hace relacionar con cómo reaccionábamos de niños. Eso confronta el corazón: ¿todavía conservamos aquellas actitudes? Pídele a Dios que te ayude y arranque de ti esa respuesta. Dios está dispuesto a trabajar, pero a veces las personas se rinden. Dios es eterno, y nuestro tiempo es limitado: no lleguemos a la vejez con las mismas áreas sin trabajar.
Dios tiene promesas, pero ¿estamos listos? No son los procesos o las situaciones difíciles por sí solos los que marcan la diferencia, sino las actitudes y reacciones ante ellos. Ese examen permite reconocer si hay madurez espiritual.
Permanecer cuando la emoción cambia
Apocalipsis 21:7 dice: «El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo». La permanencia distingue la madurez de la inmadurez. ¿Cuánto tiempo permaneces en lo que Dios ha dicho? ¿Dejas que las emociones te arrastren? Las emociones tienen su lugar, pero no deben gobernar la vida.
A un niño se le enseña a lavarse los dientes: al principio alguien le indica y lo supervisa; cuando luego va y lo hace por sí solo, está madurando, porque actúa desde una convicción propia y una práctica que se vuelve parte de su carácter. ¿Haces lo que debes por convicción o porque alguien te monitorea?
Imagina que por un momento no hubiera internet: ni prédicas ni enseñanzas disponibles. ¿Qué harías? ¿Sabrías a quién recurrir? Vuelve a lo básico: reúnete en familia y abre la Biblia. Los discípulos no tenían una Biblia física, pero contaban con las palabras de Jesús en la mente y el corazón y con la guía del Espíritu Santo; enfrentaron desafíos, pero pudieron perseverar porque tenían un fundamento. Y si nadie monitoreara a un líder ni le preguntara qué hizo, ¿qué haría? Actuar desde una convicción interior.
Permanecer es estar o mantenerse en un lugar durante un tiempo determinado. No todos los que empiezan una carrera universitaria llegan a graduarse; los gimnasios se llenan en enero, pero con el paso de los meses permanecen solo algunos. La dieta que funciona es la que se mantiene. La permanencia no depende de la emoción inicial, sino de continuar.
Josué fue servidor de Moisés y, cuando Moisés subía al monte, Josué se quedaba al pie. Es la posición de quien siente que está a mitad del camino: no puede avanzar, tampoco sabe si regresar y se siente estancado. En esa situación, escucha la exhortación «permanece»: no tomes decisiones precipitadas; deja que Dios forme tu carácter y afirme tus convicciones. Dios dio una herencia a Josué, mientras que el pueblo de Israel no permaneció en las palabras recibidas.
Sin fundamento propio, es difícil perseverar.
La permanencia, la autoridad y el maná escondido
Apocalipsis 2:26-28 habla de vencer, guardar las obras hasta el fin, recibir autoridad sobre las naciones y recibir la estrella de la mañana. La autoridad viene como resultado de la permanencia, y anima a quienes quieren ver la obra y el poder de Dios en sus vidas.
En el Salmo 91 hay una diferencia entre visitar y habitar: quien habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Habitar es permanecer cuando las cosas van bien y cuando van mal, en cualquier circunstancia y estación: la fidelidad no depende de lo que se siente o se ve.
Apocalipsis 2:17 menciona el maná escondido y una piedrecita blanca con un nombre nuevo. El maná recuerda el que los israelitas recibían durante cuarenta años. Dios instruyó a Moisés a poner maná en una vasija y guardarla en el arca del pacto. Según una tradición, Jeremías tomó el arca por instrucción de Dios y la escondió en una cueva, que se cree ubicada en el monte Nebo.
Versículo clave
«El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.»
Apocalipsis 2:17
Hay momentos en que aquello a lo que teníamos acceso parece quedar fuera de la vista. El maná escondido es la comunión íntima con Jesús, el pan de vida. A veces puede parecer que Jesús se ha escondido, pero no se ha ido: ese momento pone a prueba qué harás, si seguirás buscándolo o tomarás otro camino. El maná escondido se encuentra por fe y perseverancia; permanece escondido para el incrédulo, pero no para quien cree y sigue buscando a Jesús.
La piedrecita blanca tiene dos explicaciones. La primera: en los tribunales se daba una piedra blanca como señal de que el acusado había sido absuelto. La culpa debe desaparecer para recibir las promesas. Los fariseos querían apedrear a la mujer sorprendida en adulterio, y Jesús dijo que quien estuviera libre de pecado lanzara la primera piedra. Jesús no acusa ni condena a quien viene a él, y pagó en la cruz para que seamos libres de culpa. La culpa es una trampa del enemigo, una acusación que puede impedir madurar y permanecer; la misericordia de Dios, en cambio, anima y fortalece.
La segunda: antiguamente se daba una piedrecita blanca a los atletas que vencían, y podía canjearse por premios, regalos, comida o un banquete. Es la imagen de un banquete celestial para quienes perseveran. Si has seguido creyendo pese a todo lo que has vivido, esa piedra es una señal de victoria y de recompensa.
La mesa del rey y la promesa a Mefi-boset
Algunas personas no han permanecido: las dificultades, las pruebas y las circunstancias las han arrastrado. En vez de una condena, hay una historia: un rey atraviesa una etapa próspera, está en la cima y, sin embargo, tiene presente una promesa hecha a su mejor amigo, Jonatán: cuando él ya no estuviera, mostrar misericordia a su casa.
En 2 Samuel 9, David pregunta por alguien de la casa de Saúl a quien pueda mostrar misericordia por amor a Jonatán, y Mefi-boset, hijo de Jonatán y nieto del rey Saúl, es llevado ante él. Mientras David estaba en la cima, Mefi-boset vivía lo opuesto: olvidado, herido y frustrado, sin sueños, en Lo-debar, nombre que significa «sin pasto», un lugar solitario, sin nada verde ni esperanza. Y el rey lo invita: «Siéntate a mi mesa».
Haz una oración para recibir a Jesús: pide perdón por vivir lejos de él, pídele que entre en tu corazón y sea Señor, y agradécele que prepare un banquete, limpie el pecado y la culpa y haya dado su vida en la cruz. Si haces esta oración por primera vez, algo sobrenatural empieza en tu vida: tu nombre ha sido escrito en el libro de la vida.
Si necesitas oración o consejería, busca quien te escuche; y si recibiste a Jesús por primera vez, bienvenido.
Levántate y cree en las promesas. Dios da una «piedrita blanca», imagen de misericordia: toma posesión de la herencia por la fe. La sangre de Jesús da acceso a las promesas. ¿Estás listo para salir de Lo-debar y sentarte a la mesa del rey? Sal de la depresión, la frustración, la amargura, el resentimiento y la falta de perdón. El rey tiene preparado un banquete y te llama a disfrutarlo, aunque mires tus errores y te preguntes si mereces sentarte.
Una invitación a responder y una oración
Honrar a Dios con diezmos y ofrendas es parte de la confianza: ser dador alegre es saber a quién se da y de quién depende la vida. Eclesiastés 6:1-3 y 5:18-19 contrasta a quien posee riquezas, bienes y honra pero no tiene la facultad de disfrutarlos con quien recibe de Dios esa capacidad y puede gozar del fruto de su trabajo. Poner la confianza en lo poseído y retener lo que corresponde a Dios impide disfrutarlo; dar con obediencia expresa que la confianza está en Dios, no en el dinero. 2 Corintios 9:7, Malaquías 3:10 y 1 Timoteo 6:17 exhortan a dar con alegría, a no poner la esperanza en riquezas inseguras y a confiar en Dios, que provee para que se disfrute de lo recibido. La bendición principal es la facultad de disfrutar lo que se tiene. Da gracias a Dios por esa capacidad incluso en tiempos difíciles.
Dios te bendiga.
Referencias bíblicas
- 1 Corintios 11:24-27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Gálatas 4:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Apocalipsis 21:7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Apocalipsis 2:26-28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Apocalipsis 2:17 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Samuel 9:1-13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Timoteo 2:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmo 91:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


