El camino estaba libre, pero el pueblo no
«Libres para lo nuevo» es un llamado a estar dispuestos a recibir lo que Dios quiere hacer. Deuteronomio 1:3 presenta un contraste: un recorrido de once días desde el monte Sinaí hasta Cades-barnea, y cuarenta años transcurridos desde la salida de Egipto cuando Moisés habló al pueblo. ¿Cuántas veces renunciamos a algo nuevo que Dios tiene, aun cuando lleva mucho tiempo delante de nosotros?
El trayecto estaba libre, pero el pueblo no lo estaba por dentro. Los israelitas vivían en el desierto con un conflicto en el corazón frente a lo que veían. El camino a la promesa estaba disponible, pero la falta de libertad interior los dejó estancados. Tener algo nuevo de parte de Dios no significa recibirlo automáticamente: hace falta disponer el corazón.
Quizá el pueblo pensó que el siguiente año sería el año, y luego el otro, sin que el cambio de calendario resolviera lo esencial. No se trataba de cambiar de año, sino de lo que Dios quería hacer en ellos. Dios está más comprometido con hacernos libres que con mantenernos cómodos. Deja de medir lo nuevo solo por sus resultados externos —como la tierra que fluye leche y miel— y atiende a la libertad que Dios quiere trabajar en tu vida.
Un año no se vuelve nuevo por el calendario: importan el corazón, los pensamientos y la disposición. ¿Qué provecho habría en tener «cielos abiertos» si la mente, el corazón o la disposición permanecen cerrados? Pide que Dios haga algo nuevo en tu interior para poder recibir lo que él tiene.
La verdad de Dios frente a las verdades que nos contamos
Una comunidad puede repetir ciertas ideas hasta creerlas. Algunos decían: «¿Para qué nos sacaron de Egipto?», recordaban los ajos y las cebollas y proponían levantar otro líder en lugar de Moisés. Era una verdad propia que, confrontada con la verdad de Dios, resultaba ser una mentira. Diez espías tuvieron una perspectiva negativa y dos, una positiva; bastaron diez voces negativas para contaminar a todo un pueblo.
Lo mismo ocurre con la información que consumimos y con la manera de interpretar las circunstancias. Ante las noticias de una epidemia, al escuchar repetidamente que otros se contagian, alguien puede concluir que también le sucederá. La situación es difícil, pero la respuesta de fe no debe quedar gobernada por el temor: hay sanidad, hay eternidad, y el Apocalipsis tiene un final glorioso. En medio de noticias difíciles, distingue entre tu propia conclusión y la verdad de Dios.
La verdad que debe gobernar la vida no es la que fabricamos desde las emociones, sino la de Dios. El corazón puede engañar, mientras que el Espíritu Santo revela lo que Dios está haciendo y ha preparado. Necesitamos mirar más allá de lo que estamos viviendo.
Lo nuevo proviene de Dios y se recibe en Cristo
2 Corintios 5:17 habla de la nueva creación: lo viejo queda atrás y lo nuevo ha llegado. Lo nuevo proviene de Dios, quien reconcilia consigo por medio de lo que hizo Jesucristo y encomienda la tarea de la reconciliación. El nuevo tiempo no depende de un calendario: viene de Dios y está relacionado con la obra de Jesús.
Versículo clave
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.»
2 Corintios 5:17
Salomón enseña que quienes se quejan de que todo tiempo pasado fue mejor no muestran mucha sabiduría. No te aferres a lo pasado, ni siquiera a las bendiciones de ayer, para no perder de vista lo que Dios puede hacer hoy. Decir que tal año fue mejor que el siguiente dificulta reconocer que Dios sigue en control de la vida, la familia y la congregación. No vivas definido por la época que pasó: Dios puede preparar y liberar a su pueblo para algo nuevo.
Necesitamos al Espíritu Santo para que revele lo que Dios está haciendo y tiene preparado, porque el corazón puede mostrar solo las circunstancias presentes. Juan 8 lo ilustra: Jesús habla con personas que habían creído en él.
Dios sigue en control.
El Espíritu revela lo que el corazón no ve, como muestra Juan 8.
Creer y permanecer en las enseñanzas de Jesús
En Juan 8:31-36, Jesús dice a quienes habían creído en él que serán verdaderamente sus discípulos si permanecen fieles a sus enseñanzas; conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Ellos responden que son descendientes de Abraham y que nunca han sido esclavos de nadie. Jesús habla del pecado como esclavitud, distingue entre el esclavo y el hijo que permanece en la familia y declara que, si el Hijo los hace libres, serán verdaderamente libres.
Versículo clave
«Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»
Juan 8:31-32
Creer en Jesús no equivale, por sí solo, a permanecer libre. La libertad se conserva al mantenerse fiel a sus enseñanzas. No basta con escucharlas ni con afirmar que se cree: la palabra escuchada debe guardarse en el corazón y hacerse práctica. Porque «la palabra que escucho» no es lo mismo que la palabra que escucho y pongo en práctica.
Las enseñanzas de Jesús confrontan. Cuando una palabra toca áreas en las que no hemos sido libres, esa confrontación no es rechazo, sino parte de la obra liberadora de Dios. Que el año sea exitoso no solo en lo externo, sino en la libertad interior y en la madurez cristiana de la congregación.
No queremos únicamente ser consolados cuando sentimos dolor o cuando cometemos errores; queremos progresar en la vida cristiana y ver a la iglesia crecer en madurez, en lugar de quedarse como bebés. Dios perdona una y otra vez, pero las personas pueden seguir sin progresar si repiten lo mismo. La gracia no es una razón para estancarse, sino para levantarse, avanzar y dejar aquello que hace daño.
Es tiempo de progreso y libertad. La fidelidad a las enseñanzas de Jesús permite dejar atrás prácticas que dañan y recibir lo nuevo de Dios para la vida, la familia, el matrimonio, el trabajo o la empresa. No se trata de negar la gracia, sino de no usarla como excusa para permanecer atados.
Hacer espacio para la palabra y vivir lo que decimos
En la continuación de Juan 8, Jesús dice que algunos procuran matarlo porque no tienen lugar para su mensaje en el corazón. Creer en Jesús y ver sus señales no significa necesariamente hacer espacio para sus enseñanzas. Una fe que busca un milagro no es lo mismo que el compromiso de obedecer. ¿De qué se llena tu corazón? El tiempo dedicado a redes sociales y otras actividades no es malo por sí mismo, pero ¿cuánto lugar queda para la palabra?
La falta de compromiso se ve en la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Los gimnasios se llenan al comenzar el año: hay entusiasmo y planes de bajar de peso, pero la emoción puede durar sesenta o noventa días. En la iglesia pasa algo parecido: comenzar en enero no garantiza continuar cuando llega marzo y las cosas no salen tan bien. No bases tu vida cristiana únicamente en emociones: permanece fiel a las enseñanzas, sigue adorando y congregándote aunque las circunstancias sean difíciles.
Como muestra Marcos 9, una mala experiencia también puede frenar el compromiso.
Lo mismo vale para las metas. No está mal escribirlas ni pedir a Dios por necesidades como una casa, un automóvil, salud o más dinero, pero esas cosas deben ser el medio y no la meta. Alguien puede alcanzar la meta de tener una casa y tener casa, pero no hogar; si Cristo es la meta, él contiene lo necesario para que haya también un hogar. Las peticiones materiales no se descartan: se colocan bajo una prioridad mayor, aprender más de la palabra y hacer de Cristo la meta.
La identidad se expresa en la conducta
En Juan 8:38-47, Jesús contrasta lo que ha visto junto a su Padre con lo que sus interlocutores hacen siguiendo a su padre. Ellos responden que Abraham es su padre. Jesús contesta que, si realmente fueran hijos de Abraham, seguirían su ejemplo, y señala que procuran matarlo porque les dijo la verdad que oyó de Dios. Más adelante, ellos afirman que Dios mismo es su Padre, y Jesús responde que, si Dios fuera su Padre, lo amarían, pues él viene de parte de Dios.
Lo que hacemos revela de quién somos hijos.
Las estructuras religiosas y las ideas que uno considera ciertas pueden impedir recibir lo nuevo si no se someten a la verdad de Dios. La identidad no es una etiqueta separada de la vida: se relaciona con las enseñanzas en las que cada persona permanece.
Una mala experiencia no tiene que convertirse en nuestra verdad
Marcos 9:20-29 relata el encuentro de Jesús con un joven que se sacudía con violencia y echaba espuma por la boca. Su padre explica que eso le sucede desde niño y que muchas veces lo ha echado al fuego y al agua para matarlo. Le pide a Jesús que, si puede hacer algo, tenga misericordia y los ayude. Jesús quería obrar tanto en el joven como en el padre.
El padre afirma que los discípulos no pudieron expulsar al espíritu. Esa experiencia fallida puede convertirse en una conclusión general: «No pudieron; aquí ya no se puede hacer mucho». Así una mala experiencia puede transformarse en una supuesta verdad que limita lo que esperamos de Jesús.
Frente a eso está la respuesta de Jesús sobre creer y la súplica del padre: «Creo; ayuda mi incredulidad». Es honesto reconocer la incredulidad delante de Dios y pedir ayuda, en vez de ocultarla. Esa petición es el inicio de la libertad frente a una conclusión nacida de la experiencia; no se trata de fingir que la duda no existe.
Una conversación puede abrir paso a la verdad, como con la mujer samaritana. Jesús le pregunta por su marido, ella responde que no tiene y él le señala que el hombre con quien vive tampoco es su marido. Esa confrontación fue el comienzo de la libertad de ella: dejar de tratar la incredulidad como si fuera verdad.
No abraces la angustia, el dolor, la falta de perdón, las excusas o las adicciones que te mantienen atado. Para las adicciones existen herramientas, pero no se debe seguir abrazando aquello que esclaviza. Suelta esas ataduras y aférrate a la palabra y a las enseñanzas de Jesús.
Permanecer en la verdad frente a lo que nos rodea
Cuando la multitud se agolpa, Jesús reprende al espíritu inmundo y le ordena salir del muchacho y no volver a entrar. El espíritu sale después de sacudirlo con violencia, y muchos dicen que está muerto. Jesús lo toma de la mano, lo endereza y él se levanta. Más tarde, los discípulos le preguntan aparte por qué no pudieron expulsar al espíritu, y Jesús les responde que ese género no puede salir sino con oración.
No te dejes gobernar por las declaraciones generales de quienes observan desde fuera. Permanece fiel a las enseñanzas de Jesús, sin negar lo que ocurre, pero sin tomar como conclusión definitiva lo que otros dicen al verlo. Busca a Dios en oración.
Satanás odia la verdad y no previó lo que vendría cuando Jesús fue entregado: la crucifixión estaba dentro del plan de Dios, y Jesús se levantó por la verdad del Padre. Jesús anunció a sus discípulos que sería maltratado y que al tercer día resucitaría. No te dejes definir por la situación presente: permanece en la palabra y espera la gloria de Dios.
Sacrificio y gloria van unidos en el llamado a tomar la cruz y servir a Jesús. Hay quien se esfuerza por muchas cosas, pero no por seguirlo como discípulo. No es una vida sostenida por la emoción del momento, sino una fe comprometida con la verdad, que permanece aun cuando resulte difícil.
La oración final: creer y practicar
Medita y comprométete con Dios: no solo a creer en Jesús, sino a ser fiel a sus enseñanzas y practicarlas. Pide perdón por las veces en que creíste tener la razón, o en que el dolor, la angustia, una ofensa, una adicción o una mala experiencia se convirtieron en la verdad que guía tu vida.
Permanece fiel a la palabra de Dios, confiando en que Jesús es la verdad y la vida. Aunque toque vivir momentos difíciles, que la verdad permanezca en ti y que Dios te libere para lo nuevo. Recibe a Jesús en tu corazón: es difícil ser fiel a sus enseñanzas si aquel que enseña no está en el corazón.
Pide perdón por tus pecados y recibe a Jesús como Señor y Salvador. Gracias, Jesús, por tu amor, tu fidelidad y tu bondad: quien te recibe, recibe la verdad en su corazón.


