EN Oración
Serie Kings & Queens

Los hábitos de un rey

Reconoce los hábitos que se han vuelto automáticos, renueva tu manera de pensar y cultiva la obediencia, la oración y la gratitud como parte de una vida dirigida a Dios.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
27 min

A veces sabemos algo, pero no llegamos a creerlo ni a experimentarlo. Somos reyes y reinas: Dios nos hizo reyes y sacerdotes y coherederos de su gracia. Recibir lo que Dios ofrece es también una decisión personal. De ahí el tema: «Los hábitos de un rey».

Un hábito es una práctica o acto adquirido que termina haciéndose automático. Todos llegamos a la vida diaria con hábitos buenos y malos; hay que aprender a distinguirlos y atender a los que no corresponden a la vida que Dios quiere. Los cristianos estamos llamados a dar ejemplo y a permitir que Dios obre en nuestras vidas.

Renovar la manera de pensar

Romanos 12:2 llama a no imitar las conductas ni las costumbres del mundo, sino a dejar que Dios nos transforme mediante una nueva manera de pensar, para conocer su voluntad, buena, agradable y perfecta. Si cambian los pensamientos, también pueden cambiar las actitudes, los hábitos, la conducta y las acciones cotidianas.

Versículo clave

«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»

Romanos 12:2

Un mal hábito puede apartarte de recibir la voluntad de Dios. Hay hábitos que vienen de la vieja naturaleza y otros que se han aprendido. Para estos últimos: reconócelos, desaprende lo que hace daño y aprende nuevas prácticas. El cambio no ocurre sin intención: dile a Dios que esta semana te esforzarás por cambiar los hábitos perjudiciales.

Los hábitos se parecen a la salud. La sangre de Jesús tiene poder para sanar y Dios puede hacer un milagro, pero una vida saludable también depende de buenos hábitos de alimentación. No se niega el milagro: se reconoce la responsabilidad cotidiana.

La Biblia habla del etíope y del leopardo para mostrar la dificultad de hacer el bien cuando uno se ha acostumbrado a hacer el mal. Recibir la Palabra no basta si no se abre el corazón para que esa palabra renueve la manera de pensar y la conducta. Cambiar de hábitos es parte de disponerse a vivir la voluntad de Dios.

No convertir el dolor en una costumbre

Los malos hábitos son «tierra fértil para Satanás». Rompe con experiencias difíciles que se han convertido en costumbres perjudiciales. ¿Has atravesado momentos difíciles? Una reacción puede convertirse en hábito: pasar por una mala experiencia y correr a un vicio. Si cada problema te lleva a ese vicio, la respuesta aprendida puede consolidarse.

Jesús invita a acudir a él a quienes están trabajados y cargados, con la promesa de descanso. Ante la dificultad, no corras a un vicio: acude a Jesús. Renueva tu mente para responder de otra manera cuando lleguen nuevas dificultades.

La congregación como prioridad

Otro mal hábito es dejar de congregarse. Hebreos 10:25 llama a no abandonar la reunión, como algunos acostumbran, sino a animarse unos a otros, especialmente al ver que se acerca aquel día. En vez de juzgar a quien ha dejado de asistir, dile que se le espera: la iglesia es una gran familia, con defectos, pero una familia.

La maldad del mundo aumenta, y necesitamos llenarnos más de la Palabra de Dios. No asistas solo cuando no haya nada más que hacer: haz de la congregación una prioridad, incluso cuando la agenda esté llena. Un compromiso posterior al servicio no debe desplazar el compromiso con Dios, que es alimento para la vida.

Llegar tarde también es un mal hábito. Prepárate desde el sábado, deja lista la ropa y sal con tiempo —o ajústate al horario al que acudas— para llegar temprano, ofrecer a Dios adoración y estar dispuesto a recibir la Palabra. Dios merece que sus hijos cultiven buenos hábitos.

Somos llamados a ser ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina y dignidad. Los buenos hábitos ayudan a llevar a cabo distintas obras y a arrancar de la vida los perjudiciales. Dos merecen especial atención: la obediencia y la oración.

Obedecer como convicción

Un hábito llega a ser automático y deja de cuestionarse cada vez. Por eso la obediencia a la Palabra debe ser convicción, no una emoción pasajera. El rey Saúl recibió una instrucción clara de no tomar nada de los enemigos, pero tomó lo mejor del ganado y lo ofreció en sacrificio; además, no esperó al profeta, aunque se le había dicho que esperara.

Cuando el profeta le preguntó qué había hecho, Saúl puso excusas y quiso presentar su desobediencia como una acción espiritual: había ofrecido sacrificio a Dios. No uses la Palabra de Dios para justificar la desobediencia. Saúl perdió el reinado.

El rey Josías es otro ejemplo, en 2 Crónicas 35:22. Un enemigo le comunica que no vaya a la batalla, pero Josías insiste y desobedece: no quiso retirarse, se disfrazó para combatir, no escuchó las palabras de Necao, que venían de boca de Dios, y entró en batalla en la llanura de Meguido. Los arqueros hirieron al rey, que pidió a sus siervos que lo llevaran porque estaba gravemente herido.

Abraham es otro ejemplo de obediencia.

La obediencia de Abraham y la provisión

Y la oración es el otro hábito.

Versículo clave

«Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes.»

Daniel 6:10

Dios le pidió a Abraham a su único hijo, después de tanta espera, y Abraham se levantó a la mañana siguiente, tomó a Isaac y partió hacia el lugar del sacrificio. En el camino, Isaac preguntó qué sacrificarían, y Abraham respondió: «Dios proveerá». Imagina lo que Abraham pudo estar atravesando. Al llegar al lugar, Dios lo detuvo, y había un cabrito. Cuando obedecemos a Dios, habrá provisión y protección en nuestra vida. Que la obediencia a los mandamientos sea convicción y estilo de vida: los hábitos pueden llevar a la libertad o al cautiverio.

Hacer de la oración un hábito

El segundo hábito es la oración. ¿Quién tiene esa práctica? Corremos cada día y, sin hábitos que alimenten la vida espiritual, salimos y regresamos a casa igual de vacíos. Daniel fue constante: fue uno de los jóvenes escogidos para servir en el palacio del rey e instruidos durante tres años, y aun después de firmado el edicto oraba tres veces al día y daba gracias a Dios, como solía hacerlo, pese a la presión del entorno.

Se escogían jóvenes de buena apariencia, porque el mundo concede mucha importancia a la imagen externa. Entre ellos estaban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, jóvenes de Judá. El jefe de los eunucos les dio nombres babilónicos, y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey ni con el vino. Pidió que no se le obligara a contaminarse y halló gracia y buena voluntad ante el jefe de los eunucos.

Proponer algo en el corazón es una determinación: no hay otra alternativa. Les cambiaron los nombres, pero eso no cambiaba quiénes eran delante de Dios. La contaminación también tenía que ver con lo que el rey hablaba: no contaminarse con su discurso.

Daniel halló gracia ante el jefe de los eunucos. Si una persona de tanto poder invita a alguien a su mesa, otros podrían verlo como una conexión conveniente; pero no hay favor más grande que el favor de Dios. Mantén tus hábitos de acuerdo con los principios de la Palabra, aun cuando el entorno quiera cambiarlos.

Se firmó un edicto por treinta días: no se podía dirigir una petición a ningún dios, sino al rey. Daniel supo que el documento estaba firmado, entró en su casa y, en su aposento alto, con las ventanas abiertas hacia Jerusalén, siguió arrodillándose tres veces al día, como acostumbraba, orando y dando gracias a Dios. No cambió ni ocultó el hábito de orar por causa del edicto.

Encontraron a Daniel orando y rogando a Dios, y fue castigado en el foso de los leones; quienes fueron a acusarlo rápidamente lo hicieron por deseo de acusarlo. Hay hábitos que permiten dormir en paz aun rodeado de leones.

Buscar a Dios en la mañana y dar gracias

Job 9:27 invita a resolver internamente dejar la queja y esforzarse. Podríamos decirlo así: Dios es bueno y nunca falla; el problema está aquí, y algo hay que arreglar. Hay cosas que debemos resolver internamente y hábitos que quitar.

La apariencia de seguridad y riqueza contrasta con la confianza de acostarse y dormir en paz porque solo Dios da vida. David sabía que debía iniciar el día de otra manera, y que su satisfacción no estaba en lo que poseía, sino en Dios, que le daba lo que poseía. No busques a Dios únicamente cuando haya necesidad.

Hay personas que solo vuelven a buscar a Dios en oración cuando están pasando una necesidad. Buscar a Dios en la necesidad es válido, pero búscalo también en el éxito: tanto el fracaso como el éxito son extremos peligrosos, y aun en el éxito debe haber gratitud diaria. Ningún éxito puede dar lo que Dios da.

Dios es más grande que cualquier reino: cultiva el hábito de orar. ¿Cómo sería tu semana, y qué podría suceder durante el día, si oraras y entraras en la presencia de Dios? Búscalo con regularidad, no solo en un momento de crisis.

Dejar la queja y esforzarse

Cambia con urgencia los hábitos que te dañan.

Usa tus fuerzas para esforzarte y deja de quejarte. Dios renovará tus fuerzas cada día, y no nos ha dado espíritu de temor, sino de amor, poder y dominio propio. Filipenses 2:14 dice: «Hagan todo sin quejarse y sin discutir».

Job, en el capítulo 42, fue restituido al doble. En lugar de quejarte por lo perdido, esfuérzate en creerle a Dios y cambia tus hábitos: puede venir un tiempo de doble porción.

Hay hábitos urgentes que empezar a cambiar: es tiempo de aborrecer lo que Dios aborrece y amar lo que Dios ama. Toma un momento para hablar con Dios y repite esta oración: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».

Los hábitos son prácticas que pueden volverse automáticas, pero no por eso deben permanecer sin examen. Renueva tu mente con la Palabra, no conviertas el dolor en ocasión para volver al vicio, haz de la congregación una prioridad, obedece como convicción, persevera en la oración y sustituye la queja por el esfuerzo y la gratitud. Son hábitos de una vida que busca recibir y vivir la voluntad de Dios.

Referencias bíblicas