Haz un viaje hacia lo profundo de tu corazón. Prepáralo y permite que Dios te lleve por el proceso necesario. Dios quiere transformar tu vida, y esa transformación no va de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera. El propósito del Espíritu Santo en tu vida es transformarte.
Naamán, general del ejército de Siria, era un hombre valeroso, pero leproso. Esperaba que el profeta saliera, pusiera su mano sobre él y lo sanara. En lugar de eso, lo mandó a zambullirse siete veces en el Jordán. Dios no solo quería quitarle la lepra, sino también sanar y transformar su corazón. Deja que Dios trabaje en lo profundo, aunque el proceso requiera más de una inmersión.
La transformación no siempre es rápida. Vivimos en una cultura de microondas, que lo quiere todo fácil e inmediato, pero corregir y transformar el alma lleva tiempo. Ten paciencia y dale espacio a Jesús. La comida rápida es barata, rápida y sabrosa, pero si comieras así todos los días, dañarías tu corazón. Algo semejante sucede en tu vida espiritual cuando no te nutres correctamente.
Hay quienes llegan a la iglesia queriendo oír solo de promesas y bendiciones, sin que se hable de pecado, de compromiso o de lo que Dios pide. Este es un tiempo para nutrirte de manera adecuada. Cuando tu corazón está sano y permite la transformación, puedes avanzar hacia el destino que Dios diseñó. Jesús dijo: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo».
Los procesos y los desiertos no son agradables, pero son necesarios para madurar y depender totalmente de Dios. Dios usa esas circunstancias en la vida de quienes lo aman para cumplir su propósito. El dolor no desaparece de inmediato, pero la transformación del corazón requiere confiar en Dios mientras atraviesas esos momentos.
Rendirse, no solo recibir
Dios le dio a Moisés el modelo del tabernáculo: el atrio, el lugar santo y el lugar santísimo, donde se manifestaba su presencia. En el atrio había un altar, y el pueblo llevaba animales para el sacrificio. Hoy ya no ofrecemos aquellos sacrificios, pero todavía hay áreas de tu vida que necesitan ser rendidas.
Muchas veces corremos al altar pensando en las promesas y las herencias, y Dios quiere bendecirte a ti, a tu familia y a tus generaciones. Pero corre también al altar para rendirte y decir: «Señor, esto no puede continuar en mi vida». La cruz no es un lugar para acudir solo en tiempos de crisis: necesitas un Salvador todos los días.
Dios no es solo un hacedor de sueños ni un mesero de promesas. No es un servidor de tus deseos personales: tú existes para sus más altos propósitos. ¿Quieres ver los sueños de Dios en tu vida? No te enfoques solo en lo que esperas recibir; ríndete ante sus propósitos.
La Palabra que examina para sanar
«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón». La Palabra es como un bisturí: no viene a herirte, sino a operarte. Hay operaciones incómodas que salvan la vida. La intervención de Dios en tu corazón puede ser difícil, pero su propósito es sanarte y transformarte.
Versículo clave
«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.»
Hebreos 4:12
«Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; examina mis íntimos pensamientos y mi corazón». ¿Haces de verdad una oración así, o solo le presentas a Dios una lista de necesidades? Deja que Dios examine los pensamientos más íntimos de tu corazón.
Tu crecimiento, y lo que recibes, están relacionados con el estado de tu corazón y tu nivel de oración. Crece en oración. ¿Estás dispuesto a permitir que Dios examine lo que guardas en lo profundo?
La apariencia y la necesidad de revelación
Jesús tuvo hambre, vio de lejos una higuera que tenía hojas y no halló fruto en ella. Luego entró en el templo y volcó las mesas de los cambistas. La iglesia es como esa higuera: las hojas son la apariencia. Antes se valoraba lo que éramos; después, lo que hacíamos; hoy, lo que aparentamos.
Jesús volcó las mesas porque ese sistema no podía seguir en la casa de Dios. La iglesia no es un lugar para aparentar que todo está perfecto, sino para reconocer lo que necesita cambiar o ser rendido, para que Dios lo transforme. Y en el templo vinieron a él ciegos y cojos, y los sanó: Dios quita los velos para que veas lo que él ve y avances hacia el destino que diseñó.
Así como atiendes las necesidades de tu cuerpo, tu alma necesita alimento: el pan de vida, Jesucristo. No es lo mismo tener información que recibir revelación. En la casa de Dios recibes revelación y estrategias para tu vida. Las mujeres que fueron al sepulcro tenían revelación; los discípulos de Emaús tenían información, hasta que Jesús se les reveló al partir el pan. La revelación te ayuda a recuperar, perseverar, mantener el ánimo y madurar.
Jacob se levantó, subió a sus hijos y a sus mujeres sobre los camellos, y se llevó todo su ganado y todo cuanto había adquirido, para volver a Isaac su padre en la tierra de Canaán. Y Labán había ido a trasquilar sus ovejas; y Raquel hurtó los ídolos de su padre.
Raquel, los ídolos y la seguridad
En aquella época, los ídolos familiares podían representar un título de propiedad y pasaban de generación en generación. Raquel los escondió en la montura de un camello y se sentó sobre ellos. Un ídolo es aquello en lo que depositas tu seguridad: un familiar, tu trabajo, una herencia, tu pareja, un hijo, tu conocimiento, una maestría.
Raquel le dijo a Jacob: «Dame hijos, o si no, me muero». ¿Qué cosa, si te faltara, te haría sentir que no puedes vivir? David clamó, ayunó y oró mientras su hijo estaba enfermo; cuando el niño murió, se levantó, se lavó, se ungió, cambió sus ropas y entró en la casa de Jehová a adorar. ¿Puede Dios ocupar el centro de tu corazón aun cuando no recibes lo que deseas?
Sadrac, Mesac y Abed-nego dijeron que Dios podía librarlos del horno, y que, aun si no lo hacía, no adorarían la estatua. No cambies la redención por las bendiciones: adora a Dios cuando las cosas van bien, cuando van mal y cuando van regular. Que la iglesia deje de ser egocéntrica y vuelva a ser cristocéntrica.
Hay quienes crecieron admirando a un padre fuerte y visionario, que nunca se enfermaba ni se desanimaba, y que les decía que saldrían adelante y que serían capaces de atravesar valles y desiertos. Y sin darse cuenta se llevaron a su hogar un «ídolo»: la fuerza de su padre, la autosuficiencia.
Quizá llevas tiempo intentando resolverlo todo con tus propias fuerzas, sin lograrlo. Dios te muestra que has puesto tu confianza en tu fuerza y no en él. No son tus fuerzas, sino las de Dios; no es lo que tú hagas, sino lo que Dios hará en tu vida. Duele reconocerlo, y hablar de ídolos incomoda, pero esa entrega trae sanidad y transformación. Depender de tu propia fuerza te estanca; entrégala, y verás actuar la fuerza de Dios.
Cuando Jesús es suficiente, los ídolos desaparecen. Rendirte te saca del estancamiento y te da una nueva unción y nuevas fuerzas. Dios no siempre te habla de cosas agradables: también se dirige a tu corazón. El leproso le dijo a Jesús: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y Jesús respondió primero: «Quiero», y luego lo sanó. Sanó también su rechazo: de poco habría servido sanar la lepra si el rechazo seguía en su corazón. Dios se interesa profundamente por tu transformación.
El naufragio: no soltar el ancla
Pablo iba rumbo a Roma con doscientas setenta y seis personas cuando naufragaron. Al amanecer no reconocían la tierra, pero vieron una ensenada con playa e intentaron llevar allí la nave. Pero dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave; la proa quedó inmóvil, y la popa se abría con la violencia del mar. Los soldados acordaron matar a los presos para que ninguno escapase nadando; pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió este intento, y mandó que los que pudiesen nadar se echasen primero y saliesen a tierra.
Cuando Jesús no es suficiente, puedes naufragar, porque las tormentas llegan. Hay cuatro errores en esta escena. El primero: cortar las anclas. El ancla es la esperanza. En las crisis, muchos cortaron sus anclas; ver la playa les pareció suficiente, y pensaron que ya no la necesitaban.
«La cual tenemos como segura y firme ancla del alma». Tu confianza en Jesucristo es el ancla que te mantiene firme. No cortes el ancla de la esperanza ni la de la fe. El ancla no hace desaparecer la tormenta, pero te permite permanecer firme a pesar de ella, sostenido en lo que Dios dijo, en lo escrito, en lo prometido, en la palabra que salió de su boca.
Versículo clave
«La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo»
Hebreos 6:19
El segundo error: largar las amarras del timón. Es hablar mal cuando pierdes la fe y la esperanza: decir que Dios no es bueno, que es injusto, que no hará nada. Declara, en cambio, que Dios sigue siendo bueno, sean las circunstancias favorables, desfavorables o regulares. No reduzcas quién es Dios a lo que te está pasando.
El tercer error: fijar la mirada solo en la playa. Es una realidad distorsionada, la pérdida de visión y de propósito. En el desierto, los israelitas se olvidaron de la tierra prometida y se enfocaron en el maná, en el agua, en lo que les faltaba, en los puerros y las cebollas de Egipto. No abandones tu propósito: Dios puede sostenerte aun en medio del desierto. La playa es deseable, pero la vida no siempre está en la playa.
El cuarto error: quedar entre dos aguas, en la indecisión y la duda, preguntándote si Dios hará o no lo que dijo. Eso ocurre cuando cortas el ancla y miras la playa en vez de mirar a Dios. Job dijo: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito». No dejes que la duda desplace tu confianza.
Quizá antes leías la Palabra y orabas, y lo dejaste porque las cosas te fueron mal, o sientes que Dios no ha sido justo contigo después de haberle servido. Servimos a Dios porque es grande y porque ya lo hizo todo: nos dio vida eterna y una vida plena en Cristo. No cambies las bendiciones por la redención. Noemí le dijo a Rut: «Te lavarás, te ungirás y te vestirás»: deja de fijarte solo en las espigas y mira un terreno más amplio, tu herencia.
La nave encallada es la inmovilidad que llega cuando sueltas las anclas, hablas desde la incredulidad, miras solo la playa y caes en la duda. La popa se abría con la violencia del mar: tu fe, tu familia y lo que representas para las nuevas generaciones pueden quedar hechos pedazos. Recupera el ancla y mantén a Dios como tu enfoque y tu razón de vivir.
Permitir que Dios examine y transforme
¿Dónde naufragaste? Si no lo sabes de inmediato, no te preocupes. El Espíritu Santo puede estar hablándote de un ídolo, de una transformación, de sanidad o restauración, o de una herida que ocupa el centro: «No avanzo porque estoy herido». Que Dios vuelva a ser el centro, y que la iglesia sea cristocéntrica.
¿Qué anclas has cortado? Este mensaje puede ser incómodo y necesario a la vez. Duele cuando Dios te muestra tu ídolo, pero vale la pena, porque tu mirada vuelve a la dirección correcta. Habla con Dios y reconoce que dejaste de confiar, que cortaste anclas, perdiste la esperanza, soltaste las amarras del timón, dijiste palabras incorrectas o miraste solo la playa.
Vuelve a creer. Recupera la Palabra, lo importante, lo esencial, y recibe el alimento que tu alma necesita, no solo el que quiere. No eres ingobernable: Dios gobierna y dirige tu vida. Dios no ha perdido una sola batalla, cumple su palabra y te ama; por eso quiere transformarte.
Pídele a Dios que hable a tu corazón y te muestre sobre qué te has sentado, qué te da seguridad. Que te limpie, te transforme y examine tus pensamientos íntimos, no para destruirte, sino para sanarte y restaurarte. Corre al altar no solo por las promesas, sino también para rendir lo que obstaculiza tu avance hacia el destino que Dios tiene para ti. Dile: «Aquí estoy».
Todos tenemos algo que rendir. Venimos a la casa de Dios para alimentarnos, ser transformados y dejar lo que está mal. No eres autosuficiente; no puedes solo. Pídele a Dios que introduzca el bisturí con amor y te muestre lo que ya no debe continuar porque te hace daño, para darte algo nuevo: una unción fresca y entendimiento de su propósito para ti y los tuyos.
Quítate las hojas de higuera: deja de aparentar y acércate con transparencia. La iglesia es un hospital para el alma. Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Todos necesitamos al Médico de médicos, que no solo salva, perdona, restaura, limpia y liberta, sino que también sana el alma y el corazón.
¿Qué es aquello sin lo cual sientes que no puedes vivir? Tu trabajo, tu conocimiento, tus posesiones, una maestría, una herencia… Declara: «Jesús, tú eres suficiente». Pide perdón por haber cortado anclas, mirado solo la playa, soltado las amarras, hablado mal, dudado y permanecido inmóvil en lugar de avanzar hacia el propósito para el que naciste.
Pide perdón por tus pecados, invita a Jesús a entrar en tu corazón y a ser el capitán de tu barco. Reconoce que le quitaste su lugar y que necesitas un Salvador. Rinde tu falsa seguridad, recupera la esperanza y deja que Dios transforme tu corazón.
Referencias bíblicas
- 2 Reyes 5:1-14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 4:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 26:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 31:17-19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 27:39-43 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 6:19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


