EN Oración
Serie Rescate

Raíces fuertes: una vida arraigada en Dios

Permanece arraigado en Dios, da fruto en cada etapa y cultiva la gratitud incluso en medio de las dificultades.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
44 min

Que cada persona que entra a la casa de Dios —no un edificio, sino la iglesia que somos tú y yo— reciba la semilla de la Palabra y experimente algo sobrenatural en su vida. Seamos buena tierra, dispuesta a recibir esa palabra.

Salmos 1:3 presenta la imagen de un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da fruto a su tiempo y cuya hoja no cae. Prosperar no se limita al dinero: en los originales significa ser empujados hacia adelante por Dios en todas las áreas de la vida. Que eso suceda también en cada familiar, amigo o conocido que llegue por primera vez.

Plantados para dar fruto

Cada iglesia tiene una asignación específica de Dios. Llevemos años congregándonos o lleguemos por primera vez, somos parte de una historia y de un propósito compartido. Echa raíces en la casa de Dios para crecer junto a los demás y ver el fruto de la Palabra.

Salmos 92:13 dice que quienes están plantados en la casa del Señor florecen y dan fruto aun en la vejez. El deseo de Dios es que su pueblo florezca y permanezca fructífero, siempre fuerte y lozano.

Versículo clave

«Plantados en la casa de Jehová, En los atrios de nuestro Dios florecerán.»

Salmos 92:13

Al hablar del templo, no nos referimos simplemente a un edificio, sino a las personas que forman la iglesia y a estar plantados en esa comunidad. Visitar de vez en cuando no es una relación viva con Dios. Cuando la Palabra llega a lo profundo del corazón y arraiga en los pensamientos y la conducta, una persona puede dar fruto sin importar el tiempo difícil que le toque vivir.

La estrategia más antigua de Satanás contra las iglesias es dividirlas, para que nadie eche raíces en una familia de fe. Se puede servir junto a otros mucho tiempo sin echar raíces nunca. Echar raíces no significa no tener diferencias, sino no permitir que la primera ofensa o el primer desacuerdo se conviertan en una división.

Siempre habrá diferencias, pero el propósito de Dios es más grande que ellas. La unidad depende de estar arraigados en Dios y no únicamente en los sentimientos propios. Por eso, hay que seguir sirviendo juntos, sin permitir que lo que cada uno siente tenga más peso que aquello a lo que Dios nos ha llamado.

Las raíces compartidas contrastan con las pretensiones personales: quien no echa raíces en la visión que Dios ha dado tendrá pretensiones personales y no de reino. Dios te trajo con un propósito: para ser plantado en su casa y crecer junto a los demás.

Echar raíces requiere atravesar procesos, y cada vez que cortamos un proceso nos desarraigamos y tenemos que volver a empezar. No cortes los procesos por falta de gratitud. Dios nos rescata de la ingratitud cuando nos disponemos y lo reconocemos. Muchas veces nos desarraigamos sin darnos cuenta, preguntándonos cómo es posible estar viviendo algo así.

Por eso, la iglesia es una familia en la que sus miembros pueden animarse unos a otros. El aislamiento puede ir debilitando las raíces y llevar a poner la mirada en aquello que uno cree que lo sacará adelante, apartándose del proceso. La exhortación es a entender que el proceso también forma parte de aquello que producirá fruto.

Dios no poda en vano, sino con propósito, y las raíces están en él. La raíz determina el tipo de fruto. Satanás quería desarraigar a Adán y Eva del lugar donde Dios los había plantado, con la promesa de ser como Dios y tener control; ese fue el engaño. No permitas que ninguna cizaña te desarraigue del lugar donde Dios te ha puesto, aunque ese lugar tenga defectos.

La comunidad no es perfecta, pero hay que mantener la atención en lo que Dios está haciendo. Alguien te hace una mala mirada y te tienta a irte. Responde: aunque me mires mal, no me desarraigo, porque esta es mi casa y estoy en el propósito de Dios; sigo adelante, no por tu mirada, sino porque Dios ha mirado mi vida. Eso es madurez.

Cuando parece que no hay fruto

En Job 1, Satanás pregunta si Job teme a Dios de balde, y reconoce que Dios lo ha cercado y ha bendecido su casa y el trabajo de sus manos. Hasta el enemigo reconoce las bendiciones; lo que quería era tocar las raíces de Job y poner a prueba su fidelidad.

Job responde, en el capítulo 1: se levantó, rasgó su manto, se rasuró la cabeza, se postró en tierra y adoró. Dijo que había salido desnudo del vientre de su madre y desnudo volvería, y bendijo el nombre del Señor. La Escritura afirma que, en todo esto, Job no pecó ni atribuyó a Dios despropósito. El árbol podado es llevado a un nuevo nivel, y Job no basó su relación con Dios en los frutos que había recibido.

Hay momentos en que aun las bendiciones que creías que te sostenían —incluso las que obtuviste con tu trabajo— ya no pueden sostenerte; pero el Dios que te bendice sí te sostiene, y esa es tu raíz. Es más fácil decir “sé agradecido en todo tiempo” que vivirlo cuando uno despierta preguntándose por qué dar gracias. Cuando todo va bien, es fácil cantar y celebrar.

Sin embargo, la exhortación es a alegrarse en medio de lo difícil y aprovechar esos momentos para volver la atención a la raíz. Puede que no se vea el fruto de los dones ni que otros observen crecimiento, pero podemos confiar en que Dios sí lo ve. Pensando en Job, no es lo mismo perder lo que las personas llaman “todo” que perder la relación con quien lo dio. La raíz es esa relación con Dios, aun cuando los bienes y las bendiciones visibles hayan sido tocados.

También está Job 29:18, donde Job expresa que pensaba morir rodeado de su familia y tener días numerosos. Había perdido la familia, los bienes y la salud, y perder la salud desorienta profundamente. Son los momentos de más riesgo: el enemigo quiere tocar la raíz, la relación con Dios y la fe, y meternos en un hoyo de ingratitud para que no podamos volver a dar gracias.

No se esconde la humanidad de Job: al decir “yo pensaba”, estaba frustrado. Pero en Job 29:19 dice que su raíz se extiende hacia las aguas y que el rocío se posa sobre su rama. Aunque había pensado en un futuro rodeado de su familia, su raíz seguía apuntando a una fuente que permanece: su fortaleza estaba en Dios, no en lo que poseía.

Job 29:20 habla de la renovación de la gloria y del arco de Job, y la idea se enlaza con Job 14:7: al árbol cortado le queda esperanza de retoñar y no le faltan renuevos. Así, aunque muchas cosas parezcan cortadas, aún puede quedar la raíz y con ella una relación con Dios. Por eso, la iglesia es una casa de raíces: un lugar donde se prepara a las personas para permanecer adorando y creyendo aun cuando no vean fruto en la superficie.

Hay momentos en que parece que solo queda la raíz, y uno se pregunta cómo va a salir adelante; pero Dios sorprende, aunque no se vea de dónde vendrá la respuesta. Decide permanecer arraigado y ser parte de una iglesia fuerte en sus raíces.

En este punto, la atención pasa a la gratitud. 1 Corintios 4:7 pregunta qué tenemos que no hayamos recibido de Dios, y por qué alguien se jactaría como si lo que tiene no fuera un regalo. La manera en que usamos lo recibido también revela nuestra gratitud. Si alguien se considera bueno todo el tiempo o cree merecerlo todo, ¿cómo reconocerá el regalo y sentirá gratitud?

Cuando se olvida quién es Dios, también se olvida quién es uno y en quién debe confiar. Reconocer que todo lo bueno viene de Dios es una de las mayores habilidades que desarrollamos como cristianos: hay que darle gracias cada día. Imagina tomar las decisiones desde la gratitud.

Gratitud en la oración y en la vida diaria

Cuando no reconocemos lo bueno que viene de Dios, llega la ingratitud: nos molestamos y nos desanimamos porque no hemos recibido lo que pedimos. Pero viene un capítulo 42, como en la historia de Job. Lo que hacemos en esos momentos fortalece las raíces y nos lleva a un nuevo nivel de adoración, en las acciones y no solo en las canciones.

A veces empezamos el día con las redes sociales en lugar de orar, y terminamos reclamando porque otros parecen estar mejor. Empieza el día dando gracias. Aun en la enfermedad o en una situación económica difícil, da gracias: no porque la situación sea fácil, sino porque Dios es bueno y te está formando.

Filipenses 4:6: no se preocupen por nada; oren, pidan a Dios lo que necesitan y sean agradecidos. El tiempo que usas para preocuparte, úsalo para orar. La gratitud es el fundamento de la oración: puedes pedir ayuda en una etapa difícil y, al mismo tiempo, agradecer por tener vida, voz y fuerzas para clamar a Dios.

Versículo clave

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.»

Filipenses 4:6

La oración agradecida se enlaza con la paz de Dios, que protege el corazón. Esa paz contrasta con la del sistema del mundo: esperar a que el problema se resuelva para recién entonces tener paz. La paz de Dios permite confiar aun cuando la situación no está resuelta, porque la confianza descansa en Dios. La ingratitud puede abrir lugar a amargura, frustración, enojo e ira, mientras que la gratitud ayuda a proteger el corazón.

La gratitud permite ver lo que sí se tiene; la ingratitud fija la mirada en lo que falta y no deja usar lo que ya está disponible. Se puede anhelar algo más grande y dar gracias por el lugar donde se está hoy: el lugar no da plenitud; es el espacio que se le abre a la Palabra el que la trae.

Pide a Dios desde la gratitud, y pide en grande. Ante un proyecto que parece demasiado caro, recuerda: para Dios no existe esa palabra, porque él es el dueño de todo.

La provisión y las nuevas expresiones de Dios

Dios provee a través de personas dispuestas a obedecer: alguien deja sus ocupaciones para dedicarse por completo a una obra porque Dios se lo indicó, y Dios lo bendice de manera impresionante.

Otras veces la provisión llega de la manera menos pensada: alguien que no puede dar dinero siembra lo único que tiene, aquello a lo que se dedica, y cubre justo lo que faltaba.

Si una obra empezara con todo el dinero en la cuenta y sin que falte nada, sería fácil llenarse de orgullo y atribuirse el resultado. La buena administración abre puertas que jamás imaginaste, pero los ahorros no alcanzan para todo lo que trae la nueva puerta: así se depende de Dios y no solo de la buena administración.

Es un imposible tras otro, porque Dios tiene una sola identidad, pero infinitas expresiones. Abrió el mar, guio con la columna en la noche, y en el Jordán los primeros entraron cuando el río estaba más hondo; pasaron a salvo e hicieron un memorial.

No te aferres a una sola expresión de Dios hasta convertirla en un ídolo: adora a Dios, no a una forma en que haya provisto. Dios se expresará de maneras que aún no hemos visto. Cuando das el paso, Dios pone el piso, y siempre sorprende.

Deja de buscar únicamente la manera en que Dios ya actuó y confía en que puede obrar de forma creativa. No exijas una forma determinada: permite que Dios te sorprenda. Dios hará grandes cosas en tu vida y en la iglesia.

Salmos 73:23-26: el salmista confiesa que se llenó de amargura y se portó como un animal, pero reconoce que Dios está siempre a su lado, lo guía y es la roca que ama, todo lo que necesita. Es una confesión de vulnerabilidad y gratitud: fue ignorante del poder y la grandeza de Dios, pero sabe que Dios hará algo.

Da gracias y ejerce la fe desde la gratitud. Cada persona en la iglesia es un regalo: donde un día se oraba por sillas vacías, hoy hay vidas escuchando la Palabra y adorando. Gracias a Dios por su fidelidad, por su bondad y por cada día.

Permanece arraigado en la casa de Dios y aferrado a sus principios y valores, aun cuando haya vientos y momentos difíciles. Recordando el sacrificio en la cruz, confiesa con tu boca que Jesús es el Señor —no como una repetición, sino como una confesión del corazón—: pide perdón por tus pecados y recibe a Jesús como tu Señor y Salvador.

Referencias bíblicas