Hay momentos en que la vida se mueve bajo tus pies y lo único que puedes decir es: «Señor, sálvame». Es un S.O.S., un pedido de rescate para tu alma. La palabra «redención» tiene que ver precisamente con eso: rescate. Isaías y Pedro fueron dos hombres que necesitaron ser rescatados, y en sus historias puedes ver cómo responde Dios.
Dios sigue en su trono
«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo». Uzías había llevado a Judá a grandes victorias. Con su muerte, el pueblo desfallecía: parecía que Dios los abandonaba y que las promesas se desvanecían. Pero en medio de ese caos, Isaías vio al Señor en su trono. Quizá hoy atraviesas una crisis, y el temor toca tu puerta. Dios sigue sentado en su trono, y tiene el control de tu vida, de tu familia y de todo lo creado.
Versículo clave
«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.»
Isaías 6:1
Ante su santidad, todo se trata de él
Isaías vio serafines que se cubrían el rostro y clamaban: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Las puertas se estremecieron, y la casa se llenó de humo. Entonces Isaías dijo: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos». No presumió de nada: entendió que no se trataba de él, sino de Dios. Delante de su presencia, el ego y el orgullo se derrumban.
Reconoce que eres pecador
Hasta que no te reconozcas pecador, no podrás ver a Jesucristo como Salvador. «Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento». Aunque no estés enfermo del cuerpo, hay enfermedades del corazón. Pecamos con la mente, con las acciones, con la boca, con lo que sentimos. Dios no anda buscando a quién condenar, sino a quién sanar.
El evangelio empieza con una verdad: soy pecador. La primera predicación de Jesús fue: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado». Cuando reconoces tu condición, te preparas para ver la misericordia de Dios como nunca antes.
«Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado». Dios es rápido para perdonar; ojalá fuéramos como él. No importa cómo fue tu pasado ni tus malas decisiones: él tiene poder para borrar tu pecado, limpiarte, restaurarte y hacer de ti una persona conforme al diseño que tuvo para ti antes de la fundación del mundo.
Dios no se dará por vencido contigo. Mira hacia atrás y reconoce cuántas cosas solo pudo haberlas hecho él. Lo que dijo que haría en tu vida lo va a cumplir, no por tus méritos, sino porque su amor es suficiente y su misericordia es profunda.
Un Dios de segundas oportunidades
Dios borró tus pecados, y los echó en lo profundo del mar; así que no tienes por qué seguir recordándolos, ni dejar que el enemigo te recuerde lo que fuiste. Enfócate en lo que Dios hará en ti y a través de ti. Dios no se da por vencido contigo. Es un Dios de segundas oportunidades, y de terceras, y de cuartas. Moisés mató a un hombre; David cometió adulterio; Rahab era prostituta; Noé se embriagó; Gedeón era miedoso; Noemí se amargó; Elías luchó con la depresión; Jeremías era demasiado joven y Abraham demasiado viejo. Y la misericordia de Dios los alcanzó a todos.
Juan Marcos, el autor del evangelio, era un joven con altibajos: comenzó un viaje misionero con Pablo y se regresó a mitad del camino. Su evangelio parece escrito para los que no dieron la talla, para decirles que todavía hay lugar para ellos. En la resurrección, el ángel les dijo a las mujeres: «Id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea». Y a Pedro: precisamente al que lo había negado tres veces. Dios sigue teniendo propósito contigo.
De la seguridad al miedo: el rescate de Pedro
Al ver la pesca milagrosa, Pedro dijo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador». Más tarde afirmó con toda seguridad: «Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré». Y en otra ocasión, caminando sobre el agua, «al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!». Pedro tuvo una cualidad: prefirió tragarse el orgullo antes que tragar agua. Clamó por ayuda, y Jesús extendió la mano.
Versículo clave
«Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!»
Mateo 14:30
David oraba: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos». Si tienes miedo del futuro, de tus finanzas o de tu salud, quizá no estás confiando en que Dios es tu proveedor. Pídele que examine tus temores, y clama: «Sálvame».
Jesús resucitado te espera en la orilla, como esperó a Pedro con pan y pescado sobre las brasas. Suelta tu pasado y tus frustraciones. Si depositas tu confianza en él y dejas que te rescate del temor, podrás caminar sobre las aguas y descubrir para qué naciste. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito». Nadie puede decirte que no tienes propósito.
Cadenas que Dios rompe
Herodes mató a Jacobo, uno de los tres más cercanos a Jesús, y metió a Pedro en la cárcel, custodiado por cuatro grupos de soldados, para matarlo después de la Pascua. «Pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él». La noche antes, Pedro dormía entre dos soldados, atado con dos cadenas. Podía dormir porque Jesús ya lo había librado del temor. Hay milagros visibles, pero hay otros, internos, aún más poderosos.
«Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos». Pasaron la primera y la segunda guardia, y la puerta de hierro se les abrió por sí misma. No hay cadena que Dios no pueda romper: ni enfermedad, ni maldición generacional, ni pobreza. La oración frustra los planes del enemigo y abre puertas que nunca imaginaste.
El ángel le dijo: «Cíñete, y átate las sandalias… Envuélvete en tu manto, y sígueme». Dios puede despertarte, pero a ti te toca levantarte en fe. Cuidado con soñar con la libertad y amar tus cadenas: la ansiedad, el tormento, la queja. Hoy puedes clamar «Señor, sálvame», recibir su perdón, levantarte, y caminar en la libertad que Jesús te da.
Referencias bíblicas
- Isaías 6:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 5:31 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 26:35 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 14:30 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Marcos 16:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 12:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 12:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


