EN Oración
Serie Rediseño

Voluntad perfecta: aprender a soltar nuestros propios planes

Hay muchos planes, pero una sola voluntad permanece. Con Abraham, Isaac y Jacob, descubre por qué la fe no solo se mide por lo que alcanzas, sino por lo que sueltas.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
58 min

La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. Escucharlo nos emociona, pero hacerla nos cuesta. Es fácil decir amén a la voluntad de Dios y muy difícil caminar en ella. Pero hoy tenemos una nueva oportunidad para decidir hacerlo.

La Biblia expone con vulnerabilidad a sus héroes de la fe. Todos tenían defectos, y grandes defectos, como cualquiera de nosotros. Pero llegaron a ver la gloria de Dios porque, en medio de sus defectos, un día decidieron hacer su voluntad. Somos imperfectos y fallamos, y por eso necesitamos urgentemente una voluntad que es perfecta. Dios escoge muchas veces a quienes la gente rechaza. Rechazamos a alguien porque conocemos sus defectos y errores, pero cuando esa persona se entrega a la voluntad de Dios, él la usa para demostrar que, aunque sea imperfecta, su voluntad es buena, agradable y perfecta.

Versículo clave

«Para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»

Romanos 12:2

Muchos planes, una sola voluntad

Proverbios 19:21 dice: «Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá». Todos tenemos muchos planes en el corazón. Pero el corazón es engañoso: la Palabra dice que es engañoso y perverso más que todas las cosas. Nos engaña a nosotros mismos y quiere convertir las mentiras en verdad. Las emociones son maravillosas cuando las sentimos, no cuando nos dirigen. Un día descubrimos que nuestros planes no permanecieron porque no escuchamos el consejo de Dios, que siempre permanece. Por encima de lo que opinemos, su palabra permanece.

Versículo clave

«Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá.»

Proverbios 19:21

Su palabra está viva y es eficaz. Todo pasa de moda menos su palabra: el peinado de cuando te casaste ya no está de moda, y la chaqueta de hace tres años tampoco. Lo novedoso dura poco en el sistema de este mundo, pero lo novedoso de Dios sigue siendo novedoso. Quizá alguien piensa que en su matrimonio necesita una pareja más atractiva; lo que necesita es la palabra de Dios, que es eficaz para su relación, porque la belleza pasa.

La versión Dios Habla Hoy dice que el hombre hace muchos planes, pero solo se realiza el propósito divino. Cuántas veces insistimos en nuestros planes fuera de ese propósito. Antes de que nacieras, Dios ya tenía un propósito para tu vida. Él hizo todo hermoso en su tiempo y puso eternidad en nosotros. Todos somos creación de Dios, y cuando confesamos a Jesús como Señor y Salvador pasamos a ser hijos. Nadie nos obliga: Dios nos creó, pero ser sus hijos es algo que aceptamos y confesamos. Cuando vivimos fuera de su propósito, un día despertamos y descubrimos que sus planes eran mejores que los nuestros. Hay muchos planes, pero una sola voluntad, la de Dios, es la que permanece. Muchos resultados de nuestros planes no eran ni buenos, ni agradables, ni perfectos: eran buenas ideas fuera de la voluntad de Dios.

El propósito es divino, sobrenatural. Por eso el núcleo del mensaje del reino es: arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Muchas veces somos miopes. El arrepentimiento es soltar algo para recibir algo nuevo. Si el reino se ha acercado, tienes que soltar lo temporal que está estorbando lo sobrenatural que Dios quiere darte. No me arrepiento para que Dios se acerque: como Dios se ha acercado, me arrepiento. Dios está tocando la puerta de tu corazón, de tus pensamientos, de tu familia y de tus generaciones. 1 Juan 2:17 dice: «Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre». Lo que haces en su voluntad es para siempre.

La fe se mide por lo que sueltas

Hebreos 11:8 dice que por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia, y salió sin saber a dónde iba. Hacer la voluntad de Dios lleva un acto de fe. No siempre será fácil, pero nos forma. A veces entregamos posesiones y posiciones, pero no renunciamos a nosotros mismos, y Dios nos invita a negarnos a nosotros mismos. Cuánto nos cuesta reconocer nuestro propio cautiverio; siempre buscamos culpables. Ninguno de nosotros debería vivir como víctima, aunque lo haya sido en alguna circunstancia, porque hubo uno que fue víctima para que nosotros no lo fuéramos. En Cristo no hay una sola herida ni un solo daño que no pueda ser restaurado.

Abraham salió sin saber a dónde iba. Podemos imaginarlo pidiendo detalles: «Señor, dime más o menos a dónde, para prepararme». Y Dios respondiendo: «No te voy a dar detalles, porque la verdadera obediencia no los necesita. No necesitas preparación; necesitas fe y confianza». Los detalles siguen a la obediencia. No significa que no te prepares en otras cosas, pero la voluntad de Dios se recibe por fe.

Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Isaac y Jacob hicieron lo mismo: no solo escucharon lo mismo, sino que hicieron lo mismo. Decimos con emoción «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», y es el mismo Dios que hoy es nuestro Dios. Pero pocas veces revisamos lo que ellos hicieron. Los tres tenían algo en común, y no solo lo que alcanzaron por la fe, sino lo que soltaron por la fe. Queremos alcanzar tantas cosas por fe, y es bíblico. Pero la fe no solo se mide por lo que obtienes, sino por lo que dejas ir. ¿Qué tienes que soltar para confiar más en Dios que en tus propios planes y teorías?

Isaac soltó los pozos

Génesis 26:12-14 dice que Isaac sembró en aquella tierra y cosechó aquel año ciento por uno, y le bendijo Jehová. Se enriqueció y prosperó hasta hacerse muy poderoso; tuvo hatos de ovejas y de vacas y mucha labranza, y los filisteos le tuvieron envidia. Isaac era un hombre de fe y un empresario extraordinario. Ojalá se levanten empresarios así, cuya fuente de vida no sea el dinero. Pero lo que más admira de Isaac no es lo que logró por la fe, sino lo que soltó por la fe.

Cada vez que abría un pozo, venían los pastores de Gerar a pelear por él, y Isaac lo soltaba. No peleaba: abría otro, y volvían a pelear, y lo soltaba otra vez, hasta el tercer pozo, Rehobot, que significa amplitud. Dios lo prosperaba. Prosperar es una palabra muy importante y muy abusada; no se trata solo de dinero. Prosperar es que Dios vaya contigo y empuje tu vida. Isaac tenía claro que hay una fe para alcanzar y otra para soltar. Su mensaje era: «No hay pozo que me robe la paz. Quédense con el pozo. No es la empresa, es el Dios que me provee. Pónganme donde sea, que abro otro pozo y Dios me provee. Tengo cosas más valiosas».

Que Dios pueda decir de ti «yo soy tu Dios» porque no peleas por un pozo, sino que sabes que dondequiera que te pongan, Dios está contigo. Cuántos conflictos nos evitaríamos si tuviéramos la identidad de hijos que tenía Isaac. Cuando sabes quién eres en Dios, dejas de perder tiempo en lo que no merece un segundo de tu atención, como los chismes. Todos tenemos un llamado en común: perdonar, guardar el corazón y ser amables con los demás. Isaac no peleaba por un pozo; lo soltaba. Si aprendiéramos a soltar más…

Ten tus planes, pero con un corazón abierto, porque la palabra de Dios penetra hasta lo más profundo y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Ve con Dios y dile: «Señor, aquí están mis planes, con las manos abiertas. Hay muchos planes en el corazón del hombre, pero una sola voluntad, y prefiero tu voluntad». No te aferres a nada que no sea Dios. No abraces ningún pozo ni ningún logro. Disfruta la satisfacción del pozo que abriste, pero dale la gloria a Dios, para que, si un día le pasa algo al pozo, sigas aferrado a él. El que te dio la vida y permitió que ese pozo se abriera sigue siendo Dios.

A Isaac le tenían envidia. Que te envidien no lo puedes decidir; envidiar, sí. Todos somos tentados a envidiar a alguien, aunque sea al ver las redes sociales. No entres ahí: mantén sano tu corazón. Isaac también tuvo que soltar su deseo de darle la primogenitura a Esaú.

Jacob soltó a Benjamín

El Dios de Jacob. Jacob tuvo que soltar a Benjamín. Creía que había perdido a José, y cuando faltó el alimento, el gobernador de Egipto, que era José, pidió que le llevaran a Benjamín, el otro hijo de Raquel. Jacob quedó desgarrado, pero tuvo que soltarlo. Si no lo hubiera soltado, nunca habría salido a la luz toda la verdad. No lo estaba perdiendo: Dios lo estaba empujando a un final glorioso. Cuando Benjamín llegó, José se dio a conocer, les dio alimento y a Benjamín le dio una porción mayor.

Al que no conoce a Dios, preséntale a Jesús; pero no te dejes influenciar por alguien que solo tiene sus planes en la cabeza y no cuenta con la voluntad de Dios. El primer plan de nuestra vida debería ser la presencia de Dios. Sería triste terminar con dinero, pero sin Dios y sin la verdadera prosperidad. Ser próspero no es manejar un auto del último año, sino que en ese auto haya gozo, bendición y paz. Hay mucha gente rica y poca próspera. No importa en qué casa vivas: si Dios está ahí, todo cambia. Puedes estar casado con la persona más atractiva y no tener paz.

José envió carros a Jacob. Antes, Jacob había dicho que todas las cosas estaban en su contra, como muchas veces decimos nosotros. Pero todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios. Cuando sus hijos le dijeron que José vivía y gobernaba en Egipto, no les creyó, porque ya no confiaba en ellos. Pero cuando vio los carros que José había enviado, su espíritu revivió y dijo: «Basta; José mi hijo vive todavía; iré, y le veré antes que yo muera». Hay gente que te hace revivir el espíritu, y gente que te angustia. La palabra de Dios hace revivir nuestro espíritu: volvemos a creer, a soñar y a tener fuerzas. Jacob soltó a Benjamín, y llegaron José, los carros y la provisión.

Abraham soltó a Isaac

Hebreos 11:17 dice que por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito. Estuvo dispuesto. La fe se prueba en cada paso que das en su voluntad. Imagina la noticia: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas». Dios hasta le recordó que lo amaba. Era el hijo que había esperado más de veinticinco años. Y Abraham se levantó muy de mañana y fue al lugar.

Antes de ese altar hubo otros altares donde Abraham le daba a Dios lo que él quería darle. Este era distinto: aquí Dios le pedía lo que él quería. Cualquier padre habría dado un paso adelante y cuatro atrás para no llegar nunca. Y así estamos a veces, mientras Dios nos dice: «Suelta». No se trataba de hacerle daño a Isaac ni a Abraham, sino de una sola cosa: «Confía. Mi voluntad es buena, agradable y perfecta». Aunque en esos momentos sientas que te desmoronas, es tiempo de madurar como hijos de Dios, sin berrinches de «si no me das esto, ya no voy a la iglesia». Es como si Dios le dijera: «Abraham, yo amo a Isaac más que tú, porque antes de ser tu hijo es mío, y sé lo que estoy haciendo». Abraham no lo dudó; fue un acto de fe.

A veces Dios nos pide soltar lo que habíamos reservado para nosotros mismos y sembrarlo en otra obra o en otra persona. Eso no nos gusta. Y no se trata de manipulación: nadie tiene que manipularte diciendo que Dios le dijo que tú debías dar algo. Deja que Dios te hable a ti; desarrolla tu relación con él y pregúntale: «Dios, ¿qué quieres que suelte?». Sin hacerte el sordo. Después verás qué bien se siente, porque lo que diste quizá ya no existe, pero hacer su voluntad es eterno y le envía un mensaje al cielo: «Dependo de ti».

Hebreos 11:18-19 dice que, aunque se le había dicho que en Isaac le sería llamada descendencia, Abraham pensó que Dios era poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir. No intentes sostener lo que Dios no está sosteniendo: te vas a agotar. No intentes sostener planes fuera de la voluntad de Dios. Basta una mala noche para ver lo frágiles que somos. Solo hay uno que nunca ha perdido una batalla, que no se cansa, que es todopoderoso y victorioso. Pon tus planes con las manos abiertas delante de él.

Hay un agotamiento físico, por trabajar y esforzarse, y hay un agotamiento como el de Esaú, que cambió su primogenitura por un plato de lentejas diciendo: «Me voy a morir; ¿para qué me servirá la primogenitura?». Es el cansancio del alma, cuando ya no da más y está harta de todo. Esaú era un cazador diestro y fuerte físicamente, pero débil en su alma, porque el carácter no se lleva afuera, sino adentro. El cansancio físico se quita durmiendo; el cansancio espiritual solo se quita doblando las rodillas, reconociendo que estás agotado por ir contra la voluntad de Dios y rindiéndote a ella. Aunque nada parezca tener sentido, todo va a cobrarlo.

Después, Abraham fue llamado amigo de Dios. A un amigo de verdad le cuentas lo que no le contarías a otros. Es como si Dios le preguntara: «¿Confías en mí?». Y cuando estaba a punto de sacrificar a su hijo, Dios lo detuvo, y allí había un carnero trabado en un zarzal. El mensaje era: «Yo te voy a cuidar y te voy a proveer donde menos lo imaginas. Bien hecho, Abraham: has confiado y has soltado». Cuántas cosas pueden estar destruyendo un matrimonio, y la solución no es obtener más, sino soltar más. A veces preferimos la razón antes que la voluntad de Dios: hay quien prefiere divorciarse y quedarse con la razón antes que rendirse y reconocer lo que no está bien. Aférrate a su promesa y suelta el plan que no está funcionando y te está robando la paz.

Se sumergió en la promesa

Romanos 4:19-21, en una versión contemporánea, dice que Abraham no se centró en su propia impotencia diciendo que su cuerpo centenario nunca podría engendrar un hijo, ni analizó las décadas de infertilidad de Sara para rendirse. No anduvo con rodeos haciendo preguntas escépticas sobre la promesa de Dios, sino que se sumergió en ella y salió fortalecido, listo para Dios, seguro de que Dios cumpliría lo que había dicho. Lo llamamos el padre de la fe, pero cuando sueltas la duda, viene la fe. Es como si dijera: «Señor, tú eres mi plan número uno. Tengo casi cien años y mi mujer es estéril, pero tu promesa es más valiosa que todos los análisis de mi realidad». Si te sumerges hoy en Dios y en sus promesas, vas a salir fortalecido.

Dios nunca te prueba si primero no te ha enseñado y preparado. A todos nos han hecho exámenes sorpresa que perdimos, y luego preguntamos cuándo enseñaron eso: cuando estábamos distraídos. En la vida pasa igual: llega la prueba y no recordamos haber aprendido, porque estábamos dormidos o distraídos intentando resolver nuestros problemas, en lugar de recibir la palabra que nos iba a preparar. Abraham ya había pasado una prueba: había visto nacer a Isaac de algo que estaba como muerto. Por eso, cuando Dios le pidió a su hijo, pensó que Dios lo resucitaría, porque había visto al Dios de los milagros. «Soy imperfecto, pero confío en el Dios perfecto».

Dios mira el corazón

¿Cuántas veces hemos sufrido de más y terminado agotados mental y espiritualmente por los muchos planes de nuestro corazón? Quizá tus planes no se han cumplido, pero Dios no ha terminado contigo. Si te rindes a su voluntad, terminarás en ganancia. A Isaac no se le recuerda por su dinero. A Dios no le impresionan los montos, porque es dueño de todo el oro y la plata; le impresionan los corazones. Cuando Samuel fue a ungir al nuevo rey de Israel, vio a Eliab, fuerte y apuesto, y pensó que ese era. Pero Dios le dijo: «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura… porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón». El elegido era David, que ni siquiera había sido invitado y estaba con las ovejas. Dios quería un corazón dispuesto a hacer su voluntad.

No importa cuánto llegues a construir en esta vida: si no dejas que Dios te construya a ti, la ruina será grande. El que no ha alcanzado algo cree que cuando lo alcance tendrá plenitud; pero pregúntale al que ya lo alcanzó, y te dirá que la plenitud no está ahí. Está en Dios y en su voluntad. Dios quiere añadirte y bendecirte, pero quiere hacer algo más profundo en ti. Su voluntad perfecta continúa.

Nadie puede soltar por ti. Pídele al Espíritu Santo que te muestre qué debes soltar. Las listas de lo que queremos alcanzar serían interminables, y está bien pedir, porque Dios es bueno. Pero ¿y si hacemos una lista de lo que debemos soltar? Quizá estás agotado por apretar tan fuerte y querer controlarlo todo. Jesús oró en Getsemaní que pasara de él la copa, y no hubo respuesta del cielo hasta que dijo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces descendió un ángel y lo fortaleció. No oró para que Dios cambiara el momento difícil, sino para poder hacer su voluntad. Y Dios, en lugar de pasar la copa, lo fortaleció, porque su plan era mayor: la salvación de la humanidad y la resurrección al tercer día. Puedes responder a ese sacrificio orando: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador. Quiero tu voluntad en mi vida, porque es buena, agradable y perfecta».

Referencias bíblicas