Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de sus discípulos y dijo: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». No se trata de renunciar a crecer —Pablo también nos enseña a madurar—, sino de recuperar ciertas actitudes que Jesús señala y que necesitamos atender.
Versículo clave
«y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.»
Mateo 18:3
¿Cómo puedes hacerte como niño siendo adulto? Un niño cree cuando le dicen que mañana recibirá un avión de juguete. Muchos adultos conocen la Palabra, pero por falta de fe han dejado de experimentar lo que Dios puede hacer. Vuelve a creer con sencillez y mantén un corazón humilde, capaz de confiar incluso ante lo que parece imposible.
Un padre corrige a su hija pequeña y después se da cuenta de que el culpable era él; pero la niña se acerca a pedirle perdón. Esa es la humildad de los niños: acuden a reconciliarse aun cuando el error no fue suyo.
Los niños se ofrecen a ayudar aunque todavía no sepan cómo hacerlo; a los adultos, a veces, hay que rogarles para que sirvan. Servir a Dios te mantiene en humildad. Y si alguien no te saluda, quizá tuvo una semana difícil o ni siquiera te escuchó: sirve aunque no llegue respuesta ni reconocimiento.
Aunque seas mayor, sigue creyendo como niño. Hay personas cuya fe confía en que Dios puede hacer posible lo que a primera vista parece imposible. Imagínate como hijo de un Padre que también es Rey, cuyo reino pertenece a sus hijos.
Una fe que se atreve a dar pasos
Cuando alguien ora y cree que Dios proveerá algo que parece innecesario o imposible, y al final sucede, su fe sube delante del Señor como ofrenda fragante. A veces quien duda termina queriendo esconderse debajo de la mesa cuando ve cumplido aquello por lo que el otro creyó.
Puedes llevar años creyendo por algo sin animarte a dar pasos de fe. Cuando por fin tomas la decisión, a veces Dios responde ese mismo día por medio de otra persona. ¿Habría sucedido antes si hubieras actuado antes? No lo sabes, pero no te quedes esperando sin actuar cuando crees que te corresponde dar un paso de fe.
La revelación a los sencillos y el afán
En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu y dijo: «Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños». Hay quienes creen saber mucho, y hay quienes tienen un corazón de niño y creen en un Dios todopoderoso. No eres un súbdito, sino un hijo: tienes Padre. ¿Cuántas cosas dejas de recibir a la manera de Dios por vivir afanado?
Versículo clave
«En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.»
Lucas 10:21
El afán limita lo que recibes, aunque no puede limitar a Dios. La inconstancia y la preocupación ahogan la Palabra: el enemigo la roba, y los afanes de este siglo la ahogan. ¿Quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Nadie puede agregarse un centímetro preocupándose, ni añadir lo que solo Dios da.
Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba del campo, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? Examina si lo que llamas fe es en realidad afán. A veces alcanzas cosas por afanarte, pero no las disfrutas: se vuelven objetos guardados, protegidos o idolatrados.
¿Qué relación tiene un niño con las riquezas? Ninguna: pide porque tiene padres. Hay que enseñar a cuidar las cosas, pero no a idolatrarlas. Carros, bicicletas, motocicletas, ropa y objetos guardados para «un día especial» que quizá ni siquiera se usen en el propio funeral. Si compras algo que disfrutas, úsalo sin convertirlo en el centro de tu vida.
Gratitud en lugar de inconformidad
El afán va de la mano con la inconformidad: querer otros zapatos, una casa más grande o algo distinto puede llevarte a llamar fe a lo que en realidad es ansiedad. Agradece a Dios por lo que has recibido y, desde esa gratitud, cree por lo que deseas. El afán llega cada día, pero puedes identificarlo y elegir no dejar que ahogue la Palabra de Dios.
No os afanéis diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Dios no ignora a sus hijos. Si Dios no ocupa el lugar principal, alguien o algo más lo ocupará. Dile a quien tienes al lado: «Confía».
Tu capacidad de confiar depende de cuánto estés posicionado en la verdad de Dios. Esforzarte es bueno, pero no bases tu esfuerzo en el afán. Confiar también es adorar: expresa que Dios es quien sostiene tu vida. Mantente en esa verdad durante la semana, aunque lleguen circunstancias que te preocupen o todavía no veas una respuesta.
Buscar primero el reino de Dios
Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Revisa tus prioridades: ¿está primero el reino de Dios? No se trata solo de buscar a Dios para llenar una necesidad personal, sino de buscar primero su reino y sus intereses. El afán detiene lo que Dios quiere añadir. Lo que llega como añadidura se recibe con paz; lo que obtienes desde la ansiedad se convierte fácilmente en una prioridad que termina dominándote.
Busca el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleva una vida justa, y él te dará lo que necesites. Dios sabe lo que te hace falta. Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro. No ames a Dios y al dinero como si ambos ocuparan el trono.
A los hijos que preguntan por la persona con quien podrían casarse: no te cases con alguien que te ame más a ti que a Dios, porque ninguna persona puede hacer por otra lo que solo Dios puede hacer. Si surge una dificultad en la pareja, ambos necesitan el poder de Dios para ser transformados. Si Dios está primero, él puede restaurar, transformar y levantar.
Decidir a quién entregas el trono
Decídete: por Dios, por el dinero, por una empresa, por una persona o por los valores del reino de este mundo. Dios no obliga a nadie, pero te llama a una vida de adoración cuyas acciones expresen confianza. La viuda dio todo su sustento: no le sobraba, era su alimento. Su ofrenda mostraba que su vida no se sostenía por lo que entregaba, sino por Dios.
Decídete por Dios. La duda y el afán se presentarán, pero puedes elegir creerle a Dios. Como los lirios, confía en el cuidado del Padre; el valor espiritual no está en una marca de ropa. No se trata de prohibir comprar cosas, sino de no adquirirlas para impresionar ni guardarlas como objetos de adoración.
Los versículos sí son «de colección», porque son para siempre; no los zapatos guardados sin usar en cajas de acrílico. Cuidar tus posesiones no es adorarlas. Las cosas deben servir a las personas, y no al revés: un carro guardado por miedo a que se manche envejece mientras esperas el momento perfecto para usarlo.
Vivir para Dios es no vivir preocupado por la comida o por la ropa de moda. Vestirse a la moda no es malo, pero la ropa no debe convertirse en una preocupación que determine tu felicidad. Puedes desear algo y, a la vez, tener gozo con lo que ya tienes, confiando en que el Padre cuida de sus hijos.
Libres de las ataduras del afán
Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. Las aves no están atadas a una posición laboral. Hay personas atadas a la búsqueda de ser millonarias, a una posición o al reconocimiento. No puedes apartarte del celular porque crees que todo depende de ti, pero no eres el salvador de tu familia ni de tu empresa. Somos simples mortales, y es la misericordia de Dios la que nos permite adorarlo.
Hay millonarios, personas atractivas y personas con cargos importantes que viven atadas, se sienten menos y tienen hambre de reconocimiento. ¿Qué pasa si nadie les dice que se ven bien? El físico pasa, pero Dios no. Cuidar tu apariencia no está prohibido, pero no dejes que determine tu valor.
Vive libre, sin quedar atado a un cargo o a un título. Existen apóstoles y profetas, y no está mal ser gerente, abogado, arquitecto o ingeniero. Pero ninguna posición es lo principal: lo más valioso es ser hijo de Dios. Jesús ejerció todos los ministerios y no necesitó títulos. El centro no es quiénes somos, sino la iglesia por la que vendrá Jesucristo.
¿No valéis vosotros mucho más que ellas? Díselo a quien tienes al lado. El afán daña tu salud y tus relaciones. ¿Has visto alguna vez a un pájaro preocupado por lo que pasará mañana? Tienes responsabilidades, pero no vivas exigiendo garantías de que mañana todo estará bien. Disfruta el día presente y confía en que Dios también te sostendrá mañana.
No gastes tu tiempo y tu dinero en la moda para medir tu valor. Mira las flores silvestres: ni las personas mejor vestidas se ven tan bien como ellas. No está prohibido ir de compras, pero Dios cuida de las flores, incluso de las que nadie ve, y por eso puedes confiar en su cuidado.
Cuando te preocupes, ora con sencillez: «Señor, ¿puedes hacer algo? Te lo entrego». Dios también conoce y ama a tus hijos, más de lo que tú los amas. Él no abandona a tu familia y puede sostenerla.
Sumérgete en la realidad de Dios
¿Estás tan preocupado por obtener cosas que dejas de entregarte a Dios: amarlo, adorarlo, servirle, orar y leer un pasaje por la mañana? Trabaja y esfuérzate, pero lo que buscas con afán lo recibes con frustración, mientras que lo que llega como añadidura se disfruta con gratitud.
Hay quienes se sientan en la orilla de la piscina y apenas meten los pies: así se acercan a Cristo, solo parcialmente. Dios te dice: «Sumérgete». Sumerge tu vida en la realidad, la iniciativa y la provisión de Dios; pon tu atención en lo que Dios está haciendo ahora, no en lo que puede o no suceder mañana.
Imagínate como un niño que cree en el Señor. Confía y descansa, porque Dios es quien te sostiene. ¿No vales más que los pájaros? Eres hijo o hija de Dios. Aunque todavía no veas ciertas cosas, Dios está trabajando, y lo que recibas como añadidura podrás disfrutarlo sin que sea fruto del afán nacido de la inconformidad.
Haz esta confesión de fe: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te reconozco como mi Señor y mi Salvador».
Referencias bíblicas
- Mateo 18:3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 10:21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:28-30 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:31-33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Marcos 12:41-44 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


