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Serie Puro

Manos bajo su mano: aprender a depender de la mano poderosa de Dios

Tu mano tiene límite, pero la de Dios no. Descubre por qué su mano no siempre evita que caigas, pero sí evita que te quedes caído, y cómo soltar lo que te ata para vivir en libertad.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
1 h 00 min

Cuando la Biblia habla de manos puras se refiere a nuestras acciones, para que revisemos cómo están. Así como el Señor, cuando le disponemos nuestra vida, va purificando nuestros pensamientos y transformando nuestra mentalidad por el poder de su Palabra, también transforma nuestras acciones. Por eso vale la pena preguntarnos bajo qué mano hemos puesto nuestras acciones. La mano de Dios no siempre evita que tropieces ni que caigas, pero sí evita que te quedes caído.

Pasos ordenados en su voluntad

El Salmo 37 enseña que el Señor ordena los pasos del hombre: no pasos fuera de su voluntad, sino pasos en su voluntad. Es la actitud de quien le dice: “Señor, quiero lo que tú ya diseñaste para mi vida; no quiero que mis pasos vayan por un camino que tú no tienes para mí”. Y el salmo, en otra versión, añade algo curioso: el Señor se deleita en ese camino.

¿Por qué se deleita tanto? Porque ese camino es de bendición para nosotros. No siempre es fácil, pero en la voluntad de Dios todo es glorioso. A veces no es fácil, pero ves milagros; a veces sientes que no puedes más, pero Dios te sostiene, toca tu vida y llegas a conocerlo como antes no habías podido. Dios se deleita en verte dentro del propósito que diseñó antes de que nacieras.

Versículo clave

«Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, Y él aprueba su camino. Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, Porque Jehová sostiene su mano.»

Salmos 37:23–24

El verso 24 trae una promesa: aunque caiga, no quedará caído, porque el Señor lo tiene de la mano. Es como si Dios dijera: “Estás en mi camino y en eso me deleito. Puedes caer, pero mi mano va a tomar tu mano”. Él no siempre evita que tropieces, pero si has confiado en su dirección y has puesto tu mano —tus acciones— debajo de la suya, no quedarás caído para siempre: te levantará una y otra vez.

Caídas que se vuelven aprendizaje

Muchas de esas caídas son malas decisiones que tomamos mientras seguimos aprendiendo. Hay cosas que hacemos y luego nos preguntamos cómo pudimos hacerlas, aun estando en el camino del Señor, porque todavía no habíamos leído esa parte de su Palabra. A veces ni siquiera nos damos cuenta: no hay mala intención, sino ignorancia de la verdad de Dios. Y Dios, en su misericordia, nos la muestra.

Entonces podemos decirle: “Señor, me caí en esto. No lo evitaste, permitiste que lo viviera, pero me estabas observando; qué bueno saber que me tomas de la mano y no me dejas caído”. Al levantarnos no solo conocemos a un Dios que no habíamos imaginado, sino que aprendemos. Esa cicatriz, esa caída, se convierte en aprendizaje, y ya no somos los mismos. Nuestra mano es imperfecta y nuestras acciones también, pero su mano perfecta nos toma y nos invita a seguir adelante sin rendirnos.

Esa es la mano de Dios en nuestra vida: nos sostiene, nos guarda, nos dirige, nos usa y, de manera extraordinaria, nos libera. ¿De cuántas cosas nos ha liberado ya, y de cuántas todavía necesitamos ser libres? Esta obra no ha terminado. Por eso necesitamos manos dispuestas a ponerse bajo su mano y decirle: “Señor, necesito tu mano en mi vida”.

Tu mano derecha tiene límite

En Isaías 41:13, Dios habla primero de identidad: Él es nuestro Dios. Luego se presenta como la mano que nos sostiene de la mano derecha, la mano que nos ayuda y nos dice que no temamos.

Versículo clave

«Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo.»

Isaías 41:13

Cuando la Palabra se refiere a la mano derecha, habla de fuerza, capacidad, autoridad y acciones. Es tu mano fuerte, la que tiene dones y talentos, la que logra alcanzar tantas cosas. Pero Dios nos envía un mensaje: esa mano está limitada. Cuando tu mano fuerte ya no depende de tu fuerza sino de la mano de Dios, prepárate para ver lo que nunca antes has visto.

Solo el orgullo puede llevarnos a pensar que nuestra mano es ilimitada. Es maravilloso ver los resultados de lo que, por la misericordia de Dios, logramos con nuestra mano fuerte; pero la mano fuerte sin la mano de Dios que la sostenga no funciona. Es Dios diciéndonos: “Dame tu fuerza, dame tus capacidades y déjame sostenerte, porque tu mano va a fallar, pero la mía jamás fallará”.

Esa mano derecha a veces nos confunde y nos hace creer invencibles. Tal vez estás en tu mejor momento de salud, de edad o de muchas otras cosas. Aun así, el Señor nos avisa que vamos a necesitar ser sostenidos: un día esa mano no podrá sostenerse sola, llegaremos a sus pies, levantaremos las manos y reconoceremos que necesitamos una mano poderosa.

Una mano más fuerte que la de faraón

Éxodo 3:19-20 dice: «Mas yo sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino por mano fuerte. Pero yo extenderé mi mano, y heriré a Egipto con todas mis maravillas que haré en él, y entonces os dejará ir». Dios le estaba diciendo a Moisés: faraón no los va a querer dejar ir, y su mano es más fuerte que la tuya, pero no más fuerte que la mía. Aunque seas muy diestro, confía en que mi mano es más fuerte.

Dios no acabó con faraón de un solo golpe. Envió diez plagas, porque quería dejar una enseñanza: cada plaga representaba a uno de los dioses falsos de Egipto. Así quedaría claro que Él es el único y verdadero Dios, el de la mano poderosa. Dios quería enseñar a su pueblo.

Aprender exige detenerse. Alguien tomaba clases de tenis desde los catorce años y, con el paso del tiempo, no mejoraba. Solo progresó cuando tuvo un buen maestro, un excelente jugador argentino. Él quería jugar, pero el maestro le hacía pruebas para saber cuál era su ojo más fuerte, grababa videos y lo corregía todo el tiempo. Cuando le pedía jugar, el maestro le respondía: “Ya has jugado mucho; por eso juegas tan mal. Ahora tienes que detenerte a aprender”. Cuando aquel maestro le dedicó tiempo, empezó a mejorar.

Eso hace un buen maestro, y así es Jesús, así es Dios: baja la velocidad por amor a nosotros. Somos nosotros quienes no queremos bajar la velocidad ni ser enseñados. Queremos seguir corriendo por la vida sin darnos cuenta de que nos estamos dañando y estamos dañando a muchos a nuestro alrededor.

Faraón no dejaba salir al pueblo, y aun así Dios lo endureció más. Con ello mostraba que puede hacer lo que quiera con faraón, y que al final su pueblo vería que Él sigue siendo Dios: cuando extiende su mano, nada ni nadie puede detenerla. La mano de Dios es poder, demasiado poderosa; es una realidad que se experimenta una y otra vez. No importa quién se levante contra ti; cuando Dios ha extendido su mano, no hay quien pueda contra ella. Puede haber desafíos y batallas que parecen no tener solución por ningún lado, pero la mano de Dios está ahí.

Atrapados, pero no fuera del alcance de Dios

Faraón tenía atrapado al pueblo de Israel. ¿Te has sentido atrapado en algo, sin poder salir? Así estamos a veces: atrapados en conductas, en hábitos, en malas experiencias que se convirtieron en estilo de vida. Aunque tu mano sea muy fuerte, puedes estar atrapado. Quizá querías alcanzar una buena economía, la alcanzaste y ahora estás atrapado por ella, porque caíste en vicios. Los logros de una mano fuerte y talentosa, sin la mano de Dios, pueden convertirse en tu peor dolor. Puedes alcanzar muchas cosas con tus fuerzas, pero sin la mano de Dios todo se derrumba.

Dios quiere liberar nuestra manera de pensar y nuestras manos, que representan nuestra conducta y nuestra mentalidad. Si algo anhela Dios es nuestra libertad; lo ha anhelado de Génesis a Apocalipsis, porque nosotros insistimos en vivir en cautiverio. Sí, faraón tiene una mano fuerte, pero Dios tiene una más fuerte. Tal vez aquello que te atrapa es más fuerte que tú, pero no más fuerte que Dios. Una adicción puede ser más fuerte que tú, pero no que Dios.

Una mano fuerte, llena de talentos y de logros, no tiene sentido sin la mano de Dios. Jesús mismo dijo que separados de Él nada podemos hacer. Dios no es quien trae las presiones, pero a veces sí las usa para formar carácter en nuestra vida: el pueblo estaba presionado y Dios endureció aún más a faraón. De la misma manera, Dios puede usar la presión para traernos libertad y para que nos hartemos del cautiverio. No puede ser que haya cosas que gobiernen nuestra vida; Dios nos quiere libres.

Dios prometió extender su mano, y la buena noticia es que la extendió, la sigue extendiendo y la extenderá por siempre. Dios está listo para liberarnos y para hacer cosas nuevas en nuestra vida.

Dios no te pide ser más fuerte, sino confiar

Dios iba a hacer un milagro muy claro: abrir el mar y liberar a su pueblo. Pero Moisés tenía que extender su mano. Dios hará muchos milagros en nuestra vida —de hecho, ya hizo el más grande de todos, el de la salvación—, pero no iba a extender la mano por Moisés. Cuando Dios le preguntó qué tenía en sus manos, Moisés respondió: una vara.

Dios nunca esperó que la mano de Moisés fuera más fuerte que la de faraón; esperaba que confiara en su mano poderosa. No le exigía ser más fuerte ni le reprochaba estar triste o atravesar un momento difícil. No esperaba que venciera a faraón, sino que confiara en el Dios que sí podía vencerlo. Nunca le prometió hacerlo más fuerte que faraón; le prometió mostrarle al Dios que estaba con él. Hay batallas demasiado grandes para nuestras manos, pero no para las manos de Dios, porque Él es todopoderoso.

Moisés tendría que usar sus manos, pero el milagro vendría de las manos de Dios. Aunque tengas una fuerte mano derecha, vas a necesitar la mano de Dios. Él espera que extiendas la tuya, porque el milagro viene de la suya.

Las manos del jardinero y del sembrador

La mano de Dios es la de un jardinero, y su iglesia es un hermoso jardín. Dios se nos muestra según lo que quiere transformar en nuestra vida, y como buen jardinero, poda. A diferencia de una planta, nosotros salimos corriendo: queremos salidas inmediatas y estar floreciendo todo el tiempo, pero no siempre se florece; hay tiempos de poda. Un árbol recién podado puede verse tan mal que parece que se lo robaron. Así nos vemos a veces: no estamos feos, solo estamos podados.

Las manos de Dios saben perfectamente dónde podar. Él nos dice que es tiempo de poda porque vamos a dar mucho más fruto. Y si nos preocupa no vernos bien, nos recuerda que no ve lo que ven los hombres, sino el corazón. La gente ve la gran sonrisa con la que saliste en la mañana y el beso que le diste a tu esposo, pero Dios vio los gritos de dos segundos antes. Él ve cuando le sonríes a alguien mientras por dentro piensas que no lo aguantas, o cuando le sonríes al vecino que no te cae bien desde que compró un carro mejor que el tuyo. Lo ve porque viene a podarte, y te poda porque te ama.

A Dios no le impresiona lo que impresiona al mundo: un buen carro, un buen reloj, una buena camisa o muchos likes. Él mira tu corazón: si estás en su camino y si realmente estás cumpliendo el propósito para el cual naciste. Dios no nos llamó a aparentar, sino a hacer lo que Él ha dicho que haremos.

La mano de Dios es también la de un sembrador por excelencia. Su Palabra es una semilla, y en este momento está siendo sembrada. Quien predica está limitado: si baja de la plataforma, algunos ya no lo ven, y no puede correr de un lado a otro sin cansarse. Reconocemos la autoridad y la bendición de quienes nos pastorean, pero no debemos llevarla más allá de lo que es, haciendo ídolos de los hombres: la unción es de Dios. Es su mano la que deposita la Palabra en lo más profundo del corazón, aun de quien llegó por primera vez y sin muchas ganas. El Espíritu Santo llega ahí donde estás; no se cansa, es ilimitado. Está llevando la Palabra a todo lugar y a todo corazón, y con ella también esa poda que no nos gusta.

¿Qué tienes en tu mano?

Lo que está en nuestra mano cambia cuando nuestra mano está bajo su mano; ya no somos los mismos. Para eso necesitamos humildad, porque la Escritura nos llama a humillarnos bajo la poderosa mano de Dios. Necesitamos reconocer que la fuerza de nuestra mano no viene de los cheques que firmamos, de las transferencias que hacemos ni de los títulos que mostramos. Estamos limitados; cada día que estamos en esta tierra es porque estamos cumpliendo un propósito, y en cualquier momento partimos. Necesitamos su mano, porque solo hay uno todopoderoso.

Éxodo 4 narra que Moisés volvió a protestar: ¿qué haría si no le creían, si le decían que el Señor nunca se le había aparecido? Las objeciones de Moisés fueron una serie de preguntas, porque los grandes desafíos muestran nuestras más grandes inseguridades. En lo que podemos lograr por nosotros mismos nos sentimos seguros; por eso tenemos un Dios de grandes desafíos en diferentes áreas. En lugar de responderle, Dios le hizo una pregunta: ¿qué tienes en tu mano? Moisés contestó que tenía una vara de pastor.

Pero había algo más profundo que una vara para abrir el mar. ¿Por qué Moisés tenía una vara de pastor? Esa vara tenía una historia. Años atrás había cometido un error: mató a un egipcio que maltrataba a alguien de su pueblo y huyó. Jetro, su suegro, le dio trabajo, y por eso terminó con esa vara en la mano. Todas sus preguntas anteriores tenían que ver con sus inseguridades. Dios no solo quería usarlo para extender la mano y ver un gran milagro; quería podar algo en su vida e ir a lo más profundo de su ser.

A veces nos aferramos tanto a la vara, a los errores que hemos cometido, que terminan dándonos identidad: “Esto es lo que hice y esto es lo que voy a hacer el resto de mi vida”. Pero la mano de Dios interrumpe. La mano de Dios despierta, sostiene, forma y también desafía. Y aquí no hay una sola mano perfecta; nadie puede decir que es el más puro de todos.

Suelta la vara

Dios le ordenó a Moisés soltar la vara, y esta se convirtió en serpiente; Moisés huyó de ella, como seguramente haríamos todos. Luego la tomó por la cola y volvió a ser vara. Era Dios hablándole a su vida: tienes que soltar lo que te es familiar, ese error que se convirtió en estilo de vida, porque no solo quiero hacer un milagro a través de ti, sino en ti. Ese es el problema de quedarnos solo con una mano fuerte, con dones y talentos: una vida externa aplaudida con muchos likes, pero una vida interna y familiar agotada, golpeada y destruida.

No hay nada que la mano de Dios no pueda hacer, pero hay cosas que la mano de Dios no hará. Traer delante de Él lo que nos golpea y nos destruye, y soltarlo porque ya no puede estar en nuestra vida, es nuestra decisión. Dios no nos obliga. Por eso podemos pedirle: “Dios, muéstrame lo que no está bien en mí; necesito traerlo y soltarlo”.

Cuando un niño pequeño se lleva a la boca algo con lo que se puede ahogar, se lo quitamos de la mano: “Dámelo, mi amor”. Pero Dios no hace eso con nosotros; no nos arranca de la mano la adicción ni la pornografía. Dios no va a hacer con su mano lo que a ti te toca decidir con la tuya. Tal vez no puedes contra la pornografía, pero sí puedes entregársela y soltarla, y entonces él extenderá su mano poderosa. Eso es más grande que tú, pero no más grande que él.

Dejemos de ocultarle nuestros problemas a Dios y de defender lo que no nos permite vivir en libertad. La serpiente volvió a ser vara, y eso es lo maravilloso de Dios: a veces tu peor error, cuando lo sueltas en sus manos, se convierte en el mayor milagro de tu vida. No sucede así con las personas, que pueden seguir enojadas por algo que pasó hace treinta años. Pero la mano de Dios interrumpe nuestra historia para decirnos: suelta tus errores, porque si los sueltas, yo hago un milagro en tu vida.

Aun así, todavía queremos defender nuestros errores: “No fue así”. Y Dios nos dice que dejemos de perder el tiempo; hay quienes mueren sin abandonar esas conductas. Es mejor decir: “Me equivoqué; ya pasó”. Todos nos equivocamos, y somos libres para disculparnos y reconocerlo cuando fallamos. Qué aburrido es defender lo que no se puede defender.

Extiende la mano que no quieres mostrar

El milagro del hombre de la mano seca sigue siendo impresionante. Jesús fue por él y le dijo: «Extiende tu mano». No le pidió ver la mano que estaba bien, la que mostramos a los demás, sino la que estaba mal, porque no vino para que aparentemos, sino para sanar y libertar. Nos gusta enseñar la mano que queremos mostrar, no la que Dios quiere limpiar y purificar.

Es como si Dios dijera: “Esa súbela a TikTok e impresiona a quien quieras; yo vine por la otra. Vine a sanar tus acciones y a traer un nuevo tiempo a tu vida”. Él vino a hacer milagros, pero no solo físicos; a veces estamos tan desesperados por milagros temporales que no buscamos los eternos. Dios ve la mano que nadie ve: la que saluda amablemente a todos pero guarda ira en la casa, la de la pornografía que se oculta ante los demás. Dios quiere esa mano. Solo quiere poner su mano sobre ella, pero tienes que mostrarla. Dejemos de ocultar aquello de lo que Dios quiere liberarnos; hoy nos dice: extiende lo que nadie ve, porque quiero liberarte.

Un milagro en ti antes que a través de ti

Éxodo 4:6 relata que Dios le pidió a Moisés meter la mano en su seno, y cuando la sacó estaba leprosa, blanca como la nieve. Cuando encontraban a un leproso lo sacaban del campamento, nadie podía acercarse a él y lo señalaban como impuro.

Podemos imaginarlo así: con la mano fuerte, Moisés sostendría la vara que abriría el mar, y la otra, Dios le pidió meterla en su seno, donde está el corazón. Salió leprosa; al meterla de nuevo, quedó limpia. La lepra aislaba, y el mensaje de Dios para Moisés era claro: te voy a usar para hacer milagros, pero antes voy a hacer un milagro en ti. Te aislaste por el error que cometiste, y no quiero que solo veas milagros frente a ti; quiero que veas el milagro en ti. Ningún logro de tu mano derecha podrá llenar lo que solo mi mano, trayendo sanidad a tu corazón, va a lograr. Tu victoria no será afuera; tu victoria comenzará adentro.

La culpa nos va aislando. Necesitamos extender la mano hacia lo que tememos, hacia donde no tenemos el control. Dios quiere restaurar nuestras manos, nuestras acciones. No nos quiere aparentando, sino siendo usados para ver grandes milagros, sin olvidar el milagro más grande: un corazón sano, para que todo lo que hagamos sea con la motivación correcta.

Cuando tu mano llega a su límite

Dios nos ha dado muchos y diferentes talentos: hay quien recibe de Dios un diseño y, con urgencia, lo traza en una servilleta, y hay quien tiene otros dones. Pero por más fuerte que seas en tus talentos, sin la mano fuerte de Dios no va a funcionar.

A muchos no les gusta escucharlo, sobre todo si hay orgullo: tu mano tiene límite. Por bueno que seas en lo que haces, tu mano tiene límite. Y cuando tu mano llega a su límite, la mano de Dios apenas está comenzando.

Esos límites son muy incómodos, porque empiezas a perder el control: “No puedo. ¿Qué pasó? ¿Qué sucedió?”. Pero bendito sea Dios por ese día, porque de lo contrario solo habrías conocido tu propia mano toda tu vida, una mano limitada que no alcanza nada. Bendito el día en que no funcionó con nuestra mano y Dios nos dijo: “Estás a punto de conocer la mano poderosa e ilimitada; estás a punto de conocerme”.

No sé lo que puedas estar viviendo, pero ríndete a Dios y humíllate bajo su mano poderosa: Él va a extender su mano. No se trata solo de extenderla por lo material. Extiende tu mano, reconoce que Él es Dios y mete la otra en tu corazón, porque el mayor milagro es el que Dios hará en tu corazón. Para Dios, añadirte cosas es lo de menos.

Humíllate bajo su mano poderosa

¿Bajo qué manos has colocado tu mano? ¿Qué está gobernando tu vida? Primera de Pedro 5:6 nos llama a humillarnos bajo la poderosa mano de Dios. Otra versión lo expresa así: conténtense con lo que son y no se den aires de grandeza; la mano poderosa de Dios que está sobre ustedes los exaltará en el momento oportuno; vivan sin preocupaciones ante Dios, porque Él los cuida.

Imagina vivir preocupado por querer ser alguien. Hoy las redes sociales son una locura por la cantidad de validación que se busca. Pero Dios dice: tranquilo, no te preocupes, yo te voy a sostener. No te des aires de grandeza. Deja de mostrar la mano que quieres mostrar y muéstrate tal como eres delante de Él. Deja de preocuparte por agradar a otros, por que la gente te aplauda en lugar de que te aplauda el cielo. Cuando Dios decide obrar con su mano en tu vida, no hay faraón, no hay absolutamente nada ni nadie que pueda detenerlo.

Manos cansadas y una iglesia que las levanta

Éxodo 17:11 dice: «Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; mas cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalec». Israel estaba en batalla, y cuando Moisés bajaba las manos el pueblo no prevalecía; entonces Aarón y Hur sostuvieron sus manos. Que la mano de Dios esté en tu vida no quiere decir que tus manos no se vayan a cansar. Moisés tenía las manos levantadas, pero llegó el momento en que necesitó la ayuda de otros.

Por eso somos iglesia: porque necesitamos las manos de otros. Involúcrate en un grupo y ten comunidad, porque hay días en que necesitamos que alguien levante nuestras manos. Nadie es un “superpastor”: aun quienes pastorean necesitan que personas cercanas les sostengan las manos, y ellos también levantan las de otros. Tú también lo necesitas.

Busca a alguien por quien orar y sostenlo en oración, y deja que esa persona haga lo mismo por ti. Pidamos a Dios nuevas fuerzas para las manos cansadas, para quienes sienten que ya no pueden más, y que nos use para ayudarles a levantar sus manos, como un día ellos nos ayudarán cuando seamos nosotros los que no podamos. Para eso somos comunidad y para eso somos iglesia. Aun Jesús, en Getsemaní, cuando no podía más, recibió un ángel del cielo que vino a fortalecerlo.

Si tus manos están bajando por el cansancio, no te des por vencido. Tú estás limitado, pero Dios no lo está, y te envía a alguien para decirte: “Yo te sostengo”. Faraón es grande, pero Dios es más grande y vencerá a tu faraón. El enemigo te quiere aislado para que nadie levante tus brazos, pero no puedes estar aislado: nos necesitamos unos a otros, porque somos el cuerpo de Cristo.

Grabado en la palma de su mano

En Isaías 49, Sion dijo que Dios la había olvidado, como tantas veces lo decimos nosotros. Pero Dios responde: «He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida». Puedes sentir que Dios te olvidó, pero tenemos una gran noticia: nunca has salido de sus manos.

Esa verdad resuena en las palabras de Jesús en la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Jesús estaba trayendo a memoria el salmo que pone el espíritu en las manos de Dios y le pide rescate porque Él es fiel. Era como decir: me vas a rescatar; he pasado por manos injustas, pero sé que tu justicia viene, porque la tuya es la mano justa. Y qué bien hacía Jesús en recordar esos salmos, porque sus propias manos fueron heridas.

Por eso, cuando Tomás dudaba, Jesús le mostró sus manos. Es como si nos dijera a cada uno: “Mira mis manos; aquí está tu nombre. Esta marca de los clavos en la cruz es por ti. Te llevo grabado en la palma de mi mano”. No importa lo que estés viviendo: Jesús te lleva en la palma de su mano. No te menosprecia ni te rechaza; tu nombre está escrito con sangre en su palma.

Extiende tu mano

Hoy puedes levantar una de tus manos y decirle: “Señor, voy a extender la mano que no he extendido. Voy a ser libre de lo que todavía no he sido libre”. Aun en los momentos en que sientes que todo se sale de control, puedes confiar en que nada se ha salido de su mano. Cuando las cosas se salen del control de nuestras manos, Dios quiere enseñarnos que hay una mano más poderosa: la suya.

El Señor nos dice: extiende tu mano y sanará. Saca a la luz lo que tienes que sacar a la luz, porque Él quiere limpiarte y purificarte. Tal vez llevas años viviendo con una identidad como la de la lepra, aislado; Dios quiere sanar tu corazón y que dejes de aislarte, porque te quiere con Él y en su propósito.

¿Cómo no agradecerle y reconocerlo como el único Salvador y Dios, el dador de vida? Él es el Dios que nos sostiene, que nos poda y nos limpia, que nos llena, que siembra su Palabra en nosotros, que nos bendice y nos da forma. Por eso es un buen momento para volver a recibir a Jesús, si ya lo has hecho, o para recibirlo por primera vez, porque su Palabra dice que quien confiesa con su boca que Jesús es el Señor será salvo. Puedes decirle: “Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados, y hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador”.

Referencias bíblicas