EN Oración
Serie Puro

Pura adoración: Dios busca un corazón sincero, no una canción

La adoración verdadera no depende de la voz ni de la canción, sino de un corazón sincero que reconoce sus errores, se rinde a Dios y derrama ante él lo más valioso.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
55 min

Muchas veces, al escuchar una canción, decimos: «Esta es de adoración» o «esta es de alabanza». Pero la adoración pura no depende del estilo de una canción, sino del corazón. Los pensamientos puros forman una mentalidad, y nuestras manos, que representan nuestras acciones, pueden ponerse bajo la mano más poderosa, que es la mano de Dios. El desafío ahora es una adoración pura delante de él. Una canción puede ser una expresión; la adoración es una respuesta de nuestro corazón a Dios, y tiene que ver con nuestra relación personal con él.

La adoración comienza en el corazón

La pura adoración comienza cuando dejamos de preguntarnos qué canción vamos a cantar y empezamos a preguntarnos con qué corazón nos vamos a presentar delante de Dios. ¿Cómo está tu corazón? Nuestro corazón dictamina cómo vamos a adorar al Señor.

Dios escucha una canción, pero mira el corazón. Ahora mismo todos podríamos cantar y decir que es adoración, pero solo Dios puede decir realmente quién está adorando. Quizá la persona a la que él encuentra adorando no está en el templo. Tal vez no pudo llegar por diferentes situaciones, o está postrada en una cama con una enfermedad, pero Dios ve que su corazón se está derramando delante de él. Dios está viendo nuestros corazones en este momento.

Dios promete un corazón nuevo

En Ezequiel 36:25, Dios promete derramar agua pura sobre su pueblo y limpiarlo de todas sus impurezas. No se trata únicamente de una disciplina humana. Dios promete transformar nuestro interior y hacer en él lo que no podemos lograr con nuestras propias fuerzas. El domingo solemos llegar arreglados, bañados y peinados: es la limpieza externa. Pero venimos a algo más profundo: a que Dios nos limpie por dentro, a decirle: «Señor, quiero que tú limpies mi vida».

En el versículo siguiente, Dios promete darnos un corazón nuevo. A muchos nos ilusiona estrenar cosas temporales: un carro, una casa, algo nuevo. Pero aquí se trata de estrenar algo de lo cual depende la vida. No le damos al corazón la importancia que debería tener, y por eso la Escritura nos advierte: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Nada de lo que se añade a tu vida puede producir vida; la vida sale del corazón que Dios te dio.

¿Por qué a veces no surge un corazón nuevo? Porque, cuando el corazón se endurece, nos amargamos. Aunque alguien viva en una mansión, si su corazón está endurecido seguirá igual de amargado, porque la vida no viene de la casa: viene del corazón.

Dios también promete poner un espíritu nuevo dentro de nosotros, quitarnos el terco corazón de piedra y darnos un corazón tierno y receptivo. Si nuestro corazón es receptivo, no hay nada que Dios no pueda hacer en él: puede hacer cosas nuevas en nuestra vida. Un corazón receptivo deja la necedad y dice: «Yo no quiero necedad en mi vida; quiero disponer mi vida». Así llegamos a comprender y a experimentar que la verdadera adoración viene del corazón.

Más que levantar las manos

La adoración pura deja de ser un ritual externo y se vuelve una reacción natural de la transformación que Dios hace en nosotros. Nadie tiene que decirte que levantes las manos y adores a Dios: es lo natural cuando él ha tocado tu vida de forma sobrenatural.

Pero adorar no es solamente levantar las manos. La verdadera adoración está dispuesta a levantarlas y también a soltar lo que hay en ellas y que Dios está pidiendo, para que nuestra vida se convierta en un sacrificio vivo de adoración. Podríamos levantar las manos todo el día y nunca soltar lo que Dios nos pide.

David: no era perfecto, pero sí sincero

David es conocido como el dulce cantor de Israel. Si alguien representa en la Biblia lo que es la adoración, es él: un salmista y músico impresionante. Seguramente había muchos músicos con voces afinadas, pero en David había algo diferente. No solo tenía dones: tenía un corazón que se derramaba delante de Dios. Lo que marcaba la diferencia era el corazón detrás de su adoración.

En el Salmo 51:3, David le dice a Dios que reconoce sus transgresiones y que su pecado está siempre delante de él. El dulce cantor de Israel no era perfecto, pero sí era sincero delante de Dios. ¿Cuántos de nosotros reconocemos en qué estamos equivocados?

La pureza comienza cuando dejamos de justificar lo que Dios quiere limpiar. Nos cuesta muchísimo dejar de justificarnos, porque el orgullo nos invita a hacerlo y a no reconocer. David se equivocaba, pero lo reconocía. Si necesitas años para reconocer tus errores, el costo será muy alto. El mayor obstáculo para que Dios haga su obra en nosotros es nuestra propia justificación. El enemigo siempre necesita material para trabajar, y cuando no reconocemos lo que debe cambiar en nuestra vida, le damos la materia prima para golpearnos y destruir nuestra vida y la de nuestras generaciones.

Dios no espera un corazón perfecto, pero sí uno dispuesto a reconocer cuando se equivoca para seguir creciendo. Todos nos hemos equivocado. Lo peor no es estar equivocados, sino saberlo y, mientras Dios nos habla de una y otra manera, seguir en la misma necedad y sostener el error que nos ha golpeado. Nos aferramos a la equivocación mientras Dios quiere liberar nuestro corazón. Además, no nos gusta volver a admitir en qué fallamos.

El problema de no reconocer nuestros errores es que nos impide aprender de ellos. Cuando los reconocemos, tenemos una gran oportunidad de aprender. Jesús elimina nuestra vergüenza y nuestro pecado, pero no borra las lecciones que aprendemos de nuestros errores, porque no quiere que sigamos en ellos. Quita la vergüenza y limpia el pecado, pero no permite que olvidemos que ese error, entregado a sus pies, transformó nuestra vida. Hubo golpes, pero también transformación. Lo que era dolor se convierte en adoración, y hoy somos personas transformadas por Cristo Jesús, con un corazón diferente.

No con nuestras fuerzas, sino con rendición

David no dice: «Voy a mejorar mi corazón con mis fuerzas». Reconoce que necesita la mano sobrenatural de Dios para que su corazón sea transformado. Ni con tus fuerzas ni con las mías: es la mano de Dios en nuestro corazón. Lo que sí necesitamos es un corazón dispuesto para darle una verdadera adoración.

Un corazón puro reconoce constantemente lo que hay dentro: «Señor, reconozco mis errores. Esto ha estado mal. ¿Qué está pasando en mi vida? Esto no puede continuar. Quiero adorarte; quiero ser un adorador delante de ti».

Quizá la persona que tienes al lado no tiene buena voz, pero eso no significa que no pueda ser un adoradora o un adorador, porque Dios ve corazones. Tú oyes su voz; Dios ve su corazón. Por eso quienes dirigen la alabanza llegan a las cinco de la mañana a orar y a buscar a Dios. Se escoge la mejor batería, las mejores bocinas, las mejores secuencias y audífonos adaptados a cada oído, para ofrecerle a Dios lo mejor en lo técnico. Pero reconocemos que, sin su presencia, solo serían voces unidas para interpretar canciones. Cuando se rinden delante de Dios, surge una adoración y una atmósfera que da la bienvenida al Espíritu Santo, y todos podemos entrar juntos en ella.

Un corazón puro no se logra con esfuerzo propio, sino con rendición total. La adoración no la logras con tus fuerzas: la logramos cuando rendimos nuestra vida delante del Señor.

En el Salmo 51:6, David reconoce que Dios ama al corazón sincero. Dios no busca corazones perfectos, sino sinceros. David no era alguien que no se equivocara ni tenía un corazón perfecto; sin embargo, Dios dijo de él que había encontrado a un hombre conforme a su corazón. Era un corazón sincero, que no se justificaba, porque quien nos purifica es el Señor. Si tu corazón se ha endurecido y no puedes con tus fuerzas, lo único que necesitas es ser íntegro y sincero delante de Dios y decirle: «Señor, yo no puedo, pero hoy dispongo mi vida para que seas tú quien haga la obra en ella».

David entendió que Dios no buscaba su voz, sino su corazón. Dios no busca nuestras voces: busca un corazón sincero y dispuesto. Si esperara un corazón perfecto, ninguno de nosotros tendría oportunidad. Pero todos la tenemos, porque lo que Dios busca es que seamos sinceros delante de él.

Purifícame con hisopo

David pide: «Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve». El hisopo era una rama con hojas muy absorbentes. En la Pascua se mojaba en la sangre del cordero y con él se aplicaba esa sangre en los dinteles de las puertas.

El hisopo aparece otra vez en la cruz. Juan 19:29-30 relata que había allí una vasija de vino agrio; mojaron una esponja en él, la pusieron en una rama de hisopo y la acercaron a los labios de Jesús. Después de probar el vino, Jesús declaró que todo estaba cumplido, inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Hisopo, sangre, cordero: el mensaje de Dios era claro. Él nos limpia con su sangre, porque Jesús es el Cordero inmolado en la cruz. La obra está hecha; él llega a donde nadie más puede llegar.

Jesús también dijo a sus discípulos que les convenía que él se fuera, porque vendría el Espíritu. En su cuerpo estaba limitado, pero el Espíritu Santo no lo está: recorre cada lugar y alcanza a todo aquel que esté dispuesto, dondequiera que se encuentre. Como el hisopo que llevaba la sangre del cordero, el mensaje es que la obra está completa: su sangre nos limpia y nos da una nueva oportunidad de vida.

Un altar antes que un trono

La adoración pura no comienza con los labios, sino con el corazón. Aunque nos pongan la letra delante, revisemos nuestro corazón. Que adorar no sea una costumbre, sino un honor.

Antes de tener un trono, David tenía un altar vivo en su corazón. Mientras todos buscaban tronos, David buscaba agradar a Dios. El mundo se vuelve loco por las posiciones. Por eso, cuando el profeta fue a escoger a David, Dios le dijo que no se fijara en lo que todos ven, porque él mira el corazón. No miraba sus dones ni sus habilidades, sino un corazón que le agradaba. No busques tronos: busca tener un corazón que agrade a Dios y que tu vida sea un altar encendido.

Versículo clave

«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí.»

Salmos 51:10

David oró: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Adoró con arrepentimiento. Reconocía que no podía limpiar su corazón por sí mismo, pero sí podía disponer su vida para que Dios lo limpiara y le diera un corazón nuevo. Llegó a entender que Dios no buscaba instrumentos ni voces, sino corazones.

Es una bendición tener buenos equipos de sonido, pero todo depende de la intención y la motivación: que todo lo que hacemos sea para él. Si hay buen sonido y buena acústica y se cuida cada detalle, pero no cuidamos el corazón, no sirve de nada. Sin eso, el templo es solo un edificio con una plataforma. Pero cuando nuestro corazón se derrama delante de él, todo el lugar se convierte en un altar para Dios. Puedes estar en la última fila y ese lugar es un altar. Cuando ponemos primero a Dios, se convierte en altar el lugar donde estás y el lugar donde haces cada cosa. Las motivaciones cambian: no se trata de tocar instrumentos ni de tener el don de escribir salmos, sino del corazón con el que hacemos las cosas.

Dios ni siquiera necesita edificios, pero sabe con qué corazón se hace cada cosa. Una casa de Dios puede diseñarse orando, para que cada detalle hable de lo que él quiere hacer: diferentes dones en una sola iglesia, la luz de Jesús hacia los cuatro puntos cardinales y hacia el mundo, la luz que guía en la oración, y la Palabra que aclara lo que se ve borroso en nuestra vida.

La Palabra de Dios corre como ríos de agua viva, y no hay nada que no pueda hacer. Nada debe hacerse solo por hacerlo ni para que se vea bonito, sino profético y dedicado a Dios, que es muy distinto. Todo lo que hagamos, dediquémoslo al Señor, con el propósito de adorarlo, glorificar su nombre y reconocer lo maravilloso que ha sido.

Adorar sin una canción

Mira la adoración de Abraham. Lo que Dios le pidió con su hijo Isaac fue muy fuerte. Aun así, se levantó muy de mañana y dijo que irían allí a adorar. ¿Qué canción cantó? Ninguna: adoró a Dios con su obediencia. Cuando su hijo le preguntó dónde estaba el cordero, respondió que Dios proveería. Después Dios lo llama amigo. Abraham confió en que Isaac era más de Dios que suyo y en que Dios es bueno. Estuvo dispuesto a adorarlo sin una canción: sus acciones fueron su adoración.

La obediencia es adoración. Abraham no iba con una canción, sino con Isaac, con lo que tenía que soltar: su hijo amado, su único hijo. Fue muy duro, pero obedeció. A Abraham no le dieron un Grammy por una canción cristiana, pero Dios lo llama amigo, y su recompensa está en la eternidad. No cantó: adoró a Dios y derramó su corazón, como diciendo: «Dios, qué duro es esto, pero en ti puedo confiar».

Job lo perdió todo: su familia, sus hijos y todos sus bienes. Lo único que le quedó fue su esposa, y ella le aconsejó maldecir a Dios y morir. ¿Y qué hizo Job? Adoró al Señor. La Escritura dice: «En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno». Lo hizo sin una sola canción, y a eso se le llama adoración. La adoración nace del corazón.

Sencillos y sinceros delante de Dios

Una paráfrasis de Juan 4:23 lo expresa así: lo que cuenta ante Dios es quiénes somos y cómo vivimos. No importa cómo cantamos, sino cómo vivimos. Nuestra adoración debe involucrar nuestro espíritu en la búsqueda de la verdad, y esa es la clase de personas que el Padre busca: sencillas y sinceras delante de él en su adoración.

Hay momentos en que llegamos a creernos invencibles: cuando estamos en el mejor tiempo de salud o de juventud, cuando tenemos un buen título o una buena posición económica. Pero basta una gripe de tres días para creer que no vamos a salir de esa. Somos muy débiles, pero nuestro Dios es muy fuerte, y cuando lo recordamos podemos rendirnos ante él. Aun así, hay días en que el orgullo se nos sube a la cabeza y al corazón. Alguien lleva tres días en el gimnasio y ya camina diferente. Pero hasta el más fuerte, que levanta cuatro discos de 45 libras de cada lado, moriría si uno de esos discos le cayera en la cabeza. Sin depender de Dios no somos nada. Por eso, no importa cómo estés físicamente, cuántos títulos tengas ni cuánto dinero tengas: sé humilde y sencillo, y reconoce cada día que todo ha sido Dios.

Una adoración que se ve en la vida diaria

Una paráfrasis de Romanos 12:1 nos invita a tomar, con la ayuda de Dios, nuestra vida cotidiana y ordinaria (dormir, comer, trabajar y todo lo que hacemos) y entregarla a Dios como una ofrenda. Una canción se escucha, pero la adoración se ve en tu vida diaria, por ejemplo en cómo trabajas. Si de ocho horas de trabajo pasas seis viendo videos y le das gracias a Dios por las ideas que te da, estás confundido. La verdadera adoración es respetar tu trabajo, porque para Dios eso es adoración. Cuando respetas tus horarios y haces el mejor trabajo en lo que te toca, estás adorando a Dios.

Adora también al despertar y agradece por el día. Quizá ese día traiga muchas luchas, pero qué bueno que amaneciste, porque Dios estará contigo y te dará fuerzas para enfrentarlas. Sé un adorador.

Pablo y Silas adoraban a medianoche en la cárcel con himnos. No sabemos si cantaban afinados; los presos los oían, quizá incluso para criticarlos. Pero Dios estaba viendo sus corazones. No fueron sus voces las que provocaron el terremoto, sino sus corazones, que adoraban a Dios. Era una injusticia: estaban presos en el calabozo de más adentro, pero reconocían que Dios seguía siendo Dios.

Él no busca canciones, busca adoradores; busca corazones. Las canciones necesitan una voz, pero la adoración necesita un corazón. Que el tuyo y el mío levanten hoy una adoración que diga: «Dios, ya no quiero justificarme». Dios ni siquiera espera que seamos perfectos, porque mañana o la próxima semana descubriremos cosas que estaban mal y de las que ni nos habíamos dado cuenta. Cuando las reconocemos y decimos: «Perdón, Dios, esto estuvo mal; lo reconozco», somos adoradores. Quizá no seas buen cantante, pero puedes ser un adorador.

La mujer que derramó su perfume

Lucas 7:36 relata que uno de los fariseos invitó a Jesús a cenar, y Jesús fue a su casa y se sentó a la mesa. Jesús ya lo sabía todo y aun así aceptó la invitación. Una mujer de mala vida que vivía en la ciudad se enteró de que Jesús estaba allí y llevó un hermoso frasco de alabastro lleno de un perfume costoso. Llorando, se puso a los pies de Jesús, comenzó a bañarlos con sus lágrimas y luego los secó con sus cabellos.

Las mujeres cuidan mucho su cabello. Además, hay personas que tienen un perfume caro y ni siquiera lo usan, porque siempre esperan un día especial. Se calcula que aquel perfume costaba el equivalente a catorce meses de salario mínimo de aquel tiempo: una esencia de altísimo precio cuyo aroma duraba horas. Y al secar los pies de Jesús con su cabello, aquella mujer le ofrecía probablemente lo más valioso que tenía. Cuando conoces al más valioso, todo lo que le ofreces te parece poco. A eso se le llama adoración: no ofrecerle a Dios lo que nos sobra, sino lo que es valioso para nuestra vida.

Ella besó los pies de Jesús y derramó sobre ellos el perfume. Cuando el corazón se llena de Jesús, tarde o temprano empieza a derramarse. Lo que antes era valioso para ti deja de serlo: lo llamas añadidura. Lo valioso cambia por completo. La pura adoración siempre termina derramando tu vida y tu corazón. Ya no te importan la apariencia ni lo que digan los demás: eres libre para adorar al Señor. La pregunta es qué estamos dispuestos a derramar. De esta mujer no quedó registrada ninguna canción, pero sí su adoración, y eso es eterno.

¿Cuánto hay que llorar para bañar con lágrimas los pies de Jesús? ¿Lloraría de tristeza o de alegría? Ella no cantó su adoración: la derramó. Cuando vienes a derramar tu corazón, puedes pedirle a quien está a tu lado que no te interrumpa: si quiere seguir viendo sus mensajes, que lo haga, pero tú necesitas derramarte delante de Dios. Los mensajes que recibes no sostienen tu vida; solo uno la sostiene. Viniste a adorar al Señor y a exaltar su nombre.

Ella no derramó el perfume para recibir el amor de Jesús, sino porque ya lo había recibido. Su reputación no era buena y había cometido muchos errores. Pero detrás del perfume había un corazón y una intención: adorar a Jesús y decirle: «Señor, te doy todo lo que tengo, porque nada de lo que tengo me ha podido dar lo que solo tú me has dado: libertad, sanidad, perdón en lugar de juicio. Me has rescatado y has transformado mi vida».

Simón preparó la mesa; ella preparó su corazón

Cuando el fariseo que lo había invitado vio esto, pensó que, si Jesús fuera profeta, sabría qué clase de mujer lo estaba tocando, porque era una pecadora. Mira el contraste: Simón preparó la mesa, y la mujer preparó su corazón. A Dios no le impresiona una buena mesa ni unos cubiertos de oro, pero sí un corazón derramado. Podemos imaginar a Simón pensando: «Mira mi casa, mira los cubiertos, mira la cena que te preparamos». Pero a Jesús no le impresionan los cubiertos de oro, porque él es dueño del oro. A ti pueden impresionarte; a él, no. Ella tenía la mirada puesta en Jesús.

Simón recibió a Jesús de pie; ella se postró y se rindió a sus pies. Simón se preguntaba cómo un profeta no se daba cuenta de lo pecadora que era esa mujer, porque él veía a una pecadora, y Jesús veía a una adoradora. Cuando te arrepientes delante de Jesús, tu corazón se derrama y dices «no más esta vida», Jesús ve adoración, la recibe y transforma tu vida: en él tienes una nueva oportunidad. Simón recibió a Jesús en su casa, pero esta mujer lo recibió en su corazón. Hazle espacio a Jesús y permite que el Espíritu Santo llegue a lo más profundo de tu ser.

Al que mucho se le perdona, mucho ama

Versículo clave

«Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.»

Lucas 7:47

Jesús declaró que los pecados de aquella mujer, que eran muchos, le habían sido perdonados, porque amó mucho, y que a quien poco se le perdona, poco ama. Luego le dijo a ella que sus pecados le eran perdonados. Al que se le perdona mucho, mucho ama.

Muchas veces cometemos el error de creernos buenos: hacemos buenas obras y tratamos bien a todos, y pensamos que por eso merecemos su gracia. Es la «buenitis». Es preferible el que llega desesperado desde el pozo, porque se aferra a Cristo y nunca más se suelta, que quienes se parecen al joven rico, que pensaba que todo iba bien pero quería lo que Jesús tenía. Jesús le dijo que vendiera todo lo que tenía: el dinero tenía que dejar de ser su señor. Pero él se fue muy triste, porque tenía muchas posesiones.

No nos engañemos: nuestros pecados han sido muchos. Ni nuestra moral ni nuestro esfuerzo nos salvan. Lo único que nos salva es rendirnos a Cristo Jesús y reconocer que nos ha perdonado mucho. La adoración comienza cuando, además de una canción en los labios, hay un corazón que se entrega a Dios. El tiempo de alabanza y adoración no consiste en creer que le hacemos un favor a Dios por venir a la iglesia, ni en pensar que a nosotros se nos perdonó poquito y que los grandes pecadores son otros, como creía Simón. A veces nos comportamos como él y olvidamos que Dios está viendo nuestro corazón.

Una adoración que no termina con la canción

Marcos 14:9 registra lo que Jesús dijo de una mujer que derramó su perfume sobre él: «De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella». La adoración continúa cuando la canción termina. Una canción puede durar cinco minutos, pero la adoración es eterna. Aquella mujer ya murió, pero su adoración se sigue contando en todo el mundo, sin una sola canción. Eso es la adoración: lo que brota del corazón.

Una canción se termina en un momento, pero que tu adoración continúe toda la semana y que la revisemos cada día. Que lo que cantemos se convierta en adoración porque es rendición: «Señor, reconozco que esto no ha estado bien. Limpia mi corazón. Quiero un corazón puro, porque mi adoración viene de mi corazón. Quiero derramarme delante de ti». Tal vez hoy traes tu perfume delante del Señor. Tal vez las cosas que creías que te sostenían nunca te sostuvieron, y puedes decirle: «Dios, perdóname. Mi orgullo ha estado basado en posesiones y títulos, y hoy es tiempo de rendirme delante de ti». A donde el Espíritu Santo pueda llegar, él llegará. Solo disponte.

Demos gracias a Jesús por su misericordia y su gran amor, porque dijo que todo estaba hecho y entregó su espíritu para que su sangre, la sangre del Cordero, limpiara nuestra vida y nuestro corazón y así pudiéramos adorarlo con libertad. Él nos sigue limpiando; no permitamos que su obra se detenga en nuestra vida. Es tiempo de hablar con Dios y reconocer en qué nos hemos equivocado y cuáles autojustificaciones nos impiden vivir la libertad que él tiene para nosotros. También es tiempo de reconciliarnos con él y de reconocer a Jesús como Señor y Salvador. Esa oración es la que nos permite adorar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Abro mi corazón y te recibo como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas