Casi nunca pensamos en nuestros pies. No los lucimos, no los admiramos ni hablamos de ellos en una conversación; por lo general nos acordamos de que los tenemos solo cuando nos duelen. Sin embargo, son nuestros pies los que nos llevan, y la Biblia los menciona muchísimas veces con un mensaje profético que tiene que ver con nuestro caminar. Así como hay una mente pura, pensamientos puros y manos puras, toca mirar nuestros pies y asumir un mayor compromiso de pureza en la forma en que caminamos.
Grado a grado nos apartamos del camino
Un excursionista experimentado ha observado que casi nadie se pierde de golpe en una excursión: se pierde poco a poco. Si la brújula se desvía un grado, después de un kilómetro te habrás apartado del camino diecisiete metros; pero después de cien kilómetros estarás a kilómetro y medio. Así se apartan nuestros pies del camino: grado a grado.
Así le pasó a Lot en la historia de Abraham: fue moviendo su tienda poco a poco hacia Sodoma y Gomorra. No apareció un día en Sodoma; llegó allí paso a paso. Lo mismo nos ocurre cuando empezamos a darnos ciertos permisos: «Esto no es tan malo», «esto sí puedo manejarlo», «esto también». Y cuando menos lo sentimos, grado a grado, estamos fuera del camino que Dios diseñó para cada uno de nosotros.
¿Cuál es la brújula que desvía nuestros pies? Muchas veces, nuestro corazón. El corazón se desvía unos grados y empezamos a creerle a él en lugar de permitir que la Palabra de Dios dirija nuestros pies y nuestras acciones. Un pequeño grado lo cambia todo en el matrimonio, en la familia, en nuestra vida, en nuestras creencias y en cada momento que nos toca atravesar. Por eso, no confíes en tu propia brújula: a veces está desalineada, a veces se movió apenas un centímetro. Pero hay una brújula que no se desvía jamás, por los siglos de los siglos: la Palabra de Dios.
Fíjate bien dónde pones los pies
Proverbios 4:26 nos llama a fijarnos bien en dónde ponemos los pies. Si en una reunión nos pidieran quitarnos los zapatos, más de uno se preocuparía por traer el calcetín roto. Pero tener el calcetín roto no es un problema. El problema es tener un agujero en el corazón y que ese corazón sea la brújula que dirige mal nuestros pasos en el camino que Dios nos ofrece.
Dios tiene el mejor camino para nosotros, pero nosotros somos los responsables de fijarnos. Esa es la responsabilidad que asumimos: caminar en santidad, caminar con pureza. Y la promesa del pasaje es que, si te fijas bien dónde pones los pies, siempre pisarás terreno firme.
Eso no significa que el terreno será fácil, sino que será firme. Cuando el camino toma un rumbo que no esperabas, puedes llegar a pensar que Dios no está contigo. Pero hacer la voluntad de Dios y estar en su camino no quiere decir que todo será fácil; quiere decir que será firme, porque en su voluntad hay firmeza. Su voluntad no falla.
Ni a la derecha ni a la izquierda
El proverbio continúa advirtiéndonos que no nos desviemos de nuestro camino y que evitemos andar en malos pasos. Otra versión lo expresa así: «No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal». Es una advertencia contra dos extremos, dos orillas del camino hacia las que no debemos irnos.
El primer extremo es el legalismo. El legalismo es una apariencia de pureza que no tiene misericordia. Juzga a todo el mundo en lugar de recordar la misericordia que Dios ha tenido con cada uno de nosotros. Es una pureza aparente que nos hace creernos mejores que otros; y así, en lugar de usar nuestros pies para levantar los pies de alguien más y llevarlo al camino que Dios tiene para su vida, nos dedicamos a juzgar.
El otro extremo es el libertinaje. Hoy, al observar la vida de alguien, a veces cuesta diferenciar quién es cristiano y quién no, porque a todo libertinaje le llamamos «Dios nos ama tal como somos». Es verdad que Dios nos ama a pesar de cómo somos, pero eso no significa «Dios es misericordioso, podemos hacer de todo». Dios es bueno, sí, pero hay cosas que nos destruyen. Hay caminos de destrucción y caminos que no son de bendición.
Por eso necesitamos mantenernos firmes y centrados en Jesús, en su Palabra y en los límites que él pone. El legalismo pone límites que Dios no ha puesto e inventa pecados; el libertinaje te lleva a romper los límites que Dios sí ha trazado para el bienestar de nuestra vida.
Contuve mis pies para guardar tu palabra
Salmos 119:101 dice: «De todo mal camino contuve mis pies, para guardar tu palabra». No se sabe con exactitud quién escribió este salmo —se le atribuye a varios—, pero sí sabemos lo que el salmista quiere transmitirnos. Él no niega que el mal camino lo atrajera. Al contrario: el mal camino lo atraía, pero tuvo que tomar decisiones importantes y se contuvo.
Todos tenemos carne y, en algún momento, según el área de cada uno, a todos nos va a atraer el mal camino. Pero tienes que contenerte. Así se forma nuestro carácter: no porque no vayas a ser tentado, sino porque te vas a contener. ¿Y por qué contenerse? Para guardar su Palabra, para respetarla y para amarla.
Siempre que tengas un camino frente a ti, examínalo a través de la Palabra, no de lo que sientes. Si un paso te atrae pero es contrario a la Palabra, desiste de él. Cada vez que guardas su Palabra, la Palabra te guarda a ti, te sorprende y te bendice. En el original se lee «refreno mis pies», porque la pureza no solo se cree y se dice: se camina. No somos religiosos; somos relacionales con Dios. Pureza es tener claro hacia dónde vamos, hacia dónde no vamos y cuál es el camino que escogemos.
El versículo 102 añade que el salmista no se ha apartado de los juicios de Dios, porque él le ha enseñado bien. Aquí hay una responsabilidad de nuestra parte: yo decido apartarme y yo decido acercarme, y el salmista se hace responsable de lo que le toca elegir. Al mismo tiempo, reconoce que hay alguien que sí puede enseñarnos bien: Dios y su Palabra. La pregunta es: ¿quién te está enseñando? ¿Las redes sociales? Si alguien debe enseñarnos, es su Palabra, y en él debemos confiar.
«¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca», dice el versículo 103. Siempre que decidimos tomar nuestro propio camino, el sabor que queda en la boca es amargo; pero en la voluntad de Dios siempre es dulce, aunque el día haya sido difícil. ¿Qué sabor te queda al final de cada día?
Un chef experimentado explicaba que, para ellos, el éxito de un plato es que al terminar de comer te quede un buen sabor: eso significa que los ingredientes fueron perfectos. Muchas veces Dios está preparando un nuevo tiempo para nuestra vida y nosotros probamos los ingredientes aislados. Pero el Señor nos recuerda que todas las cosas trabajan para bien, y trabajan en conjunto. Prepárate: el Chef principal no ha terminado tu propósito. A veces lo sientes muy salado porque estás probando los ingredientes por separado, pero Dios los va a unir y vas a decir: «Dios tenía un gran propósito, tenía cosas maravillosas».
El salmista continúa diciendo que los mandamientos de Dios le dan entendimiento, y que por eso detesta todo camino falso. Deberíamos detestar cada camino falso. ¿Y cómo comprobar si es falso? Compáralo con su Palabra. Ella es la verdad y nos muestra qué es falso y qué es verdadero.
Una lámpara para el siguiente paso
Versículo clave
«Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.»
Salmos 119:105
La Palabra es una lámpara que guía nuestros pies y una luz para nuestro camino. Ilumina el siguiente paso, no todo el camino. Y eso es maravilloso. Un reflector moderno podría iluminar kilómetros, pero en aquel tiempo se usaba una lámpara de aceite que alumbraba el siguiente paso. Con Dios sigue siendo así: él no ha puesto reflectores, porque esto habla de dependencia, y depender de Dios todos los días es maravilloso.
Imagina que Dios te ilumina, das un paso y de repente pasas por escasez. Necesitas que Dios ilumine el siguiente paso en medio de la escasez para no amargarte, para no terminar con envidia ni con falta de identidad, creyendo que no tienes porque Dios no te ama. Y Dios te mostrará el siguiente paso.
Pero quizá, por tus dones y talentos, llegas a tener mucha abundancia económica. Aun con toda la abundancia que llegues a tener, necesitas que Dios ilumine tu siguiente paso, o te vas a llenar de arrogancia y de orgullo, y vas a empezar a autogobernar tu vida. Hay mucha gente en abundancia económica sin la lámpara: no pueden dar el siguiente paso; están estancados en el ego y el orgullo, creyendo que llegaron a la meta, porque convirtieron el dinero en una meta cuando solo era un medio. Por eso, cada día necesitamos depender de Dios.
Ninguno de nosotros puede vivir sin Dios, aunque no todos lo sepan. Pero Dios no quiere vivir sin nosotros. Él sí puede vivir sin nosotros, pero no quiere; por eso envió a su Hijo Jesucristo a la cruz del Calvario a derramar su sangre. No quiere vivir sin ti ni sin mí.
Puedes casarte con la mujer más hermosa o con el hombre más galán, y aun así hay matrimonios entre modelos que no duran, porque no se trata de hermosura externa. Se trata de tener la hermosura interna, que es Cristo Jesús y su Palabra; sin ella no funciona. El matrimonio sin Dios no funciona. Puedes ser la persona más adinerada y, sin Dios, no funciona: te vas a deteriorar. Si estás en escasez, sin Dios tampoco funciona.
Por eso Pablo dice que ha pasado escasez y ha pasado abundancia, pero que ha sido enseñado por Dios. Es como si dijera: «He aprendido mi camino; la lámpara me ha guiado. Si estoy en escasez, no me voy a amargar ni voy a envidiar; voy a aprender, porque Dios me está mostrando algo. Dame la luz para el siguiente paso».
Quizá quisieras tenerlo todo resuelto para los próximos diez años, pero vamos a depender de Dios cada día y a decirle: «Señor, guíame con tu lámpara este día. No quiero llenarme de ego ni dar pasos sin que tú me guíes. Prefiero ser guiado por tus pasos que por mis talentos. Te rindo mis talentos para que sigan tus pasos y sean tuyos».
Fíjate en la preposición del versículo: no dice que la Palabra es lámpara a mis ojos, sino a mis pies. Se puede conocer la Biblia de memoria y andar a oscuras. Se puede saber toda la Biblia y no caminar en ella, y andar en oscuridad cada día.
El versículo 140 declara que la Palabra de Dios es sumamente pura y que su siervo la ama. Si amas más a tu esposa o a tu esposo que a la Palabra de Dios, vas mal. Necesitas amar más a Dios y su Palabra, porque la Palabra sí tiene poder para transformar todo el amor en tu matrimonio, en tu vida y en la de tu cónyuge. Ama a Dios por sobre todas las cosas; ama su Palabra y apréciala.
Revisa por dónde caminas y quién te influye
El Salmo 1 llama bienaventurado al hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores. Fíjate en tres palabras: anda, se detiene y se sienta. Describen un proceso: primero se camina con una mala influencia, después te detienes y después te sientas en ese camino. Lo que comienza como una mala influencia te detiene, y te quedas ahí.
Revisa tu círculo de influencia. La mayor influencia en tu vida debe ser la Palabra de Dios, lo que Dios dice. Vale la pena preguntarle al Señor: «¿Qué es lo que más influye en mi vida?». La pureza se revisa constantemente en el camino; revisemos todos los días cómo está la pureza en nosotros y en nuestras acciones.
Pies lavados para avanzar
Cuando Jesús lavó los pies de sus discípulos, Pedro se resistió y le dijo que jamás le lavaría los pies. Jesús le respondió que, si no se los lavaba, no tendría parte con él. Entonces Pedro le pidió que le lavara también la cabeza. En aquel tiempo era costumbre lavar los pies de quienes llegaban, porque venían sucios del polvo del camino. Jesús se los lavó y les dijo que, así como él les había lavado los pies, ahora ellos debían lavárselos a otros.
Jesús les lavó los pies para avanzar, no para que se quedaran en el lugar donde estaban. Les lavó los pies para darles propósito.
Versículo clave
«¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina!»
Isaías 52:7
Isaías habla de lo hermosos que son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz y la salvación, y dice a Sion: «Tu Dios reina». Este pasaje habla del mejor mensajero de todos los tiempos: Jesús, el mensajero por excelencia. Y fíjate: dice «sobre los montes». Habla de alguien que usa sus pies para subir montes y llevar las buenas nuevas. No habla de pies cómodos, sino de pies con propósito, pies que no se acomodan.
Si te dijeran que al final de una larga caminata te espera un millón, a más de uno se le quitarían el dolor de rodilla, el dolor de cabeza y la artritis. Pero Isaías no dice que los pies del mensajero son hermosos porque están quietos. Habla de una iglesia desafiada, dispuesta a subir montes para anunciar las buenas nuevas de Jesús.
Hoy el Señor nos desafía a todos a ser una iglesia de pies hermosos que anuncie las buenas nuevas de Jesús; una iglesia que esté incómoda y diga: «Quiero hablar de Jesús». ¿Y dónde te vas a estacionar para llegar al servicio? No importa, porque Jesús caminó por mí el mismo infierno para salvarme. Tengo que lavar los pies de muchos, porque él ya lavó los míos; tengo que poner mis pies en movimiento. El más puro de todos, Jesús, caminó hacia la gente. No podemos pensar en nuestro reino: es su reino.
Jesús no va a revisar tus pies porque te hagas el pedicure cada semana, aunque está bien hacerlo. Para Jesús, los pies hermosos son los que van en su propósito. Puede que llegues a casa cansado y agotado del trabajo, y ese día te toque compartir la Palabra en una casa. Nadie dirá: «Ahí vienen los pies del trabajador del mes», aunque Dios ve tu esfuerzo. Pero cuando en esa casa hablas de su Palabra, en los cielos se dice: «Hay unos pies hermosos anunciando el evangelio». Son pies que llegan con dolor y cansancio, pero que viven el propósito de Dios.
Hablar de Jesús no es para sumar números en la iglesia. La visión es que muchos conozcan a Cristo, que seamos discípulos de Jesús y que acompañemos a las personas. Y solos no podemos hacerlo: necesitamos a toda una iglesia caminando en el propósito de Jesús, diciendo: «Él ha lavado mis pies».
Pablo, al hablar en Efesios de la armadura del cristiano, menciona también el calzado: el calzado de la disposición para anunciar el evangelio. El soldado usaba un calzado diferente, mucho más resistente, que no le permitía resbalar y le daba agilidad para moverse hacia otros. Así, el Señor quiere darte un calzado diferente. Poner nuestros pies en el movimiento correcto es parte de esa armadura.
Habla de Jesús dondequiera que vayas: en tu trabajo, en la empresa, en la universidad, en el colegio. Que en esa mesa y en esa oficina haya alguien con pies hermosos llevando las buenas nuevas. Ante alguien que atraviesa una enfermedad puedes decir: «Quiero hablarte de Jesús. Tal vez no logro entender lo que estás pasando, porque no lo estoy viviendo, pero hay uno que sí lo vivió en la cruz del Calvario por ti». Pregúntate: ¿a quién visito?, ¿a quién sigo?, ¿dónde me quedo?, ¿dónde estoy en este momento de mi vida?, ¿hacia dónde quiere Dios dirigirme?
Sacúdete el polvo y sigue caminando
En Mateo 10:14, Jesús enseña a sus discípulos que, si alguna casa o ciudad se niega a recibirlos o a escuchar su mensaje, al salir se sacudan el polvo de los pies. Hay muchos que ya no han vuelto a servir porque salieron heridos, dañados o rechazados. Tienes que sacudirte los pies.
Sacudir el polvo no es rendirse con las personas. Hay gente que va a rechazar el mensaje y también al mensajero. Quizá dices: «Ya lo intenté y me rechazaron». Pero Jesús les enseña a sus discípulos que deben obedecer, entregar el resultado y seguir caminando. Lo que él nos pide es llevar las buenas nuevas; si no las reciben, sacúdete y sigue adelante. No te quedes con ese polvo en tu vida: suelta esa experiencia, vuelve a levantarte y sigue sirviendo.
Nuestro trabajo es ir y llevar la buena noticia; la respuesta le corresponde a la persona y a Dios. Quien carga con el rechazo termina con los pies pesados. Hay experiencias en las que sembraste, creíste, llamaste, estuviste presente y, al final, fuiste rechazado. Pero Jesús ya lo sabía, y es como si te dijera: «No lleves ese polvo; déjamelo a mí. Tú obedeciste, llevaste la buena nueva: bien hecho. Sigue llevándola, porque la responsabilidad es de quien rechazó mi palabra, no tuya».
Quizá te ofendieron. Quítate ese polvo y sigue llevando las buenas nuevas, porque el polvo que no se sacude se vuelve resentimiento. Sacudirse los pies era una costumbre: los judíos, cuando salían a alguna tierra pagana y volvían, se sacudían los pies para no contaminar a Israel. Tal vez dices: «Si supieras lo que me hicieron; llegaban a mi grupo y ahora hablan mal de mí». Sacúdete el polvo. Se te está volviendo resentimiento, te está golpeando y te va a detener de dar las buenas nuevas. Madura y sacúdelo. Tú entrega la buena nueva; de quien la rechace, Dios se encarga. Es tiempo de volver a levantarte y de llevar la palabra de Jesús adondequiera. ¿Hasta cuándo vas a esperar para hablarle a alguien de Jesús?
Lo que Jesús ve en tus pies
Puedes llevar unos tenis de marca, los últimos que salieron, de esos que impresionan en una cena y hasta despiertan envidia. Pero en el cielo nadie se impresiona por eso. Jesús ve lo que hay dentro de esos zapatos: una marca de sangre, una marca de pies hermosos. Lo que el mundo no ve hermoso, él sí lo ve hermoso: aunque vayas descalzo, si anuncias el evangelio, para Jesús son pies hermosos.
Llevar la Palabra cansa: a veces implica viajar, llegar de noche o de madrugada y pasar todo el día de una actividad a otra. Es una bendición, pero también cansa. Aun así, no nos podemos acomodar.
No te puedes acomodar a crear tu propio reino y a usar a Dios para ese reino. ¿Cuál era tu meta: una casa, un carro, una bicicleta, un reloj nuevo? Está bien; por eso Dios les llama añadiduras. Pero a lo otro le llama un estilo de vida: llevar la Palabra de Dios dondequiera que vayas y llevar un mensaje de esperanza. Hay algo mucho más grande que lo temporal que anhelamos, sin que eso signifique que no lo tengas.
Diez leprosos recibieron la palabra de que serían sanados camino al sacerdote. Iban de camino, fueron sanados y recibieron el milagro. Pero solo uno regresó a dar gracias y se postró. ¿Quién pondría en el polvo una piel que acababa de salir de una infección? Él lo hizo, como diciendo: «Todo te lo debo a ti. Usé mis pies para ir a tomar tu sanidad, y ahora uso mis pies para poner mi vida delante de ti, porque el milagro ha sido grandioso».
Hay gente a la que no le interesa nada más que lo suyo. Pero también hay gente que entiende el lenguaje de sembrar en el reino, sin necesidad de manipulación ni de amenazas como «si no das ahora, ya no te sanas». Esto es relación con Dios: es el Espíritu Santo quien te levanta. Hay quien sembró cien entradas para un congreso, para todo el que no pudiera pagar la suya, cuando con ese dinero pudo haberse comprado algo. Hay quienes preguntan en qué pueden ayudar y compran libros para enviarlos a otras regiones, porque un libro puede cambiar una mentalidad de una manera en que ese mismo dinero regalado no lo haría, por lo que la Palabra de Dios va a provocar.
Hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio, de los que tienen gratitud, de los que se esfuerzan en trabajar y también en sembrar, y reconocen que todo ha sido Dios, sin que haya que estar repitiéndoles nada. Podrías decir: «Pero mis pies tienen callos y juanetes». Si llevas la Palabra, son pies hermosos.
Una hermana de la iglesia lleva años asistiendo cada domingo, y no te imaginas todo lo que ha sembrado en su vida. Ya no ve bien, pero no falta: se va agarrando como puede para llegar a la parada y de allí hasta la iglesia, donde sigue recibiendo la Palabra. Es Dios guiando cada uno de sus pasos. Solo Dios puede guiar tus pasos, no solo cuando todo está bien, sino también cuando tienes problemas de salud y aun así vienes a adorar al Señor y sigues alabándolo. Esos son pies hermosos, con todo y juanetes, y Dios los ve.
Los pies más puros y más hermosos
Romanos 10:14–15 pregunta: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!». El problema es que no hay quien predique, no hay quien se levante a hacerlo. En una iglesia de pies hermosos no necesitas ser pastor para predicar: solo habla de Jesús, y verás que algo hermoso ocurre en tu vida. Él ya lavó nuestros pies; es tiempo de lavar los pies de otros a través de su Palabra y de lo que Jesús ha hecho por nosotros.
Es tiempo de pies puros: pies guiados por el Señor día a día, dependientes de él. Y los pies más puros y más hermosos son los de Jesús. En Lucas 24:39 él dice: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved».
Esos pies caminaron hacia los enfermos. Lo sostuvieron cuando se inclinó junto a la mujer adúltera. Caminaron hacia los pecadores y hacia los leprosos que nadie tocaba. Y también caminaron por ti y por mí hasta la cruz del Calvario: un camino muy incómodo, pero al final glorioso. Al mostrar sus manos, Jesús mostró las heridas de los clavos; y al mostrar sus pies, mostró adónde fueron llevados. Es como si dijera: «Yo decidí que mis pies se dirigieran a la cruz por ti».
En la crucifixión, la mayor tortura era la asfixia, y los crucificados empujaban hacia arriba con sus pies clavados para no asfixiarse. Esos pies lo hicieron por ti y por mí. Son los pies más hermosos. Él nunca nos pide algo que no haya hecho.
Los pies más puros no son los que nunca se ensucian, sino los que siguen volviendo a Jesús para ser lavados. Si tus pies se han ensuciado, Jesús está esperando por ti. Medita en cómo está tu caminar; la Palabra está alumbrando cada paso. Tal vez te has estado alejando porque te ha guiado tu corazón y no su Palabra, y hoy te preguntas: «¿Dónde estoy? Este no es el lugar que Dios tenía para mi vida. Grado a grado me he ido apartando y ahora estoy a kilómetros del propósito de Dios». Hay una sangre derramada que guía el camino de regreso, el camino que Jesús tiene para nuestra vida.
Hoy podemos rendirnos a Jesús y decirle: «Señor, aquí está mi vida, aquí están mis pies; quiero que tú los guíes. Hoy volvemos al camino. Necesito que tu lámpara me guíe cada día al siguiente paso. Perdóname por vivir en autosuficiencia y no en dependencia de ti. Si esto no es tuyo, muéstramelo. No quiero vivir lejos de ti. No quiero que me guíe la poca luz de mis talentos, ni lo que dicen los demás, ni lo que dice mi corazón, sino lo que tú dices en tu Palabra. Muchas voces puedo escuchar, pero quiero obedecer la tuya».
No podemos ser puros por nosotros mismos; lo somos por una sangre y por su Palabra, que nos guía cada día y purifica nuestras acciones. Los pies de Jesús no llevaban ninguna marca que impresionara al mundo. Llevaban sangre, la marca incomparable del Cordero inmolado en la cruz, una marca que impresiona al Padre en los cielos y que nunca pasará de moda. En esa cruz él lavó nuestra vida. Por eso hoy podemos confesar esa salvación: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y por caminar lejos de ti. Hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador. Hoy puedo escoger qué camino tomar, y he decidido tomar el tuyo».
Referencias bíblicas
- Génesis 13:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 4:26–27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 119:101 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 119:102 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 119:103 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 8:28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 119:104 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 119:105 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 4:11–12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 119:140 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 1:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 13:8–9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 13:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 52:7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 6:15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 10:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 17:12–16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 10:14–15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 24:39 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


