Todos los que creemos en Cristo tenemos algo en común: fuimos llamados a recorrer el mismo camino, en la misma dirección, y a vivir en la voluntad de Dios. Ese llamado tiene un fundamento: hay un solo Señor. Él es el único Dios verdadero, y eso no está en discusión. La pregunta que debemos hacernos todos los días es otra: ¿es Él nuestro único Señor? Esa respuesta no se da con palabras bonitas. Se da con las decisiones que tomamos.
Llamados al mismo camino
El apóstol Pablo escribe a los efesios que todos fueron llamados a recorrer el mismo camino y en la misma dirección. Por eso les pide que permanezcan unidos. Es una gran noticia: todos fuimos llamados a estar en la voluntad de Dios, y lo que más necesitamos es unidad.
El enemigo no le teme a una iglesia grande. Muchas veces pensamos que una iglesia es grande por la cantidad de gente, pero tenemos que revisar qué significa grandeza. Para Dios, la grandeza es hacer su voluntad. Un ministerio grande es el que hace la voluntad de Dios, con una persona o con diez mil. No podemos usar el concepto de grandeza que tiene el mundo.
Por eso no juzguemos a nadie diciendo: «Qué iglesia tan pequeña». Quizá esa iglesia está haciendo la voluntad de Dios. Puede ser un misionero en África que arriesga su vida para predicarle la palabra a una sola persona. Créeme que para Cristo esa es una iglesia grande.
Lo que el enemigo teme es una iglesia unida. Además, la iglesia es del reino. Quien llega de otro lugar no es un visitante ajeno: la iglesia también le pertenece, porque somos un solo reino, la iglesia de Cristo.
Pablo pide que permanezcamos unidos por fuera y por dentro, y da la razón: hay un solo Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos. Ese Dios gobierna sobre todos, obra a través de todos y está presente en todos. No importa cuánto poder tenga alguien en esta tierra: Dios está por encima de él. Entonces, ¿de quién depende tu vida y la mía?
Versículo clave
«un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación un Señor, una fe, un bautismo un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.»
Efesios 4:4–6
Un solo Padre
Este fundamento también nos recuerda que hay un solo Padre. Jesús enseñó: «uno es vuestro Padre, el que está en los cielos». No se trata de cómo llames a tu pastor o a un líder. El espíritu de esa enseñanza es que algunos habían tomado la paternidad para abusar de ella y enseñorearse de las personas. Quienes predican la palabra de Dios no deben dirigir a nadie hacia sí mismos, sino hacia la paternidad que nunca falla ni falta: la del Padre.
Muchas veces llegamos heridos por una paternidad que no tuvimos, y es comprensible que alguien vea en un líder espiritual la figura del padre que le faltó. Pero lo correcto es conducir a esa persona a reconciliarse con su padre físico o, si no hay manera, a bendecirlo siempre. Solo alguien trastornado usa las heridas de otro para dirigirlas hacia sí mismo. David entró a la cueva donde llegaban endeudados, amargados y frustrados, y no usó sus heridas para convertirse en su papá. De ahí salieron los valientes de una generación más dependiente de Dios. Qué bueno si Dios te usa a ti para llevar a otros al Padre.
Un Señor sobre ti, por ti y en ti
Hay un Señor sobre todos, por todos y en todos. Sobre todo está nuestro Dios. Y Él está por nosotros: Jesús dijo «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Es como si el Señor dijera: «Yo estoy por ti, esperándote, pero no puedo obligarte a que te acerques. No te obligo, te invito». Dios quiere que no vivas sobrecargado, sino confiado, pero dejar tus cargas en Él es una decisión que tienes que tomar.
Él también está en nosotros. Pablo dijo: «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». Tenemos un Señor sobre nosotros para gobernar y dirigir nuestra vida, un Señor por nosotros para defendernos y un Señor en nosotros para transformarnos. Nadie viene a la iglesia a aparentar perfección. Qué bueno que todos dependemos del mismo Dios, que está sobre nosotros, por nosotros y en nosotros haciendo su obra maravillosa.
Por eso Pablo pregunta: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?». Tú eres templo de Dios, y en ti reposa su Espíritu.
La pregunta no es si Él es el único, sino si es tu único Señor
Dios es el único Señor. La pregunta es si lo es para nosotros. Dios nos da libertad. Si alguien dice que no quiere a Dios en el trono de su corazón, Él le permite poner ahí al señor o al ídolo que quiera. Dios no nos obliga a escogerlo; nos invita. Y si le decimos que no será nuestro Señor, Él no deja de ser el único Dios ni le afecta en nada: sigue en su trono, con Jesús a su diestra. Que Él sea o no tu Señor es tu decisión.
Cuando Él es verdaderamente Señor en nuestra vida, empezamos a notar cambios. Nuestro Señor no tiene varios caminos; tiene uno: su palabra, la verdad. No importa lo que diga tu primo o tu tía. Cuando tenemos demasiados caminos, tenemos varios señores. A veces no crecemos en el Señor precisamente por eso: si algo no nos sale, buscamos otra opción. Pero hay un camino, un Señor, un Dios y una voluntad.
Esta pregunta tenemos que hacérnosla todos los días. El Señor puede estar en el trono de nuestro corazón por la mañana y ya no por la noche, porque sentimos algo distinto y complacimos nuestros deseos en lugar de hacer la voluntad de Dios.
Más que habitar promesas, ser habitados por Dios
En Ezequiel, Dios le dice a su pueblo que habitará la tierra que le prometió, pero al final añade algo más: Él habitará en ellos. A todos nos gustan las promesas de Dios y nos encanta habitar en ellas. El problema es que vivimos tan afanados por habitar muchas cosas que no buscamos que Él nos habite. Si Él no nos habita, no importa cuántas bendiciones habitemos: no habrá plenitud.
Nunca fuimos diseñados para perseguir bendiciones. Fuimos diseñados para que las bendiciones nos persigan: «buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Ten cuidado de que tu visión no termine siendo una casa. No está mal anhelarla ni desearla. Pero puedes vivir en una casa con tres habitaciones más y, si Dios no habita en tu vida y en tu familia, de nada sirve. Puedes casarte con la persona más atractiva del mundo, pero si Dios no habita en ti, pronto habrá un vacío.
Fuimos diseñados para ser habitados por Dios y para que Él sea el único Señor de nuestra vida. Si nos desesperáramos por ser habitados por Él tanto como nos desesperamos por habitar promesas, nuestros traumas y vacíos serían llenados por su presencia. Jesús no solo quiere ser parte de tu vida. Tampoco quiere solo sacarte de un problema, aunque lo hace. Quiere ser el Señor de tu vida todos los días.
Salvador y también Señor
Pablo escribe a los corintios que para nosotros solo hay un Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y para quien vivimos, y un Señor, Jesucristo, por medio de quien son todas las cosas y por medio de quien vivimos. La expresión «para quien vivimos» nos desafía muchísimo, porque no siempre vivimos para Él.
Pablo vivía en una sociedad de muchos dioses, como la nuestra. Dios no comparte su autoridad porque su autoridad es perfecta. No es abusadora: es para amarnos y bendecirnos. Todo fue creado por medio de Jesús. Él no es solamente Salvador; es Señor de toda la creación, y si nosotros no lo adoramos, las piedras lo adorarán.
Por eso vale la pena preguntarnos: ¿cuántos reconocemos a Jesús como Salvador? Y yendo a otro nivel: ¿y como Señor? A un Señor se le obedece y se le sigue. Tenemos que meditar si Jesús es solo un Salvador que nos dará vida eterna o si es nuestro Señor y hacemos lo que Él dice. Cuando reconocemos que hay un solo Señor, dejamos de depender de dioses falsos.
¿Quién decide cuando tus deseos no coinciden con su palabra?
Si nos preguntaran quién es el Señor de nuestra vida, quizá todos responderíamos: «Jesús». Pero la verdadera pregunta es quién toma las decisiones cuando nuestros deseos y la palabra de Jesús no están de acuerdo. Ahí podemos examinar quién es realmente nuestro Señor: si lo son nuestras emociones o lo que dicen nuestros sentimientos.
Nuestro corazón es un buen compañero, pero un mal líder. Cuídalo y guárdalo, pero no lo sigas. Jesús nunca dijo que siguiéramos el corazón; dijo: «Sígueme». ¿Te imaginas seguir el corazón en todo? Frases como «vive tu vida, solo se vive una vez» o «haz lo que sientas» son antirreino. Desear es hermoso, y Dios nos dejó deseos, pero no para que nos guíen.
Lo mismo pasa con las emociones. Hay cosas que nos enojan, pero la Escritura dice: «Airaos, pero no pequéis». En medio del enojo, que Él siga siendo tu Señor. A veces nos sentimos angustiados o frustrados. Entonces podemos decir: «Señor, aquí están mis lágrimas; estoy frustrado y no sé qué hacer», sin dejar de reconocerlo como Señor. Él nos recibe y nos invita a cerrar la puerta, adorarlo y contarle cómo nos sentimos sin esconderle nada. Él nos dio los sentimientos, y Él trae sanidad, nuevas fuerzas y bendición.
Las visitaciones del Espíritu Santo y de su presencia buscan llevarnos a una relación con Jesús y a su señorío en nuestra vida. Si somos tocados por el Espíritu Santo pero no aceptamos su señorío, nos quedamos solo con la manifestación. Qué linda es, pero debe llevarnos al señorío de Dios en nuestra vida.
Un Señor se obedece
A un Señor no basta con admirarlo ni con creer en Él: se le obedece. Jesús preguntó: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?». Es como si dijera: «Qué amables son conmigo. Siempre me dicen “sí, Señor”, pero nunca hacen nada de lo que les digo». Esto es para todos nosotros. Le decimos cosas lindas, le cantamos que es nuestro amado, le agradecemos la cruz. Pero también Dios dijo de su pueblo que lo honraba con la boca mientras su corazón estaba lejos de Él.
Cuando miras a quien tienes al lado, ves su cabello, sus ojos y su rostro. Dios, en cambio, ve corazones: ve lo que nadie puede ver, y a Él no lo podemos impresionar. Cuando cantamos, Dios sabe si solo estamos cantando o si hay conexión entre el corazón y la boca. Sabe si lo que aprendimos de su palabra lo ponemos en práctica. Ahí la obediencia se convierte en adoración: quizá no tengas voz para cantar, pero sí el corazón para adorar, porque obedeces la palabra que Dios puso en ti.
Las palabras de Jesús no son agregados a la vida ni pequeñas reformas a la calidad de vida: deben ser el cimiento de nuestra existencia. Es como si el Señor nos dijera: «Qué lindo todo lo que me dicen, pero no veo fundamento». Y nos pregunta: ¿con quién eres uno? Es una pregunta que debemos hacernos continuamente, porque quien tiene tu corazón tiene tu vida.
Versículo clave
«¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.»
Lucas 6:46–49
Construidos para durar
Jesús continúa: quien aplica sus palabras es como un constructor inteligente que cavó hondo y puso el fundamento de su casa sobre la roca. Cuando el río se desbordó y golpeó la casa, nada la pudo sacudir, porque estaba construida para durar.
Dios quiere construirnos para la eternidad porque puso eternidad en nosotros. Eclesiastés dice que Dios «ha puesto eternidad en el corazón de ellos». Como creación ya tenemos eternidad, pero somos hijos cuando confesamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador, y Dios no nos obliga a serlo. Nos acercamos a Cristo porque un día nada nos llenaba: lo temporal no puede llenar lo eterno.
No importa el carro que compres, la casa que tengas o la pareja más atractiva. Hay artistas que se casan con la modelo más hermosa y al año se divorcian. Sin conocer al Señor buscamos en lo temporal lo eterno que necesitamos, y como no nos llena, esperamos que una persona, un carro lujoso o una casa grande nos den lo que solo Dios puede dar. Lo temporal no llena lo eterno; solo lo eterno llena lo eterno. Deja de querer llenar lo eterno con lo temporal.
Supongamos que quiebra una empresa. Una empresa es temporal. Si llegas a creer que es ella la que te provee, se vuelve tu señor, y cuando quiebra, se va tu fuente. Pero la empresa es solo lo que Dios usa para proveerte. Si tu fuente es Dios, cuando quiebra una empresa se construye un carácter. Así hablaban hombres de carácter: «Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará».
Quien escribió eso fue David, un hombre que tenía palacios. Cuando entraba, la gente cantaba: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». Ante José la gente se arrodillaba al verlo pasar. Pero ellos entendieron que el carácter es más importante que el carisma. Cuando ponemos en práctica nuestros dones, hay que tener cuidado: si dejamos que el carisma crezca más que el carácter, un día todo se derrumba.
Si estás construido por dentro, puedes hacer la misma pregunta que se le podría hacer a David. Tenía palacios, fama y la cantidad de seguidores que hoy serían millones en redes sociales. ¿Mil años con todo eso pero lejos de Dios, o un día en su presencia? Su respuesta fue: «mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos». Lo había probado todo, y nada se compara con que Dios lo habite. Sin Él nada tiene sentido. Cuando Él es tu Señor, no lo son el dinero, la fama, los likes ni las luces. Eso es lo que significa un Señor, una adoración, una visión y un pueblo.
Golpeados, pero de pie
Jesús también describe la otra casa: quien solo usa sus palabras en estudios bíblicos y no las aplica a su vida es como un constructor insensato, que edificó la casa pero olvidó el cimiento. Cuando el río desbordado vino de repente, la casa se derrumbó como un castillo de naipes. Fue una destrucción total. Otros relatos de esta parábola hablan de lluvia, vientos y ríos que golpean con fuerza: la lluvia golpea por arriba, el viento en medio y los ríos por abajo. No estamos siendo formados para que todo nos salga bien. Estamos siendo formados para que, golpeados donde sea, quedemos de pie adorando y exaltando a Dios, porque tenemos un Señor. Esa es la diferencia.
Las dos casas se construyeron con dones y talentos, y las dos eran lindas. Pero cuando no hay un Señor en un hogar, vienen el viento y la lluvia, y la casa construida sobre la arena se derrumba. Las dos fueron golpeadas, pero solo una quedó en pie, porque las dos estaban construidas por fuera, pero solo una por dentro. Quisiera decirte que nunca seremos golpeados, pero sí lo seremos.
El constructor inteligente cavó. Cavar es ir a lo profundo, y no nos gusta ver lo que hay abajo. Cuesta esfuerzo. Es decirle a Dios: «Me rindo, aquí está mi vida. Quiero ver qué hay en lo profundo de mi corazón que no te deja ser mi Señor, porque tengo demasiados señores».
Pueden venir golpes por arriba, en medio o por abajo. El enemigo anda como león rugiente buscando a quién devorar, pero no es un león. Vas a ser atacado, pero no vas a ser devorado. Lo que a veces nos toca vivir es para formar el fundamento de nuestra vida y para que Dios llegue a lo profundo de ella.
Cuando Él es tu Señor, la lluvia que era para inundarte, Él la usa para lavarte. Lo que venía a destruirte, Él lo usa para limpiar tu vida. Vas a quedar de pie porque tu fundamento es eterno: el Dios a quien nadie ha podido vencer, el único que se levantó de la tumba.
Dios también revierte el río que venía a destruirte. Los ríos arrastran basura, y Dios usa el río más fuerte para sacar la basura de ti. Todos hemos ofendido a alguien, y a todos nos han ofendido. ¿Te ha pasado que alguien te pide perdón por algo y tú ya ni te acordabas? Eso es tener un Señor. Él dice: «Perdona», porque si no perdonas, el atado eres tú. Quizá pronto alguien te pida perdón por algo de hace tres años y descubras que el río ya se lo llevó hace tiempo. No te destruyó, porque no convertiste esa ofensa en un señor.
Hay ofensas que ponemos en el trono de nuestra vida, y nos amargan y nos destruyen. No puedes evitar que te ofendan, pero sí puedes evitar vivir ofendido: eso lo eliges tú. Como tienes un Señor, hay perdón. Tal vez digas: «Pero, Señor, es injusto». No se trata de justicia o injusticia, sino de la sanidad de tu corazón, donde Dios quiere poner la palabra que te sacará de la tormenta y te dejará de pie.
También vienen los vientos, que buscan desestabilizarte, y aun así quedas de pie. Piensa en el saltamontes. Tiene el cuerpo largo y las alas pequeñas, así que no puede volar lejos. No tiene las alas que quisiera, pero tiene sabiduría: se sube a la rama más alta y espera el viento correcto para llegar adonde sus capacidades no lo pueden llevar. Nosotros también somos muy limitados. Espera el viento correcto de tu Señor, el del Espíritu Santo, y llegarás adonde no se suponía que podías llegar. No hagas de tus dones y talentos un señor.
El viento también se lleva las hojas que ya no sirven: cuando el árbol se seca, el viento arrastra las hojas. Cuando Él es tu Señor en medio de la tormenta, te dice: «Solo te estoy quitando lo que se había secado. Viene nueva vida para ti. Soy el Señor que da vida a tus temporadas y el Dios que te lleva al mejor tiempo de tu vida». No escojas lo fácil; escoge lo seguro.
Saulo: un Señor cambia nuestra dirección
Un Señor cambia nuestra dirección. Saulo, camino a Damasco, cayó al suelo, preguntó quién le hablaba, y la respuesta fue: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». Qué experiencia. Pero no se trata solo de tener experiencias con el Espíritu Santo, sino de reconocer a Jesús como Señor. Saulo llegó a ser Pablo porque Jesús fue su Señor. No tuvo solo una visitación: tuvo un estilo de vida en Cristo Jesús.
Un Señor tiene autoridad. Cuando Saulo iba camino a Damasco tenía muchos señores en su vida: su orgullo, la tradición y su propia justicia. Para muchas personas la tradición es su señor, aunque sea mentira, y ahí se quedan. Pablo presenta su currículum: circuncidado al octavo día, judío de judíos, irreprensible en cuanto a la ley, formado a los pies de Gamaliel. Después de enumerar todos sus títulos, dice que los considera basura. No dice que estudiar o ser judío sea basura. Dice que, comparados con su Señor, todos esos señores lo son. Tampoco tu casa, tu carro o tu cuenta bancaria se comparan con el Señor.
Entonces aparece la frase clave de Saulo: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». Eso es seguir a Jesús. El sistema del mundo dice: «Haz tu voluntad, haz lo que quieras». Jesús dice: «Sígueme, tengo lo mejor para tu vida». ¿Con quién te vas a hacer uno, con tu pasado o con el propósito de Dios? Tu pasado no puede seguir siendo tu señor. Lo que te hicieron ya pasó.
Muchos quieren a Jesús como Salvador, pero Saulo entendió que lo quería como su Señor. Quedó ciego, llegó Ananías y cayeron las escamas de sus ojos. Sin embargo, el mayor milagro no fue que recuperara la vista, sino que reconociera a Jesús como Señor. Qué lindo es que el Señor te sane. Pero es un milagro mayor que, aunque no te sanara, Él siga siendo tu Señor y tú lo sigas.
Su vida se transformó. Perseguía a la iglesia y luego la servía. Llevaba cadenas para atar a los cristianos y luego llevó cadenas por amor a Cristo; desde la cárcel predicaba y escribía. Confiaba en sí mismo y en sus logros, y luego confió en Dios. Qué bueno si tienes veinte títulos, pero confía en Dios y no conviertas tus títulos en el señor de tu vida. Los títulos fallan, la riqueza falla, pero Dios no falla. Para que cambie nuestra conducta tiene que cambiar nuestra autoridad: «Tú eres mi Señor y mi Dios».
Zaqueo: cuando otro señor deja el trono
Zaqueo era rico y de baja estatura, y se subió a un sicómoro. ¿Qué lleva a alguien bajito a subirse al árbol más alto? La necesidad: nada temporal había podido llenar lo eterno en él. Se arriesgó, y Jesús se volvió, lo miró y le dijo: «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa». ¿Cuándo es necesario para ti y para mí? Hoy. Zaqueo bajó deprisa y Jesús entró en su casa.
Jesús no le dijo nada, pero Zaqueo habló: «He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado». Eso sucede cuando la visitación de Jesús habita tu vida de tal manera que decides hacerlo tu Señor sin que te diga una palabra. ¿Cómo lo haces tu Señor? Quitando del trono al otro señor. El señor de Zaqueo era el dinero.
Al devolver cuatro veces, Zaqueo dio fruto de arrepentimiento. No hizo como quienes dicen: «Sé todo lo que te debo, pero ahora soy cristiano, gloria a Dios», y se van. Esos quieren usar a Dios. Quien hace a Jesús su Señor da la cara, aunque no tenga, y le dice: «Sé que tú eres mi proveedor. Cuando ves que te pongo como mi Señor y sigo tu palabra, tú proveerás para que yo dé fruto del arrepentimiento y del perdón que estoy pidiendo».
Imagina que ese día llega el contador de Zaqueo a hacer el cierre. Después de devolver cuatro veces a todos los que había defraudado, la cuenta queda en rojo: «Estás en pérdida». Pero Jesús le dice: «Perdiste dinero, pero tú no te perdiste». Y añade: «Hoy ha venido la salvación a esta casa». Ahora el Señor de esa casa ya no era el dinero, sino Él.
Jesús lo llamó hijo de Abraham, el padre de la fe, porque vino a buscar y a salvar lo que se había perdido: la fe en el verdadero Dios. Esa fe no pudo encontrarla en el joven rico, pero la encontró en Zaqueo. Sin decir una palabra, entró a habitar en él, y el señor dinero dejó el trono a quien es el único Dios. Si te quedaste sin dinero pero con Dios, no te preocupes: Dios te va a sorprender, porque es un Dios justo y bueno.
Una adoración que supera la prueba
Si pensáramos más en ser habitados que en habitar, entenderíamos a Pablo. Estaba preso por predicar la palabra y, a medianoche, junto a Silas, decidió adorar. Para ellos las circunstancias no tenían que resolverse primero, porque Dios era su Señor con adversidad o sin ella. Cantaban himnos a Dios, y los demás presos los oían.
Tu canción tiene que durar más que la prueba que estás viviendo. Hubo un terremoto que sacudió la cárcel. Que cuando te avisen que la prueba terminó, te encuentren adorando. No adores cuando la prueba termine; adora aunque nada haya cambiado, porque Él sigue siendo tu Señor. Tu adoración tiene que ser más grande que la prueba y la adversidad. Que cuando te digan que la prueba ya pasó, te encuentren diciendo: «Tú eres Dios, no hay nadie como tú. Tú me has sostenido en medio de la prueba, de la angustia y de la adversidad».
Por eso vale la pena detenernos a meditar: ¿con quién te estás haciendo uno? ¿Qué señores tienen que salir hoy del trono de tu corazón para que habite en ti el Señor? Podemos decirle: «Señor, gracias, porque sé que voy a habitar muchas bendiciones, pero de nada me servirán si tú no me habitas. Una bendición no puede ser el señor de mi vida. Perdóname si no te he dado el lugar que te corresponde».
Obedecer a Dios no es simplemente cumplir porque Él es Dios. Le agrada la obediencia porque nos ama, y aquello en lo que le obedecemos, si no lo hiciéramos, destruiría nuestra vida. Por eso lo necesitamos como Señor. Podemos agradecerle la salvación y decidir hoy seguirlo.
La invitación es hacer esta confesión: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador. El mejor tiempo de mi vida comienza ahora, con un Señor, un Salvador y un Dios».
Referencias bíblicas
- Efesios 4:4–6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 23:9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 22:1–2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 11:28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Gálatas 2:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 3:16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 6:33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 8:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 19:40 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 4:26 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 6:46–49 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 29:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Eclesiastés 3:11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 23:1–2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 18:7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 41:43 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 84:10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 7:24–27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 5:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 9:3–6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 3:5–8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 22:3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 9:17–18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 19:1–10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 18:18–23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hechos 16:25–26 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


