EN Oración
Serie Uno

Un Padre: vivir seguros en el amor y la identidad de Dios

No eres huérfano. Tienes un Padre que te adopta, te protege, te ama, te corrige y te dice quién eres. Descubre por qué tu identidad no depende de lo que haces, sino de la voz del Padre.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
48 min

La necesidad más profunda del ser humano no es tener o poseer cosas, sino conocer al Padre. Cuando conocemos al Padre, descubrimos quiénes somos. Tenemos un mismo Padre, un Señor y una visión. Hoy más que nunca necesitamos reforzar y conocer la identidad que tenemos como hijos.

La mayor crisis no es la falta de recursos. Tenemos dones, talentos y también recursos económicos. El mayor problema es la falta de identidad como hijos de Dios, que es nuestro Padre. Por eso vale la pena ver cómo es este Padre y qué significa vivir como sus hijos.

Un Padre que nos adopta

Lo primero que necesitas saber es que tenemos un Padre que nos adopta. Romanos 8:15 enseña que el Espíritu que Dios nos ha dado no nos esclaviza ni nos hace tener miedo. Al contrario, nos convierte en hijos de Dios y nos permite llamarlo papá. Ya no tenemos que vivir como esclavos del temor.

Todos, en distintos momentos de la vida, sentimos temor. Pero una cosa es que el temor nos visite y otra muy distinta es vivir con temor. Cuando venga, no dejes que te esclavice; como dice otra versión, no vuelvas a la esclavitud. Antes éramos esclavos del pecado, pero hoy podemos decidir no pecar y no ser esclavos del pecado. La Palabra nos enseña que ya no tenemos por qué vivir esclavos del temor.

Cuando decimos «¡Abba, Padre!», hablamos con un papá cercano e íntimo. Vivir en temor es no tener identidad de hijos: es orfandad. ¿Qué va a pasar con mi vida? Tienes un buen Padre. ¿Qué va a ser de mi familia? Tienen un buen Padre. Cuando todo nos da temor empezamos a sobrevivir, no a vivir. En cambio, cuando encontramos nuestra identidad en Dios, comenzamos a vivir. El Padre no es distante: es cercano e íntimo.

Una vida expectante, no una vida de tumba

Otra versión de este pasaje dice que la vida de resurrección que recibimos de Dios no es una vida opacada, como la de quien guarda una tumba en un espacio reducido. Habla de nuestra vida espiritual: estábamos muertos, y esa nueva vida también se refleja en el rostro. El temor reduce el espacio para creer y para disfrutar cada día de la vida.

Job dijo que le vino lo que temía. Cuando el temor nos dirige, termina dándonos identidad y nos esclaviza. La vida de hijo es diferente: es expectante, de espíritu audaz, y saluda a Dios como un niño que pregunta: «¿Qué sigue, papá?». Qué honor tan grande es haber sido adoptados y poder decirle hoy: Papá.

El Espíritu de Dios toca nuestro espíritu y confirma quiénes somos. Así sabemos quién es él y quiénes somos nosotros: Padre e hijos. Pero una cosa es saber que Dios es tu Padre y otra es experimentarlo. El Espíritu confirma la paternidad de Dios con una experiencia sobrenatural que marca la vida. No es lo mismo que alguien te diga que tienes padre a que tú lo experimentes. Hoy el amor del Padre puede visitarte y su Espíritu puede tocar tu espíritu para confirmarte que tienes un Padre.

Versículo clave

«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.»

Romanos 8:15–16

No podemos seguir sobreviviendo las distintas etapas de la vida con orfandad espiritual. La orfandad espiritual destruye y golpea el propósito de Dios para nuestras vidas.

Un Padre que nos protege

Tenemos también un Padre que nos protege. Salmos 89:26 expresa esa confianza: llamar a Dios Padre, Dios y Salvador. Eso no quiere decir que no nos sucedan cosas. Hay situaciones que ni siquiera entendemos, que parecen adversas o totalmente contrarias, y muchas veces son Dios protegiéndonos aunque no alcancemos a ver el propósito completo.

Un día miramos hacia atrás y decimos: «Era Dios protegiéndome; no estaba listo para esa etapa de mi vida». Tenemos un Padre, y ese Padre nos protege.

Un Padre que nos ama sin condiciones

Tenemos un Padre que nos ama. 1 Juan 3:1 lo celebra así: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios». Nos llama hijos, y eso es lo que realmente somos.

Qué lindo es el amor entre esposos, pero el amor de Dios es maravilloso de verdad. Nos ama aunque nos equivoquemos y aunque no merezcamos ese amor: él decidió amarnos, y somos sus hijos. Ese amor nunca falla. No depende de que tú lo ames, porque él ya te ama. No depende de que lo aceptes, porque él te acepta. Aunque hoy no quieras hablar con él, te sigue amando. Aunque lleves días sin hablarle, él lleva esos mismos días amándote. No te ha dejado, no te deja y no te dejará nunca.

Por eso el mundo no nos reconoce ni nos toma en serio: no tiene idea de quién es él ni de lo que hace. Si el mundo pudiera ver más del amor del Padre en nuestra vida, no porque seamos perfectos sino por una identidad firme en Dios, sería distinto, porque este mundo está lleno de orfandad. La mayoría de sus problemas vienen de ahí.

El amor del Padre no cambia. El nuestro sí: hay gente que nos caía bien y ya no, y personas que amábamos y ya no amamos, porque nuestro amor depende de las acciones. El de Dios no cambia. No importa cómo seas, de pelo rizado o liso, alto o bajo: te ama.

Dios no ama a los personajes; Dios ama a las personas. Hay quienes tienen que convertirse en un personaje para que alguien los ame y tienen que ser lo que no son. Él no te pide cambiar tu personalidad para aceptarte. Ama a la persona que creó. Todo lo demás lo hizo con su palabra, pero a ti tomó polvo y te hizo a mano. Lo que se hace a mano siempre cuesta más, y tu precio fue de sangre. Eres único, eres única.

Ese amor tampoco depende de nuestro desempeño. No es «lo hiciste bien, te amo; lo hiciste mal, ya no te amo». Así nos lo muestra la historia del hijo pródigo.

El hijo pródigo: un Padre que restaura la identidad

El hijo pródigo tomó la herencia y la malgastó. Al volver pensaba que ya no merecía ser hijo y quería pedirle a su padre: «hazme como a uno de tus jornaleros». Su desempeño no había sido bueno, pero todavía no entendía quién era su padre. El que lo esperaba era el padre, y fue el padre quien lo vio primero. El hijo regresó arrepentido, pero el padre salió a recibirlo, lo besó y restauró su dignidad. El mundo dice que no mereces eso; Dios quiere restaurar tu dignidad porque así de grande es su amor.

El hijo pródigo tenía casa, pero vivía como si no tuviera padre. El problema no era la falta de casa, sino de identidad. Aunque consigas una casa con muchos cuartos, si no experimentas la paternidad de Dios no habrá plenitud. Dios no solo perdona: restaura la identidad, y quiere restaurar la nuestra. Él es constante.

El amor del Padre sana la orfandad: nos lleva de la distancia a la intimidad y del miedo a la identidad. Esta historia no es solo la de un hijo perdido; revela a un padre que corre, abraza, levanta y restaura. El hijo regresó esperando ser siervo, y el padre lo sorprendió recibiéndolo como hijo. La relación de amor no depende de lo que hagas o dejes de hacer. Él decidió que eres su hijo, y el único que puede decidir no serlo eres tú.

El hijo creyó que lo que necesitaba era la herencia: «Dame lo que me pertenece». No entendió que, sin importar el monto, si no está el dueño de la herencia, que es el Padre, la herencia no sirve de nada. Si Dios no está en nuestra vida, nada sirve.

Ante su petición de ser jornalero, el padre le dio un vestido nuevo, y esa figura habla de identidad. Es como si le dijera: «¿De dónde sacas que ahora eres jornalero? No te amo por tu conducta, te amo por mi sangre. Tienes que aprender que la mala conducta y el pecado te destruyen a ti. No quiero verte en pecado, pero nada me impide amarte, porque yo vencí el pecado». Su propuesta no es remendar lo que está mal, sino dar vestiduras nuevas: algo completamente nuevo en tu vida.

Después le puso un anillo, que representa una autoridad restaurada: una autoridad con identidad firme en el Padre, no una que daña o se aprovecha. Las sandalias representan la posición de hijo restaurada, la posición que Dios tiene para todos nosotros. Con estas figuras proféticas el padre respondió a la petición de ser jornalero: «Así te amo; así de especial eres para mí».

Sanidad para el corazón

Lo mismo se ve en la mujer que padecía flujo de sangre. Pensó que si tan solo tocaba el borde del manto de Jesús sería sana. Lo tocó, y Jesús preguntó quién lo había tocado. Los discípulos no entendían la pregunta, porque lo rodeaba una multitud, pero él sabía que alguien lo había tocado de una forma diferente y que había salido poder de él. La mujer fue sanada en ese instante, pero Jesús le dio algo todavía más valioso: la llamó hija.

De nada sirve la sanidad física si el alma no es sanada y no te vas con identidad de hija. Puedes estar sano en tu cuerpo y enfermo en tu espíritu y en tu corazón. Esta mujer ni siquiera podía sentarse con otros, porque la consideraban inmunda. Su mayor problema no era el sangrado en su cuerpo, sino el sangrado en su corazón. Recibió una identidad que no perderá ni el día que muera: seguirá con él. Así es nuestro Padre, un Dios eterno y maravilloso.

Un Padre que corrige

Quizá esto no nos guste tanto: tenemos un Padre que corrige. Hebreos 12 nos pide no menospreciar la disciplina de Dios, pero tampoco dejarnos aplastar ni amargar por ella. La disciplina no viene a aplastarnos; muestra el compromiso que Dios tiene con nosotros. Al hijo que ama, lo disciplina, y al que acoge, también lo corrige. Dios nos está educando, y por eso no debemos abandonar la carrera nunca.

Muchas veces Dios usa autoridades para corregirnos, y eso nos enoja. Respondemos con excusas, molestos, y hasta la mirada nos cambia. No nos gusta la corrección. Pero Dios nos trata como a hijos amados, y el amor incluye la corrección: el que ama corrige, porque quiere lo mejor para nuestra vida. El problema que enfrentas no es un castigo, es entrenamiento. Corregir es lo normal en todos los hijos; solo los padres insensatos abandonan a sus hijos a su suerte. ¿Preferiríamos un Dios irresponsable?

Respetamos a nuestros padres porque nos enseñan y no nos malcrían. Entonces, ¿por qué no aceptar el entrenamiento de Dios para vivir en plenitud? Cuando éramos niños, nuestros padres hacían lo que les parecía mejor; Dios, en cambio, hace lo que es mejor para nosotros y nos capacita para vivir en santidad delante de él.

En el momento, la disciplina no es agradable y siempre parece algo malo y contradictorio. Claro que se siente así, porque va en contra de lo que deseas. Pero más tarde se aprecia que valió la pena, porque los bien entrenados son los que se muestran maduros en su relación con Dios. La corrección es una muestra de amor y de compromiso: Dios está comprometido con nosotros.

A veces, queriendo hacer una buena obra, le damos provisión a alguien que Dios está corrigiendo. No te metas entre un pródigo y Dios, o terminarás comiendo algarrobas con él. Llevarle provisión para un día a quien está a punto de acercarse a un Padre que provee para siempre, que corrige y transforma la vida, puede retrasar su regreso al Padre. Cuando nos mueve la emoción y no Dios, estorbamos lo que él está haciendo.

Por eso, cuando vayas a sembrar, necesitas ser dirigido por Dios. Dios corrige: mandó hambre a toda una provincia para que el hijo pródigo regresara, y regresó al Padre.

Señales de un corazón huérfano

Hay señales de un corazón huérfano, de una mentalidad marcada por la orfandad: busca aprobación constante, compite todo el tiempo y quiere controlarlo todo.

Los hombres, por ejemplo, solemos ser competitivos. En una actividad en la que varios grupos competían para ver quién terminaba primero, en un grupo de unos diez había un hombre muy fuerte que hacía ejercicio y quería ganar, pero casi todos sus compañeros no estaban en forma. Cuando les tocó hacer lagartijas, quedaron agotados, y él se enojó porque no le parecía justo. Alguien le dijo que estaba bien ser competitivo, pero que su competitividad necesitaba un límite: los demás no es que no quisieran, es que no podían. Hay que tener cuidado de que el deseo de ganar no pase por encima de la vida de otros, porque lo que más aman Jesús y nuestro Padre son las vidas. Si para ganar tienes que pasar por encima de otras personas, no lo hagas: será pérdida en tu vida.

Cuando Jesús estaba en la cruz, le gritaban que se bajara si era el Hijo de Dios, y él respondió pidiendo por ellos porque no sabían lo que hacían. No necesitaba demostrarle nada a nadie. Cuando tienes Padre, no necesitas demostrar quién eres: sabes quién eres. No andas desesperado ni desesperada buscando validación. No sales cada día a buscar aceptación; sales de casa aceptado, aceptada.

No podemos vivir como hijos si nos alimentamos de lo que nos mantiene en orfandad. Puedes venir a recibir la Palabra como hijo, pero si de lunes a sábado te alimentas de redes sociales que te llevan a la orfandad, eso es lo que te forma. Tú decides de qué te alimentas. Y no es culpa del algoritmo: el algoritmo refleja lo que hay en tu corazón. Tienes que cuidarte. Si vivimos como hijos, nos alimentamos de su Palabra y de todo lo que nos edifica para seguir viviendo como hijos, no de lo que nos lleva a la orfandad por buscar un like.

Hoy el mundo tiene hambre de identidad, y hay quienes hacen lo que sea por el like de alguien que ni conocen. Hay quien ni siquiera disfruta su plato de comida, porque lo que más le ilusiona no es comérselo, sino tomarle una foto. Cuando hay identidad, lo disfrutas. No necesitas mostrarlo para que otros digan cuánto lo disfrutas: simplemente lo disfrutas.

Una voz que revela quiénes somos

Tenemos un Padre que revela nuestra identidad. Mateo 3:17 dice que hubo una voz: una sola. La pregunta no es cuántas voces escuchas, sino cuántas obedeces en tu vida. Allí arriba había una sola voz, y decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». Si una voz va a marcar tu vida y tu identidad, que sea la del Padre.

Versículo clave

«Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.»

Mateo 3:17

Esto sucedió antes de que Jesús hiciera milagros, predicara u obrara por fe. El Padre declaró quién era él, porque la identidad no descansa en lo que un hijo hace, sino en lo que significa para el Padre. Jesús encontró su identidad no en lo que hacía, sino en lo que era.

Entonces te pregunto: ¿en qué descansa tu identidad? ¿En tu empresa o en el Padre? ¿En tus dones y talentos? ¿En tus títulos? Qué bueno que los tengas, pero ¿te has preguntado cómo te sentirías sin hacer lo que haces?

Un empresario que vive en otro país colecciona relojes únicos en el mundo. Como experimento, le pidieron que fuera sin su reloj a una reunión con sus compañeros de promoción. Después le preguntaron cómo se había sentido, y respondió que se había sentido como desnudo. ¿Qué te da identidad a ti? ¿Qué voz estás escuchando?

Fíjate en cómo funciona el comercio. A veces alguien no compra el nuevo iPhone porque le guste, sino porque otro ya lo tiene. Hay gente que ya no sabe dónde ponerse más marcas y parece una valla publicitaria. El problema no son las marcas, sino el motivo. Te dicen que primero compres cierto modelo, porque el que quieres es solo para un grupo selecto, y con tal de pertenecer el ser humano está dispuesto a todo. Si compras algo porque te gusta, perfecto. Pero si lo compras para pertenecer o para que digan que tienes dinero, eso tiene que ver con identidad. El mundo tiene hambre de identidad y de pertenecer.

Cuando sabes quién eres, no importa lo que te pongas ni dónde estés: no te sientes menos, porque sabes que una sangre pagó un precio muy alto por ti. No necesitas otras voces. Necesitas la voz del Padre, que te dice: «Yo te amo aunque nadie te ame. Yo estoy contigo aunque nadie esté contigo».

¿Qué voz estás obedeciendo?

La identidad de Jesús no se definió por lo que hacía, sino por lo que el Padre decía. Tu identidad tampoco depende de lo que digan los demás, sino de lo que Dios dice de ti. ¿Quieres saber qué dice Dios de ti? Lee su Palabra, no el horóscopo. La Palabra te llama hijo amado. Dios no se impresiona por lo que hagamos: él ve los corazones, sabe lo que somos y nos ama. Aun de quien no le atina a muchas cosas, él dice: «Es mi hijo amado».

La voz que escuchas y obedeces determina cómo te ves. ¿Qué voces has estado escuchando? ¿Cómo te ves tú? Así se enfrenta el bullying: dando una identidad fuerte a nuestros hijos. Cuando tienes identidad, hasta te ríes de lo que dicen de ti, disfrutas la vida y hay plenitud. Todos tenemos defectos. La de pelo rizado quiere tenerlo liso y la de pelo liso lo quiere rizado; la de pelo corto lo quiere largo, y la de pelo largo se lo corta, se arrepiente y se pone extensiones. Aun así, él nos ama. Aunque hoy todos te dijeran que no te aman y que no sirves para nada, puedes decir: «Él me ama».

Si escuchas rechazo, vivirás con rechazo. Si escuchas condenación, vivirás con culpa. Pero la voz del Padre está en su Palabra, y la voz más importante de tu vida no es la que habla de ti, sino la que habla sobre ti: «Este es mi Hijo amado». Que hablen lo que quieran; él es quien se sentará a la diestra del Padre y traerá salvación al mundo.

La cultura, el pasado, los errores, las heridas y las etiquetas van a luchar por definirte. ¿Te han puesto alguna etiqueta? Qué lindo es nuestro Dios, que a pesar de nuestros errores no nos etiqueta, porque es un Padre que nunca va a fallar ni dejará de amarnos. Medita en su Palabra y pregúntale: «Señor, ¿qué voz voy a obedecer?».

Los papás podemos ser un reflejo de la voz de Dios para los jóvenes. Aunque un hijo no haya logrado algo, puede escuchar: «Yo te amo por lo que eres». La identidad precede al propósito. Jesús todavía no había hecho milagros cuando escuchó la voz del Padre. Hagas milagros o no, él te ama; te equivoques o no, te recibe. Eso da identidad.

No sé qué te han dicho otras voces, pero esto es lo que dice el Padre: eres su hijo, eres su hija amada. Eres especial, eres bendición, eres su especial tesoro, eres el reflejo del amor de Dios y de la sangre de Jesús. El Espíritu de Dios toca nuestro espíritu y confirma, de forma muy personal, la identidad que el Padre nos da.

Un Padre que nos espera

Un hombre que llevaba dos años de conocer al Señor había ido a un servicio y allí se había postrado delante de Dios. Esa noche abrazó a su hijo adulto y le pidió que se acostara a su lado, algo que no hacía desde que el hijo era niño, y el hijo sintió un amor muy especial. Al día siguiente sufrió un infarto masivo. Su hijo lo tuvo en sus brazos y trató de darle respiración de boca a boca. Cuando dejó de respirar, tenía una sonrisa en el rostro. ¿Cómo muere alguien con una sonrisa? Cuando sabe que hay un Padre esperándolo y un nuevo comienzo en la eternidad. Esa es la paternidad de Dios.

Quizá no tuviste la mejor experiencia con la paternidad humana. Créeme: la de Dios es perfecta, maravillosa y generosa.

Detente un momento y pregúntate qué voz estás escuchando y obedeciendo, y cuál te está dando identidad. Tal vez es el éxito, el dinero, algún título o el deseo de ser aceptado, porque todavía no has experimentado que ya eres aceptado. El Espíritu Santo toca nuestro espíritu y confirma la paternidad de Dios. Pide que el amor del Padre te visite y dile: «Señor, necesito una sola voz en mi vida, y es la tuya». Una voz para tu identidad, no muchas. Somos sus hijos amados, adoptados con precio de sangre. Él es un Padre que restaura, que da oportunidades y que nunca deja de amarnos.

No somos huérfanos: tenemos Padre. Necesitamos aprender a reconocer las voces que no debemos obedecer, las que quieren darnos una identidad que no viene de él, y estar atentos a una sola voz: la del Padre. Si quieres empezar hoy esta relación, puedes orar: «Señor Jesús, hoy te pido perdón por mis pecados, abro mi corazón y te recibo como mi Señor y mi Salvador. Mi vida nunca más será la misma, porque soy hijo de Dios».

Referencias bíblicas