EN Oración
Serie Uno

Un camino: seguir a Jesús cuando aparecen otras rutas

Hay muchos caminos, pero solo uno lleva al Padre. Descubre por qué Jesús no solo muestra el camino, sino que es el camino, y cómo recorrerlo cada día aunque no siempre sea fácil.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
44 min

Dios siempre quiere guiarnos, pero nunca nos obliga a seguirlo. Todos somos creación suya y él respeta las elecciones que cada uno de nosotros hace: no nos impone un rumbo, nos invita a elegir de una manera diferente. Después de aprender que tenemos un Dios, un Padre, una prioridad y un llamado, llega una verdad que lo ordena todo: hay muchos caminos, pero solo hay un camino.

Cuando Dios guía, abre camino donde no lo hay

Desde el Éxodo, Dios nos deja una enseñanza: llevó a su pueblo por un camino que era imposible. Les prometió sacarlos de Egipto y, en esa misma promesa, darles una tierra donde fluye leche y miel. En su infinita misericordia envió las plagas, y cuando estaban a punto de salir, Faraón los persiguió y quedaron frente al mar. Imagina a un pueblo que no sabía nadar: nadar no era una opción.

Pero cuando Dios guía a su pueblo y guía nuestras vidas, no importa lo difícil que esté frente a nosotros. Cuando él dirige nuestro camino, siempre cumple sus promesas. Si hay que abrir el mar, Dios abre el mar. Dios es fiel, Dios es bueno, y donde tú no ves salida, él abre camino. De día los guiaba con una nube y de noche con una columna de fuego: siempre quiso guiar a su pueblo.

Dando vueltas en el desierto

El viaje hacia la tierra prometida debía tomar días, pero se convirtió en años, al punto que la mayoría del pueblo murió en el desierto. ¿Por qué, si solo tenían que ser días? Físicamente, cuando alguien está en un desierto y cree saber a dónde va, la tendencia del cuerpo es empezar a caminar en círculos. Pero el problema del pueblo de Israel no estaba en los pies, sino en el corazón: se resistían a ser guiados por Dios.

¿Cuántas veces damos vueltas en nuestras propias decisiones, basadas en nuestras emociones o en nuestras ideas? Podemos pasar años dando vueltas en nuestro matrimonio, en nuestra vida y en nuestra familia por las decisiones que tomamos. Necesitamos un camino.

Lo que el pecado cerró, la cruz lo abrió

Desde Génesis, a través de Adán y Eva, el pecado nos separó de Dios. No teníamos acceso a un camino diferente; Adán y Eva fueron expulsados. Pero Dios, en su infinita misericordia, desde Génesis hasta Apocalipsis está llamando a la humanidad a reconciliarse con él, y durante años tuvo un plan para volver a abrir el camino. El pecado cerró el acceso, pero la misericordia de Dios y una sangre preciosa nos lo han vuelto a abrir.

Hebreos 10:20 habla de ese camino nuevo y vivo que Jesús nos abrió por medio de su muerte, a través del velo, hacia el lugar santísimo. Por eso el velo se rasgó de arriba abajo: lo que era imposible para nosotros, Dios lo hizo posible.

Vivimos en una cultura que afirma que todos los caminos llevan a Dios, pero la Biblia no dice eso. No todos los caminos llevan a Dios. Jesús abrió un camino nuevo, y si alguien tiene algo nuevo para nuestras vidas, es Dios. Eso nadie más puede ofrecértelo: ni el hombre más guapo, ni la mujer más hermosa, ni la mayor cantidad de dinero. Solo Jesús puede darnos un nuevo camino, una nueva generación, una nueva vida.

Jesús no solo muestra el camino: él es el camino

Tomás le preguntó a Jesús por el camino: le dijo que no sabían a dónde iba y que cómo podían, entonces, conocer el camino. La respuesta de Jesús fue clara: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». Y añadió que, si lo conocieran, también conocerían a su Padre, y que desde ahora lo conocían y lo habían visto.

Versículo clave

«Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.»

Juan 14:6

Muchos podemos reconocer que hemos estado en un camino diferente al que Dios tiene para nuestras vidas, y que el resultado no ha sido el mejor. Por eso llena de esperanza saber que él es el camino, la verdad y la vida. El mundo ofrece muchos caminos: el del éxito, el del dinero, el de la autosuficiencia, el de la propia verdad. Pero Jesús no solo nos muestra el camino; él es el camino. Y Jesús nunca ha perdido.

El cristianismo no empezó con un mapa: empieza con una persona, Jesús. No comienza con reglas, sino con una relación; no empieza con ninguna religión, sino con Jesús. Es como si le dijera a Tomás: no has entendido, no se trata de reglas, se trata de relación; se trata de encontrarte conmigo. Se trata de que la plenitud que llegue a tu vida no dependa de lo que estás viviendo, sino de comprender que, cuando estás en su camino, él mismo te sostiene, él mismo te anima y él mismo tiene trazado un plan perfecto para tu vida.

Su Palabra dice que sus pensamientos y sus caminos son más elevados que los nuestros. Tú piensas algo bueno; Dios piensa algo mucho mejor. Por eso podemos decirle que no queremos recorrer únicamente el camino de nuestras buenas ideas fuera de su voluntad, que preferimos su voluntad. Jesús no enseña acerca del camino: dice que él es el camino. La salvación no se encuentra en un sistema ni en una filosofía, sino en una persona: Jesús.

Un camino para recorrer cada día

No basta con entrar en el camino: hay que recorrerlo. No se trata solo de saber que Jesús existe. Hay muchos caminos, pero solo uno, y Jesús es un camino para recorrer, no solo para conocer. Alguien puede decir que ha oído de Jesús o que ha leído algo de su Escritura, pero no basta con admirarlo: hay que caminar con él cada día.

Si Jesús es el camino, no hay mejor decisión que dar un paso hoy. No importa de qué camino tengamos que arrepentirnos: debemos hacerlo, porque hoy Jesús nos ofrece lo mejor, una relación con él. No hacemos las cosas por obligación, sino porque Jesús nos ama y nosotros también lo amamos; y, sorpresa, él nos amó primero.

Isaías 30:21 promete que, si nos desviamos a la derecha o a la izquierda, oiremos una voz detrás de nosotros que nos dirá que por ahí es el camino. El mayor peligro no es estar sin camino, sino caminar con seguridad en el camino equivocado. Quizá antes no conocías a Jesús ni su Palabra; pero si has encontrado este camino, no persistas ni permanezcas en el equivocado. El problema no es cometer errores, sino persistir en ellos: es la necedad la que nos mantiene perseverando en un camino equivocado.

Jesús es el único camino. Todos caminamos hacia algún lugar. La pregunta no es si estamos caminando, sino quién nos está guiando. Todos deberíamos hacernos hoy esa pregunta.

Los caminos que el mundo ofrece

Puedes probar muchísimos caminos: el del éxito, el del dinero, el del placer, el de nuestras propias fuerzas. Pensemos en los futbolistas. Muchas veces decimos que tal jugador es de otro planeta, pero no es cierto: fallan penales. En nuestra idolatría engañosa llegamos a creer que son perfectos, y en un mundial varios de los mejores del mundo fallan penales, aunque a eso se dedican. Igual que nosotros: nos dedicamos a algo y fallamos, porque somos muy imperfectos. Al jugador más fuerte, a los cuarenta, se le acaba el aire; y pasados los cincuenta, las fuerzas disminuyen.

Imagina entonces el camino equivocado de creer que soy fuerte. Uno de los mejores equipos del mundo jugó agotado; ya no daban más. La Biblia dice que aun los jóvenes se cansan y desmayan, pero Dios nunca se cansa: él es quien te da nuevas fuerzas. Dios es el camino, y lo que hace en ti trae plenitud. Donde termina mi camino, comienza el de Dios. No importa dónde estés hoy; lo que importa es a quién vas a decidir seguir.

El fútbol se disfruta, pero dos semanas después del mundial la ilusión se va, y para algunos parece que se acabó su mundo. Todo en este mundo pasa de moda: lo que hoy está de moda mañana ya no lo está, y lo que antes estaba de moda vuelve, pero vuelve a pasar. El evangelio nunca pasará de moda: es vivo, es el camino, es la verdad.

Proverbios 14:12 lo advierte con fuerza: «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte». Hay un camino que parece inofensivo, y es cierto que hay gente que parece estar pasándola bien, pero toda esa risa acabará en sufrimiento. Puedes elegir el camino de la lógica humana, pero ten cuidado: vas a vivir un infierno.

Puedes tener todos los títulos universitarios posibles, y está bien: prepárate bien. Pero solo hay uno que puede sostener tu vida. Hay personas con muchísimos títulos cuyos matrimonios terminan en divorcio, y hay millonarios que se divorcian, porque el dinero no puede dirigirte, ni tampoco la carrera. Eso es parte de lo que haces, y Dios te permite tener las fuerzas para hacerlo. Dios te va a sorprender cuando seas diligente en tu trabajo, pero al final él te dio los dones y permitió que usaras tus dones y tus fuerzas, porque él te dio la vida.

También está el camino de la cultura: querer ser popular, que cuando alguien abra TikTok seas tú quien le aparezca primero. ¿Qué camino quieres seguir? ¿Qué tendrías que hacer para volverte popular? Y está el camino de nuestras ideas, muy buenas, pero fuera de la voluntad de Dios. No se trata de dejar de estudiar ni de no ser el mejor trabajador o el mejor empresario; se trata de no convertir el medio en un fin. Hacer dinero es un medio. Tiene que haber algo mucho más grande en tu vida: mientras haces dinero, cumplir un propósito en Dios mucho mayor. Tener dinero no es el camino.

No puede haber dos señores

El joven rico quería lo que Jesús tenía, pero cuando Jesús le dijo que vendiera todo lo que tenía, lo diera a los pobres y lo siguiera, hasta ahí llegó y se fue muy triste. Jesús sabía que él tenía dos caminos: quería a Dios, pero amaba el dinero. Y no puede haber dos señores en nuestra vida. Jesús quería quitar de su vida al señor dinero y ser él su Señor, porque el dinero no es el camino, ni la verdad, ni la vida. Él lo es, y él lo puede dar todo: es el Dios bueno, el Dios fiel.

El camino de Jesús no siempre es el más fácil. No se trata de venderte felicidad, sino propósito. Necesitamos una iglesia que tenga claro que no nos acercamos a Cristo para que nos dé una casa, un carro u otras cosas materiales; cuando eso sucede, nosotros terminamos en el centro del evangelio. En el centro está Jesús: él es el camino. Necesitamos ser cristocéntricos. Jesús mismo nos invita a tomar nuestra cruz y seguirlo. No siempre será fácil, pero es un camino para vida: para tu vida y la de tus generaciones.

No pidas solo que cambie el camino: pide fuerzas para recorrerlo

A veces oramos para que Jesús cambie el camino. En Getsemaní, Jesús pidió que pasara de él aquella copa; ahí se refleja nuestra humanidad. Era una buena idea, porque Jesús no había hecho nada malo, pero estaba fuera de la voluntad de Dios. No hubo respuesta, hasta que Jesús dijo: «no se haga mi voluntad, sino la tuya». ¿Y qué sucedió después? «Se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle».

La mayoría de las veces oramos para que Jesús cambie el camino, y no hemos entendido que hay días en que necesitas orar para que él te fortalezca a fin de afrontar lo que tienes que afrontar y tomar lo que Dios tiene para tu vida. En lugar de decirle que pase de ti esta copa, puedes decirle: Señor, llena esta copa. Esto no se ha solucionado, pero llena mi vida.

Somos expertos en pedir que nos cambie el camino porque está muy difícil, pero hay días en que hay que decirle: Dios, dame las fuerzas para este día. Quizá sientas que te ha abandonado, pero él no te ha abandonado: él te escucha. Oremos para que nos fortalezca y podamos afrontar y sobrepasar lo que tenemos que atravesar.

El corazón es un mal líder

El cristianismo no es solamente una religión ni un conjunto de reglas: es seguir a Jesús, y caminar con él transforma nuestra vida. Dios ha prometido un camino, y vale la pena preguntarnos: ¿qué camino estoy siguiendo? Esa pregunta tiene que hacerse cada día, porque tenemos un corazón engañoso que va a querer que lo sigamos. El corazón es un pésimo líder: un buen compañero, pero un mal líder. La Palabra nos llama a guardarlo, no a seguirlo.

No pierdas tiempo en tu camino: solo hay uno. Puedes tener la casa más grande y cosas materiales que ni siquiera imaginaste, pero solo Jesús es el camino, y sin él no disfrutas absolutamente nada de eso.

Jesús camina con nosotros: el camino a Emaús

Lucas 24 relata que el mismo día en que Jesús resucitó, dos de sus seguidores iban camino a Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén, hablando de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos. La vida cristiana no es un evento, no es solo juntarnos y cantar: es caminar con Jesús, una relación estrecha con él que va más allá de cualquier evento.

Por eso vale la pena preguntarnos: ¿estoy caminando con Jesús o solo sé quién es Jesús? Hay quienes pasan frente a una iglesia, reconocen el nombre de Jesús y siguen de largo. Es tiempo de caminar con él.

Jesús les preguntó de qué venían discutiendo tan profundamente por el camino, y ellos se detuvieron con el rostro cargado de tristeza. Era algo que llevaban en lo profundo; seguían hablando del mismo tema una y otra vez, como a todos nos pasa. Uno de ellos, llamado Cleofas, le respondió que debía de ser la única persona en Jerusalén que no sabía lo que había sucedido en esos días.

El relato dice que los ojos de ellos estaban velados para que no lo reconocieran. Jesús nos forma en el camino, y les quería dar una enseñanza: si lo reconocían, era fácil creer que era él. Pero la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Jesús no quería que creyeran porque lo estaban viendo; quería mostrarles que él es el camino y que, cuando da una palabra, la cumple.

Era el tercer día, y Jerusalén era el lugar donde Jesús resucitaría; pero ellos se alejaban de allí, camino a Emaús. Iban en la dirección contraria. ¿En qué dirección vas tú? Tenían el corazón roto y estaban tristes. ¿Se vale estar triste? Por supuesto. Esa es una enseñanza más de Jesús.

Jesús quiere escucharte

Cuando le hablaron de lo sucedido, Jesús les preguntó: «¿Qué cosas?». Jesús, preguntando qué le había pasado a él mismo. ¡Qué creativo es Jesús, y qué sentido del humor tiene! Jesús es intencional: no se le escapa una. Y en esa pregunta hay un gran mensaje: el amor de Jesús. Es como si dijera: cuéntame, me interesa lo que tienes que decirme, abre tu corazón. Esa tristeza no deja de tener propósito.

A veces, con solo ser escuchada, una persona es sanada. Mujer, si tu esposo ya no quiere escucharte, Jesús quiere escucharte. Hombre, si tu esposa ya no quiere escucharte, Jesús quiere escucharte. Él te dice: cuéntame qué pasó; estoy aquí para sanarte, estoy aquí para escucharte.

Si cerráramos más la puerta a solas, dejáramos ahí nuestras lágrimas, nos lamentáramos y le dijéramos al Señor que algo nos ha dolido y que queremos derramarnos delante de él, no te imaginas cuántos amargados serían rescatados: personas que, por hacerse los fuertes, no sueltan una sola lágrima. Jesús te está esperando en el camino para sanarte y para preguntarte qué estás atravesando. Es como si te dijera: sé que la tristeza no te permite verme, pero estoy aquí, estoy por ti.

No seamos necios

Ellos le explicaron que Jesús era un profeta que hizo milagros poderosos y un gran maestro a los ojos de Dios y de todo el pueblo, pero que los principales sacerdotes y otros líderes religiosos lo entregaron para que fuera condenado a muerte y lo crucificaron. Y añadieron: «Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Teníamos la esperanza, como si ya no hubiera esperanza. Todo había sucedido hacía tres días.

Entonces Jesús los llamó necios, porque Dios, al que ama, lo corrige. ¿En cuántos líos nos hemos metido no por cometer errores, sino por necios? No solo cometemos el error: todavía queremos tener la razón.

En logoterapia se habla del síndrome del caballo blanco: siempre quieres tener la razón porque tu imagen vale más que tu esencia. Es preferir quedarse con la razón antes que casado; es más, preferir quedarse con la razón antes que ser transformado por Jesús. Es el camino de la razón, en el que te importa tanto lo que digan los demás. Es preferible hacer a un lado la razón y aplicar el perdón y el camino que Jesús nos dejó. No sea que, por querer tener la razón, aunque la tengas, te quedes con una razón amarga porque te apartó del camino que Dios tenía para tu vida. Eso es madurez: sobrepasar las cosas.

Cometemos errores, pero no insistamos ni persistamos en ellos. Dios nos está hablando: hay que tomar un camino diferente y seguir creciendo. Jesús les reprochó lo mucho que les costaba creer lo que los profetas escribieron, y les recordó que estaba anunciado que el Mesías tenía que padecer estas cosas antes de entrar en su gloria. Luego hizo como que seguía de largo; ellos lo invitaron, se sentó a la mesa, partió el pan, les dio palabra y se fue.

Un corazón que vuelve a arder

Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?». El corazón ardía cuando la Palabra de Dios era mencionada. Hay momentos en que el corazón deja de arder, y la Palabra de Dios y un tiempo de adoración vuelven a encenderlo. Él es el camino, y la Palabra está viva.

Versículo clave

«Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?»

Lucas 24:32

Que hoy arda tu corazón y puedas decir: quiero el camino, la verdad y la vida. Es tiempo de caminar en Jesús.

En menos de una hora estaban de regreso en Jerusalén, donde encontraron a los once discípulos y a los otros que estaban reunidos, y regresaron a contar de Jesús. Tú también tienes que contar de Jesús. Correr once kilómetros en una hora es difícil aun hoy, con tenis con bolsas de aire, reloj para medir, tecnología y entrenamiento. Ellos lo hicieron en sandalias, entre piedras y polvo, porque la pasión por Dios te lleva a hacer cosas y a recorrer caminos que jamás imaginaste. Dios hace milagros, y ellos regresaron a compartir las buenas nuevas.

Dios provee en el camino

Juan 12:14 relata que Jesús encontró un burrito y se montó en él, y así cumplió lo que anunciaba la Escritura. El dueño de todo encontró un burrito en el camino. Solo confía en el camino, la verdad y la vida. Si te preguntas qué va a ser de ti y de tu familia, no te preocupes: los burritos aparecen. Dios siempre tiene provisión en el camino; Dios siempre proveerá.

Si te has apartado del camino de Dios, vuelve a la casa del Padre. El hijo pródigo tomó su propio camino: pidió la herencia, tenía sus planes y sus buenas ideas, y se fue con sus amigos a pasarla bien. Pero volvió al padre. Jesús siempre está esperando por nosotros.

Un camino que termina en casa

Un encuentro con Jesús cambia más que una conducta: cambia el rumbo de tu vida. La Palabra de Dios va de Génesis a Apocalipsis, y termina en casa. Nuestro Padre celestial vendrá por su iglesia. Un camino, una casa, un Dios.

Hoy es un buen día para meditar: ¿qué camino estamos siguiendo? No pierdas tiempo ni des vueltas en tu propio camino; dile al Señor que quieres su camino. A veces, aun con nuestras ideas, decimos: si no se da esto, está aquello. Es porque tenemos dos caminos. Si solo tuviéramos uno, nuestra vida sería muy diferente. Tenemos tantos caminos que no logramos comprometernos con el único que vale la pena: Cristo Jesús.

Jesús nunca obligó a los hombres de Emaús a elegir su camino. Ellos mismos reconocieron que su corazón ardía cuando les citaba la Palabra y los profetas, y regresaron a Jerusalén. Los invitó, no los obligó, porque la decisión de qué camino tomar es tuya y mía. La Palabra nos llama a no tomar el camino ancho, por donde va todo el mundo, sino el estrecho: el de Dios. Hoy eres tú quien decide. Toma un tiempo para hablar con él.

La Palabra dice que quien confiesa a Jesús como su Señor y Salvador, el camino, la verdad y la vida, nunca más será el mismo. La invitación es a pedirle perdón por nuestros pecados y por anhelar y caminar nuestro propio camino, a abrirle el corazón y recibirlo como Señor y Salvador: el verdadero camino, la verdad y la vida.

Referencias bíblicas