EN Oración
Serie Uno

Un hambre: cómo recuperar el deseo de buscar a Dios

El hambre de Dios es señal de vida espiritual. Descubre por qué se pierde (sustitutos, tristeza y comodidad) y cómo volver a buscarlo, no para que te alivie, sino para que te sacie.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
44 min

Jesús viene por una iglesia hambrienta. No por una iglesia pasiva, sino por una iglesia con hambre, que reconoce quién es Dios. El hambre es una alarma: nos dice que estamos vacíos. Cuando sientes hambre física, es tu cuerpo pidiendo nutrientes y energía. Por eso el hambre es señal de salud: quien se enferma, por ejemplo con un virus fuerte, pierde el apetito, y quien está sano tiene hambre. En lo espiritual pasa lo mismo.

El peligro de vivir vacíos

Si el hambre muestra que estamos vacíos, necesitamos cuidarnos de los vacíos. Vivir vacíos pone en riesgo nuestra vida espiritual, porque todo lugar vacío lo ocupa el enemigo. Entre más vacíos estemos, más espacios querrá ocupar. En cambio, entre más te llenes de la Palabra de Dios, de su presencia y de su soplo, más fuerte estarás, y el enemigo no tendrá cabida en tu vida.

Jesús lo dijo así: «Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados». Fíjate en la palabra ahora. Si hoy tienes hambre, Dios te va a saciar y te va a llenar.

Versículo clave

«Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.»

Lucas 6:21

El Salmo 23 dice: «Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores». Todos queremos que Dios aderece mesa y ponga un banquete delante de nosotros. Pero Dios no adereza mesa a los que no tienen hambre: no sacia a quien no tiene hambre. Por eso necesitamos seguir con hambre de Dios: vendrá un tiempo en que él aderezará mesa y pondrá un banquete delante de nosotros.

Imagina que recibes a un invitado en tu casa. Preparaste el mejor banquete: una entrada, una boquita, un plato fuerte. Pero cuando llega, te dice: “No, no tengo mucha hambre”. Para un anfitrión no hay nada más frustrante que prepararse y recibir a gente sin hambre. Dios va a despertar en ti un hambre por él como nunca antes.

Lo que la Biblia enseña sobre el hambre

La Biblia habla del hambre una y otra vez. De hecho, la caída del hombre fue por hambre. Eva vio que el fruto era agradable; había hambre. El problema fue que se sació de lo que no debía y se llenó de lo que no debía.

Pero el hambre también puede ser una buena señal y llevarnos a las promesas. A veces Dios la despierta y la activa para llevarnos al lugar al que quiere llevarnos. Los hermanos de José estaban en Canaán y, por el hambre que vino, bajaron a Egipto. Si el hambre no los hubiera movido, nunca habrían visto la promesa que Dios tenía para José y su familia.

Algo parecido le pasó al hijo pródigo. En su necesidad recordó que en casa de su padre había abundancia de pan. Dios está dispuesto a enviar hambruna a toda una provincia para que un hijo pródigo regrese con hambre. Si tienes un hijo lejos o apartado, no te preocupes: esa sensación de hambre es Dios atrayéndolo de nuevo hacia él. Dios va a traer a los hijos pródigos en este tiempo, serán saciados y se cumplirá lo que él ha dicho sobre tu vida.

Pero el hambre también nos lleva a las tentaciones más fuertes, porque nos vuelve vulnerables. Jesús fue tentado en el desierto cuando tenía hambre. Esaú llegó muy cansado y estuvo dispuesto a cambiar su primogenitura por un plato de lentejas. Lo entregó todo porque tenía hambre.

Cuando tenemos hambre, comemos cualquier cosa. Ve con hambre al supermercado y vas a meter al carrito todo lo que se te ponga enfrente. Por eso necesitamos ser selectivos y poder decir: “Esto no me alimenta, son calorías vacías; esto sí me nutre”.

El cansancio, un momento vulnerable

Esaú estaba cansado, y todos nos hemos cansado en la vida y en el camino. El cansancio es uno de los momentos más vulnerables de cualquier ser humano. Después de darlo todo, puede llegar un cansancio tan grande que dan ganas de comerse el mundo: entrada, otra entrada, plato fuerte, postre, café… todo el menú. Eso provoca el cansancio. La pregunta es: ¿de qué nos vamos a alimentar?

El rey David, el gran guerrero, también vivió esto. Estaba cansado cuando se levantó contra él un gigante, Isbi-benob, que estuvo a punto de matarlo. Entonces Abisai se levantó y mató al gigante. Después le pidieron a David que no saliera más a la batalla, para que no se apagara la lámpara de Israel. En los momentos de cansancio se levantarán gigantes que quieren apagar tu llama, tu lámpara, tu pasión, tu fervor, tu deseo de buscar a Dios y tu llamado.

Pero en este tiempo se levantan los Abisai: personas con la fortaleza para derribar gigantes que tal vez tú no has podido vencer. Tienen la unción y la autoridad para derribarlos.

El pan de cada día

En la Santa Cena, el Señor dejó el pan como símbolo, porque él es el pan de vida. Por eso oramos: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy». Cada día tiene que haber hambre: de su Palabra, de su presencia, de su dirección y de su guía. “Señor, ¿qué hago? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué decisión tomo?”. Jesús tiene una mesa servida para cada uno de nosotros, con misericordia, gracia, favor y perdón, una mesa que sacia.

Dios lo anunció por medio de Amós: «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová». Esos días los estamos viviendo. Dios envía hambre.

El hambre no es señal de debilidad, sino de que estás vivo. La pregunta es de qué tienes hambre, porque podemos llenarnos de cosas temporales que al final nos dejan vacíos. ¿Tienes hambre de bendiciones o tienes hambre de Dios? No te preocupes por las bendiciones: vienen por añadidura. Si de algo debemos tener hambre, es de Dios.

Primera razón: cuando sustituimos a Dios por otras cosas

¿Por qué perdemos el hambre? ¿Por qué alguien pierde el interés, deja de buscar a Dios, de congregarse, de leer la Palabra y de orar? Hay tres razones. La primera es que sustituimos a Dios por otras cosas.

Hubo un hombre, italiano, para quien la comida era sagrada. Comía muchísimo: un día se comió veinticinco mandarinas en un ratito. Luego tuvo problemas del corazón y el médico le ordenó una dieta sin grasa y con menos carbohidratos y azúcares. Su esposa le preparaba comida especial todos los días, pero él siempre decía que no tenía hambre. Ella no sabía si estaba enfermo y no quería decirlo. Al final descubrieron que, justo a la hora de comer, él estaba estacionado en un lugar de comida rápida pidiendo todos los menús. Por eso llegaba sin hambre a la casa.

Eso nos pasa muchas veces. Nos alimentamos de calorías vacías, de lo que no nutre ni sacia. Nos dan una sensación de llenura que dura poco, pero no nos alimentan, y vivimos debilitados. Hoy puedes salir nutrido.

Le pasó a un hombre importante: Salomón. Primera de Reyes 3 dice que Salomón amaba a Dios y seguía las instrucciones de su padre David. No solo amaba a Dios; reconocía que lo necesitaba. Así comenzó. En esa relación le pidió a Dios un corazón que lo escuchara, para guiar bien al pueblo y discernir entre el bien y el mal, porque nadie podría guiar a ese pueblo con sus propias fuerzas. Que esa sea también nuestra oración: Señor, danos un corazón que te escuche. Todos necesitamos discernir entre el bien y el mal.

Pero en el camino algo cambió en el corazón de Salomón y empezó a llevarlo hacia otro lado. Acumuló riquezas, poder y mujeres: llegó a tener mil. ¿Qué le pasó? Empezó a sustituir a Dios por tantas bendiciones. Eso no ocurre de la noche a la mañana, y nos puede pasar a nosotros: buscamos sustitutos y nos llenamos de otras cosas, cuando el Señor quiere saciarnos y llenarnos de él.

Salomón dejó de creer que Dios era tan necesario. Veía victorias, lo tenía todo, tenía riquezas y poder, y ganaba una batalla tras otra. Cuando empezamos a medir fuerzas con Dios y sentimos que ya no lo necesitamos tanto, nos guían la autosuficiencia, el autogobierno y la independencia. Decimos: “Puedo vivir sin Dios; no lo necesito tanto”. Poco a poco, Salomón dejó de confiar en Dios y de depender de él, y empezó a confiar en sus éxitos, sus logros y sus victorias. Eso nos puede pasar a cualquiera. Por mucho que Dios te añada, nada puede sustituirlo.

Salomón estaba entretenido, pero no direccionado; ocupado, mientras perdía su propósito. La actividad no es sinónimo de avance. Vivir ocupados y con muchas cosas por hacer no significa que nuestra vida esté avanzando de verdad. Hoy el Espíritu Santo pone un termómetro en nuestro corazón y en nuestro espíritu: ¿cuánta hambre de Dios tenemos? ¿Hemos empezado a buscar sustitutos?

Segunda razón: la tristeza y el desánimo

La segunda razón por la que se pierde el hambre es la tristeza, el desánimo. Eso le pasó a Ana. Como no tenía hijos, Penina se burlaba de ella. La molestaba tanto que Ana lloraba mucho y ni quería comer, y eso pasaba cada año, cuando subían al santuario. Perdemos el hambre cuando perdemos la esperanza. Ana la había perdido y su corazón se llenó de tristeza. Así también, la tristeza nos puede quitar el hambre de Dios.

Su esposo, Elcana, se acercó a preguntarle por qué estaba triste y por qué no comía: «¿No te soy yo mejor que diez hijos?». Aun así, Ana no comía; su corazón estaba triste. Hay quienes deciden no ir a la iglesia porque están tristes. Pero esa misma razón por la que no vas es la razón por la que necesitas ir.

Ana oró largo rato. Nada saca a una persona de una crisis como la oración. Las crisis no se superan cuando todo sale como queremos o esperamos; algo tiene que pasar en nuestro interior. Dios no necesita cambiar todas las circunstancias para fortalecernos. Si estás en crisis, busca a Dios en oración: ahí se superan las crisis.

La oración tranquiliza la mente y el corazón. Vivimos intranquilos, afanados y ansiosos. Pero cuando te acercas a Dios y le dices “Señor, aquí estoy”, él trae tranquilidad y paz, te da otra perspectiva y te muestra lo que no estás viendo. En la oración, Dios sopla aliento de vida: te levanta, te reanima, te da nuevas fuerzas y te dice: “Eres mi hijo, eres mi hija, yo te cuido. Estoy contigo todos los días de tu vida”. Así es Dios: fiel y bueno.

Después de orar, Ana ya no estuvo triste, y comió. Algo parecido hizo Dios con Elías. Cuando Jezabel lo amenazó, Elías salió huyendo. Pero Dios no quiere que huyamos, sino fortalecernos. Lo alcanzó en el camino. Y a ese hombre desanimado y lleno de temores, ¿qué le dio? Comida, y lo puso a dormir. Dios quiere llevarte al descanso y al reposo en su voluntad, y decirte: “Yo soy tu alimento. Yo te voy a sostener y a levantar. El poder de mi mano te va a sostener en este tiempo”.

Cuando recuperas la fe, vuelves a tener hambre. Tal vez llegaste triste o desanimado, pero hoy puedes recuperar la fe, y el hambre volverá a tu vida. El gozo del Señor te sostiene y te fortalece; el gozo de Dios hace la obra en nuestra vida. Dios no escribe capítulos vacíos: todo lugar al que llega, lo llena. Es un asunto de espacio. Todo lugar vacío el enemigo quiere ocuparlo, pero si te encuentra lleno, no tiene por dónde entrar.

Que Jesús ocupe más espacio que la tormenta

Recuerda a los discípulos en la barca. Jesús les dijo: «Pasemos al otro lado». De noche llegó la tormenta: se levantaron el viento y el mar. Y los discípulos le dieron más espacio a lo que no debían. Se fijaron en que era de noche, en la tormenta, la lluvia, las olas y el agua que inundaba la barca. Deja de prestarle tanta atención a lo que te rodea y enfócate en que Jesús va en tu barca: mientras él vaya en tu barca, no va a pasar nada. Él te va a sostener, cuidar, amar y preservar. Él es un escudo que nos rodea por delante y por detrás.

El problema era que la tormenta ocupaba más espacio que Jesús. Hoy Jesús tiene que ocupar el espacio más grande, no las tormentas. A veces somos expertos en contar lo adverso. Por eso pregúntate: ¿qué ocupa más espacio en tu vida, tu mente, tu corazón y tu espíritu? ¿Los problemas, la tormenta, el viento, que sea de noche, no ver la salida ni entender lo que pasa? ¿Lo que ves, lo que sientes, lo que atraviesas, la incertidumbre? ¿De qué se está inundando tu corazón?

Jesús estaba ahí, en la barca con ellos. Iba en la popa, donde está el timón. Dios te dice: “Aunque el agua entre a la barca, que no entre a tu corazón. Recuerda que yo voy al timón de tu vida, de tu matrimonio, de tu familia y tus hijos, de tu empresa, tu trabajo y tu negocio. Soy yo. Hazme espacio”. No dejes de contar con Jesús. A veces contamos con todo menos con él, y él nos dice: “Cuenta conmigo”.

Por eso la Biblia dice que estamos «atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos». No le pidas a Dios que te calme la tormenta; pídele que te fortalezca mientras la atraviesas. Somos expertos en pedirle a Dios que nos saque de toda situación. Pero él dice: “No, porque te quiero fortalecer”. Nos fortalece con la adversidad y con lo que no esperamos, para que entendamos que él va en nuestra barca y no nos suelta.

Tercera razón: la comodidad

La tercera razón por la que se pierde el hambre es la comodidad: elegirla antes que a Dios. El problema no es la comodidad en sí. El problema es que, cuando estamos cómodos, dejamos de buscar a Dios y él deja de ser nuestra prioridad.

En la Palabra vemos a Dios incomodando. A Abraham, ya mayor, le dijo: «Vete de tu tierra y de tu parentela». A Noé le pidió construir el arca. A Moisés lo sacó de la comodidad del palacio. Incomodó a Ester y a Jonás. Nehemías estaba muy contento en el palacio del rey como copero, y Dios lo incomodó. Mateo estaba sentado en el banco de los tributos públicos, y Dios lo desacomodó.

Jesús nunca te va a pedir algo que él no haya hecho. Él lo dejó todo: su trono, su deidad y su poder, para venir a esta tierra. Se incomodó porque sabía que eso traería salvación a toda la humanidad. Jesús es nuestro mejor ejemplo y nuestro modelo.

Mira la historia de Segunda de Reyes 20. El rey Ezequías se enfermó gravemente y estaba por morir. El profeta Isaías fue a decirle que pusiera en orden sus asuntos, porque iba a morir. Ezequías volvió la cara hacia la pared, oró recordándole a Dios que siempre había sido sincero con él y lloró con mucha tristeza. Antes de que Isaías saliera del patio central del palacio, Dios lo mandó de regreso: había escuchado la oración del rey y había visto sus lágrimas. Iba a sanarlo y a darle quince años más de vida. Al tercer día podría subir al templo, y por amor a sí mismo y a David, Dios lo libraría a él y a Jerusalén del rey de Asiria.

Dios escucha tu oración y ve tus lágrimas. Dios no es ajeno ni lejano a lo que te pasa; somos nosotros los que nos alejamos. Aunque creas que todo terminó, su gracia está sobre ti.

Pero si lees toda la historia de Ezequías, verás que sí buscaba a Dios, aunque solo cuando necesitaba un milagro. Hazte esta pregunta. Imagina que llegas a tu casa, el Señor se te aparece en tu cuarto y te pregunta: “¿Qué quieres? Te lo doy”. Algunos dudarían que Dios haga eso por ellos y otros lo creerían. Ahora imagina que Dios te concede lo que pediste. ¿Qué pasaría después? ¿Cómo reaccionarías?

Hay gente que llega desesperada buscando un milagro, y Dios, que es tan bueno, se lo concede. Mientras esperan, buscan a Dios de una manera impresionante: preguntan si hay más servicios y quieren ir de lunes a viernes, todos los días, porque hay hambre y búsqueda. Pero cuando Dios les da la promesa o el milagro, no los volvemos a ver. ¿Qué pasa cuando Dios te da lo que quieres? ¿Todavía tienes hambre de buscarlo?

Dios no puede ser nuestro bombero, alguien a quien solo buscamos cuando hay un incendio. Dios es misericordioso y te dice “Está bien, ven”, pero buscarlo solo así nos deja inestables y débiles. El Señor no está solo para apagar nuestras crisis. Quiere llevarte a otro nivel: a buscarlo de forma permanente.

Hay dos tipos de prueba. Unas se sienten y se sufren. Otras no se sienten, pero en ellas Dios mira qué hacemos. Ezequías llegó a tener muchas riquezas y prestigio. Acumuló plata, oro, piedras preciosas, perfumes, escudos y toda clase de objetos valiosos, y almacenó vino y trigo. Tenía todo lo que su corazón quería, pero Dios lo probó y descubrió lo que había en su corazón: otra cosa lo estaba conquistando. ¿Qué está conquistando hoy tu corazón y tu vida? ¿Hacia dónde te está llevando?

Ezequías no perdió a Dios: lo desplazó poco a poco. Eso hace la comodidad. Nos lleva a desplazar a Dios lentamente, hasta que perdemos el hambre. La Biblia advierte que en los últimos tiempos «el amor de muchos se enfriará». Por eso debemos revisar cómo está nuestro corazón. ¿Busco a Dios solo cuando tengo problemas o necesito un milagro? El Señor te recibe con los brazos abiertos, pero no quiere eso para tu vida.

Un corazón que no olvida quién es Dios

David conoció las riquezas, el éxito y la victoria. Tuvo un reino estable y muchos recursos para el templo; vivió cómodo. Pero su mayor tesoro no fue el trono ni el palacio, sino Dios: su relación con él. El hambre espiritual no depende de la abundancia ni de la escasez que tengas hoy, sino de un corazón que no olvida quién es Dios. Que, nos dé Dios lo que nos dé o nos deje de dar, nunca lo olvidemos. Que lo busquemos hasta el último día y que tengamos hambre de él, no solo de sus promesas, bendiciones y añadiduras.

Ese corazón aparece en el Salmo 42: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía». No dice que el ciervo bebe; dice que brama, y eso va un paso más allá. El agua no es un lujo, es una necesidad básica.

Versículo clave

«Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.»

Salmos 42:1

Cuentan que un discípulo le preguntó a un filósofo famoso cómo conseguir su sabiduría. Esperaba que le diera una fórmula, pero el filósofo lo llevó a un río y le sumergió la cabeza unos segundos. Al sacarlo le preguntó qué quería, y él respondió: “Sabiduría”. Lo sumergió otra vez, más tiempo, y obtuvo la misma respuesta. La tercera vez lo dejó mucho más, y cuando lo sacó, casi ahogado, el discípulo respondió: “Aire”. Entonces el filósofo le dijo: “Cuando anheles la sabiduría como el aire que respiras, la tendrás”.

Necesitamos entender que el Señor Jesús es el aire de nuestra vida. No es algo que se añade a la vida ni algo que solo nos hace sentir bien. Es una necesidad básica, porque sin él no podemos vivir. Dios no es algo ni alguien que yo pueda añadir a mi vida: Dios es mi necesidad. Puedes orar así: “Señor, no puedo vivir sin ti; sería como si me asfixiaran. Eres el aire de mis pulmones, mi espíritu, mi mente y mi corazón. No puedo ni quiero vivir sin ti. Que nunca me aparte ni me separe de ti ninguna comodidad, añadidura o distracción, ni tampoco la tristeza o el desánimo. Quiero tener hambre”. Jesús viene por una iglesia hambrienta, no pasiva, que reconoce quién es Dios.

Saciados, no solo aliviados

El ciervo es ágil y astuto, pero se cansa rápido cuando lo persiguen los depredadores. Por eso brama. No es solo un sonido; es un grito desesperado mientras busca las corrientes de agua. El Señor quiere llevarnos a una sed verdadera. No quiere darte alivio; quiere saciarte. Muchas veces buscamos a Dios solo para que alivie los momentos difíciles y las crisis. Pero Dios no quiere aliviarnos: quiere saciarnos por completo. El ciervo no busca aliviarse; busca saciarse.

El ciervo también nada muy bien. Cuando huye de los depredadores, su sudor lo delata: lo huelen y saben dónde está. Por eso se sumerge en el agua, y el olor desaparece. Cuando estés en momentos difíciles, deja de correr de un lado a otro vacío, con sed y con hambre. Busca a Dios y dile: “Señor, no quiero que me alivies; quiero que me sacies”. Así el enemigo no te encuentra, por más que quiera acechar tu vida, tu familia o tu matrimonio. Necesitamos dejar que Dios nos sumerja en su presencia.

Nuestro problema es que buscamos alivio y no saciedad. Pero Dios va a despertar el hambre. En un servicio llegó una pareja. Ella venía con hambre de Dios, buscándolo, y él la acompañaba solo para quedar bien. Al principio la juzgaba y cuestionaba a la iglesia, pero al final dijo: “El problema no lo tiene ella, lo tengo yo, porque ella tiene hambre de Dios y yo no”. Dios va a despertar en ti un hambre genuina, no para aliviarte, sino para saciarte de verdad.

Por eso esta es una invitación a orar. Pídele al Señor Jesús que te perdone por sustituirlo, por reemplazarlo y por acomodarte. Reconoce que lo necesitas y que él es el aire de tu vida. Ábrele tu corazón y reconócelo como tu Señor y Salvador. Pídele que entre en ti, que calme tus tormentas y aquiete las olas, y dale gracias por la vida eterna.

Referencias bíblicas