Hoy vemos la cruz en una cadenita, en tatuajes o en pinturas, y nos parece familiar. En el primer siglo, en cambio, ver una cruz daba terror: era como ver una horca. Era un instrumento de ejecución pública, de muerte, de vergüenza y de maldición. Sin embargo, esa misma cruz se convirtió en el mayor símbolo de la vida, del amor y de la esperanza. Por sí sola no podía darnos absolutamente nada. Fue a través de nuestro Señor Jesucristo y de su sacrificio que una cruz marcó la historia.
Una cruz que cambió de significado
La cruz cambió de significado por la persona que estuvo en ella. No tenía ningún valor por sí misma; lo adquirió cuando Jesús se ofreció como el cordero inmolado. Por eso la cruz es un contraste: lo que era un instrumento de maldición hoy es un símbolo de su gracia. Por ese sacrificio en el Calvario hemos recibido su gracia.
La cruz no es solo un símbolo cristiano. Es el lugar donde todo fue transformado para siempre en la humanidad. Solo hubo una cruz capaz de cambiar la historia, porque solo hubo un Salvador dispuesto a morir por todos nosotros.
El acta que había contra nosotros
Colosenses 2:14 dice que Cristo anuló «el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz». Había un decreto en contra de cada uno de nosotros. En la época romana, cuando crucificaban a un criminal, ponían en lo alto de la cruz un acta donde se leían los pecados que había cometido, sus faltas o la razón de su crucifixión. Esa acta eran nuestros pecados, no los de Jesús. Fueron nuestros pecados los que Él pagó en la cruz del Calvario.
La cruz es el lugar donde la justicia y la misericordia se encuentran. Por eso debemos estar agradecidos y no olvidar que fue en una cruz donde todo cambió y donde Dios nos dio esperanza.
Descansar en la obra terminada
La cruz es un llamado para quienes intentan ganarse el favor de Dios con sus propias obras: te invita a descansar en la obra terminada. No hay una sola obra que pueda salvarnos. Por lindas que sean las obras que hagas, no tienen el poder de salvarte. Ningún esfuerzo humano ni ninguna excelencia pueden lograr la salvación; eso solo ocurrió en una cruz.
Eso no significa que las obras no importen. Hoy podemos hacer obras de fe, y ojalá todos las hagamos, pero como resultado de la obra de la cruz del Calvario, no como un medio para alcanzarla. Ninguno de nosotros puede hacer una obra que traiga salvación. Solo la trae la obra perfecta de Dios a través de su Hijo Jesucristo.
La cruz no fue el final, sino el inicio
Segunda de Corintios lo expresa así: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Dicho de otra manera, Dios tomó a Cristo, que no tenía pecado, y puso sobre Él nuestros pecados para declararnos justos por medio de Cristo.
Versículo clave
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.»
2 Corintios 5:21
La cruz no fue el final de Jesús. Fue el inicio de un nuevo comienzo de esperanza para nuestras vidas. Y la esperanza bíblica no es un deseo incierto: es la confianza firme de que Dios cumplirá absolutamente todo lo que ha prometido, porque sus promesas son sí y amén. Alguien puede no cumplir una promesa, pero Dios jamás dejará de cumplir la suya.
Hay vida eterna; hay eternidad para todos nosotros. A veces eso no nos emociona mucho porque queremos resolver algo temporal: una situación que estamos viviendo o alguna relación. En nuestra humanidad luchamos por temporalizar la Palabra de Dios, por convertirla en algo pasajero, cuando es eterna. Por eso puedes confiar en ella: su Palabra no fallará y Él la cumplirá.
Un lugar de sustitución
Isaías 53 nos recuerda que Él fue herido por nuestras rebeliones y golpeado por nuestras maldades, que sufrió en nuestro lugar y que gracias a sus heridas recibimos la paz y fuimos sanados. La cruz fue un lugar de sustitución. Tú y yo deberíamos haber estado ahí, no Jesús. Él sufrió, tomó nuestro lugar y cargó el castigo que nosotros merecíamos.
Todos andábamos perdidos. No hay una sola persona en el mundo que no estuviera perdida sin el sacrificio de la cruz del Calvario. No teníamos esperanza. A cualquiera le gustaría que, en medio de un problema, alguien le dijera: «Tranquilo, ve a descansar; yo tomo tu lugar». Pero aquí no se trataba de un problema temporal, de una deuda o de un conflicto en una relación. Se trataba de la eternidad.
Un padre solía decirle a su hijo: «Para todo hay solución, menos para la muerte». Cuando conoció a Cristo, le dijo que estaba equivocado: también hay solución para la muerte, y es Cristo Jesús. Hoy ese padre descansa en la presencia del Señor, porque Dios nos ha dado esperanza.
¿En quién descansa nuestra esperanza? Ni siquiera puede descansar en tu cuerpo, porque el cuerpo falla. Debes cuidarlo, pero tu esperanza es Jesús. Antes nos daban calambres por jugar y ahora nos dan por no jugar. Hay quien termina lesionado después de dormir siete horas, como los futbolistas que terminaron tirados en el mundial tras correr 120 minutos. No puedes confiar en este cuerpo porque falla, pero Dios te dice: «Yo no te voy a fallar».
Una cruz, tres sucesos
En una cruz sucedieron tres cosas. Jesús tomó nuestro pecado y nos dio perdón. Tomó nuestra condenación y nos dio libertad, y hoy podemos elegir vivir en libertad. Tomó nuestra muerte y nos dio vida eterna. Eso es para celebrarlo: la obra de la cruz es demasiado grande y maravillosa.
Ese día había tres cruces, pero solo una, por el sacrificio de Jesús, tenía el poder de reconciliar a los hombres con Dios, porque solo en ella estaba el Salvador del mundo. Él es quien lo cambia todo. Cuando Jesús llega a tu vida, la cambia. Seguimos atravesando problemas, sí, pero no los atravesamos igual: tenemos esperanza y recibimos nuevas fuerzas.
La cruz cambió nuestra condición. Antes de ella éramos culpables, estábamos condenados y lejos de Dios. Después de ella somos perdonados, justificados y adoptados como hijos. A veces decimos que estamos esperando ciertas bendiciones, y es cierto que hay cosas que aún no han llegado. Pero la bendición más grande ya la tienes. Si has recibido a Cristo Jesús como tu Señor y tu Salvador, tienes vida eterna, y no hay regalo más grande. Ya hemos recibido lo mejor de Dios para nuestra vida. ¿Cómo no celebrarlo? ¿Cómo no ser agradecidos?
La cruz no es solo para ser salvos. También nos lleva a preguntarle al Señor qué plan tiene para nosotros a través de ella. Deberíamos preguntarnos: ¿qué áreas de nuestra vida necesitamos rendir al pie de la cruz? Todos tenemos áreas que nos siguen golpeando, y nos siguen golpeando porque no las hemos rendido allí. El sacrificio de la cruz tiene poder para seguir limpiando nuestras vidas, pero Dios limpia solo lo que entregamos y sacamos a la luz. Por eso debemos seguir llegando al pie de la cruz a rendir nuestra vida.
La cruz responde: ¿cuánto me ama Dios?
La cruz revela el amor y el corazón de Dios para todos nosotros: Dios te ama demasiado. Romanos 5:8 enseña que Dios nos demostró su gran amor al enviar a Jesucristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores. El amor de Dios no solo se explicó: se clavó en una cruz. Esa fue la demostración de su amor.
Por eso la cruz responde la pregunta: ¿cuánto me ama Dios? Mira la cruz. Te está diciendo: «Te amo. No lo dudes por lo que estás viviendo; ya te he mostrado cuánto te amo». Dios no te lo dice solo con palabras, sino con un sacrificio. En la cruz el amor se encontró con el pecado y se manifestó la gracia de Dios. La cruz no fue un accidente de la historia: fue el centro del plan de Dios, manifestado por su gracia. Su plan es perfecto y nunca ha fallado.
La cruz significa perdón. ¿A cuántos nos cuesta perdonar a veces? En la cruz, «Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes» (Lucas 23:34). La cruz significa también gracia. Al ladrón arrepentido Jesús le dijo: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43). No importa cuánto hayas pecado: su gracia está hoy para ti.
Y la cruz significa victoria. Colosenses 2:15 declara que Cristo, «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz». Qué gran amor nos revela la cruz del Calvario.
Un amor que no se agota
¿Cómo da fruto un matrimonio como pareja y como familia, algo que falta muchísimo aun en los ministerios? Sería fácil engrandecerse y hablar de las herramientas que cada uno traía desde antes de casarse. Es cierto que la Palabra da herramientas, pero la verdad es otra: nuestro amor es tan imperfecto que tenemos que rendirlo al pie de la cruz, y el amor perfecto de Dios es el que renueva nuestro amor día con día. No se trata de cuánto sabes, sino de cuánto te rindes con lo que sabes. Aquí el maravilloso, el grande, el poderoso es Jesús.
Una cruz marcó la diferencia, porque nuestro amor se agota y se cansa. Una pareja de novios con ocho días de relación puede asegurar que su amor es incomparable, que al besarse ve la luna. Dos meses después, la luna ya se ha escondido un poco. Nuestro amor se agota. Pero hay Uno que dice: «Doy mi vida, mi sangre; llevo tus pecados». En esa cruz nos demostró el amor más grande.
Ese sacrificio nos da identidad: una identidad fundada en el amor de Dios, que hace que ya no andes como un mendigo buscando amor. Eso produce relaciones más sanas, aun con tu pareja, porque ya no le exiges lo que no puede darte. No significa que no la ames ni que no sea lo mejor; claro que nos complementa. Pero hay una sola fuente de amor eterno, y se expresó en una cruz.
Jesús no nos amó con frases bonitas ni nos mandó flores, aunque nos ha dado toda su creación. Caminó a la cruz y dijo: «Consumado es». Es como si nos dijera: «Los amo con mis acciones y con mi sacrificio. Tú eres parte de esa sangre que derramé; fue por ti y por tu familia». Por eso tu identidad tiene que estar segura en Cristo Jesús, porque una cruz marcó la historia.
Una cruz que expone el corazón del hombre
En la cruz también quedó expuesto el corazón del hombre. Allí había dos ladrones que tomaron dos decisiones diferentes. Uno, todavía burlándose, le pedía a Jesús que se salvara si de verdad era el Mesías. El otro lo reprendió: ¿cómo podía decirle eso, si Jesús no había hecho nada? Jesús estaba totalmente desfigurado; ¿cómo pudo ese hombre ver que era el Cristo? Solo por una experiencia sobrenatural. Imagina el amor que se estaba derramando en ese lugar, en pleno sacrificio. Uno se arrepintió; el otro se burló.
La cruz no es un hecho histórico para contemplar; es una decisión personal a la que debemos responder. Jesús no los obligó, pero algo empezó a suceder allí. Todos tenemos que decidir qué le diremos a Jesús: «No te quiero en mi vida» o «Sí, te quiero en mi vida». Una cruz, una decisión. Y la decisión que se espera de nosotros es una sola: Cristo Jesús.
Un maestro de teología comentaba que hay iglesias donde se predica sobre la cruz y la resurrección solo una vez al año, en Semana Santa. Pero se trata del sacrificio que llevó nuestra vida a un nuevo nivel, la razón por la que realmente tenemos esperanza. No lo convirtamos en una religión ni en una simple tradición. Llegar al pie de la cruz y rendirnos a Jesús es un estilo de vida.
Qué lindo es contemplar la cruz, pero la cruz nos invita a responder: ¿crees que Jesús es el Cristo, el Mesías? No basta con admirarla ni con decir que el sacrificio fue maravilloso. No debemos admirar la cruz de lejos: debemos rendirnos ante ella y tomar decisiones. Una cruz, una respuesta; un Salvador, una respuesta. Uno de los ladrones murió rechazando a Jesús y el otro, creyendo en Él. Uno habló con duda, cuestionando si de verdad era el Cristo. El otro le dijo: «Acuérdate de mí». Y Jesús se acordó de él, como se ha acordado de nosotros. Ahora la pregunta es para nosotros: ¿cómo vamos a vivir, rechazando o aceptando lo que Jesús tiene para nosotros?
Nuestra respuesta marca la diferencia
La misma cruz, el mismo Salvador y dos respuestas diferentes. La misericordia es para todos; la esperanza es para todos. Entonces, si Jesús ya hizo el sacrificio en la cruz del Calvario, ¿qué marca la diferencia de allí en adelante? Nuestra respuesta. También para tu generación, lo que cuenta es tu respuesta.
No le echemos la responsabilidad a Jesús ni digamos que Él no ha hecho su parte. Hagámonos responsables. Jesús ya derramó su sangre; ahora nos toca responder a ti y a mí. Y aquí está la gran noticia: Jesús ya respondió. Respondió que te ama, que te cuida, que tiene los mejores planes para tu vida, que no hay nadie como Él y que no te dejará jamás. No basta con contemplar la cruz y su salvación: debemos acercarnos a Jesús.
El centurión romano que estaba cerca de la cruz reveló quién era Jesús realmente. El ladrón, en cambio, revela quién soy yo: lo que he hecho en mi vida y cuánto necesito su gracia. Simón de Cirene no dijo nada, pero tuvo que ayudar a Jesús a llevar la cruz. Eso también nos deja un mensaje: la cruz no se trata solo de lo que dices, sino de lo que estás dispuesto a llevar y a hacer en su Reino.
Toma tu cruz cada día
No vivas dejando la cruz atrás. Jesús nos invita en Lucas 9:23: «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». ¿A quiénes? A todos. La invitación es para todos.
Versículo clave
«Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.»
Lucas 9:23
Una cruz nos invita a tomar una decisión: seguir a Jesús. Pero para seguirlo tendrás que morir a ti mismo, negarte a ti mismo. Puede sonar a renunciar a algo que te gusta mucho, pero se trata de algo que te destruye. Todo lo que está fuera de su voluntad y de su plan perfecto agota nuestras vidas y las paraliza.
Ahora bien, no se trata de cargar pecados: tú y yo no podemos cargar los pecados de nadie, ni siquiera los nuestros. Hablamos de la cruz a la luz de la resurrección. Tomar tu cruz significa que Jesús tiene un llamado para tu vida, y que para seguirlo tendrás que rendir tu voluntad y seguir la suya. Y es cada día, no cada mes. Tampoco confundas tu cruz con las consecuencias de tus malas decisiones: si no elegiste bien, eso es una consecuencia, no tu cruz. Es como si Jesús te dijera: «Vamos, toma tu cruz y sígueme; tengo planes para ti. No va a ser fácil, pero va a ser glorioso».
La cruz que tú mismo te has puesto, la de tu propia voluntad, es demasiado pesada. La de Jesús tiene propósito, gloria y poder. No basta con admirar la cruz: Jesús nos llama a tomarla y a seguirlo. Negarnos a nosotros mismos nos cuesta un poco más, pero a eso nos llama.
Una cruz que transforma nuestra identidad
Una cruz vino a redefinir nuestra manera de pensar. En ella no solo somos salvados: también se transforma nuestra manera de vivir. La cruz no es solo el lugar donde Jesús murió. Es una invitación abierta a todo el mundo, a todo aquel, sin importar los errores que haya cometido.
La cruz no solo cambia tu destino eterno, que ya es maravilloso; también te da una identidad en Cristo Jesús. Somos hijos, tenemos Padre y somos herederos de un Dios todopoderoso. Fuimos adoptados. Nosotros creemos tener buenos planes, pero los planes de Dios son muy superiores.
Primera de Pedro 2:24 enseña que Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo a la cruz para que pudiéramos ser libres del pecado y vivir de la manera correcta, y que por sus heridas fuimos sanados. La cruz nos muestra la gravedad del pecado: todas las maldiciones cayeron sobre Él. Dios aborrece el pecado porque destruye tu vida y la mía. Pero por ese sacrificio hoy podemos ser libres y elegir algo diferente. No se trata de independizarnos para hacer lo que queramos, sino de que el pecado ya no gobierne nuestras vidas. Hoy podemos decidir vivir en libertad.
Locura para unos, poder de Dios para nosotros
Primera de Corintios 1:18 enseña que la palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los que somos salvos es poder de Dios. ¿Todavía te preocupa lo que dicen los demás? Para uno de los ladrones la cruz era locura; para el otro fue el mejor día de su vida. Hace más de dos mil años una cruz lo cambió todo, y hoy tenemos una oportunidad.
Esta verdad nos anima, pero no es un ánimo que dependa de una emoción, sino de una verdad. Que la verdad nos emocione es algo diferente. El mundo ofrece muchas filosofías, religiones y caminos, pero hay solo una cruz, una resurrección, un Dios verdadero y un Cristo. No es que la filosofía sea mala; el problema es cuando la conviertes en un dios en tu vida.
Algo hermoso de la cruz es que, frente a ella, todos estamos al mismo nivel. Puede haber personas con uno o dos títulos, con maestrías, millonarias o con cargos como pastor o apóstol. Aunque la lista de sus logros diera para diez minutos, al pie de la cruz todos somos iguales, porque el mismo Dios nos salvó a todos. Para Él no hay diferencias.
Aun cuando no tomamos las mejores decisiones, Él las respeta. Jesús no vino solo a mejorar tu vida: vino a darte una vida nueva. El Señor no repara nuestra vida, la restaura; hace algo totalmente nuevo.
Consumado es
Tres cruces, un Salvador, dos ladrones, una multitud, un centurión y una decisión que sigue vigente después de más de dos mil años. Esa cruz sigue diciéndonos: «Te sigo amando, derramé mi sangre por ti, tengo lo mejor para ti. No pierdas más el tiempo: ríndete a mí». Entre los dos ladrones no había diferencia de distancia; los dos estaban igual de cerca de Jesús. La diferencia fue que solo uno se rindió a Él.
Juan 19:30 relata: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu». Consumado es significa que la obra quedó completa, que la deuda quedó pagada y que no hay nada que el ser humano pueda añadir a la salvación. Solo Él da salvación, solo Él levanta, solo Él da vida.
Por eso hoy es tiempo de tomar la cruz, sobre todo si la has soltado. Jesús no está jugando: quiere cambiar nuestra vida, darnos una vida nueva, y quiere que lo sigamos. Para eso necesitamos negarnos a nosotros mismos y tomar la cruz cada día. Habrá días que no serán fáciles, pero Él está contigo. Hay días difíciles con Jesús o sin Jesús; la diferencia es que con Jesús estás en su voluntad, y en ella también nos sorprenderá lo que el Señor tiene para nosotros.
La diferencia no fue la distancia entre cada ladrón y la cruz de Jesús: fue su respuesta. Su presencia está disponible para todos, y la pregunta es qué vamos a responder. Cuando muchos se apartaban, Jesús les dio a sus discípulos la libertad de irse también, y fue Pedro quien contestó que no había adónde ir, porque solo Él tiene palabras de vida. Esa es la respuesta a la cruz: «Heme aquí, Señor».
¿Qué necesitas llevar al pie de la cruz?
Detente y medita: ¿a qué tienes que negarte? ¿Qué necesitas llevar hoy al pie de la cruz? ¿De qué has creído que el Señor no puede liberarte? Él sí puede liberarte; solo necesita una respuesta de nuestra parte. Habla con Él. Él ya hizo el sacrificio, tiene lo mejor para ti y su plan es perfecto.
Tal vez hay áreas de tu vida a las que no has estado dispuesto a renunciar, cosas que estorban y no te dejan ser un reflejo de Cristo. Recuerda que la cruz se toma cada día: Jesús te invita a decidir cada día seguirlo. Es una decisión que solo tú puedes tomar; Dios no va a decidir por ti. Solo tú puedes acercarte a Él y decirle: «Señor, perdóname, he fallado. Sé que no quieres solo mejorar mi vida, sino darme una vida nueva». Esa oportunidad está delante de ti, y tú decides si la tomas o no.
Tomar la cruz y seguirlo es permitir que Él nos forme y lleve nuestra vida al nivel al que quiere llevarla: que el carácter de Cristo esté en nosotros, con su amor, su bondad y su presencia incomparable. Es también un tiempo para dar gracias porque Él es digno de toda adoración, porque nos demostró su amor en la cruz, porque tomó nuestro lugar, por tanto amor inmerecido y por su misericordia. Podemos darle gracias incluso por los familiares que han partido, porque sin Él no tendrían esperanza, y los volveremos a ver. Gracias porque tenemos vida eterna, porque hoy podemos elegir no pecar y porque nos ha liberado de aquello de lo que no podíamos liberarnos con nuestras fuerzas.
Lo que era un símbolo de vergüenza hoy es un símbolo de salvación, de honor y de sacrificio. Si hoy quieres responder a ese amor, puedes hacerlo con una oración sencilla: pídele perdón a Jesús por tus pecados, dale gracias por tomar tu lugar en la cruz del Calvario y por liberarte, y ábrele tu corazón para recibirlo como tu Señor y tu Salvador. Porque en una cruz todo cambió.
Referencias bíblicas
- Colosenses 2:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 5:21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 53:5–6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 5:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 23:34 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 23:39–43 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 23:43 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Colosenses 2:15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 23:26 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 9:23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 2:24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 1:18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 19:30 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 6:67–68 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


