Cada día tomamos muchas decisiones, muchas elecciones. Pero hay una elección que transforma todas las demás: buscar a Dios y ponerlo primero en nuestra vida. ¿Cuántas veces una mala elección ha desatado una cadena de malas elecciones? Esta elección hace lo contrario: desata una serie de buenas elecciones.
Él nos eligió primero
En Juan 15:16, Jesús dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca». Imagina que alguien a quien admiras y que creías inalcanzable te llama y te dice que tú eres la elegida. Cualquiera se emocionaría. Pero quien nos eligió no es una persona imperfecta: es Dios. Es como si nos dijera: «Tú no elegiste que yo diera mi sangre; yo elegí darla para salvarte y transformar tu vida».
Cuando de niños se escogían equipos para jugar, a algunos nunca los elegían, porque cada capitán quería a los mejores. Pero Dios, conociendo todas nuestras imperfecciones y errores, nos eligió sin dudarlo, y nos puso en el mundo para que demos fruto. Qué desafío y qué privilegio. Cuando el fruto del Espíritu se manifiesta en nosotros, lo prueban nuestros hijos, nuestro cónyuge, nuestros amigos, la iglesia y quienes no conocen a Cristo. Tu testimonio puede predicar sin palabras, solo con hechos, y la gente dirá que quiere de ese fruto. Entonces podrás decir que no lo produjiste solo, sino el Dios que te eligió por su misericordia.
Es un fruto que permanece. Quien hace mucho ejercicio ve resultados en su cuerpo, y es bueno, porque le ayudará a vivir mejor la vejez; pero con los años el músculo va desapareciendo. El fruto del que habla Jesús no se daña: permanece para siempre. Lo que produjiste económicamente un día ya no lo podrás disfrutar, pero lo que testificaste de Cristo permanece.
Jesús añade que todo lo que pidamos al Padre en su nombre, él nos lo dará. Hay que tener cuidado con cómo se enseña esto. No significa «pide lo que quieras y Dios te lo dará», para después frustrarnos y hacer berrinche cuando no nos da la casa que queríamos. Es en su nombre, en relación con él y en su voluntad. Si no te dio aquel negocio que querías hace años, quizá hoy no estarías vivo. ¿Quién dijo que el evangelio es ser millonario? El evangelio es estar en la voluntad de Dios. Dios puede añadirte, y puedes soñar y pedirle lo que quieras, pero lo que no te ha dado tiene una razón, y él te tiene guardado en su voluntad y sabe el momento.
Tú debes elegir responderle
Dios te eligió, pero tú debes elegir responderle. Si él no nos hubiera elegido, no podríamos elegir algo diferente para nuestra vida. Es tan importante que él nos haya elegido como lo que nosotros elegimos a partir de su elección. Él eligió libertarnos, pero tú eliges mantenerte en esa libertad. Él eligió salvarnos, y ahora nosotros elegimos seguirlo. Jesús dice: «Venid en pos de mí», y tienes la libertad de elegir. Antes no podíamos elegir la libertad, porque estábamos muertos en delitos y pecados; hoy podemos elegir diferente. La madurez espiritual se demuestra cuando nuestras elecciones cambian. Y no elegir también es una decisión.
Deuteronomio 11:26 dice: «He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición». Y Deuteronomio 30:19: «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia». Una sola decisión de obediencia bendice nuestra vida y la de nuestra descendencia. Aun quien está soltero puede elegir hoy la bendición para su descendencia. Dios pone delante la vida y la muerte, aconseja elegir la vida, pero la elección es nuestra. Nadie podrá decir que no tuvo la oportunidad.
Versículo clave
«Escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.»
Deuteronomio 30:19
Deuteronomio 30:15 dice: «Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal». Todos vivimos momentos distintos y no todo nos sale bien, pero en medio de lo que no sale bien podemos elegir. Por más presión que venga, elige la vida.
Gedeón tuvo que elegir
Toda persona enfrenta momentos en los que debe elegir, y Gedeón tuvo que decidir si le creería más a sus circunstancias o a lo que Dios le decía. Jueces 6:11 relata que el ángel de Jehová vino y se sentó debajo de la encina de Ofra, que era de Joás abiezerita, y su hijo Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar para esconderlo de los madianitas. El lagar era para las uvas, pero la persecución era tan fuerte que los madianitas arrasaban con las cosechas, y Gedeón estaba escondido, pasando un momento muy difícil.
El ángel se le apareció y le dijo: «Jehová está contigo, varón esforzado y valiente». Gedeón respondió con sus circunstancias: si Dios estaba con ellos, ¿por qué les había pasado todo eso, y dónde estaban los milagros que contaban sus padres? Su familia era pobre, él era el menor y los madianitas los acechaban. Tú también puedes elegir creer que Dios está contigo, aunque las circunstancias te hagan creer lo contrario. Aunque hayas estado enfermo, Dios está contigo. La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Tú eliges creer lo que ves o lo que Dios dice.
Dios le estaba diciendo: «Yo te elegí y estoy contigo». ¿Valiente, si estaba escondido? Es como si le dijera: «Ya te elegí; ahora elígeme. Déjame entrar en tu cobardía y en tu debilidad. Ya te veo valiente y esforzado». Dios entra en nuestras debilidades, pero solo si elegimos rendirnos delante de él y tener la humildad de reconocerlas.
Todos somos débiles. Cuando se habla de mujeres u hombres inquebrantables, la verdad es que nos quebramos muy fácilmente. Solo hay uno inquebrantable. No necesitamos que nos suban ni que nos bajen, sino reconocer que solo él lo es, para que el día que nos quebremos no vivamos con culpa. Pablo decía que se gozaba en sus debilidades, porque cuando era débil, el poder de Cristo reposaba sobre él, y entonces era fuerte. Dios veía a Gedeón como libertador, y así ve a cada uno de los que ha elegido: como libertadores en su generación.
Tu identidad debe nacer de la voz de Dios, no de tus inseguridades. Cada vez que tenemos un desafío grande delante, brotan nuestras inseguridades: «Soy pobre, soy el más pequeño, ¿dónde están los milagros?». Y Dios le dijo: «Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas». Es como decirle: «Enfócate. Estás usando tu fuerza y tus pensamientos para lo que no te los di». Hay cosas que no puedes elegir, pero sí puedes elegir enfocarte y creerle a Dios en medio de las inseguridades.
Antes de una mejor temporada, el Señor tiene que romper ciclos que se repiten en nosotros, porque vamos de gloria en gloria, y para eso debemos cambiar la manera en que nos vemos. Veámonos como Dios nos ve. Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lugar equivocado, pero el problema no era el lagar: era su mente, su corazón, el lugar donde había puesto su fe, en sus recursos y en lo que lo rodeaba. Dios lo iba a sacar de allí, pero necesitaba que tomara una elección: elegirlo a él por encima de sus inseguridades.
Primero derribar, después construir
Jueces 6:25-26 relata que esa misma noche Jehová le dijo a Gedeón que tomara un toro del hato de su padre, el segundo toro de siete años, que derribara el altar de Baal que tenía su padre y cortara la imagen de Asera que estaba junto a él, y que edificara después un altar a Jehová su Dios en la cumbre de aquel peñasco, en lugar conveniente, y ofreciera el toro en holocausto con la madera de la imagen que había cortado. Primero, derribar; después, construir. Tenía que elegir despojarse de toda idolatría que no bendecía su vida y elegir a Dios por encima de los dioses falsos, porque eran los dioses falsos, no el Dios verdadero, los que los habían metido en esos problemas.
Dios le pidió derribar el altar de Baal antes de enfrentar a los madianitas. Es la elección de romper con el pasado y con las maldiciones generacionales. Quizá algo es una tradición en la familia, pero es diabólico. Podemos bendecir a nuestros padres y a toda esa generación, pero elegimos a Dios, y si Dios dice que no es correcto, no lo es. Nuestros hechos no cambian hasta que elegimos reconocer que nos hemos equivocado. Esos ídolos falsos quieren que dependas de ellos para que no elijas al Dios verdadero como tu fuente.
Hay batallas que nunca ganarás afuera mientras sigas alimentando adentro lo que destruye tu vida. La primera batalla de Gedeón no era militar, sino espiritual: derribar en el altar lo que Dios no quería en sus generaciones. Todos tenemos cosas que derribar, y vamos descubriendo otras conforme la verdad de Dios llega a nuestra vida. Elige la santidad antes que la victoria. Dios iba a usar a Gedeón para libertar al pueblo, pero primero lo libertó a él. Las elecciones que tomamos hoy determinan las victorias de mañana. Hay una frase que dice: «El pecado deja de ser un chiste cuando lo ves en tus hijos».
Depender de Dios y no de los recursos
Jueces 7:2 dice que Jehová le dijo a Gedeón que el pueblo que estaba con él era mucho para que él entregara a los madianitas en su mano, no fuera que Israel se alabara contra él diciendo: «Mi mano me ha salvado». Gedeón tenía treinta y dos mil hombres, y Dios los redujo a trescientos. Le estaba diciendo: «Elige depender de mí y no de tus recursos». Dependamos de Dios, no de los recursos que el mismo Dios nos ha dado, para que nunca pensemos que fue por nuestras fuerzas, dones, talentos o dinero. La victoria sería una demostración del poder de Dios, no de la fuerza humana.
Necesitamos desafíos en los que solo Dios pueda llevarnos, porque así nunca dudaremos de que fue él, y siempre le daremos la gloria: «Esto fue tan grande en mi salud, en mi vida y en mi economía que solo Dios pudo hacerlo». La fe siempre implica confiar más en Dios que en nuestras capacidades. Dios no necesita que tengamos más recursos; necesita un corazón que decida confiar en él. Elegir entre la fe y el miedo, entre la obediencia y la comodidad, entre nuestras fuerzas y Dios. Gedeón no cambió el destino de Israel cuando recibió el milagro de que un ángel le hablara, sino cuando tomó una decisión: eligió creerle y confiar en Dios. Brotaron todas sus inseguridades, pero ya no lo dirigían ellas, sino Dios.
Trompetas y cántaros
Los trescientos tomaron provisiones y trompetas, Gedeón envió a los demás a sus tiendas, y el campamento de Madián estaba abajo, en el valle. Las armas que recibieron fueron trompetas y cántaros. Imagina a sus esposas preguntando para qué llevaban el cántaro a la guerra. Para tocar la trompeta se necesitan dos cosas: alguien que sepa dónde poner las manos y que controle la respiración. Dios le estaba enseñando algo profético a Gedeón: «No necesitas treinta y dos mil; ve con trescientos. Tú eres demasiado valioso para mí. No es la trompeta: tú eres mi instrumento más valioso». Dios hasta usó un sueño de un enemigo para que Gedeón supiera que vencerían: él usa aun a nuestros enemigos como quiere.
Romanos 8:29 enseña que a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Dios ya había elegido a Gedeón. Pero durante años Gedeón había estado en las manos equivocadas: había dejado que su mente fuera a todas partes, diciéndose que no valía, que no servía y que Dios los había abandonado. El enemigo nos habla de baja autoestima y nos lleva a un diálogo interno que destruye.
Dios nos dio regalos: la mente, la imaginación, la fe. Y muchas veces se los entregamos al enemigo y le damos la materia prima durante años. Es tiempo de recuperar los regalos que Dios nos ha dado y quitarle al enemigo lo que nunca debió estar en sus manos. Tu mente te la dio Dios, no para que la llenes de pornografía o de una adicción, sino de sus promesas para ti y tus generaciones. Tienes que recuperar tu imaginación para lo que Dios te la dio. Efesios dice que tomemos el escudo de la fe, con que podamos apagar todos los dardos de fuego del maligno. Esos dardos van a llegar, pero podemos preguntarnos si ese pensamiento es bueno, agradable y perfecto; si no lo es, no es de Dios.
Y la trompeta necesita viento. Tú eres ese instrumento, y Dios quiere respirar en ti. Pon tu vida en las manos correctas, las de Dios, no las del enemigo. No permitas que lo que has vivido defina tu identidad. Deja que el Espíritu Santo sople en ti. Y el cántaro, al romperse, dejaba ver la antorcha encendida adentro. El enemigo puede quebrarte, pero no puede vencer al Dios que hay dentro de ti, que te vuelve a levantar; en él somos más que vencedores. Tenemos que quebrarnos y rendirnos delante de Dios para que brille la luz de aquel que nos eligió.
Desechar lo malo y escoger lo bueno
En Filipenses 1:9-10, Pablo ora para que el amor abunde más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprueben lo mejor y sean sinceros e irreprensibles para el día de Cristo. ¿Quieres ver cómo se aprende a elegir? Isaías 7:15 dice del Mesías: «Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno». Con cada palabra que recibimos, aprendemos a elegir. Si estás inseguro ante una decisión, lee la Palabra. Es tiempo de desechar lo que no permite que lo mejor de Dios se manifieste en nuestra vida, no mañana, sino hoy.
Josué 24:15 dice: «Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová». Nuestras preferencias no están por encima de la voluntad de Dios. Si quieres servir al dinero, a ti mismo o a tus deseos, es tu elección. Pero Josué ya había elegido. No sé qué elijan los demás; yo sé qué elijo para mí y para mi familia. No importa lo que elija este mundo: yo decido elegir a Dios.
Versículo clave
«Pero yo y mi casa serviremos a Jehová.»
Josué 24:15
Desechemos la falta de compromiso con Dios. Una elección transforma todas las demás. Si eliges a Dios y su palabra, cambiarán tus elecciones sobre quién será tu pareja, sobre tu economía y sobre todo lo demás, porque elegirás su voluntad por encima de todo. Puedes decirle: «Señor, perdóname por los regalos tan valiosos que me diste y que puse en manos del enemigo. Por eso solo pensaba en los madianitas y en que no valía nada; por eso le di el primer lugar a mis inseguridades. Pero hoy se termina. No me dirigen las inseguridades, sino tú. Te elijo a ti, que estás por encima de toda adversidad».
Donde pones a Dios primero, ese lugar se convierte en un altar: en tu casa, en la oficina o en el hospital. Y donde hay un altar, Dios es primero; no la enfermedad, ni la escasez, ni el orgullo, ni las inseguridades, y todo lo que a Dios no le agrada tiene que quemarse. Pídele al Espíritu Santo que sople sobre ti y te convierta en su instrumento. Y la elección más importante es confesar a Jesús como Señor y Salvador. Si ya lo hiciste, puedes recordarlo; si no, este puede ser el día: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Hoy te recibo como mi Señor y mi Salvador. Hoy te elijo como mi Dios».
Referencias bíblicas
- Juan 15:16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Deuteronomio 11:26 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Deuteronomio 30:19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Jueces 6:25–26 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Jueces 7:15–22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Josué 24:15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


