Dios no solo nos llamó a caminar en su propósito: también nos hizo una invitación. Por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo, nos encontró por su gracia y nos sentó a su mesa. Pero esa invitación trae un desafío. Quien la acepta queda invitado a participar en el plan de Dios invitando a otros. Recibir la gracia y compartirla es el corazón de lo que significa ser embajadores del reino.
Un llamado a caminar y, mejor aún, a correr
En Efesios 4:1, Pablo escribe a la iglesia mientras está preso por causa del Señor. Aun en esas circunstancias, la anima a salir y caminar por el camino al que Dios la llamó. Mejor aún, a correr. No quiere que nadie se quede de brazos cruzados ni que deambule por un camino que no lleva a ninguna parte.
Vivir fuera del llamado de Dios es justamente eso: recorrer caminos que no llevan a ninguna parte. No importa la casa que tengas ni el carro que conduzcas, el camino termina en el mismo lugar y siempre queda un vacío, porque solo el llamado de Dios puede llenarlo. Cuando piensas que con una casa más grande por fin tendrás plenitud, en realidad estás buscando otra cosa: el llamado y el propósito de Dios. Por eso no conviertas los medios en un fin. Eso no lleva a ninguna parte.
Pablo también explica cómo recorrer ese camino. Pide hacerlo con humildad y disciplina, con constancia y no a ratos, entregándonos unos a otros en actos de amor. Esto habla de comunidad y del amor que debemos tenernos.
El mismo pasaje deja claro que entre nosotros habrá diferencias. Puede ser con alguien a quien apenas conoces o con quien está más cerca de ti, como tu esposa o tu esposo. Pablo pide estar atentos a las diferencias y ser veloces para resolverlas, porque eso es madurez, y somos la iglesia de Cristo. Una diferencia sin resolver puede amargarte o hacer que no sigas avanzando en el llamado de Dios.
Todos fuimos llamados, no solo el pastor ni quienes están al frente. Todos fuimos llamados a recorrer el mismo camino en la misma dirección, así que debemos permanecer unidos por fuera y por dentro. Si hay diferencias, resolvámoslas, porque tenemos un propósito y un llamado juntos, como iglesia. Eso debería llenarnos de gozo: no estamos solos, somos parte de la iglesia de Cristo.
La invitación de la reconciliación
A ese llamado se suma una invitación de parte de Dios, y con ella llega el desafío de invitar a otros. En 2 Corintios 5:18, Pablo dice que todo esto es un regalo de Dios, que nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Esto debe quedarnos claro: Jesús nos reconcilió con el Padre. Pero la salvación no consiste solo en escapar del pecado. Consiste en pertenecer a Dios y vivir para él.
El mismo versículo dice que Dios nos dio la tarea de reconciliar a la gente con él. Solemos asociar la palabra «tarea» con el colegio o la universidad y con la queja de que nos dejen trabajo todo el día. Esta tarea, en cambio, es inigualable. Da gozo y alegría, aunque también implica una responsabilidad. Es como si Dios nos dijera: «Te voy a hacer partícipe de mis planes».
Pablo continúa diciendo que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, sin tomar más en cuenta el pecado de la gente, y que nos entregó a nosotros este maravilloso mensaje de reconciliación. ¿A quién se lo entregó? A la iglesia. A cada uno de nosotros.
Versículo clave
«Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.»
2 Corintios 5:18–20
Embajadores de un reino eterno
Por eso somos embajadores de Cristo, y Dios hace su llamado por medio de nosotros. Muchas veces leemos esto y decimos amén, pero ¿entendemos lo que significa ser embajadores? Si ahora mismo entrara el embajador de una nación importante, todos lo comentarían. Y sin embargo no nos damos cuenta de que somos embajadores de un reino incorruptible, jamás vencido, eterno y todopoderoso.
Piensa en lo que pasa cuando tramitas una visa y vas a un consulado o a una embajada. Al entrar a la embajada entras al territorio de ese país, aunque el edificio esté en el tuyo. Dentro de esa embajada estás en territorio de esa nación.
Dios nos dice: «Tengo un regalo para ustedes. Los voy a reconciliar conmigo por medio de mi Hijo». Envió a Jesús porque estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Pero no se quedó ahí: ahora tenemos un llamado y nos usa como embajadores. Adonde llegues, algo mejor tiene que suceder, porque ese lugar es territorio del reino. Por eso Dios nos quiere humildes y constantes. No quiere que seamos una persona con los amigos y otra en la iglesia. Quiere embajadores.
Billy Graham compartió el evangelio en dos ocasiones con la reina de Inglaterra, y sus cruzadas de evangelismo y de milagros eran impresionantes. Tenía tanta gracia que uno de los canales más importantes de su país le dijo que la gente lo quería tanto que podría ser el próximo presidente de la nación más poderosa del mundo. Le preguntaron si le gustaría. Él respondió: «Jamás. No podría rebajar mi posición».
El problema es que nosotros sí rebajamos nuestra posición. Tienes una posición inigualable que no te da ninguna conexión humana. Solo puedes obtenerla por la sangre de Cristo, y ni tu esfuerzo ni el de nadie puede lograrla.
El reino es muy distinto de lo que solemos pensar. Si eres embajador, tú eres quien invita. Eres quien bendice, quien inspira, quien va al frente. Dios te ha prosperado en todas las áreas de tu vida, y por eso eres de inspiración: sirves a los demás y no te sirves de ellos. Eso es ser un embajador de Dios.
Atrévete a hablarle a la gente de Jesús
Hay lugares que se consideran tierra dura, donde cuesta muchísimo que alguien reciba a Cristo porque hay influencias de todo tipo menos las de Dios. En un lugar así, un creyente tomó un Uber y se sentó adelante. El conductor era un africano de un metro noventa.
El conductor le dijo que era ateo. El creyente empezó a contarle su testimonio, y Dios le dio sabiduría para hablarle durante todo el trayecto. Al final del recorrido, después de unos cincuenta minutos, ya estacionados, aquel hombre estaba recibiendo a Cristo Jesús.
Hay que romper las estructuras que el mismo pueblo de Dios tiene. ¡Cuántas excusas hay en nuestra mente! Pero la cosecha está lista, y hay que invitar a la gente a Jesús. Somos embajadores de Cristo.
Quien sabe que es embajador del Rey no se deja intimidar por alguien de un metro noventa ni de dos metros. Sabe que el que va con él es más grande, y que Dios está con él en ese lugar. Atrévete a hablarle a la gente de Jesús.
Hablamos en nombre de Cristo cuando le rogamos a la gente que vuelva a Dios. Por eso necesitamos humildad para hablar con las personas. No podemos decir «Jesús te ama» y, si alguien no quiere escuchar, pensar «que se quede así, que se vaya al infierno». Necesitamos humildad, porque Dios también nos tuvo paciencia.
Dios hizo que Cristo, que nunca pecó, fuera la ofrenda por nuestro pecado, para que pudiéramos estar en una relación correcta con él por medio de Cristo. Cada vez que hablas de Cristo, te respalda una ofrenda: la propia vida de Jesús. Hay un pacto de sangre que nos da autoridad para hablar de él.
Dios nos buscó primero
La Palabra dice que Dios nos demostró su amor: «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito». Dios nos buscó primero, y ahora estamos invitados por su gracia. La gracia de Dios nos encuentra y nos hace dignos: todo el que recibe a Cristo queda dignificado. Es la invitación más importante de la historia, la invitación a reconciliarnos con él por medio de Jesucristo. Y quien la acepta queda invitado también a participar invitando a otros. Así está diseñado su reino.
Ninguno de nosotros llegó a Cristo por mérito propio. Dios tomó la iniciativa y nos llamó cuando estábamos lejos. Esto vale también para el apóstol, el pastor, el evangelista o el profeta: nada de eso ha sido por sus fuerzas. Por eso a los hombres de Dios puedes honrarlos, bendecirlos, amarlos y orar por ellos, pero no idolatrarlos, porque nuestras fuerzas no pueden hacer absolutamente nada. Es Dios quien nos permite hablar de su Palabra.
Estamos en el ministerio de la reconciliación, que consiste en volver a la gente hacia Dios y no en desviarla hacia nosotros. Nunca olvidemos de dónde nos sacó Dios. Recordar su gracia nos mantiene humildes y agradecidos. Ahora mismo hay alguien esperando tu invitación de parte de Cristo.
Un espectáculo que quita el aliento
En Romanos 10:14–15, Pablo plantea una serie de preguntas. ¿Cómo puede la gente pedir ayuda si no sabe en quién creer? ¿Cómo sabrá en quién confiar si nunca ha oído hablar de él? ¿Cómo escuchará si nadie se lo dice? ¿Y cómo se lo dirán si nadie es enviado? Por eso la Escritura exclama: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!»
Versículo clave
«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!»
Romanos 10:14–15
Algunos partidos de fútbol nos parecen espectaculares y otros no, pero esa es nuestra opinión. El cielo nos dice cuál es el espectáculo que quita el aliento: alguien hablando de Jesús, alguien que lo conoce invitando a quien todavía no lo conoce. ¿Cómo van a saber si nadie les predica? En el cielo es un espectáculo cuando alguien se convierte a Jesús.
Cuando se hace el llamado a recibir a Cristo, muchos pensamos «ya se acabó, me voy». Pero si hay que elegir entre perder una reservación para cenar y perderse ese momento, la decisión es clara: es preferible perder la reservación antes que dejar de sorprenderse porque alguien recibe a Cristo.
Si te asombra que alguien se levante sano de una silla de ruedas, recuerda que el mayor milagro es la salvación eterna. Si cuando alguien pasa a recibir a Cristo te da igual, tenemos que revisar nuestro corazón. Quizá dejaste que se endureciera, y ya no es para ti un espectáculo que te quita el aliento. Que alguien vaya a ser salvo y tenga vida eterna es algo enorme, pero lo hemos minimizado. Cuando alguien recibe a Cristo, ese debería ser para ti el momento cumbre del servicio, porque estamos haciendo la obra que Dios nos mandó hacer.
Quizá ese milagro no se vea físicamente en el momento: solo vemos a alguien que pasa al frente a recibir a Jesús. Pero esa persona está pasando de muerte a vida, y lo que Dios hace en cada uno de nosotros no tiene comparación.
Uno a uno
¿Quién les va a predicar para que escuchen? ¿Habrá alguien que se levante? ¿Quién te habló a ti de Jesús? Muchas veces todo comienza con una sola invitación: la de una mamá, la de una pareja que cuida a otros. Nadie imagina lo que Dios va a hacer a partir de ahí. Ni siquiera podemos imaginar lo que Dios puede hacer por medio de cada uno de nosotros si aceptamos su llamado.
No necesitas un púlpito ni predicarle a una multitud. Se trata de uno. De una persona a la vez.
Hay personas que parecen difíciles o indiferentes, y pensamos: «Este jamás se va a acercar a Dios». Puede que esa persona esté muy lejos de tu alcance, pero no está lejos de la gracia de Dios. Dios te va a usar, pero la gracia es de él. Por difícil que sea, ora y deja que la gracia de Dios se manifieste a través de tu vida.
Estás invitado al plan de Dios, y no podemos menospreciar esa invitación. Dios podría anunciar el evangelio por medio de ángeles, y quizá lo harían mejor que nosotros: si se le aparece un ángel a alguien, cae de rodillas en el acto. Sin embargo, decidió usar a personas comunes. Es un gran honor. Significa que cada persona tiene un propósito que cumplir en el plan de Dios. Dios no solo nos invita a recibir la salvación: nos invita a ser parte de su plan de salvación.
En Mateo 28:18–20, Jesús se acerca a sus discípulos y les dice que se le ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Los envía a formar en este estilo de vida a todos los que encuentren, cerca o lejos. Les pide bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñarles a practicar todo lo que él mandó. Y promete estar con ellos día tras día mientras lo hacen, hasta el fin. Jesús no dijo que fueran solo los pastores: es un llamado para todos sus hijos. El discipulado es un estilo de vida, y necesitamos seguir creciendo en la Palabra.
Andrés fue invitado a seguir a Jesús, y lo primero que hizo fue llamar a su hermano Simón Pedro y llevarlo a Jesús. Felipe buscó a Natanael y lo invitó a ir y ver por sí mismo lo que Dios estaba haciendo. Esos hombres impactaron el mundo, y empezaron con uno.
Cuando Jesús cambia tu historia, tu historia se convierte automáticamente en una invitación. Dios quiere glorificarse de tal manera en tu vida que tú mismo te conviertas en una invitación.
De invitada a quien invita
Jesús invita a quien nadie espera. Llegó junto a un pozo, se sentó y le pidió de beber a una mujer samaritana. Ella se extrañó de que un judío le pidiera agua a una samaritana. Jesús le habló del don de Dios y del agua que él podía darle, y cuando ella mencionó que aquel pozo era de su padre Jacob, Jesús le mostró que la verdadera fuente de agua estaba frente a ella. Luego le pidió que llamara a su marido. Ella respondió que no tenía, y Jesús le dijo que tenía razón, porque había tenido cinco y el que tenía ahora no era su marido. Era una mujer que necesitaba el amor de Jesús, y Jesús mismo la invitó. Ella salió corriendo al pueblo y empezó a decirles a todos que había conocido al Cristo, al Dios que había llenado y transformado su vida.
Esa es la figura de la iglesia: nosotros éramos esa samaritana. Recibimos una invitación, y ahora es tiempo de invitar a las personas a Jesús. A veces no podemos predicarle a una multitud, pero sí a una persona.
Hoy algunos jugadores predican a Cristo con su testimonio cuando se arrodillan o se inclinan, mientras la iglesia, acomodada, se limita a comentar lo que hizo uno u otro. Es bonito contar los testimonios de otros, pero Cristo tiene un testimonio en el que quiere glorificar su gracia contigo, porque a ti también te llamó. Dondequiera que estés, Dios te está llamando y te pide una invitación. A uno.
Cuando el invitado se convierte en embajador, su misión es llevar el mensaje de esperanza a su familia y a sus amigos. No se trata de proponerse alcanzar a cien personas esta semana. Se trata de salir un poco del egoísmo y la comodidad. Samaria era un desierto, y hoy también hay un desierto: el de quienes más necesitan en este mundo y tienen sed de Cristo. Recuerda que el agua viva y la gracia son de él; tú solo las llevas. Piensa en uno, ora por uno e invítalo para compartirle el plan de Cristo para su vida.
Cuando lleguemos al cielo, descubriremos que una invitación cambió la eternidad de alguien. Gracias a Dios, quienes nos evangelizaron y nos llamaron no renunciaron. Qué hermoso es tener a alguien que te enseña, y qué hermoso es dejar que te enseñe.
La gran cena: todavía hay lugares vacíos
Lucas 14 nace de una escena concreta. A Jesús lo invitaron a cenar en casa de un fariseo, y allí observó cómo se comportaban los invitados. Algunos buscaban los primeros lugares, no para estar cerca, sino para aparentar que estaban cerca de Dios. Entonces uno de los invitados exclamó que era dichoso quien pudiera comer en el reino de Dios. Ese comentario dio pie a que Jesús contara la historia de un hombre que organizó una gran cena e invitó a muchos.
Cuando llegó la hora, el hombre envió a su siervo a decir a los invitados que vinieran, porque la comida estaba servida. Ese es el corazón de Dios, que sigue buscando personas y tiene un banquete preparado para tu vida. Ese banquete es como su Palabra, sus planes y su propósito. Jesús venía de una cena que no tenía propósito, y con esta historia le dio propósito.
Fíjate en un detalle: el hombre llamó a su siervo. Ese siervo es la iglesia de Cristo. Somos hijos de Dios, pero hijos que sirven a Dios. La misión de la iglesia no es convencer a la gente de venir a un edificio, sino extender la invitación para sentarse a la mesa de su gracia. Reunirnos como iglesia es maravilloso, pero la iglesia somos nosotros.
Todos los invitados comenzaron a poner excusas. Uno dijo que acababa de comprar un campo y tenía que ir a verlo. Otro, que había comprado cinco yuntas de bueyes y quería probarlas. Otro, que acababa de casarse y no podía ir. Muchos rechazaron la invitación, y eso no ocurre solo en aquel tiempo, sino también hoy. Construimos lo que llamamos evangelio con nosotros mismos en el centro, y solo miramos y anhelamos nuestras bendiciones. Pero en el centro del evangelio debe estar Cristo. Somos cristocéntricos, no «berrinchecéntricos».
No se trata de decirle a Dios: «Yo soy el soberano y tú mi colaborador; quiero casa, moto, bicicleta, viajes». Se trata de decirle: «Tú eres el soberano, y yo soy siervo, hijo y colaborador de los planes perfectos que tienes para mi vida». Él es el soberano y nosotros cooperamos con él. Qué bueno es saber que Jesús está en el centro de nuestra vida.
El siervo volvió y le contó a su amo lo que le habían dicho. El amo se enojó y le ordenó ir rápido, porque había urgencia, a las calles y callejones de la ciudad, e invitar a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. Después de hacerlo, el siervo le informó que todavía quedaba lugar. Jesús estaba hablando con judíos, y esos cojos y ciegos nos representan a nosotros, los gentiles, que hoy somos parte de su pueblo por una sangre. Los primeros menospreciaron la invitación, así que el señor mandó a buscar a los gentiles en las calles para que su casa se llenara. Hay propósito en tu vida y para tu vida.
Los que iban a ser traídos eran indigentes, personas consideradas indignas. Tú y yo éramos indignos por el pecado. Cuando el siervo les hablaba de una gran cena, pensaban: «¿Cómo voy a ir yo?». Les daba vergüenza, como a nosotros nos daba vergüenza que nos invitaran a una iglesia o a un grupo. Pero el siervo les decía: «Vamos. Todavía no conoces a este Señor. Él te quita la vergüenza». Ese Señor no ve la marca que llevas. Ve el corazón dispuesto de alguien que quiere cenar con el Rey de reyes, el Señor de señores, el Dios todopoderoso.
Todavía había lugares vacíos, así que el amo le dijo al siervo que fuera por los caminos y detrás de los arbustos y que insistiera a cualquiera que encontrara para que viniera y la casa se llenara. Ninguno de los primeros invitados probaría su banquete. Algunas versiones dicen «insísteles» y otras «fuérzalos», pero no se trata de forzar a nadie. El sentido es insistir con amor y con urgencia. Todavía hay lugares vacíos en la mesa, y el Señor nos está hablando. Dios no se rinde cuando le decimos que no.
Piensa en uno
Hoy puedes detenerte y pensar en alguien que necesita a Jesús. Pídele al Espíritu Santo que te traiga a la mente a una persona, solo una. Dale gracias a Dios por salvarnos, por invitarnos a un reino inquebrantable y por llamarnos a ser parte de él.
Cuando solo pensamos en nuestras necesidades y no en las de alguien más a quien podríamos bendecir, no maduramos. Hay cosas que perseguimos que Dios quiere añadirnos sin que tengamos que perseguirlas. A veces, cuando pasamos por momentos difíciles, alguien más también está sufriendo. Si oramos por esa persona y le levantamos los brazos, es impresionante cómo Dios nos levanta los brazos a nosotros.
Esta invitación también es para ti. Si nunca has recibido a Jesús, y aun si ya lo recibiste, este puede ser un momento especial entre tú y Dios, sin distracciones. Puedes decirle con sencillez: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Hoy te recibo como mi Señor y mi Salvador. Hoy me reconcilio contigo». Esa es la invitación más importante de la historia, y una vez que la aceptas, estás invitado a compartirla.
Referencias bíblicas
- Efesios 4:1–4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 5:18–21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 3:16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 10:14–15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 28:18–20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 1:40–46 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:7–29 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 14:7–11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 14:15–24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 5:18–20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


