EN Oración
Serie Historia

La mejor historia: Jesús redime y reescribe nuestro pasado

Dios no borra tu historia, la redime. Como hizo con Rut y con la mujer adúltera, Jesús restituye lo perdido, reescribe tu vida con gracia y te invita a decidir entrar en la mejor historia.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
45 min

Hay historias que terminan en vacío. Eclesiastés 2:18 recoge el lamento de alguien que llegó a aborrecer todo lo que había logrado y acumulado en esta tierra. Es una historia muy triste: pensar que la plenitud estaba en los logros y un día descubrir que los odias. Todo lo que logres sin el propósito de Dios lo terminarás odiando, porque te deja vacío. En cambio, todo lo que tiene eternidad cobra un propósito verdadero en tu vida.

Esa no tiene que ser tu historia. No llegarás al final de tus días diciendo “odio lo que logré”. Al contrario, le darás gracias a Dios por todo lo que lograste, porque reconocerás por quién lo lograste: por la mejor historia, Jesús en nuestras vidas. Gracias a ella, tú y yo tenemos la oportunidad de que nuestra historia sea diferente.

Una historia escrita antes de que nacieras

Señor, no quiero la historia que yo creo que sería la mejor, sino la que tú dices, la que escribiste antes de que yo naciera. Tu historia ya está escrita, y te pido algo: no la interrumpas. El enemigo puede hablar lo que quiera y puede levantarse, pero no puede borrar ni detener tu historia. El único que puede interrumpirla eres tú, cuando la tomas en tus propias manos y pretendes ser el autor de tu propia historia.

Nuestro Señor Jesucristo es la historia que cambia todas las historias, la mejor de todas. Es la historia perfecta con gente imperfecta, y todos tenemos historias imperfectas. Para entrar en la historia perfecta necesitas reconocer que eres imperfecto, como lo somos todos. Es una historia de salvación que da dirección a nuestra vida y que nos llama a reconocer que necesitamos tomar decisiones y que necesitamos la mejor historia en nuestras vidas.

El Dios que vino a buscarnos

Jesús es la mejor historia porque vino a buscarnos. No se aferró a nada de aquello a lo que tenía derecho, porque el verdadero amor no reclama sus derechos: los rinde. Nuestro amor, en cambio, es demasiado imperfecto y quiere exigir: “No me parece, porque yo tengo estos derechos”. Jesús rindió los suyos, y por eso no hay mejor historia que la de Él.

La mejor historia no es la de una persona que encontró a Dios, sino la de Dios que vino a buscarnos. Siempre nos ha buscado, desde Génesis hasta Apocalipsis. Lo que importa no es cuántas veces nos ha buscado, sino cuántas veces hemos cerrado nuestro corazón para no dejar que Aquel que nos busca nos dé dirección y nos haga parte de la mejor historia. Todas las historias de la Biblia apuntan a una sola: al Mesías. La mejor historia tiene poder para reescribir la nuestra, que muchas veces no ha sido la mejor, pero que hoy puede cambiar por completo. Dios no quiere solo historias nuevas, sino las mejores historias.

Dios restituye y redime lo que pasó

Esta es la historia que redimió todas las historias, porque tenemos un Dios que restituye. En Joel, el Señor promete devolver los años que consumieron la oruga y la langosta. Es como si dijera: “Soy el Dios que puede restituirte. ¿Perdiste esto? Deja de intentar recuperarlo con tus propias fuerzas”. Nos cuesta hablar de confianza, pero Él nos pide que confiemos en que es el Dios que restituye.

Deja de perder tu tiempo queriendo recuperar lo que te amargó. ¿Y qué tal si, en lugar de amargarte por lo que no obtuviste, le ofreces a Dios lo que sí tienes: tu adoración y tu corazón, que es de donde emana la vida? En lo natural parece una locura, pero Dios puede restituirnos, porque Él tiene las mejores historias sin importar lo que hayas perdido. Deja esa historia de amargura y entra en la mejor historia de restitución.

Versículo clave

«Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó.»

Eclesiastés 3:15

Dios reescribe historias. Eclesiastés 3:15 declara que aquello que fue ya es, que lo que ha de ser fue ya, y que Dios restaura lo que pasó. Dios no borra tu historia: la redime. Es como si nos dijera: “Yo sé todo lo que ha pasado y lo que ha de ser; solo confía”. Y cuando respondemos: “Señor, he perdido demasiado tiempo, ¿qué voy a hacer?”, Él contesta: “No te preocupes, eso ya pasó, pero aún puedo restituir lo que ibas a vivir en ese tiempo”.

Es cierto que cargamos consecuencias de las malas decisiones que tomamos. Pero este pasaje nos muestra que Dios es soberano sobre el tiempo y la historia. Salomón nos enseña lo que ocurrió y lo que está ocurriendo: que nuestro Dios es todopoderoso, que restaura lo que pasó y que puede traer redención a nuestra vida. Redimir significa rescatar, liberar, recuperar algo pagando un precio muy alto, y ese precio fue de sangre. Él lo pagó todo por ti y por mí; no nos quedemos fuera de esta historia.

¿Te equivocaste? Es tiempo de darle lugar a la mejor historia. El Señor nos dice: “Aun el tiempo que perdiste lo voy a redimir, y te voy a sorprender en los años que están por venir dentro de la mejor historia, la que siempre escribí y siempre tuve para ti”.

Rut: de la pérdida a la redención

Rut era moabita, y Moab era un lugar menospreciado, donde el pecado sexual y la degeneración eran altísimos. Que dijeran de alguien que era moabita era casi un insulto. Rut se casó con uno de los hijos de Noemí y de Elimelec, pero murieron el esposo de Noemí y sus dos hijos, entre ellos los esposos de Rut y de Orfa. Es una historia de pérdida que también habla del origen de la persona, porque Dios quiere dejar algo bien claro: el origen de tu historia no determina su final. Es como si dijera: “Yo pagué por un final diferente; necesito que confíes en mí”.

Noemí les pidió a sus nueras que regresaran a Moab. Aunque ella tuviera marido y diera a luz hijos, ¿iban ellas a esperar a que crecieran para casarse con ellos? En ella ya no había futuro. Orfa decidió regresar: le dio un beso a su suegra y se fue. Las razones pesaron más que el principio y el fundamento en su vida. Cuando te dejas llevar por la razón, por sentir que tienes la razón, olvidas que tu origen explica parte de tu historia, pero no determina lo que Dios tiene para tu vida.

Rut nunca imaginó que sus pasos de obediencia la llevarían a caminar dentro de la mejor historia. Nuestra obediencia sí cuenta. Mientras Orfa le dio la razón a su suegra, Rut le respondió: «a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré». Y añadió: «Donde tú murieres, moriré yo». Imagina decirle eso no a la persona de la que estás enamorado, sino a tu suegra. ¡Es una locura! Es un pasaje fuerte.

Pero hay gente que ve más allá de las razones. A Rut le estaban diciendo: “No te puedo dar hijos, en mí ya no hay nada; regresa a los dioses falsos”. En la vida hay pasos de obediencia fundamentales en los que no te apoyas en las razones que te da esta vida, sino en los principios que Dios dice. Rut podía ver mucho más allá de la situación que vivía: veía el propósito de Dios para su vida. Era como si dijera: “Aquí hay una historia mejor que la que estoy viviendo; esto solo es un capítulo”.

No renuncies en el capítulo difícil por lo que estás sintiendo ni por las razones que tienes en tu mente, porque Dios tiene mucho más esperando por ti y por mí. Tus pasos son importantes. Tu fidelidad de hoy puede bendecir a tu generación mañana; tus generaciones están esperando tu fidelidad a Dios y a lo que Él te ha prometido. Dios está esperando una generación valiente.

Rut también le dijo a Noemí: «tu Dios mi Dios». Ni siquiera se atrevía todavía a llamarlo su Dios: era el Dios de Noemí. ¡Pero qué visión tenía! Su suegra estaba amargada, ella misma lo dijo, y aun así Rut no se quedó en eso. Era como decirle: “Estás pasando un momento difícil, pero el Dios a quien he decidido seguir, a pesar de las razones que me das, es el Dios que tú me enseñaste. Sé que hay un propósito, que Dios nos va a sorprender y que esta no es la historia para mi vida: viene la mejor historia”.

Booz, el pariente redentor

Rut llegó a la tierra de Booz, un hombre rico, amable con sus trabajadores y de principios. Pero no solo eso: en la Biblia representa la figura del pariente redentor. La protegió, le dio identidad y redimió su historia. Eso es lo que Jesús hace hoy con nosotros. Para Rut fue la oportunidad de salir de Moab.

También nosotros tenemos áreas que todavía están en Moab, áreas que no nos permiten vivir la mejor historia, y debemos salir de ahí. Vivir la mejor historia no significa que todo te va a salir bien (a Rut no todo le estaba saliendo bien), sino seguir la voluntad de Dios en nuestra vida. Eso implica revisar los malos hábitos, la mentalidad estancada, las malas influencias y esa vieja identidad que debe ser cambiada y renovada.

Esta es una gran noticia: nadie está fuera de la mejor historia, la de Jesús. Solo tú puedes decidir salirte de ella. Rut pasó de ser la mujer que venía de Moab a ser parte del reino de los cielos: se casó con Booz y entró en la historia de Jesús. El reino es de los violentos, y los violentos lo arrebatan. No se trata de gritar, sino de ser violentos en la decisión y en los pasos de obediencia, de los que se meten en la historia. Tienes que meterte en la historia.

¿Y qué pasó con Orfa? Por supuesto que Dios también tenía la mejor historia para ella, pero le dio un beso y se fue. Rut no se despidió con un beso. Valen menos los besos que las acciones de lealtad: no basta con decir “te amo” o “te quiero”; lo que cuenta es estar contigo en los momentos de muerte y de vida, en los más difíciles.

Rut se casó con Booz y tuvieron a Obed; Obed fue padre de Isaí, e Isaí fue el padre de David. Así, Rut entró en la genealogía de nuestro Señor Jesucristo, la mejor historia. Dios redimió la historia de una mujer por la que nadie habría apostado nada. A Dios no le asustan las historias rotas. Al contrario, está dispuesto a restaurarlas, y hasta le dio el nombre de Rut a un libro de su Palabra. Ese es el Dios que tenemos: el que convierte una historia rota en la mejor historia.

No le intimidan los capítulos rotos. Si hoy llegas roto, recuerda que todos hemos estado rotos y que seguimos rotos en algunas áreas. Ni siquiera quien sirve como pastor está exento, porque también es humano. Dios quiere cambiar y transformar esas áreas rotas. La mejor historia no es la de una persona que nunca cayó, sino la de quien dejó entrar a Jesús a su vida y tomó la decisión de obedecerle y seguirle.

La mujer adúltera: de la condenación a la gracia

Juan 8 relata cómo los escribas y los fariseos llevaron ante Jesús a una mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio. La pusieron de pie a la vista de todos y le recordaron a Jesús que Moisés, en la ley, mandaba apedrear a tales personas, y le preguntaron qué decía Él. Buscaban tenderle una trampa para que dijera algo con lo que pudieran acusarlo.

Eran expertos religiosos. Aquel pueblo cumplía rituales, pero no tenía una relación con Jesús. También nosotros somos rápidos para hacer rituales, en las iglesias y en todas partes, y para idolatrar las formas. Por eso Dios nos lleva constantemente a una nueva gloria y va rompiendo formas: para que no las idolatremos ni nos aferremos a ellas, sino a Él. Cuando nos aferramos a las formas, cuando pensamos que todo tiene que hacerse ahora como hace ochenta años, nos convertimos en religiosos, mientras Dios quiere hacerlo de otra forma.

Jesús se inclinó y escribió en tierra con el dedo. Como ellos insistían en acusarlo, se enderezó y les dijo: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella». Luego volvió a inclinarse y siguió escribiendo en tierra. Imagina lo que pensaba esa mujer. No estaba a punto de ser maltratada: estaba a punto de morir apedreada.

Son esos momentos de pausa. Si en tu historia hay pausas, no te desesperes, porque Jesús no está ausente: está escribiendo la mejor historia para tu vida. Dos veces se inclinó para escribir. Diversos historiadores relacionan este pasaje con Jeremías 17, donde se habla de que los que se apartan de Dios serán escritos en el polvo, y algunos creen que Jesús escribía los nombres de los acusadores, como diciéndoles: “Están lejos de mí”. Hay veces en que el Señor guarda silencio contigo y conmigo, pero está ocupado en nuestra vida, reescribiendo la mejor historia.

Al oír esto, se fueron uno tras otro, comenzando por los más viejos, y la mujer quedó sola. Son los momentos decisivos entre tú y Dios. Nadie más puede tomar la decisión por ti: ni el pastor, ni tu jefe, ni un líder, ni un apóstol. Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?». Ella respondió: «Ninguno, Señor». Y Jesús le dijo: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más».

La piedra que edifica

Aquella fue una historia de pecado y vergüenza, pero mira cómo la trató la mejor historia. ¿Quién estaba libre de pecado para lanzar la primera piedra? Solo uno: Jesús. Él era el único que podía lanzarla, y su Palabra dice que Él es la piedra angular. El mensaje de Jesús era: “Bienvenida a la mejor historia. Ellos querían ponerle fin a tu vida y a tu historia con una piedra; con esa misma piedra yo he decidido poner un fundamento nuevo en tu vida y redimir tu historia”.

Esa piedra no es para destruirte, sino para reedificar y construir tu vida. Te ha hecho falta fundamento: no religioso, sino bíblico; no de acusación, sino de formación. Los hombres querían terminar su historia con piedras; Jesús la reescribe con gracia. No importa cuál sea tu nombre ni cuál sea tu pecado: la gracia de Dios está aquí, y Jesús sigue escribiendo las mejores historias a partir de los peores pecados y de los peores errores.

Una gracia para aprovecharla

Jesús reescribe la historia con gracia, pero también dice: “Sigue tu camino y, de ahora en adelante, no peques más”. Es decir, tendrás que decidir no pecar más, porque la gracia de Dios no es para estancarnos en el pecado. Dios puede perdonarnos todos los días, incluso el mismo pecado, pero las consecuencias las cargamos nosotros y nuestras familias. La gracia es para aprovecharla, para decir: “Hoy avanzo”. Pablo afirmaba que la gracia de Dios no había sido en vano en él, y eso es una decisión personal.

La gracia nos levanta del pecado y nos perdona. Pero Jesús deja claro que en el camino la responsabilidad será tuya: tú decides si pecas o no. Su gracia te perdona, te sana y te liberta, pero eres tú quien decide seguir su Palabra en el camino, en su gracia, en su favor y en lo que Él tiene para tu vida. Si le dices: “Quiero seguir en mi historia”, Él responde: “Sigue; mañana te espero con la mejor historia”. O puedes decidir quedarte en la peor historia. Con tus pasos decides si le obedeces o no.

Le pedimos a Jesús que nos liberte y luego volvemos a lo que nos ata. Parece una locura, pero pasa, y hay decisiones que debemos tomar. Su gracia es para aprovecharla, no para menospreciarla; no es un permiso para vivir en pecado toda la vida. Ya traemos un pecado desde el día en que nacimos, pero Jesús nos invita a no vivir en pecado y a no volver a aquello que nos llevó a donde estamos. Eso es aprovechar su gracia.

La pregunta no es si la gracia de la mejor historia está hoy aquí, sino si la vamos a aprovechar, y esa decisión le toca a cada uno. El fracaso puede ser un capítulo de tu historia, pero no tiene que ser el título de tu vida. Aunque se repita mil veces que Jesús es la mejor historia, y es verdad que Él tiene la mejor historia para tu vida, eso no significa que tú quieras estar en esa historia de redención, de perdón y de una nueva vida.

La verdad que nos va haciendo libres

Se levanta una generación que no es perfecta, pero sí dispuesta. Cuando la verdad y la Palabra de Dios llegan a su vida, dice: “Señor, no sabía que esto era pecado; perdóname, te ofendí”. Muchas veces seguimos pecando por ignorancia, pero la Escritura afirma: «la verdad os hará libres». Cada vez que recibes su Palabra, Dios te liberta de algo. A veces confirma lo que ya dejaste atrás, y otras te muestra algo que todavía está en tu vida y en lo que necesitas crecer.

Necesitamos seguir creciendo, porque la verdad nos hace libres y todavía no conocemos toda la verdad. La verdad es Cristo, y Él se va revelando en nuestra vida, porque es la mejor historia para cada uno de nosotros. Cuando Jesús entra en escena empezamos a vivir la mejor historia: una con capítulos difíciles, pero con finales gloriosos, capítulos que tú no podías resolver y Dios sí. No podías salir de ese adulterio, pero Dios lo hizo; no podías salir de esa adicción, pero Dios lo hizo. Permite que Él escriba la mejor historia.

Dios no escribe capítulos vacíos

Dios no escribe capítulos vacíos: donde Él llega, todo lo llena. Si el enemigo se mueve muchas veces con tanta facilidad en nuestra vida, es porque hay demasiado lugar vacío. Por eso la Palabra nos llama a ocuparnos de las cosas de arriba, para que el enemigo tenga poco lugar donde llegar con duda y con afán, y para que lo identifiques de inmediato y le digas: “Estoy más lleno de lo que me sostiene que de aquello con lo que quieres hacerme dudar”. Es un asunto de espacio en nuestra vida, en nuestros pensamientos, en nuestra alma y en nuestro espíritu.

Dios envía su Palabra, y esta no vuelve a Él vacía, porque tiene que cumplir el propósito para el que fue enviada. Dios cuida y vigila su Palabra: si la envía a alguien y esa tierra no está disponible, busca otra, porque alguien tiene que recibirla. Y aquí hay algo curioso: si la Palabra no regresa vacía, llena tu vida; pero quien no la recibe se queda vacío, porque es una semilla que da vida.

Por eso no puedes distraerte mientras recibes la Palabra. Necesitas poner toda tu atención, porque a través de la Palabra se están sembrando semillas. La Palabra no puede regresar vacía: es un mandato de Dios. Sé tú la buena tierra que queda llena de esa Palabra, y no quedarás vacío. No hay capítulos vacíos, a menos que tú decidas no recibir su Palabra.

Una nueva vida que nace por dentro

2 Corintios 5:17 nos lleva a mirar hacia el interior: todo aquel que está en Cristo tiene un nuevo comienzo y es creado de nuevo; la vida vieja desaparece y surge una vida nueva. Fíjate en que no habla solo de quien lo ha recibido, sino de quien está en Él. Habla de nuestro interior: algo sucede y desde adentro surge una vida nueva. Para la mejor historia necesitamos vida nueva, y la pregunta es si le estamos dando espacio a la Palabra para que en cada uno de nosotros obre el poder que ella produce: la creación de una vida nueva.

La mejor historia no es de fama, likes ni éxito. No es de logros, sino de entrega. Es contraria a este mundo, porque pertenece al reino de los cielos, y se trata de entrega porque Jesús lo entregó absolutamente todo por nosotros. La mejor historia empezó con amor y termina con amor, un amor que no se desvanece. Jesús no terminó en la cruz por accidente, sino por amor.

La mejor historia pasó por el sacrificio, y Jesús nos invita: “¿Quieres ser mi discípulo? Toma tu cruz y sígueme”. Habrá sacrificio, pero será glorioso. Hay cosas de tu historia que tú puedes resolver, pero cuando te enfrentes a muchas que no puedes, tendrás que doblar tus rodillas y entregarle tu historia a la mejor historia, porque será algo tan grande que solo Dios puede hacerlo en tu vida.

El capítulo más doloroso, el más poderoso

El capítulo más doloroso de la humanidad terminó siendo el más poderoso. Sin Dios, el dolor nos amarga; en Dios, aun el dolor tiene un propósito muy grande. Nuestro Señor Jesús cargó con el dolor, pero no se amargó, y ese dolor tuvo propósito. Recuérdalo: el capítulo más doloroso terminó siendo el más poderoso de la mejor historia.

Versículo clave

«puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.»

Hebreos 12:2

Hebreos 12:2 nos llama a poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. ¿No quieres que tu historia se desvíe? No desvíes tu mirada del autor. Él es el mejor autor, y en Apocalipsis 22:13 declara: «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último». Hasta Apocalipsis trae buenas noticias para quienes confiamos en Él: Él lo es todo para nosotros, el principio y el fin. La historia termina en victoria, como solo nuestro Dios sabe hacerlo: Él convirtió una tumba en jardín.

Dios puede darte propósito desde los lugares más rotos. Rut pasó de la pérdida a la esperanza; la mujer adúltera, de la condenación a la gracia; Pedro, de negar a Jesús a ser uno de los líderes más grandes de la iglesia; y Pablo, antes conocido como Saulo, de perseguir a la iglesia a ser uno de los predicadores más queridos. Así es Dios cuando terminas en la mejor historia, en su voluntad.

Jesús no se ha rendido contigo

Jesús no se rinde, ni contigo ni conmigo. Tal vez en un matrimonio uno de los dos ya siente que no aguanta más y no sabe qué hacer. Aun así, Jesús no se ha rendido. Recuerda la higuera de la parábola: el dueño ordenó cortarla, pero el hortelano intercedió y pidió un año más para intentarlo. Jesús intercede así por ti y por mí: “Déjame una vez más”.

Imagina que te ponen un bufé con tu comida favorita: tú decides si te sirves o no. Lo mismo pasa con la mejor historia, que está en toda la Palabra: tú decides. La responsabilidad es tuya y también mía; no es de Jesús, es nuestra. Se trata de renunciar a nuestra historia y dejar que Jesús empiece a escribir en la tierra la mejor historia de todas, una historia de redención, de perdón y de misericordia.

Jesús nos habla a todos: “Hijo, hija, hay cosas que te están destruyendo. Mi gracia es para que la aproveches para crecer, para madurar, para ser mi discípulo”. No es tiempo de jugar, sino de crecer y madurar. Cuando, tontamente, intentamos arrebatarle la pluma a Jesús, vemos el desastre que resulta de escribir nuestra propia historia. Y es que la tinta de Jesús es de sangre, y Él es quien puede cambiarlo todo.

Si estás enfermo, Él puede sanarte. Si te sientes abandonado, Él puede llenarte. ¿Te sientes menospreciado? Él te aprecia. ¿Sientes que nadie te perdona porque has mentido mucho? Él te cree. ¿Crees que tu matrimonio ya no tiene salida? Dios escribe un nuevo tiempo con su sangre. Él es digno de que le demos gracias y lo adoremos, porque de la pérdida Él restituye y es un Dios justo, bueno y fiel.

Una confesión para comenzar y para seguir

La Palabra dice que el que confiese que Jesús es su Señor será salvo. Hoy esa confesión es doble. Si aún no has recibido a Jesús, puedes pedirle perdón por tus pecados, abrirle tu corazón y confesarlo como tu Señor y tu Salvador, para que la mejor historia comience en tu vida. Y si ya lo has recibido, es tiempo de seguirle y de ser apasionado por Él, porque Jesús nos sigue salvando: es un proceso, no un día.

Referencias bíblicas