EN Oración
Serie Historia

Marca la historia: usa tu libertad para transformar otras vidas

El evangelio nunca fue un proyecto individual. Descubre cómo una invitación, una bendición compartida y una libertad bien usada pueden marcar la historia de alguien más.

Predicador
Raúl Rosenberg
Publicada
Duración
46 min

Dios ya está escribiendo tu historia. Cuando miramos hacia atrás, descubrimos que muchas veces lo ha hecho por medio de personas que puso en nuestro camino: amigos, pastores y líderes que nos ayudaron a levantarnos en distintas etapas de la vida y que siguen marcando nuestra historia. Todos los que llegamos a la casa de Dios venimos porque necesitamos algo. Necesitamos Palabra, necesitamos su presencia, algo que irrumpa en lo cotidiano y nos llene. Pero en medio de esa necesidad también hay una responsabilidad: cada uno de nosotros puede marcar la historia de alguien más.

El evangelio nunca fue un proyecto individual

Hay una verdad que a menudo pasamos por alto: el evangelio nunca fue diseñado para ser un proyecto individual. Piensa, por ejemplo, en el deseo de llegar a ser algún día un abuelo que sea bendición para su familia y no una carga. Para llegar a ser abuelo, primero hay que ser esposo y luego padre. Y en medio de esos procesos, si siempre nos acercamos a Dios buscando un beneficio y una bendición, es muy fácil que nos volvamos egoístas.

Dios nos ama, pero no nos quiere así, pensando únicamente: ¿cuál es mi beneficio?, ¿qué puedo sacar yo de esto? La responsabilidad va más allá. Jesús mandó a ir y hacer discípulos, y esa no fue una instrucción para unos cuantos escogidos, sino una dirección general para todos. Además, al ser discípulos, también recibimos bendición.

Cuando Dios ha transformado una vida, ha restaurado un matrimonio, ha librado de adicciones y sigue obrando en muchas áreas, nace un deseo encendido de que la familia y los amigos que aún no conocen a Cristo lo conozcan algún día. Después de tantas bendiciones y de tantos milagros internos y externos, es por agradecimiento que queremos que otros reciban lo que nosotros hemos recibido. Hay tres maneras en que podemos marcar la historia de alguien más.

Una invitación cambia una historia

En Juan 1:42 leemos que Andrés llevó a su hermano Simón para que conociera a Jesús. Jesús lo miró fijamente y le dijo que, aunque se llamaba Simón, sería llamado Cefas, que quiere decir Pedro. Parece algo simple: una invitación, un quiero llevarte a este lugar, quiero que escuches este mensaje. Parece algo básico y cotidiano, pero no lo es. Andrés no sabía que esa invitación cambiaría para siempre el rumbo de su vida y la de su hermano. Era algo más grandioso de lo que jamás imaginó.

Podemos imaginar esa conversación: Simón, te tengo que presentar a alguien. Ven conmigo y escucha lo que acabo de escuchar. No te imaginas cómo me siento. Andrés no llegó con credenciales. No le mostró un contrato recién firmado ni un estado de cuenta que probara que algo había cambiado. La única evidencia que pudo mostrarle a Simón fue su pasión, algo que había cambiado dentro de él.

Posiblemente Andrés seguía teniendo los mismos problemas que antes de escuchar a Jesús, pero se le habían olvidado. Tenía la necesidad de llevar a su hermano consigo y mostrarle lo que había escuchado. Cuando el mensaje llega a lo más profundo de tu corazón, no puedes evitar invitar a alguien más.

Andrés amaba a Simón; era su hermano. Pero ¿a cuántas personas amamos y todavía no les hemos hablado de Jesús? Es posible que en tu trabajo, en tu colonia o en tu universidad ni siquiera sepan que te acercas a Jesús los domingos. Invitar no es fácil. De muchos que invites, pocos te dirán que sí. Pero con uno basta para cambiar la historia de alguien más.

Imagina la transformación de Andrés. Empezó por dentro y luego se notó en su forma de hablar y de reaccionar. Siendo hermanos, quizá compartían la misma crianza, los mismos retos, los mismos problemas y el mismo ejemplo, pero había algo diferente en él. Lo mismo ocurrirá contigo: la gente empezará a ver algo diferente en ti. Tal vez te pregunten: ¿Sigues con tus problemas financieros? Y quizá la respuesta sea que sí. ¿Entonces por qué estás así de contento? Porque quiero contarte de alguien que acabo de conocer, que está escribiendo mi historia y va a escribir la tuya. Esa es la actitud de reino.

Vale la pena procurar siempre, a veces con mucha pasión y otras con menos, invitar a alguien a la iglesia y a los grupos en casa, y hablarle a la gente de Jesús incluso cuando se viaja. Una invitación puede llegar en el momento menos pensado. En un concurso de comer sandía, un hombre empezó a comer tan rápido que se atragantó. Quien lo auxilió, entre los nervios, le aplicó una maniobra hasta que salió el pedazo atorado. Cuando el hombre se volteó, lo primero que escuchó fue una invitación: ¿Quieres venir a mi grupo el miércoles? Puede parecer ridículo, pero hoy ese hombre tiene su propio grupo, predica, evangeliza y su vida cambió.

Hoy también hay gente atorada, pero no con una sandía: está estancada emocional y espiritualmente, y necesita a alguien que la ayude a salir de ese estancamiento. Quien auxilió a aquel hombre no era experto en primeros auxilios, pero sabía qué hacer. Andrés tampoco era experto en Jesús, pero tenía pasión, y eso es lo único que necesitas. Andrés no sabía que esa invitación traería la aventura más increíble para su vida y la de su hermano. Con una sola invitación puedes cambiar la vida de alguien más.

Comparte la bendición

Más adelante vemos la nueva vida de Simón, ahora Pedro. Hechos 3:1–10 relata que Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, a las tres de la tarde. Junto a la puerta llamada la Hermosa estaba un hombre cojo de nacimiento, al que cada día dejaban allí para pedir limosna. Cuando les pidió dinero, Pedro, con Juan, fijó en él los ojos y le dijo: «Míranos». El hombre los miró esperando recibir algo.

Versículo clave

«Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.»

Hechos 3:6

Pedro lo tomó de la mano derecha y lo levantó. Al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza; se puso en pie de un salto, comenzó a caminar y entró con ellos al templo andando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo reconoció como el hombre que pedía limosna en la puerta la Hermosa y se llenó de admiración y asombro.

Qué interesante es ver a Pedro replicando lo que un día hicieron por él: llevar la buena noticia. Tú no sabes si la persona a quien le hablas de Jesús esta semana mañana podrá hacer milagros o ver familias restauradas. Pedro pasó de pescador de peces a pescador de hombres; su historia había cambiado. Aquí vemos a dos hombres que comparten lo que tienen. Pedro y Juan tenían algo más valioso que el oro y la plata: tenían el Espíritu Santo y tenían Palabra.

Tal vez aquel hombre había descubierto que, sentado allí, inmóvil, lograba tocar el corazón de las personas y recibir una moneda o algo de comer. Por eso ese era su lugar de siempre. Lo llevaban allí desde pequeño, y Hechos 4 indica que tenía más de cuarenta años. Muchas veces también escogemos quedarnos tirados en lugares donde Dios no nos quiere, porque creemos que con las obras es suficiente. Pero Dios tiene algo más grande para ti, para tus hijos, para tus generaciones y para tu familia. No te acomodes ahí.

¿Qué hicieron Pedro y Juan por él? Primero, lo miraron fijamente. La verdadera ayuda comienza por ver a la persona. Es momento de poner atención a los demás, no solo a lo que tú necesitas, sino a lo que necesitan tus hijos o tu cónyuge. ¿Y qué necesita todo el mundo? A Dios: el evangelio, a Cristo, la salvación. No sabes cuántas personas cerca de ti necesitan que las voltees a ver.

Hay gente en tu casa que está desesperada por tu atención. Es fácil que, por estar ensimismados, dejemos de ver a nuestra familia, al ministerio y nuestro propósito, y pensemos solo en lo que nosotros necesitamos.

Segundo, no pusieron excusas. No se necesitan recursos económicos para impactar vidas. Pedro no tenía plata ni oro, pero dio lo que tenía. A veces ponemos excusas para no estar disponibles, pero lo que tienes hoy es suficiente para marcar la vida de alguien más.

Dios no busca gente preparada, sino gente dispuesta. Si Jesús hubiera querido a los más preparados, habría sacado gente del Sanedrín, gente instruida y leída. Pero buscó a los heridos, a los marginados, a lo vil y menospreciado, y con ellos cambió la historia de muchas personas. No esperes estar completamente preparado para servir a tu familia. Muchos jóvenes dicen que les da miedo comprometerse y prefieren estar bien económicamente antes de casarse. Si esa es la meta, nunca vas a estar lo suficientemente preparado.

Dios usa lo que tienes a tu disposición. Quizá pienses que no puedes predicar, pero tu tiempo, tu atención, tu fe y el mensaje que transmites son suficientes cuando se entregan con amor. Muchas personas pueden pararse a predicar, pero la iglesia es la que está ahí para escuchar. No necesitas ser predicador, tener un ministerio o años de teología para escuchar a alguien, conocer sus necesidades y decirle: Tranquilo, yo no puedo ayudarte, pero te voy a llevar a un lugar donde sí te van a ayudar. Estemos dispuestos.

Tercero, oraron por él. El poder de la oración no puede pasar desapercibido en nuestra casa ni en nuestra comunidad. ¿Cuándo fue la última vez que oraste por tus hijos, por tus padres o por tus amigos? ¿Por esa esposa o ese esposo que aún no tienes?

Un matrimonio lo aprendió así. Al principio de su matrimonio, la empresa del esposo pasó por un momento muy complicado y él no lograba llevar el sustento a la casa. Durante varios años, ella sostuvo el hogar: salía muy temprano a trabajar lejos y regresaba a las siete de la noche. Mientras tanto, él pasaba los días jugando videojuegos con amigos que tampoco tenían trabajo. Una tarde en que ella llegó agotada, él había preparado una película y comida para consentirla. Pero ella le dijo: Necesito que se levante en oración por mí. Entonces él entendió que no podía cubrir todas sus necesidades, pero sí podía tomar el lugar que le correspondía y orar por su familia.

Tuvo que venir alguien a decírselo. Cuando alguien te diga algo así, no te molestes; recíbelo con amor, sobre todo si viene de alguien que te ama. Desde ese día, aquel esposo procura levantarse cada día a orar por su familia. Oraba incluso por los hijos que todavía no tenían, y hoy esperan a su bebé: una niña por la que él ya oraba sin saber que vendría.

La transformación del hombre de la puerta la Hermosa fue inmediata, pero el proceso previo fue larguísimo: cuarenta años, cojo desde su nacimiento. Tal vez en la iglesia nadie conoce tu proceso, pero Dios sí. No necesitas que nadie más lo sepa: basta con que Dios lo conozca, porque el milagro viene pronto.

Ver danzar, cantar y adorar a un hombre que había estado limitado físicamente debió de ser impresionante. Pero hay un milagro aún mayor: que, después de cuarenta años, alguien lo mirara fijamente, no pusiera excusas, orara por él y lo levantara. Ese es el verdadero milagro.

Quizá estás cansado o cansada y vives un proceso difícil. Dios sabe de tu proceso, y la ayuda ya viene. Él levantará hombres y mujeres que te van a ver, que no pondrán excusas, que orarán por ti y te levantarán. Tranquilo: el lugar correcto es la casa de Dios. Quién sabe cuánto tiempo llevas sintiéndote tirado como aquel hombre, pero se acerca el día en que ya no te sentirás así. Y también es importante que sepas que tú tendrás que ir a levantar a alguien más.

El resultado fue alabanza y testimonio público: el hombre entró andando, saltando y alabando, y la gente se llenó de asombro. La transformación personal se convirtió en bendición comunitaria. Cuando ayudamos a alguien a avanzar en su proceso, no solo cambiamos su vida: impactamos también a quienes lo rodean.

Quizá llegas a tu oficina o a tu casa y sigues viviendo lo mismo que hace un día, dos semanas o un año, pero la gente ya no te ve igual. Te preguntan si ya arreglaste el problema con tu cónyuge, y la respuesta es que todavía no. ¿Y entonces por qué estás tan feliz? Porque estás en una iglesia que impacta comunidades. Tal vez esas personas no lo noten todavía, pero tu testimonio las va a impactar. Tú sí sabes que algo te está quemando por dentro y está cambiando tu historia. Se ve una iglesia lista para salir a la calle y levantar gente; una iglesia que pone atención a quienes la rodean, que se quita toda excusa y que empieza a orar hoy mismo por quienes lo necesitan. Nosotros somos los indicados. No esperemos que alguien más haga un trabajo que es responsabilidad de todos.

Usa bien tu libertad

Hechos 16:23–34 narra que, después de azotarlos mucho, metieron a Pablo y a Silas en la cárcel y ordenaron al carcelero que los custodiara con la mayor seguridad. Él los metió en el calabozo de más adentro y les sujetó los pies en el cepo. A medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios, y los otros presos los escuchaban. De repente hubo un terremoto tan fuerte que la cárcel se sacudió desde los cimientos: se abrieron todas las puertas y las cadenas de todos se soltaron. El carcelero despertó, vio las puertas abiertas y sacó la espada para matarse, pensando que los presos habían huido. Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí». El carcelero pidió luz, entró corriendo y, temblando, se postró a los pies de Pablo y Silas. Luego los sacó y les preguntó qué debía hacer.

Versículo clave

«y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.»

Hechos 16:30–31

Pablo y Silas le expusieron la palabra del Señor a él y a todos los de su casa. A esa hora de la noche, el carcelero les lavó las heridas y en seguida fue bautizado con toda su familia. Después los llevó a su casa, les sirvió comida y se alegró mucho con toda su familia por haber creído en Dios.

¿Estaban golpeados? Muy golpeados. ¿Encerrados? En lo más profundo de la cárcel. ¿Aislados? Sí, pero enfocados. Dios no espera tu mejor temporada para usarte. Quizá hoy te sientes golpeado, tus problemas siguen ahí y te sientes encerrado en alguna situación, pero Dios te va a usar.

En medio del dolor, estos hombres se pusieron a orar y adorar. Otra vez vemos el poder de la oración. Estar conectados constantemente con Dios, aun en la adversidad, nos permite escuchar lo que Él quiere y no solo lo que nosotros queremos. La oración no es solo la plática cotidiana de Señor, te pido por mis negocios; por favor, que se cierre ese trato esta semana. Cuando vives en esa conexión constante, empiezas a escuchar también lo que Dios quiere.

Para los demás presos debió de parecer que la oración y la adoración habían funcionado, porque las puertas se abrieron. Seguramente pensaron: Pablo, Silas, su oración funcionó; ya nos podemos ir. Pero estos dos hombres, pudiendo correr, decidieron darle un mejor uso a su libertad. No la usaron a la manera de este mundo, sino a la manera del reino.

Este carcelero no estaba a punto de matarse solo porque creyera que los presos habían escapado. Su vaso estaba a punto de rebasarse, y ese problema le gritaba que terminara con su vida. Pero en medio de esa desesperación, alguien no se movió. Alguien estaba ahí para darle un mensaje de salvación.

Quizá tú también estás viviendo problemas y sientes que tu vaso está a punto de rebasarse. Tranquilo: Jesús sabe lo que estás viviendo. Dios sabe lo que estás viviendo, y hoy mismo te trae este mensaje de salvación. Aquí está la iglesia, aquí está el Señor, aquí está Jesús.

Aquel hombre, que supuestamente era libre, no conocía la verdadera libertad. Era como si Dios le dijera: No te mates; todavía tengo algo para ti y quiero sorprenderte. En medio de su miedo preguntó qué tenía que hacer, y la respuesta fue que Jesús lo salvaría a él y a su familia. No esperó más: los llevó a su casa y toda su familia fue bautizada. Dios lo sorprendió a él y a los suyos. No solo se abrieron las puertas de la cárcel; también se abrieron de par en par las puertas de su corazón.

Dios no nos salvó solo para que vivamos tranquilos en una burbuja de bendición personal. Nos rescata para convertirnos en agentes de su gracia. Quizá muchas cosas en tu vida todavía no se resuelven, pero Dios conoce tu proceso y puede obrar en paralelo. No necesitas tener todo solucionado para bendecir a alguien más. Pablo y Silas tampoco tenían su situación resuelta. En lo natural, parecía que el carcelero tenía más autoridad que ellos, pero el Dios que estaba con ellos sí tenía autoridad.

Con uno más

Una sola invitación puede alcanzar a una familia entera. Una mujer con una enfermedad muy fuerte llegó a la iglesia invitada por una amiga que ese día no llegó. Cuando se oró por ella, se acercaron diez personas de su familia: su esposo, su suegra, su mamá, su tío, su prima, todos. Su esposo puso la mano sobre ella y oró. Una sola invitación trajo a diez personas. Una persona más que estés dispuesto a traer a la casa de Dios puede significar la salvación de una familia completa.

Embajadores, no turistas

Pablo declara en 2 Corintios que somos embajadores de Cristo. Fíjate en esa palabra: embajadores. No turistas, no consumidores, no demandantes, no observadores. Un embajador no habla por su cuenta; representa a un país. Cuando eres embajador de Cristo, hablas en nombre de Cristo. Él no necesita embajadores expertos, sino dispuestos a ver cómo cambia la historia de alguien más. Cuando llevas a alguien a la iglesia, a tu grupo en casa o a los pies de Cristo, participas del reino. Pablo y Silas usaron su libertad para cambiar la historia de alguien más.

Alguien que se quedó

Hay personas que, como el carcelero, hieren a quienes tienen más cerca: los golpean emocionalmente, los encierran en una realidad que no es la de Dios y los aíslan con sus adicciones. Quien sufre eso se siente solo. Aun así, puede ir a adorar y orar, y sus grilletes pueden caer: puede ser libre.

Cuando no conocemos, juzgamos y esperamos lo peor. Pero quien ha sido hecho libre puede responder con lo que nadie espera: con perdón.

Así, alguien puede ser el Pablo y el Silas, el Andrés, de otra persona. En su libertad no se va. Tiene todo el derecho de irse, pero se queda. Usa bien su libertad. La Biblia dice que la mujer es un vaso frágil, pero los hombres hemos normalizado tratarlas como si fueran hombres: les hablamos como a amigos y les asignamos tareas como si fueran iguales. Pero no: son un vaso frágil. Por eso es un milagro tan grande ver cómo se abren las puertas de esa cárcel y cómo un corazón herido es sanado.

Y quien ve ese cambio puede decirle a Dios: Señor, quiero conocerte. Como el carcelero con Pablo y Silas, puede preguntar qué tiene que hacer para conocer a ese Dios. A veces basta con una invitación para cambiar una vida para siempre. La persona que está a tu lado hoy puede cambiar tu historia.

¿A quién vas a traer?

Después de vivir algo así, ¿cómo quedarnos con esas bendiciones solo para nosotros? No tiene sentido. Muchas veces oramos: Señor, cambia mi historia, sana mi matrimonio. Y en su misericordia, Dios responde que lo hará. Pero hoy también te pregunta: ¿a quién vas a traer a mis pies?, ¿a quién le vas a hablar de mí?, ¿a quién vas a maravillar con el testimonio de que en un día encontraste lo que no habías encontrado en cuarenta, veinte o diez años?

Cada lugar vacío en la iglesia trae una carga: ahí podría estar tu papá, tu mamá, tu hermana, tu amigo o tu esposa. Como iglesia deberíamos compartir esa carga. Afuera hay gente que está muriendo sin conocer a Dios, y una palabra que recibiste un domingo es suficiente para cambiar la historia de alguien más.

Tú no eres el centro de tu historia. Somos parte de una historia mucho más grande, y puedes marcar la historia de alguien más e incluirlo en esa gran historia que es el reino de Dios: a tu cónyuge, a tus hijos, a tus amigos y a tus padres. Una persona más necesita ser salva.

La película Hasta el último hombre, considerada una película cristiana, cuenta la historia de un soldado que decide no usar armas. Se burlan de él durante el entrenamiento y a lo largo de toda la historia, sin saber que llevaba la mejor arma: llevaba a Dios. En plena batalla, cuando empiezan a caer heridos sus compañeros, él ora: Señor, háblame. ¿Qué quieres que haga? Solo hay silencio, hasta que escucha los gritos de los soldados heridos y responde: Ya te entendí. Uno más. Entonces va por ellos, uno por uno, los carga y los lleva a un lugar seguro. Uno más.

Piensa en cuántos somos como iglesia. ¿A cuánta gente podemos salvar? La iglesia no puede llegar al único lugar donde tú sí puedes llegar: tu casa, tu trabajo y tu comunidad. No se trata de olvidarte de tus necesidades. Tus necesidades ya están cubiertas; solo tienes que esperar. Pero mientras esperas, puedes hacer algo más grande que ver tus necesidades cumplidas. Uno más. Ya no más observadores, sino una iglesia de discípulos.

Una responsabilidad de reino

Si en este momento sientes algo dentro de ti que quizá nunca habías sentido, no es emoción: es el Espíritu Santo. Emoción sería que te prometieran todo lo que anhelas, ese aumento o ese carro. Aquí se trata de una responsabilidad de reino. Si reconoces que eres parte de ese reino y te sumas a este compromiso, puedes decir: Yo puedo traer a uno más. Hay alguien en mi casa o en mi trabajo que necesita escuchar lo que estoy escuchando. El Espíritu Santo ya está poniendo en tu mente el nombre exacto.

Tus necesidades se van a cumplir; no te preocupes. Dios dice en su Palabra que busquemos primeramente su reino y su justicia, y que todo lo demás será añadido. Si creemos esa palabra, cumplamos nuestra parte. Se ve una iglesia que hoy mismo se levanta y se compromete a marcar la vida de alguien más.

Quizá el Espíritu Santo te ha confrontado. Pero en esta historia hay alguien más importante que tú y que yo: Él. Se ve una iglesia llena de embajadores de Cristo, que no se levanta para pensar solo en sí misma y que, aun teniendo la oportunidad de salir corriendo, no se mueve. No te vas a mover de tu asignación, de tu matrimonio, de tu trabajo ni de tu servicio. Es una iglesia que va a ir y hacer discípulos.

Aquí tienes un reto: Dios pondrá en tu camino a alguien necesitado, encarcelado o abatido, y podrás bendecirlo. Tráelo contigo.

La invitación final es a hacer la oración más importante de la vida para quien nunca la ha hecho, y que también renueva a quien ya la hizo: pedir perdón a Jesús por nuestros pecados y por pensar solo en nosotros mismos; unirnos desde hoy a su reino; declararnos listos para ir y hacer discípulos; y reconocerlo como nuestro Señor y Salvador.

Referencias bíblicas