¿Quién cuenta tu historia? Vivimos una temporada con un afán desmedido por contar nuestras propias historias. Pero el hombre cuenta muy diferente: cuenta sus logros, sus éxitos y sus metas; cuenta sus títulos, sus likes, sus seguidores, su posición y su conocimiento. Dios no cuenta eso. La pregunta de fondo es quién va a hablar de ti y de cómo viviste en esta tierra.
Cuando Dios cuenta la historia, honra, promueve, restituye y obra de manera milagrosa. Una de las maneras de saber que Dios está contando tu historia es cuando te responde con milagros, y no solo con respuestas, sino con promesas. Dios no cuenta una historia por fama humana. La cuenta porque quiere resaltar su gracia, su favor, su amor, su paciencia y su ternura para con cada uno de nosotros.
Cuando es Dios quien da testimonio
A lo largo de la Biblia vemos a Dios, en diferentes escenarios, contando la historia de muchas personas. Es Dios mismo quien da testimonio. Recuerda a la mujer que derramó el perfume sobre Jesús. En ese momento Jesús dijo que dondequiera que se predicara el evangelio se contaría también lo que ella había hecho. Ella ni siquiera abrió su boca: fue Jesús quien contó su historia. Jesús no dijo que se predicara de Pedro caminando sobre las aguas; dijo que se hablara de esa mujer, porque es él quien cuenta la historia. No hay necesidad de que abras la boca: Dios contará tu historia.
Mira la vida de Job. Dios cuenta su historia nada menos que delante del mismo enemigo: «¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?». Era Dios contando la historia de Job. Cuando Dios cuenta tu historia, lo hace de una manera tan poderosa que hasta el mismo infierno puede escuchar lo que Dios dice acerca de ti.
Lo mismo sucede con Abel. Hebreos enseña que su ofrenda dio testimonio de que era justo, y aun después de muerto la Biblia sigue hablando de lo que hizo. Hay historias que Dios sigue contando aun cuando partimos de esta tierra. Tu testimonio quedará plasmado, porque será Dios quien lo cuente. Entonces, si Dios no cuenta lo que el ser humano cuenta, ¿qué hace que Dios cuente mi historia?
La fe que asombró a Jesús
Lo primero es la fe. Cuando tú y yo tenemos fe, Dios cuenta nuestra historia. Por eso no podemos perder la fe. Mateo 8 relata que, al entrar Jesús en Capernaúm, se le acercó un centurión pidiendo ayuda porque su siervo estaba postrado en casa, paralítico y sufriendo terriblemente. Jesús le respondió que iría a sanarlo. Pero el centurión le dijo que no era digno de que entrara bajo su techo, que bastaba con que dijera una sola palabra y su siervo quedaría sano. Él mismo era un hombre bajo autoridad, con soldados a su cargo: le decía a uno «ve» y iba, a otro «ven» y venía.
Versículo clave
«Solamente di la palabra, y mi criado sanará.»
Mateo 8:8
Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a los que lo seguían que ni en Israel había hallado tanta fe. Fíjate: Jesús no elogia su posición, su autoridad, sus recursos, su rango ni sus logros como centurión. Jesús se asombra por la fe. Este hombre no pidió señales; ni siquiera pidió que Jesús fuera a tocar a su siervo. Creyó de tal manera en Jesús que reconoció su poder, su autoridad, su soberanía y el reino de los cielos aquí en la tierra.
¿De qué sirve que Dios nos dé tantas promesas si no le creemos? Toda la Biblia, de Génesis a Apocalipsis, se trata de confianza. Lo que el Señor te dice es: «Quiero que confíes en mí». Por eso lo primero que sembró la serpiente fue desconfianza: «¿Conque Dios os ha dicho…?». Dios va a contar historias de fe: la de cada persona, la de cada matrimonio, la de cada familia y la de cada generación.
Este hombre creyó sin ver. Cuando confías en quién es Jesús y en su reino, eres candidato para que Dios cuente tu historia. Hay quienes le han creído a Dios a pesar de las tormentas, de las dificultades y de todo lo que han vivido, llorado y clamado, y Dios contará su historia de fe. Por eso no te puedes dar el lujo de no creerle a Dios. Si Dios lo dijo, él lo hará. Tan sencillo como eso: créele a Dios, aunque no veas nada y aunque no sientas nada.
La verdadera fe camina con humildad
El centurión dijo: «no soy digno de que entres bajo mi techo». Fue humilde. La verdadera fe camina con humildad. Cuando le crees a Dios, puedes decir: «Señor, aunque no lo entienda, aunque no lo comprenda, creo en quién tú eres». La verdadera fe produce humildad, no arrogancia.
Eso es algo que el rey Saúl nunca entendió. Él creyó que Dios contaría su historia desde el ego, desde el orgullo, desde el «yo puedo», desde la autosuficiencia, y quiso forzar las cosas. Pero hay cosas que no se fuerzan, por más que lo intentes y por más que quieras manipular. Cuando José estaba en la cárcel y el copero salió libre, José le pidió que hablara de él ante Faraón, y el copero se olvidó. No pasó nada, porque Dios sabía lo que estaba tratando en la vida de José. Cuando eres humilde, prepárate: Dios va a contar tu historia en el momento exacto, en el momento correcto y de la mejor manera.
Saúl quiso forzar la honra. En 1 Samuel 15:30, después de desobedecer a Dios, reconoce que pecó, pero nunca se arrepiente. Una cosa es reconocer y otra es arrepentirse. Hay gente que reconoce, pero nunca cambia de mentalidad, y eso es el arrepentimiento: un cambio de mentalidad. Saúl dijo que había pecado, pero en la misma frase le pidió a Samuel que lo honrara delante de los ancianos del pueblo y delante de Israel, y que volviera con él para adorar a Dios.
Lo único que le interesaba era ser reconocido por la gente, lo que aparentaba delante de los hombres. No le interesaba la opinión de Dios. ¿De qué nos sirve la opinión de los hombres si no estamos bien con Dios? Mejor decir: «Señor, a mí me interesa lo que tú digas y lo que tú pienses. No quiero contar mi historia: quiero que tú la cuentes». Si Dios no la cuenta, ¿de qué sirve que la cuenten los hombres?
Visibles para el cielo
Estamos viviendo tiempos difíciles. La segunda carta a Timoteo advierte que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos, y que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados y amadores de los deleites más que de Dios (2 Timoteo 3:1-4).
Vivimos un tiempo en que el hombre lo único que quiere es ser visto. De nada sirve ser visto aquí en la tierra si para el cielo eres invisible. Es preferible ser visible para el cielo y que sea Dios quien cuente tu testimonio. Por eso Dios tiene que arrancar todo egoísmo. El evangelio no es egocéntrico, es cristocéntrico: Jesús tiene que estar en el centro de tu vida, y él es quien tiene que contar tu historia.
El enemigo siempre te va a ofrecer tres cosas: tener, ser y poder, siempre sin procesos y sin transformación. Dios también puede darte las tres, pero con un corazón transformado, un corazón que reconoce que fue Dios. No un corazón que dice: «Fui yo; fueron mis fuerzas, mis dones, mis talentos, mis contactos». Fue Dios quien lo hizo. El reino de Dios se construye en nuestra vida desde la humildad, desde lo sencillo. Por eso empieza en pequeño, para que al final digamos: «Aquí tuvo que haber sido Dios».
Un legado de fe no fingida
Cuando Dios cuenta tu historia de fe, las generaciones la escuchan y la van a contar. Tus generaciones contarán la historia de fe que dejaste plasmada como un legado en esta tierra. En 2 Timoteo 1:3-5, Pablo le escribe a Timoteo que se acuerda de él sin cesar en sus oraciones, noche y día, que desea verlo al acordarse de sus lágrimas, y que trae a la memoria la fe no fingida que hay en él, la cual habitó primero en su abuela Loida y en su madre Eunice.
Timoteo estaba pasando un momento difícil: su mentor estaba en la cárcel, y él pensaba que el siguiente sería él. Entonces Pablo le escribe para recordarle que tiene un legado de fe, y menciona a su abuela y a su madre. La formación espiritual comienza en casa. La iglesia enseña la Palabra de Dios a los niños, y es un honor hacerlo, pero hay cosas que te tocan a ti desde casa. Hay principios que no puedes delegar en una organización, en el colegio ni en la iglesia, porque un día Dios te va a pedir cuentas de tus hijos y de cuánto les has transferido la fe.
Aparta tiempo para tus hijos y sé intencional. Puedes enseñarles principios de una manera creativa, como un juego, pero que el principio esté allí, en casa. Enséñales la Palabra, enséñales la fe y enséñales a permanecer en los momentos difíciles y de crisis, para que sepan a dónde correr.
Loida representa una generación que conservó la fe. Pero no basta con conservarla: hay que transmitirla. Por eso, a los abuelos: no se aíslen. Hay una generación que se desconectó de abuelos que le transmitan un legado de fe. Tus hijos y tus nietos te necesitan; necesitan a alguien que les cuente lo que ha vivido y lo que Dios ha hecho. Aunque no puedas caminar, siéntate y llama a tu nieto: «Ven, te voy a contar lo que Dios hizo y lo que tiene trazado para ti y para los tuyos». Involúcrate en la vida de tus hijos y de tus nietos. Quizá no tuviste buenos abuelos, pero eso no te da derecho a no serlo, porque Cristo Jesús habita dentro de ti.
Hay un síndrome de victimismo y de autocompasión que puede apoderarse de esa etapa de la vida. Recuerda cuando Jesús les anunció a sus discípulos que iba a padecer y a morir, y Pedro lo tomó aparte para decirle que eso no podía sucederle. Pedro quería victimizar a Jesús, y Jesús le dijo que se quitara de delante de él, llamándolo Satanás. Lo que Jesús estaba revelando es que la raíz de todo victimismo es diabólica. Dios tiene misericordia de ti, te guarda, te ayuda, te sostiene y te da las fuerzas. Que se levanten las abuelas y los abuelos de este tiempo, presentes en sus familias.
Tus hijos y tus nietos no te quieren ver perfecto, sino esforzado: que, aunque haya tormentas y dificultades, sigas subiendo. Así les dejas un legado de fe y de confianza. No te quedes callado. Mientras más egoísta se vuelva la vida, más vas a sufrir; que Dios nos encuentre dando. Hay algo que tienes que transmitir a las nuevas generaciones. En lugar de hablar solo de lo que te duele, cuéntales lo que Dios hizo en tu vida y los desafíos que viviste, en los que viste a Dios una y otra vez. Y diles: «Dios lo hará contigo».
Eunice representa a la madre que instruyó en la Palabra, a las mujeres que enseñan desde lo cotidiano. No necesitas un púlpito; solo necesitas abrir la boca para transmitir la fe. Hay una generación débil porque no oye a sus abuelos ni a sus padres transmitirle una fe no fingida. Estas mujeres quizá fueron invisibles para muchos, pero no para el cielo: eran tan visibles para el cielo que Dios escribió acerca de ellas.
Una fe no fingida habla de una relación verdadera con Dios. No finjas que todo está bien y perfecto cuando estás pasando un momento difícil. Puedes decir: «Estoy pasando un momento difícil, pero de todas maneras Dios me va a sacar». Es una relación verdadera con Cristo que tus hijos te vean orar, pelear, llorar y pelear la buena batalla de la fe. Tus hijos no piden perfección: piden integridad. Íntegros, no perfectos, delante de Dios y delante de ellos.
Es también una fe que permanece bajo presión, porque solo ahí la fe es probada. Es fácil decir «yo creo», pero cuando viene la presión, ¿qué sale de tu boca? ¿Qué pensamientos tienes? Perseverancia es que, en medio del proceso difícil que te toque, no te sueltes de Dios. Dios va a contar la historia de muchos a causa de su perseverancia y de todo el tiempo que le han creído, a pesar de sus debilidades, sus errores y sus faltas. ¿Y cuál fue el resultado de Timoteo? Impactó iglesias enteras. Tus hijos y tus nietos dejarán una huella en esta tierra a causa de la fe guardada y transmitida.
Dios cuenta tu obediencia
Lo segundo es que Dios cuenta tu obediencia. ¿Quieres que Dios cuente tu historia? Obedece. Así de sencillo. Santiago 2:23 dice que Abraham fue llamado amigo de Dios.
Versículo clave
«Y fue llamado amigo de Dios.»
Santiago 2:23
¿Qué hace que una persona sea amiga de Dios? Primero, la fe; segundo, la obediencia. Hay mucha gente que se sabe la Biblia de principio a fin, que sirve, que tiene años en el camino, mucho conocimiento y mucha sabiduría, pero no obedece. Le cuesta obedecer. Si quieres que Dios cuente tu historia, necesitas ser obediente.
Todos conocemos la historia de Abraham: Dios le prometió un hijo cuando él ya tenía cien años y su esposa era anciana y estéril. Pero antes de llamarlo amigo, Dios probó su obediencia. Para llamarte amigo, Dios te va a probar. Le dijo: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto» (Génesis 22:2).
¿Cómo es posible? Abraham esperó tanto tiempo al hijo de la promesa, Dios se lo dio contra todo pronóstico, y ahora se lo pedía. Dios no te da algo para luego pedírtelo, a menos que hayas hecho de eso un ídolo. ¿No será que Abraham hizo de Isaac un ídolo, y por eso Dios se lo pedía de regreso? Dios no necesitaba un hijo: necesitaba desarraigar del corazón de Abraham toda idolatría. Era como si le dijera: «Abraham, no hagas de las bendiciones de mis promesas un ídolo».
Dios te va a bendecir, pero no hagas de las bendiciones un ídolo. Todo ídolo no deja de ser un intento de identidad: todo lo que conviertes en ídolo se vuelve un intento de una identidad falsa. Tu verdadera identidad está en Cristo Jesús, y esa identidad no es temporal ni efímera: es eterna. Si quieres que Dios cuente tu historia, es necesario entregarle todo ídolo.
El carnero trabado en el zarzal
Génesis 22:11-13 relata que el ángel de Jehová llamó a Abraham desde el cielo: «Abraham, Abraham». Y él respondió: «Heme aquí». El ángel le dijo que no extendiera su mano sobre el muchacho, porque ya conocía que temía a Dios, pues no le había rehusado a su hijo, su único. Entonces Abraham alzó sus ojos y vio a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos, lo tomó y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
¿Quién destrabó el carnero? Abraham. Mientras subían, Isaac le había preguntado a su padre dónde estaba el cordero, y Abraham le respondió que Dios se proveería de cordero. Era el anuncio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que nos trajo salvación. Pero lo que apareció fue un carnero trabado en un zarzal.
Hay cosas en nuestra vida que se traban, que no fluyen, que se estancan, porque hay un ídolo en nuestro corazón. Hasta que no destrabes eso en tu corazón, no podrás ver cómo Dios cuenta tu historia ni cómo trae respuesta y algo nuevo a tu vida. Dios está removiendo los ídolos de nuestro corazón, y cuando son removidos se destraba lo que estaba retenido, detenido y pausado: negocios, empresas, promesas y respuestas de parte de Dios.
La diferencia entre un cordero y un carnero es que el carnero es un macho adulto, y eso habla de madurez. El mensaje de Dios a Abraham era: «Quiero que seas maduro. Tengo mucho para darte, pero no quiero que conviertas lo que te dé en un ídolo». Además, el carnero tiene cuernos, y los cuernos hablan de autoridad. Es como si Dios le dijera: «Esa autoridad, esa fuerza y esa promesa que te di, entrégamelas y no las hagas un ídolo». En el momento en que lo hacemos, las cosas se empiezan a trabar y a retener. Jesús tiene que ser el centro de nuestra vida.
Hay cosas que Dios está pidiendo y que requieren madurez. La obediencia revela el nivel de madurez que tienes: dime cuán obediente eres y te diré cuán maduro eres. No te resistas. Cada vez que obedecemos se revela la madurez interior, el carácter de Cristo formado en nosotros. Dios contará historias de fe y de obediencia.
Si todavía no le has abierto tu corazón ni le has permitido obrar al autor de tu vida, puedes hacer esta oración: «Señor Jesús, te pido perdón por vivir lejos de ti. Hoy te reconozco como el autor de mi salvación, como el Señor y el Salvador de mi vida. Entra en mí, guía mi vida y escribe mi historia».


