No hay guardián como nuestro Dios. Él guarda nuestras vidas, vela por su palabra y nos observa a cada uno. Nada ni nadie puede guardarnos como él. Pero su palabra también nos dice que nosotros debemos guardar nuestro corazón y guardar su palabra. También somos guardianes: guardianes imperfectos, pero con un guardián perfecto.
Sobre toda cosa guardada
Proverbios 4:23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». A muchos nos gusta cuidar cosas: los zapatos, el carro, la moto, la bicicleta. Quizá pagaste algo durante cinco años y es muy valioso para ti. El mensaje del Señor es que, por valioso que sea, de ninguna de esas cosas viene la vida. La vida viene del corazón, porque allí es depositada la palabra de Dios.
Versículo clave
«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.»
Proverbios 4:23
Dios nunca nos dijo que siguiéramos el corazón; nos dijo que lo guardáramos. Y eso es algo que Dios no va a hacer por nosotros, porque respeta la libertad de decisión que nos dio. Ni siquiera nos obligó a recibirlo como Señor y Salvador: nos invitó. El que confiese con su boca que Jesús es el Señor será salvo y tendrá vida eterna. Él invita, no obliga. Y nos dejó escrito: guarda tu corazón.
Otra versión dice: «Vigila atentamente tu corazón, porque de él brota la vida». Tenemos que ser buenos guardianes y no descuidarlo. A veces descuidamos el corazón por cosas que no pueden darnos vida ni tienen vida. ¿Dónde se vigila el corazón? En la oración, en nuestra relación con Dios. Somos guardianes defectuosos: nuestro corazón será herido y habrá ofensas. No puedes decidir que no te ofendan, pero sí puedes decidir no vivir ofendido e ir delante del guardián, que es Dios, para que sane tu corazón. «No quiero esto en mi corazón; quiero un corazón sano, porque la vida no viene del que me ofendió, sino del Dios que me permite perdonar y recibir su palabra para que se cumpla en mi vida».
El milagro está en el corazón que guarda la semilla
El milagro no solo está en la semilla de la palabra, sino en el corazón que la guarda. Cada vez que recibimos la palabra, el Espíritu Santo está lanzando semilla. La palabra es un milagro, pero de ti y de mí depende cuidarla y guardarla. ¿Cómo estamos guardando esa semilla? Dios no busca corazones perfectos, sino corazones disponibles para ser buena tierra.
Si no cuidamos nuestro corazón, el enemigo sembrará lo que Dios nunca sembró. Por eso Jesús enseñó la parábola de la cizaña: mientras los hombres dormían, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo. Cuando los siervos preguntaron si debían arrancarla, el dueño dijo que no, que dejaran crecer ambos hasta la siega. Si alguien siembra cizaña contra otra persona en tu corazón, ten cuidado y no quieras arrancarla en ese momento. Espera, porque cuando el trigo crece y lleva fruto, se inclina; la cizaña no. Es imposible dar fruto con orgullo; cuando hay humildad, hay inclinación y reconoces que ha sido Dios. ¿Cuánta cizaña nos siembran por la percepción que otro tiene de alguien que ni conocemos? Mira los frutos de quien intenta sembrarte cizaña, y cuídate también de no ser tú quien la siembre.
El que me ama, mi palabra guardará
En Juan 14:23, Jesús dijo: «El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él». No basta con escuchar la palabra: hay que amarla. El que la ama, la guarda. Dios sabe si la menospreciamos o la amamos. No puedes amar más a tu esposa que a la palabra, porque cuando no la entiendas, la palabra te llevará a vivir con ella sabiamente. Y mujeres, amen a sus esposos, pero amen más la palabra, porque un día tu esposo atravesará un momento difícil, y la palabra que salga de tu boca será la que le traiga ánimo. Esa palabra tiene que estar guardada en el corazón. Hemos desperdiciado muchos momentos por no guardar el corazón.
El Salmo 119:11 dice: «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti». Una versión dice que lo guardó en la caja fuerte de su corazón. ¿Qué palabra estamos guardando? ¿La de Dios, la de otros, la de los noticieros? A veces el corazón está tan lleno de otras palabras y de malas noticias que ya no queda espacio para la palabra de Dios.
Versículo clave
«En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.»
Salmo 119:11
Hay muchas palabras. Es comprensible que los médicos den su palabra, porque es su trabajo y describen una realidad. Pero hay una verdad por encima, y cuando la recordamos podemos aferrarnos a la palabra de Dios. ¿Cuántas veces nos aferramos a lo que otros opinan, a lo que dicen las noticias o a lo que dice el cliente, y no a lo que dice Dios? El corazón se llena de duda, de afán y de angustia, y no guardamos la palabra; ni siquiera recordamos qué escuchamos el domingo.
La misma versión dice que lo guarda en la caja fuerte de su corazón para no pecar y caer en bancarrota. Puede que se esté depositando mucha palabra, pero si no guardas ninguna, el día que vayas a buscarla tu corazón estará en bancarrota. Te preocupa que tu cuenta bancaria esté en cero; ¿te preocupa que tu corazón esté en cero de palabra? Por el afán, nos preocupa más que falten las cosas que creemos que nos dan seguridad. Por eso tenemos que guardar constantemente la palabra que recibimos. Una sola palabra a la que te aferras puede provocar una pesca milagrosa. Quizá llevas toda una noche oscura echando redes, pero una palabra lo cambia todo. Hazle espacio.
El salmista continúa: enséñame tus caminos; con mis labios he contado todos los juicios de tu boca; me he gozado en el camino de tus testimonios más que de toda riqueza. Imagina poner en práctica todos los consejos de Dios: qué actitudes, qué reacciones y qué impulsos tendríamos ante la adversidad. No dice nada en contra de la riqueza, pero deja claro que la palabra es más valiosa que cualquier monto. El monto puede variar, pero su palabra no. Si guardas una palabra y la cuidas, prepárate para ver su resultado en una experiencia sobrenatural.
Un tesoro irremplazable
Imagina que Dios te entrega un tesoro que no se puede comprar ni reemplazar: su palabra. En una caja fuerte puedes guardar un reloj o una cadena de oro; si se rompen o te los roban, se pueden reemplazar. La palabra es irremplazable: está viva. Por eso hay que guardarla. En un matrimonio puede haber diferencias y discusiones, pero no permitan que les roben la palabra. Ante una adversidad, guarden la palabra. Muchas veces el ataque nunca fue contra lo material que poseías, sino contra la palabra que dejaste de hacer tuya, y cuando nos la roban, nos amargamos.
No eres solo un receptor de la palabra: eres un guardián de la palabra. Hasta las relaciones cambian cuando la hacemos vida. Si alguien quiere robarte la paz con una lista interminable de ofensas y críticas, ni siquiera tienes que abrir ese archivo: no le vas a dar espacio que le pertenece a la palabra de Dios. El problema nunca está en la palabra, sino en la condición de nuestro corazón. Lo que guardamos en el corazón determina cómo vivimos, cómo amamos y cómo influimos en los demás. Si guardamos enojo, nos llenamos de más enojo y termina en odio. Hay cosas que debes cortar de inmediato para llenarte de su palabra.
¿Estamos cuidando nuestro corazón como Dios nos pidió? No lo pide un pastor: lo pide Dios. La vida no está en lo que quieres adquirir; empieza dentro de ti. Tal vez hoy necesitas perdonar a alguien, y ahí empieza una vida nueva: sin rencor, sin ofensas, libre. Un corazón que guarda la palabra de Dios no se pierde, no se enfría y no se aparta. Si guardas más chismes que palabra, verás cómo te enfrías, te apartas y ya no quieres congregarte. Así trabaja el enemigo.
Tenemos que ser guardianes activos. Padres, vigilen lo que sus hijos ven en las redes: un solo video que no deben ver puede cambiarles el resto de sus días, aunque sus amigos lo vean. Si guardamos el corazón y la palabra que llega a él, tendremos una vida fructífera. Hay que escuchar la palabra, guardarla y vivirla. El que la guarda, la vive.
No todo corazón es buena tierra
Dios siempre da buena semilla, pero no todo corazón es buena tierra. En Mateo 13, Jesús explica que las aves pueden venir y llevarse la palabra inmediatamente después de recibida, y eso habla del enemigo. Los discípulos le preguntaron por qué le hablaba a la gente en parábolas. Una versión contemporánea recoge su respuesta: a ellos se les había concedido ver el reino de Dios; cuando alguien tiene el corazón dispuesto, la percepción y el entendimiento fluyen libremente.
¿En cuántos líos nos metemos por nuestras percepciones? Decimos de alguien que es arrogante sin conocerlo, y cuando lo tratamos es muy sencillo. También hay quienes perciben la palabra de tal manera que no puede fluir: se creen tan buenos que no necesitan a Dios. Jesús dijo que, si el corazón no está dispuesto, cualquier rastro de receptividad desaparece pronto. No importa cuántas prédicas recibamos: esto ocurre en el corazón. Dios respeta nuestra voluntad. Por eso contaba historias: para crear disposición en las personas y llevarlas a un agradable despertar. Es como si dijera: «Te cuento historias, hijo, porque has endurecido tanto tu corazón que ya no sé cómo explicarte que te amo y que mi palabra va a transformar tu vida y la de tus generaciones».
Jesús citó la profecía de Isaías: oyendo oirán y no entenderán, viendo verán y no percibirán, porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente y han cerrado sus ojos, para que no se conviertan y él los sane. La gente es necia. Podemos estar llenos de defectos, pero no seamos necios, porque sin necedad cada una de esas áreas será transformada por la palabra. Es preferible tener quinientas áreas que necesitan cambiar y estar rendido cada día, que tener una sola y ser necio. El joven rico tenía solo una cosa que le faltaba, pero fue necio: Jesús quería ocupar el lugar que ocupaba el dinero en su vida, y él se fue triste porque tenía muchas posesiones.
Cerrar los ojos y tapar los oídos es evitar el encuentro con Dios, no con una persona. Y Dios quiere ese encuentro para sanarte y darte un corazón disponible, rendido y suave, no endurecido. Pasamos la vida justificando áreas que necesitan sanidad, cuando Jesús no quería acusarnos ni juzgarnos, sino amarnos, sanarnos y liberarnos, para que su palabra fluya libremente en nuestro corazón.
Jesús añadió: «Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen». Muchos profetas y justos desearon ver y oír lo que ellos vieron y oyeron, y no pudieron. Deberíamos sentirnos dichosos por la oportunidad que tenemos en Cristo Jesús, que ya murió en la cruz y derramó su sangre. El problema no es la palabra que Dios envía, sino la tierra donde cae y que no aprovecha la oportunidad. Hay lugares donde no se puede predicar la palabra libremente. Aprovechemos la oportunidad de recibirla y de perseverar en ella. El mismo sembrador siembra la misma semilla con resultados diferentes.
Junto al camino: el guardián distraído
En Mateo 13:19, Jesús explica que cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón; ese es el que fue sembrado junto al camino. La palabra se queda en la superficie. Puedes estar presente físicamente mientras tu mente está en otro lado, queriendo resolver lo que solo Dios puede resolver. No podemos ser guardianes distraídos. ¿Cuánta palabra nos ha robado el celular mientras la escuchábamos? Era la palabra que nos iba a proteger, cuidar y dirigir.
Al enemigo no le molesta que escuches la palabra; le molesta que la guardes. Te la arranca mientras piensas en el almuerzo, sin saber que esa palabra te iba a permitir disfrutarlo. Si la palabra se queda en tu corazón, cambia tu vida y te da ánimo. Se puede estar cerca de la palabra y nunca dejarla entrar: ir a miles de actividades y nunca abrirle el corazón. El enemigo no quiere que seas libre, y solo la verdad te hace libre. Un corazón cerrado a la palabra es presa fácil del enemigo.
Un corazón se endurece por el pecado, el orgullo, el dolor y la indiferencia. Todos hemos atravesado dolor. La diferencia es que, cuando lo llevamos delante del guardián de guardianes, él puede sanarlo y usarlo para llevarnos a un nuevo nivel; pero cuando el corazón se endurece, el dolor se convierte en amargura. Y si dejas que Dios lo sane, un día serás testimonio para alguien que esté pasando por lo mismo y podrás decirle: «Yo pasé por ahí, y Dios te espera para sanar tu corazón».
En pedregales: el guardián que se rinde en la prueba
En el versículo 20, Jesús dice que el que fue sembrado en pedregales es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo, pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración; y al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. Qué bueno recibir la palabra con entusiasmo, pero también necesitamos carácter. Cuando la emoción se agota y llega la dificultad, todo se acaba. La emoción tiene fecha de caducidad: vienes mientras dura, pero cuando llegan los problemas y ves que las cosas no cambian, te vas. Podemos celebrar en la reunión y rendirnos en la prueba. No te rindas: resistid al diablo, y huirá de vosotros. Estás a punto de ver el fruto de la palabra si la guardas.
La planta brota rápido, pero pronto se detiene y se seca: «Qué lindo era servir, quiero volver a servir», y se secó. Era emoción, no permanencia, porque llegó la prueba. El problema no es la semilla, sino que otras cosas crecen más rápido: la aflicción crece más que la relación con Dios, o algo nos amarga y ya no queda espacio para la palabra. No permitas que nada crezca en tu vida más que la palabra de Dios. Si la palabra es lo que más ha crecido en ti, lo que estés viviendo tendrá poco espacio para moverse. Va a llegar el afán, pero durará poco, porque permaneces en la palabra que hay en tu corazón. Recibamos la palabra con emoción, pero sigamos desarrollando nuestra vida espiritual. La sanidad del alma es un proceso: entra en él. No hay profundidad espiritual sin relación con Dios.
Entre espinos: el guardián afanado
Mateo 13:22 dice: «El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa». No dejes que el afán ahogue la palabra. El afán llegará una y otra vez, pero dale poco espacio. La Palabra nos llama a poner la mira en las cosas de arriba, y ocupar significa llenar un espacio. Cuando llegue la preocupación por lo que pasará mañana, declara la palabra que guardaste: las aves del cielo son alimentadas y Dios viste los lirios del campo.
Vivimos afanados porque hemos puesto nuestra confianza en lugares equivocados: creemos que nuestra supervivencia, nuestra seguridad y nuestro valor dependen de lo que tenemos, logramos y acumulamos. Pero Jesús expone otra realidad: mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, y vuestro Padre las alimenta. No podemos ser guardianes afanados. No significa que nunca llegue el afán, sino que no podemos vivir afanados. Ora, lee la palabra y di: «Dios me ama más que a los lirios y más que a las aves; yo valgo mucho». El problema no es la falta de palabra, sino el exceso de espinos, el exceso de distracciones y preocupaciones que la ahogan. No ames ni sirvas a las riquezas; ocúpate de su palabra, y Dios, que sabe lo que necesitas, te añadirá todo y te sorprenderá.
En buena tierra: el guardián fructífero
Lucas 8:15 dice que la semilla que cayó en buena tierra representa a los que, con corazón bueno y recto, retienen la palabra oída y dan fruto con perseverancia. Son corazones que se aferran a la palabra. A veces lo único que necesitamos es una palabra, como Pedro: «Toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red». El peor momento de la vida es cuando no hemos cuidado el corazón ni guardado su palabra, porque no tenemos a qué aferrarnos y terminamos aferrándonos a lo temporal, a lo que otros dicen o a lo que dicen las noticias. Guarda la palabra y tendrás a qué aferrarte.
Quien se aferra a la palabra la retiene pase lo que pase, y no la suelta hasta ver la cosecha. La palabra tiene poder para cambiar tu vida, pero solo da fruto si la cuidas. Seamos guardianes fructíferos. Dios envía su palabra, y su palabra no vuelve vacía, sino que cumple el propósito para el cual fue enviada. Tu fruto de mañana depende de cómo recibes y guardas la palabra hoy. Una versión dice que la semilla en buena tierra es la persona que asimila las noticias del reino y produce una cosecha que supera todas las expectativas. Dios está buscando guardianes de corazón que digan: «Todavía no he visto esto, pero me aferro a tu palabra y no la suelto hasta ver la cosecha». Cuando tienes una palabra de Dios, aunque te adviertan que habrá batalla, sabes que no hay nada ni nadie que haya vencido a su palabra.
Toma un tiempo para hablar con Dios y pregúntate cómo estás guardando tu corazón. Quizá debas decirle: «Señor, he descuidado mi corazón y he dejado entrar cosas que nunca debí dejar entrar. Me he estado amargando. Solo he escuchado tu palabra, pero no la he amado. He guardado más palabras de los noticieros, del pasado y del dolor que de tu palabra. Mi corazón está en bancarrota. Perdóname por el tesoro que he desperdiciado, por haber sido solo un receptor y no un guardián, por haber sido un guardián distraído, dividido y afanado, creyéndole más al «faltará» que a tu palabra. Quiero ser un guardián fructífero: pase lo que pase, me aferro a tu palabra y no la suelto hasta que dé fruto».
Si hoy quieres recibir a Jesús o reconciliarte con él, puedes orar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador. Bienvenido a mi corazón».


