Nuestro guardián, el Dios que nos guarda, vive. 1 Pedro 1:3 bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos. Somos dichosos por el Dios que tenemos, y si la Biblia nos llama dichosos es porque lo somos. Pero hay una pregunta: ¿cómo experimentas tú la resurrección de Cristo? ¿Como una tradición o como una experiencia propia de su poder?
La Palabra dice que hemos resucitado juntamente con él, porque nos dio vida. Puesto que Jesús resucitó de entre los muertos, se nos ha dado una vida completamente nueva en todas las áreas. Y aun así, hay áreas de nuestra vida que siguen viejas, que ya no deberían estarlo. La misericordia de Dios nos recuerda, por medio de la resurrección, el poder y el amor que tiene para cada uno de nosotros. En Jesús está todo lo que necesitamos para vivir, incluido un futuro en el cielo, y ese futuro empieza ya: la vida eterna comienza ahora, desde que confesamos a Jesús como Señor y Salvador.
Todo lo que sale a la luz se convierte en luz
Efesios 5:13-14 enseña que todo lo que se pone en evidencia es hecho manifiesto por la luz. Lo que sacas a la luz se convierte en luz. Hay cosas que no hemos sacado a la luz, y por eso no se han convertido en luz. Dios respeta nuestras decisiones: si rendimos nuestra voluntad o seguimos en ella. Pero si sacas esa área oscura, su luz se posará sobre ella y se convertirá en luz.
Recordar la resurrección debería llevarnos a un mayor compromiso. No se trata solo de que Jesús resucitó por el poder del Padre y su plan perfecto, sino de cómo voy a experimentar yo el poder de la resurrección en mi vida. El Señor nos sigue liberando. A veces, al recibir una verdad, descubrimos una mentira: un área que creíamos que estaba bien y no lo estaba. La sacamos a la luz y, qué buena noticia, se convierte en luz. Hoy podemos decirle: «Señor, hay áreas que todavía no se han convertido en luz, pero estoy decidido a sacarlas y a no esconderlas. Contigo soy resucitado».
Por eso dice: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo». No habla de un despertar físico, sino espiritual. Hay personas que caminan y parecen vivas, pero para el cielo están muertas, como lo estábamos todos en nuestros delitos y pecados hasta que confesamos a Jesús como Señor. Y hay quienes están en el cementerio y para el mundo están muertos, pero Jesús dijo: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Hay familiares que han partido y están vivos en Cristo Jesús. Sin la resurrección, ni siquiera el Antiguo Testamento cobra vida, porque los profetas la anunciaron.
Versículo clave
«El Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros.»
Romanos 8:11
Romanos 8:11 enseña que si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en nosotros, también vivificará nuestros cuerpos mortales por su Espíritu. El mismo poder que levantó a Cristo de la tumba habita en nosotros. Otra cosa es que le demos lugar, para que nuestra mentalidad pase de una mentalidad de muerte a una de resurrección.
Lo peor ya pasó
Hay una gran noticia: lo peor ya pasó. Quizá pienses que no sabes lo que estás viviendo, pero bíblicamente lo peor ya pasó, porque no vendrá sobre nosotros la segunda muerte. Cristo le quitó las llaves a la muerte. Podemos estar viviendo adversidad, pero nuestra historia no se queda en una tumba, porque la de Jesús tampoco. Hay poder en la resurrección. Jesús se apareció a más de quinientas personas a la vez, y cuando se escribió la Escritura algunos de ellos todavía vivían.
El verdadero guardián no era humano
Mateo 27:65-66 relata que Pilato les dijo a los principales sacerdotes que tenían una guardia y que fueran a asegurar el sepulcro como sabían. Ellos fueron, sellaron la piedra y pusieron la guardia. Querían asegurarse de que no pudiera salir. Pero no se dieron cuenta de que el verdadero guardián no era humano: era Dios mismo guardando a su Hijo. No importaba cuántos soldados pusieran, porque lo mejor no ocurría afuera de la tumba, sino adentro. Así también, lo mejor de nuestra vida ocurre dentro de nosotros, en medio de los procesos. El verdadero guardián de nuestra vida no se ve, pero se experimenta.
Mateo 28 dice que, pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. El primer día de la semana nos habla de oportunidades y de resurrección: cada vez que comienza una semana, podemos recordar que Jesús inició una nueva semana para nuestra vida. Él es nuestro reposo, no solo para el cuerpo, sino para el alma. Aunque todavía no veas algo en tu vida, reposa en él: es eterno, tiene el control y tiene el poder.
De pronto hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y se acercó. Dios se revela a quienes siguen avanzando aunque no entiendan. Ni siquiera podemos imaginar cómo amanecieron esas mujeres después de ver a Jesús crucificado. Hay días en que, después de un día o una semana tan dura, no quieres ni levantarte. Pero Dios se revela a quienes, aun sin entender, se levantan a comenzar un nuevo día.
El ángel removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos. Entonces el ángel dijo a las mujeres: «No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo».
Recuerden lo que él dijo
Lucas añade que los ángeles les dijeron: «Acordaos de lo que os habló». Esa es la palabra clave: recuerda lo que Dios ha dicho de ti. A veces sabemos más de una serie de televisión que de lo que los profetas han dicho de nosotros y de nuestras familias. Dios dice que sus bendiciones alcanzan hasta mil generaciones, pero miramos más lo que el mundo dice que lo que Dios dijo. No tengas más presente la vivencia que la creencia. Lo que han vivido ha sido duro, pero su palabra está por encima de lo vivido, y aun eso será usado para glorificar a Dios.
No se trata solo de una tumba vacía, sino de un Dios que guarda lo que promete hasta verlo resucitado. Somos muy buenos para recordar lo malo y no lo que Dios nos ha dicho. Dios no entierra promesas: las resucita. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, no da fruto. Nunca declares muerto lo que está guardado. Jesús no estaba simplemente muerto: estaba guardado en la voluntad de Dios. No importa lo que te toque vivir: si confías en él, estás guardado.
En Lucas los ángeles preguntan: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Nos parecemos tanto a ellas: buscamos vida en lugares muertos, en relaciones, en pecado, en emociones, y Dios nos ha mostrado una y otra vez que esos lugares no pueden darnos vida. Jesús dijo: «Separados de mí nada podéis hacer». La tumba está vacía, la muerte está vencida y el guardián sigue vivo.
De testigos a mensajeras
El ángel les dijo que fueran pronto a decir a los discípulos que Jesús había resucitado y que iba delante de ellos a Galilea, donde lo verían. Dios les dio a las mujeres un lugar muy especial: fueron las primeras en llegar y las primeras enviadas a anunciar las buenas nuevas. Jesús vino a romper con el machismo, que es la ausencia de verdadera hombría. Vino a dignificar a la mujer y a decirle: «Eres tan valiosa como un hombre, y te voy a usar como a ellos. Esa sensibilidad que puse en ti para creer a la primera y no dudar, la voy a usar poderosamente».
Ellas pasaron de ser testigos a ser mensajeras. Nosotros también hemos presenciado el amor, la bondad y la presencia de Dios, pero tenemos que llevar el mensaje. Imagina a alguien que entra a un restaurante lleno y pregunta en voz alta quién va a pagar. Todos lo miran como si estuviera loco. Entonces otro responde: «Yo voy a pagar, como Jesús pagó por ti en la cruz y resucitó para decirte que te sigue amando aunque lo hayas menospreciado». Así de generoso es Dios, y así se puede anunciar el mensaje de la resurrección.
Jesús no se quedó afuera: afrontó la muerte, entregó su vida y le quitó las llaves a la muerte. Jesús es atrevido: se atrevió a confiar en nosotros. Vio nuestro pecado, nuestro dolor y nuestro peligro, y no huyó del peligro: fue hacia él. En la historia de Narnia, el león entrega su vida por un muchacho que pertenecía al mal por su error. La muerte pensaba que había vencido, pero había una sorpresa: el león resucitó por haber dado su vida por otro. Así, la muerte creyó que había vencido a Jesús, y solo estaba cumpliendo un propósito: liberarnos de la segunda muerte.
El mayor milagro es encontrarte con él
Las mujeres salieron del sepulcro con temor y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. Ellas creyeron y corrieron. Entonces Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ni siquiera alcanzamos a imaginar lo que fue llevar todas las maldiciones; y ahora, al tercer día, todo había pasado y llegaba la gloria. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y lo adoraron. Lo reconocieron, lo tocaron y lo adoraron. El mayor milagro no es la tumba vacía, sino encontrarte con él. La resurrección no es solo un recuerdo: es una experiencia con el Dios que nos salvó y que nos sigue guardando, aun a quienes hoy viven su último día y a quienes él les dice: «Bienvenido a mi eternidad».
En Juan, Jesús le dice a María que no lo retenga, porque aún no ha subido al Padre. Es como si les dijera: «No se aferren a mí como si se les fuera la vida. Viene un nuevo nivel de relación conmigo. Ya no estaré en un cuerpo, sino en todo lugar y a toda hora. Tengo que ir al Padre, y el Espíritu Santo vendrá y manifestará mi presencia, mi amor, mi consuelo y mis milagros. No será para doce, ni para setenta, ni solo para Israel: será para el mundo entero». Hoy todo aquel que lo anhele puede experimentar a Cristo.
El guardián que parecía derrotado estaba venciendo a la muerte para guardarnos para siempre. Quizá digas que te pasan cosas malas; aun así, estás guardado para siempre. Él es el guardián de tu alma. Su resurrección no es solo historia ni religión: es poder, testimonio, oportunidad de vida, presente y futuro.
Camino a Emaús
Lucas 24:13 relata que ese mismo día dos de los discípulos iban a Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén, hablando de todo lo que había acontecido. Jerusalén era el lugar donde se manifestaría la promesa; era el tercer día, pero estaban tan decepcionados que se alejaban once kilómetros de la promesa, en la dirección contraria. Cuántas veces tomamos la dirección contraria y nos desviamos espiritualmente por no recordar lo que Dios dijo. Caminaban, pero con el corazón estancado.
No todo el que camina está avanzando. No seas un cristiano sonámbulo que camina por caminar. Aunque andes en valle de sombra de muerte, no temerás mal alguno, porque el Señor está contigo: camina y avanza. Ellos hablaban de lo que había sucedido, no de lo que iba a suceder. ¿Cuánto tiempo dedicamos a contarle a todos lo que nos pasó, en lugar de hablar de lo que Dios dijo que sucederá? No es negar la realidad, sino hablar la verdad, que está por encima de la realidad: sí, ha habido muerte, pero va a haber resurrección. La resurrección de Jesús tiene que cambiar nuestras conversaciones. Decimos que para Dios no hay nada imposible, pero hablamos como si nada fuera posible.
Mientras conversaban, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos, pero sus ojos estaban velados para que no lo reconocieran. Si lo hubieran reconocido, ya no habría sido fe. Jesús quería que aprendieran a caminar, aun en el camino equivocado, no por lo que veían, sino por lo que creían y por lo que él les había dicho. El guardián nunca ha dejado de caminar contigo; solo que caminábamos sin reconocerlo. Él no solo te encuentra: redirecciona tu vida. Ellos no lo buscaron; él se acercó. No lo reconocieron, pero él no se fue. Aunque no lo veas, él no se ha ido de tu vida. Por grande que sea tu decepción, él resucitó en Jerusalén y va a cumplir su palabra en el tiempo que él ha determinado.
Jesús les preguntó qué pláticas eran esas que tenían entre sí mientras caminaban, y se detuvieron tristes. Hablaban profundamente de lo que había sucedido, no de lo que él había prometido. Somos especialistas en discutir a fondo las malas noticias y en insistir en lo mismo, pero no en hablar profundamente de lo que Dios dijo. Hay momentos incómodos que llegan como un golpe; bendito Dios por esos golpes que redireccionan nuestra vida y nos dicen que vamos en la dirección incorrecta.
Cleofas le respondió que debía de ser el único forastero en Jerusalén que no sabía lo que había acontecido. Y Jesús preguntó: «¿Qué cosas?». Jesús tiene un gran sentido del humor: él lo había vivido todo. Pero quería escucharlos. Dios jamás menosprecia nuestra tristeza. En lugar de guardarla, amargarte y discutir en todos lados, cierra la puerta de tu cuarto y cuéntale a Dios lo que te pasa. No se trata de que él lo sepa, porque ya lo sabe, sino de abrirle el corazón y expresarle tu confianza, invitándolo a ser tu Señor.
Le contaron que Jesús nazareno era un profeta poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo, que los principales sacerdotes y gobernantes lo entregaron a sentencia de muerte y lo crucificaron. «Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Ya no esperaban. Solo podían recordar lo que habían vivido. Tenían demasiado presente la vivencia y no la creencia. Trae a Dios a lo que estás viviendo. Y añadieron que ya era el tercer día. Pero el tercer día no había terminado. Lo que parecía el final era el proceso.
Les contaron también que unas mujeres habían ido al sepulcro y habían visto ángeles que decían que él vivía. Entonces Jesús les dijo: «¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?». Somos rápidos para darle vida a lo que estamos viviendo y lentos para creer lo que Dios ha dicho. Volvámonos rápidos para creerle a Dios y a sus promesas. Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.
¿No ardía nuestro corazón?
Al llegar a la aldea, él hizo como que iba más lejos, pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: «Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado». Estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron. Fue al partir el pan, en ese momento de intimidad, donde sus ojos fueron abiertos. Hay quienes escuchan hablar del Señor y piensan que estás loco, porque sus ojos no han sido abiertos; pero no hay nada que la oración no pueda hacer para que alguien abra los ojos. Es en la mesa, en la intimidad con Dios, donde él abre tus ojos. No te lo tienen que contar: tú lo experimentas.
Versículo clave
«¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino?»
Lucas 24:32
Él desapareció de su vista, y ellos se dijeron: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?». No necesitaban que cambiaran las circunstancias: cambió el corazón. El problema nunca está en Dios; siempre está en nosotros. Y en esa misma hora regresaron a Jerusalén. Correr once kilómetros en menos de una hora es un ritmo impresionante, y lo hicieron en sandalias. Cuando hay pasión por Dios, lo que sientes pasa a segundo plano y vienen nuevas fuerzas. Cuando el corazón arde, todo cambia.
La cruz fue el pago, la tumba fue la prueba y la resurrección fue la victoria. Jesús no resucitó solo para que viéramos un milagro, sino para tener una relación nueva con nosotros. Las mujeres abrazaron sus pies, lo reconocieron y lo adoraron. Si hoy lo reconoces y lo adoras, lo vas a experimentar, y podrás decir que no solo conoces una historia, sino que experimentaste al Dios vivo. Quizá vas camino a Emaús y tu corazón ha dejado de arder, pero su misericordia te sigue acompañando y te está redireccionando. Así como aquellos discípulos se fueron tristes y regresaron con propósito, eso hace la presencia de Dios cuando nos sentamos a la mesa con él.
Si hoy quieres reconocer al Cristo resucitado, puedes orar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados. Hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador».


