Dios es nuestro guardián, pero hay guardianes que necesitamos tener en nuestra vida. Uno de ellos es el descanso. Para entenderlo, miremos a un hombre que vio muchas victorias en Dios, pero que atravesó una crisis tan fuerte que tuvo que ser redireccionado por Dios.
El agotamiento de Elías
1 Reyes 19 relata que el rey Acab le contó a Jezabel todo lo que Elías había hecho y cómo había matado a espada a los profetas. Jezabel le mandó a decir que al día siguiente, a esa misma hora, lo mataría. Elías tuvo tanto miedo que huyó para salvar su vida. Llegó a Beerseba, dejó allí a su siervo y caminó todo un día por el desierto. Se sentó debajo de un enebro y, deseando morirse, dijo: «Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres».
Aquí vemos a un profeta de Dios con un colapso emocional y físico. Elías estaba agotado, cansado, drenado y vulnerable. El agotamiento no es señal de debilidad espiritual, sino de una humanidad no atendida. Cansarse es totalmente humano. Por eso hay que prestar atención a las señales y a las alarmas: cuando las emociones se vuelven inestables, cuando no estás en condiciones de atender los retos, cuando explotas y tienes poca o ninguna tolerancia, cuando tu salud, tu familia y tu entorno se ven afectados.
Los momentos más vulnerables de un ser humano son los de cansancio y agotamiento. El rey David estuvo a punto de perder la vida porque estaba agotado. Hoy muchas personas no están viviendo, sino sobreviviendo desde el agotamiento, y por eso no ven lo que Dios tiene para ellas ni experimentan plenitud. No es que estén en pecado: es que están exhaustas.
Un día para reposar
El descanso es reposo, pausa y respiro. Es tomar un día a la semana y decir: «Señor, vengo a tomar un respiro». Tal vez tuviste una semana difícil, con muchos retos y muchos frentes. El Espíritu de Dios sopla aliento de vida sobre ti y te quita lo que te carga, te drena y te desvía, para que puedas seguir caminando.
Cuando Dios terminó la creación, al séptimo día reposó. No reposó porque le faltara poder: es omnipotente y omnipresente. Reposó porque está comprometido a sostener a sus hijos cansados. Un día a la semana, Dios te dice: «Quiero renovar tus fuerzas, fortalecerte, darte vida y ánimo; quiero que te repongas». Ese día no trabajes, no planifiques, no respondas correos ni estés pensando en lo que te toca hacer. Si lees la Biblia, que no sea para preparar algo, sino para recibir tú una palabra y una dirección de Dios. Cuando respetas ese día, Dios te sostiene y te prospera más de lo que tus fuerzas pueden hacer.
No todo silencio es abandono
Elías estaba exhausto en el desierto. Pero los desiertos no son malos: muchas veces Dios los usa para que nos recuperemos. No todo silencio de Dios es abandono; puede ser restauración, redirección y fortalecimiento. Hay desiertos a los que Dios nos lleva porque nos quiere redireccionar, fortalecer y hablarnos. Dios llevó a Elías al descanso porque venía algo nuevo: una nueva asignación. Así también Dios puede llevarte al descanso porque te va a dar una nueva asignación, una nueva temporada, una transición.
Pero no puede haber dirección sin restauración primero. A veces queremos la dirección de Dios, y él nos dice que antes hay cosas que necesita restaurar en nosotros. Elías hablaba frustrado porque las cosas no salían como quería, aunque venía de una gran victoria. ¿Te detienes a celebrar tus victorias? En la creación, cada día Dios miró lo que había hecho y vio que era bueno. El problema es que no nos detenemos a ver ni a celebrar las victorias que hemos tenido, porque vivimos con una prisa interna.
Hay gente que no conoce otra velocidad. Si manejas un carro siempre en primera, lo vas a fundir, y hay personas que se funden porque no saben que existen otras velocidades. Dios tiene diferentes velocidades. ¿Cuál es la prisa, si somos eternos? Su palabra dice: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Si vivo en una sola velocidad, jamás voy a conocer a Dios, porque hay momentos de quietud, de pausa y de respiro.
Dios quería llevar a Elías a entender que el llamado no se sostenía con sus propias fuerzas. Hay momentos en que se tiene que romper la autosuficiencia: la forma en que pienso, actúo y decido; mis formas, mis tiempos y mi voluntad.
El descanso del alma
El descanso es un guardián que te guarda. Pero no se trata solo del descanso físico. Así como el cuerpo se cansa, también el alma se cansa. Jesús dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar», y que hallaríamos descanso para nuestras almas. Dios nos está llevando a un descanso del alma: descansar en sus tiempos, en lo que él quiere y no en lo que yo quiero; descansar en su voluntad.
Cuando aprendes a descansar, tienes un guardián que te guarda de tomar malas decisiones y de caer en problemas de salud. Hay hospitales llenos de personas con el colon irritable, y el estómago, el colon, es como un segundo cerebro: algo nos está diciendo que no estamos viviendo a la manera de Cristo. Hoy se puede romper todo patrón de pensamiento y podemos descansar en su voluntad.
El día de reposo también te recuerda algo: un día vas a dejar de hacer lo que haces, pero jamás vas a dejar de ser quien eres en Cristo. En el día de reposo, Dios valida tu ser, no tu hacer. Hay personas cuya identidad depende de lo que hacen, y por eso no pueden detenerse.
Aprender a contentarse
En Filipenses 4:10-13, Pablo dice que se alegra en el Señor porque los filipenses volvieron a preocuparse por él. No lo dice por necesidad, porque ha aprendido a contentarse, cualquiera que sea su situación. Sabe vivir humildemente y sabe tener abundancia; en todo y por todo está enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, para tener abundancia como para padecer necesidad. Y concluye: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».
Versículo clave
«He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.»
Filipenses 4:11
Pablo aprendió a contentarse. El contentamiento no elimina los deseos: los ordena. No es conformismo, pasividad ni resignación. Somos una iglesia que cree, que sueña y que tiene visión, pero tiene que haber contentamiento en el lugar donde estás hoy. ¿Qué hay dentro de ti? ¿Prisa, afán, frustración, amargura? El contentamiento es la disposición del corazón a descansar en la voluntad de Dios. Hay gente agotada, drenada y desgastada porque no descansa en su voluntad. Descansar en su voluntad es decir: «Señor, esto es lo que tú quieres para mí; estos son tus planes y tu diseño». Por eso no me anticipo ni me apresuro.
Santiago 4, en una versión contemporánea, pregunta de dónde creemos que surgen las guerras y peleas. No ocurren porque sí: suceden porque queremos hacer las cosas a nuestra manera y luchamos por ello en lo más profundo. Deseamos lo que no tenemos, ambicionamos lo que no nos pertenece y somos capaces de usar la violencia para obtenerlo. No se nos ocurre pedírselo a Dios, porque sabemos que estaríamos pidiendo lo que no tenemos derecho a reclamar. Somos como niños malcriados, cada uno queriendo salirse con la suya. Y si lo único que buscamos es nuestra propia voluntad y coqueteamos con el mundo, nos convertimos en enemigos de Dios y de su camino.
Un consejo para los padres: no les des a tus hijos todo lo que te piden, porque estás formando adultos que vivirán con frustración. Hay que enseñarles a tolerar el no. Un padre puede decirle a su hijo: «Mi no debe ser suficiente para ti, porque vas a recibir noes de Dios, y Dios no siempre te dará una explicación». Si no aprendemos a recibir un no, después tendremos problemas con Dios, porque hay noes de Dios que simplemente se aceptan.
Cuando Dios te pensó, ya tenía un diseño y un plan, y ya había preparado las obras para que anduvieras en ellas. Cuando aprendemos el contentamiento, decimos: «Señor, tus planes están bien». Antes de pedir algo, podemos preguntarle: «Señor, ¿qué quieres tú? Lo que decidas estará bien, aunque no me guste». A veces los noes de Dios son duros, pero Dios sabe por qué. Dios es Dios y nosotros no. Cuando confías y sueltas el control, puedes reposar en su voluntad.
Soltar la capa
Viene un nuevo tiempo con transiciones para muchos, y hay que soltar cosas. Bartimeo estaba sentado junto al camino y, al oír que pasaba Jesús, comenzó a clamar, y Jesús se detuvo. Jesús se detiene y atiende tu clamor. Lo primero que hizo Bartimeo fue arrojar su capa. La capa representaba todo lo que lo sostenía: en ella recibía las limosnas y con ella se cubría y se protegía. Dios te dice: «Suelta lo que crees que te sostiene, que te cubre y te protege, porque te voy a dar visión. Cuando sueltes lo viejo, te llevaré a una nueva visión y al camino donde quiero que andes».
No forzar las cosas
David fue muy cuidadoso en hacer la voluntad de Dios, aunque falló muchas veces. Estando en una cueva con sus hombres, entró Saúl a hacer sus necesidades, y los hombres de David le dijeron que era su oportunidad para matarlo. Pero 1 Samuel 24:7 dice: «Así reprimió David a sus hombres con palabras, y no les permitió que se levantasen contra Saúl. Y Saúl, saliendo de la cueva, siguió su camino».
Descansar en Dios no significa tomar decisiones a la ligera por lo que siento, lo que he vivido, lo que he sufrido o lo que creo merecer. Descansar en la voluntad de Dios no implica forzar las cosas. David ya había sido ungido, y aun así tocaba el arpa para quien ocupaba su lugar. Dios le decía: «Estás ungido, pero no es tu tiempo; te estoy formando como un hombre conforme a mi corazón». David no forzó las cosas ni metió sus manos. ¿Cuántas veces queremos forzarlas? Dios nos dice que eso solo nos traerá cansancio y agotamiento; pero cuando entendemos su voluntad, es él quien nos lleva, nos transiciona, hace las conexiones y trae lo que ha diseñado para nosotros.
Saúl forzó las cosas y perdió su reino; se puso a hacer lo que Dios nunca le mandó. No hay nada más frustrante para un ser humano que hacer cosas que Dios no le mandó hacer: solo te desgasta, te agota, te drena y te hace perder la visión. Tampoco te compares. Hoy, en las redes, la gente se compara constantemente. Lo que a otro le funciona quizá no te funcione a ti. Cuando Dios te hizo, rompió el molde, y tiene algo para ti en el tiempo que él diseñó. Si te comparas, vivirás frustrado toda tu vida.
Descansar en su voluntad es resistir la mía, y eso es difícil. Pregúntale: «Señor, ¿es este el lugar donde quieres que esté? ¿Es esto lo que quieres que haga?». Hay gente sin paz ni alegría porque está haciendo lo que Dios no le mandó o está en el lugar donde Dios no la quiere. A veces Dios te dirá que te muevas, pero no te muevas sin su instrucción, solo porque otros lo hacen o porque es tendencia. Tu batalla no es la de tu vecino: tú tienes tus desafíos, tus tiempos y tus retos. El contentamiento es una satisfacción completa en su voluntad. Jesús, por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, porque sabía que ahí tenía que estar.
Adictos al éxito
Vivimos un tiempo en que somos adictos al éxito, al aplauso humano, a la validación, a los likes y a los seguidores. Queremos vivir solo en las cumbres, pero Dios dice que hay tiempo de valle, de desierto y de redirección. Renunciemos a toda adicción a la validación y al aplauso humano.
Hoy el mundo castigaría a Enoc. Para muchos no hizo nada, pero caminó con Dios y Dios se lo llevó. ¿Cumplió su propósito? Sí. Noé predicó durante muchísimos años y solo se salvó su familia. Hoy las redes lo llamarían un fracasado, porque todos lo rechazaron. Pero hizo la voluntad de Dios. Lo que nos corresponde es hacer su voluntad, sea cual sea el lugar donde Dios nos quiere. A veces llamamos victoria a lo que Dios no llama victoria. Elías estaba en una victoria y por dentro tenía un caos. Por eso no hay descanso: porque no hay satisfacción ni contentamiento.
Y no lo hay porque en el corazón hay codicia. La codicia es un ídolo que te dice: «En lo siguiente vas a ser feliz». «Cuando me case seré feliz», y un día despiertas casado y no eres feliz. «Cuando tenga hijos seré feliz», y los hijos son una bendición, pero vienen los desvelos y la crianza. «Cuando logre esa meta, esa venta, esa maestría, ese reconocimiento, cuando me conozcan en las redes, seré feliz». Y lo obtienes y no lo eres. Es lo mismo que en el Edén: Eva tenía todos los árboles, pero quiso el fruto que se veía codiciable. No estaba en el diseño ni en la voluntad de Dios. La codicia es lo opuesto al contentamiento: querer algo a lo que Dios dijo que no.
Vivimos en un mundo cada vez más afanado, con un desborde de invitaciones a convencernos de que algo nos hace falta: cuando tenga esa bolsa, esos zapatos, ese arreglo estético. Y al final nada. El contentamiento está dentro, en hacer la voluntad de Dios. Cuando estás en el lugar donde Dios te quiere, en su tiempo y haciendo lo que él quiere, hay contentamiento, paz y gozo. Y aunque la gente pregunte cómo puedes estar así si no te ha salido esto o aquello, puedes responder: «Estoy donde Dios me quiere, y con eso basta».
Bajo el enebro
Elías se sentó debajo de un enebro. Hay veces que necesitamos sentarnos, meditar y decir: «Señor, necesito tu dirección». Podemos sentirnos como una rama recién podada, sin nada atractivo, sin saber hacia dónde ir después de haber hecho todo lo que Dios pidió. Dios nos lleva a ese punto para que entendamos su voluntad, para que soltemos lo viejo y dejemos el arroyo que se secó, y así podamos recibir lo que él trae.
Ese arbusto no da mucha sombra; no se puede descansar mucho debajo de él. Pero representa un umbral de transición, el punto en que dices: «Su gracia me basta». Dios quería llevar a Elías a una redirección, a pesar de todas las victorias que había visto: vio descender fuego del cielo, y aun así estaba ciego.
Pregúntate: ¿todo lo que me ha desgastado, preocupado y afanado, al punto de afectar mi salud, es la voluntad de Dios? ¿Lo que no me deja dormir y no me deja disfrutar lo que sí tengo, por mirar lo que me falta? ¿Esa relación por la que has clamado y llorado, hasta no poder oír otra voz que la tuya, es la voluntad de Dios? ¿Ese negocio por el que tu familia te ve llegar de mal humor y desequilibrado es lo que Dios quiere para ti? Quizá tienes que replantearte y dejar que sea Dios quien te dé la dirección correcta, para no vivir desde el cansancio ni responder desde el agotamiento.
No puedo conocer la voluntad de Dios si primero no rindo la mía. El Señor es un caballero y no quiere choques de voluntades. Por eso estamos tan cansados: porque Dios nos dice que, cuando rindamos nuestra voluntad, conoceremos la suya, y su voluntad trae reposo, contentamiento, paz y plenitud.
Un silbo apacible y delicado
Un ángel tocó a Elías y le dijo: «Levántate, come». Elías vio un pan cocido sobre las ascuas y una vasija de agua; comió, bebió y volvió a dormirse. El ángel volvió por segunda vez, lo tocó y le dijo que se levantara y comiera, porque largo camino le restaba. Elías comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios. Mira la terapia de Dios: lo dejó dormir, lo alimentó, lo fortaleció y luego lo direccionó.
En el monte, Dios le dijo que saliera y se pusiera delante de él. Pasó un viento grande y poderoso que rompía los montes, pero Jehová no estaba en el viento; luego un terremoto, pero Jehová no estaba en el terremoto; luego un fuego, pero Jehová no estaba en el fuego.
Versículo clave
«Y tras el fuego un silbo apacible y delicado.»
1 Reyes 19:12
El contentamiento de Elías no vino de su fuerza, de su velocidad, de sus éxitos ni de sus logros: vino de la intimidad con Dios. De ahí viene la verdadera satisfacción. Elías reposó en su voluntad, y entonces Dios le dio una nueva asignación: ungir reyes y preparar a Eliseo como su sucesor. Solo cuando entramos en esa intimidad y rendimos nuestra voluntad viene la redirección de Dios y la claridad. No hará falta que nadie te diga por dónde ir: habrá una convicción en tu espíritu de que es Dios quien te lleva a lo nuevo, con propósito y nuevas fuerzas, para no reaccionar desde el agotamiento ni desde la frustración, sino desde la plenitud.
Quizá estás como Elías: aparentemente todo está bien, pero por dentro hay un caos, sin claridad, sin paz y sin gozo. Dios quiere que no vivas de apariencias, sino con transparencia, de adentro hacia afuera. Él quiere llevarte a descansar, alimentarte, fortalecerte y darte una dirección clara. Puedes orar: «Señor, hoy te rindo mi voluntad y te pido que dirijas mi vida. Gracias por dar tu vida por mí en la cruz. Reconozco que necesito dirección. Te recibo como mi Señor y mi Salvador. Ayúdame a hacer tu voluntad y a vivir con contentamiento mientras esté en esta tierra».


