¿Quién responderá? Romanos 14:12 enseña que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Es personal: todos rendiremos cuentas de nuestras acciones y de nuestros pensamientos. Pero eso no debe asustarnos, porque estaremos delante de la presencia de Dios. Dios ya sabe que tenemos defectos e imperfecciones, y no nos va a reclamar por ellas.
Versículo clave
«De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.»
Romanos 14:12
Lo que sí nos recordará es si, en medio de nuestras imperfecciones, errores y pecados, aprovechamos la oportunidad de no permanecer en ellos y de no persistir en la necedad de aquello que hacía tiempo teníamos que entregarle. Él es un Dios de oportunidades, y es como si nos dijera: «No te estoy pidiendo perfección, sino rendición de aquellas debilidades que están afectando tu vida. Ríndelas delante de mí y verás lo que hago». Por eso hoy es un buen día para comprometernos y decirle: «Señor, quiero responderte, porque llegará el día en que te rendiré cuentas».
Esto no es solo motivación: es una responsabilidad eterna. Ninguno de nosotros vino a existir solamente; tenemos un propósito. Ser guardianes no es un título, es una práctica diaria de las responsabilidades que Dios nos ha dado desde Génesis, cuando al hombre se le encargó labrar y guardar el huerto. La pregunta es quiénes vamos a responder.
¿Quién responderá a su venida?
En Lucas 12:35, Jesús nos llama a estar vestidos y con las lámparas encendidas, como siervos que esperan a su señor cuando regresa de la boda, despiertos y listos para abrirle en cuanto llegue y llame. Dichosos los siervos a quienes su señor encuentre velando: él mismo se ceñirá, los sentará a la mesa y les servirá. Es una figura espiritual: está hablando de la venida de nuestro Señor Jesucristo, que nos prepara un banquete. No importa a qué hora de la noche llegue; tenemos que estar atentos espiritualmente, sin acomodarnos ni dormirnos.
Jesús dijo que la mies es mucha y los obreros pocos, y que roguemos al Señor de la mies que envíe obreros. Si todavía no ha venido, es por misericordia, y esa misericordia no es solo para los que no lo conocen, sino también para nosotros, los cristianos que nos dormimos. Es como si dijera: «Estoy esperando que mi iglesia se levante a predicar mi palabra, para que cuando yo venga muchos sean salvos». Nadie sabe el día ni la hora, y no se trata de enfrascarnos en calcularlo, sino de que nos encuentre siendo buenos guardianes de su venida.
Ni siquiera necesitas un púlpito. Dondequiera que vayas, habla de Jesús, comparte las buenas nuevas y ora por las personas. Que Dios nos encuentre atentos: cumpliendo un propósito en Jesús, hablando de su palabra, siendo discípulos de Jesús y formando discípulos para él. No podemos olvidar que Jesús viene por su iglesia.
La iglesia ofrece herramientas para que seas formado como discípulo de Jesús y crezcas en su palabra, porque los pastores darán cuentas al Señor de lo que hicieron. Pero nadie puede obligarte a ser discípulo, y si no quieres ser formado, también tú darás cuentas al Señor. A veces tenemos demasiadas excusas para responderle: los niños, el colegio, la distancia, el tráfico. Si no puedes reunirte a orar, ora en tu casa. Dios ya no tiene que respondernos: ya nos respondió en la cruz del Calvario, con los brazos abiertos para todos.
Administradores de lo que no es nuestro
En Lucas 12:42, el Señor pregunta quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa para que a tiempo les dé su ración a los demás. Todos estamos administrando lo que no es nuestro. Ni siquiera tu vida te pertenece, aunque Dios te da la libertad de decidir. Todos cuidamos algo: la familia, el tiempo, las relaciones, los dones, la fe, las decisiones y el propósito. Un verdadero guardián se reconoce por su responsabilidad, no por su posición: por las responsabilidades que tiene y por cómo responde a ellas.
¿Quién responderá por tu familia?
Los que somos cabeza de hogar no le rendiremos cuentas a nuestra familia, sino a Dios por nuestra familia. Un guardián protege, cuida y lidera espiritualmente a su familia. Decide honrar a Dios, se define por los valores de la palabra y da dirección. Si tú no defines el rumbo de tu casa, el mundo lo hará. El mundo está dispuesto a dirigir a tus hijos, a tus nietos, tu vida y tu matrimonio. Alguien tiene que responder por su familia.
¿Qué está entrando a tu casa? No todo lo que entra a tu casa la edifica, ni todo lo que dejas entrar en tu vida te edifica. La familia no solo sigue palabras: sigue ejemplos. Tu oración impacta, tu carácter enseña y tu disciplina forma. Job se levantaba de mañana a ofrecer sacrificios por cada uno de sus hijos después de sus fiestas, por si habían pecado. Las cosas más valiosas de un hogar no se resuelven con un cheque, sino con tiempo dedicado intencionalmente a la familia.
Jacob declaraba palabra sobre sus hijos, y tú también puedes declarar sobre los tuyos. Para que esa declaración sea poderosa, declara la misma palabra de Dios; no tienes que inventar nada. Sobre Aser declaró que su pan sería sustancioso. No hablaba de algo externo, sino interno, como dijo Jesús: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Aunque a veces falte el pan de afuera, que no falte el de adentro.
Sobre Gad declaró que un ejército lo acometería, pero que él acometería al final: habrá batallas en tu vida, pero vas a terminar venciendo. Sobre Dan declaró justicia y astucia. La Biblia dice que los hijos de este siglo son más astutos que los hijos de luz. La astucia no es mala; Dios la dio. El problema de la serpiente fue que usó la astucia contra el Dios que se la dio. Así también, si un hombre usa la capacidad de conquistar que Dios le dio para conquistar a quien no es su esposa, está usando el don contra el Dios que se lo dio, porque Dios puso un límite. Jesús nos llama a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas: íntegros y nobles, pero astutos para tomar la bendición que Dios tiene para nuestra vida.
A Isacar lo llamó asno fuerte: llevaría carga pesada, pero Dios lo había capacitado para llevarla. Y de Benjamín dijo que sería como lobo arrebatador. El lobo puede mantener el mismo ritmo durante mucho tiempo, en la selva o en la nieve, en cualquier terreno. No sería emocional, como quien corre cien metros y se detiene, o como quien se emociona en enero y luego no sigue con nada. Tendría un trote parejo y fiel. Por la mañana comería la presa, es decir, tendría hambre de conquista y de ver la gloria de Dios; y por la tarde repartiría el botín, con la capacidad de compartir con los demás. Así oraba Jacob y así declaraba sobre sus hijos.
La Palabra dice que quien no provee para los suyos ha negado la fe. Casi siempre lo asociamos solo con dinero, pero se provee de muchas maneras: se provee palabra, se provee lágrimas cuando lloras con ellos, se provee risa, tiempo, presencia y dirección espiritual. Padres: no perfectos, pero sí presentes. El legado empieza en el hogar. Tu familia no necesita un proveedor económico ausente, sino un guardián presente. Dar dinero no te excusa de tus responsabilidades como padre, ni con tus hijos ni con tu esposa. Un cheque nunca ha resuelto lo que solo Dios llena por medio de su palabra. No esperes a que haga falta una terapia: respóndele al Señor desde ya. Si el éxito afuera cuesta el fracaso en casa, renuncia a ese éxito.
Cuando el pueblo ya estaba en la tierra prometida, Josué vio una generación que no creía y otra que se acomodaba. Y declaró: «yo y mi casa serviremos a Jehová». No sé las demás casas, pero la mía sí. No voy con lo que todo el mundo hace, sino con lo que Dios me ha dicho que es mi propósito.
La honra no depende del otro
Un buen guardián cuida su vida espiritual, su familia, sus generaciones y la atmósfera de su casa. Queremos más de Dios, pero muchas veces no somos fieles con lo que ya nos dio. Todo guardián y todo administrador dará cuentas. Honrar significa respetar y dar valor a algo precioso; deshonrar es tratar algo como común, sin valor. Honrar a tu padre y a tu madre es el primer mandamiento con promesa: que te vaya bien y seas de larga vida. Hoy tenemos la oportunidad de ir a un nuevo nivel de honra, y no solo con dinero: honramos con tiempo, con una llamada, con un abrazo, con un beso a nuestros padres. Dios honra a los que lo honran.
Recuerda a la mujer que derramó un perfume de altísimo costo sobre Jesús. Para Judas era un desperdicio; para ella, un honor. ¿Tenía Jesús necesidad? No se trata del monto. Si Dios te pone a honrar a alguien, hazlo sin dudar. No das solo por necesidad: espera la dirección de Dios. Puede que Dios te envíe a honrar a alguien que no tiene necesidad económica, porque no es él quien la necesita: eres tú quien necesita soltar para recibir la bendición de honrar.
Quizá digas: «Es que no conoces mi historia; mis padres fueron lo peor». Tal vez tengas razón, pero las razones no rompen los principios. Tú no eres su padre; eres su hijo. Puedes decirles: «Esto no me parece y no lo comparto, pero te voy a seguir amando y honrando, porque hay una bendición que solo viene por la honra, y no quiero perderla». Que la fuente del honor no dependa de las actitudes de la persona a quien honras, sino de los principios de honor que hay en ti. Agradecer y bendecir a quienes fueron importantes en tu vida, aunque hayan cometido errores, es una bendición. Detengamos todo lo que trae deshonra y derramemos honor. Para algunos, honrar será dedicar tiempo; para otros, a quienes les cuesta mucho, será honrar con dinero.
¿Quién responderá por lo que Dios puso en tus manos?
La palabra profética no acusa, pero sí confronta. Dios nos corrige y así nos muestra su amor. La confrontación nos lleva a un nuevo nivel: nos despierta y nos desacomoda. No podemos querer solo las bendiciones. Es tiempo de despertar, de predicar su palabra y de responderle a Dios, porque él ya nos ha respondido demasiado.
En Juan 17:4, Jesús le dice al Padre que lo ha glorificado en la tierra porque ha acabado la obra que le dio que hiciese. Otra versión dice que completó hasta el último detalle. Tenemos un Dios detallista y un Jesús responsable hasta el final. Por eso, si en tu trabajo dejas las cosas a medias porque no soportas a tu jefe, no hemos entendido la Biblia. Termina hasta el último detalle. Y si una autoridad, incluso tu padre, te pide hacer algo incorrecto, puedes decirle: «La palabra de Dios está por encima de todos nosotros, y por honrarla no voy a hacer esto; eso no significa que no te ame ni que no te honre».
Honremos la palabra. Ella no vuelve vacía, sino que cumple el propósito para el que fue enviada. Si Dios envía una palabra de libertad y alguien la menosprecia porque quiere seguir en lo mismo, esa palabra encontrará a quien la honre y quiera ser libre. Lo que se honra se valora; lo que se deshonra se desvaloriza.
Colosenses 3:23 dice: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres». A veces se usa fuera de contexto: «Ese servidor me cae mal, pero no lo hago por él, lo hago para Dios». Pero el pasaje dice de corazón, y si tu corazón no está sano, no lo estás haciendo para Dios, porque el Dios para quien lo haces te pide perdonar hasta setenta veces siete. Si lo haces para él, lo harás con una buena motivación y verás cómo es él quien responde a tu vida. Aunque siembres en alguien que no te responda bien, a quien darás cuentas es a Dios, y de él viene la bendición.
Versículo clave
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor.»
Colosenses 3:23
Fieles cuando nadie nos ve
Aunque nadie nos vea, Dios nos ve: es la responsabilidad en lo secreto. Tu nivel de responsabilidad determina tu nivel de autoridad. A alguien lo pueden poner en una posición en el gobierno, en una empresa o en una iglesia, pero la posición no determina su autoridad; la determinan los frutos de lo que Dios puso en sus manos. La autoridad no se impone, se reconoce. Dios no bendice intenciones: bendice la fidelidad, cuando nadie te aplaude, nadie te supervisa y nadie se da cuenta.
1 Corintios 4:2 dice: «Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel». No dice talentoso ni exitoso: dice fiel. Ojalá quisiéramos ser más fieles que exitosos, porque lo que el mundo llama éxito no lo es para Dios. Puedes ganar el mundo entero e impresionar a todos, y perder tu alma. Ese éxito no sirvió de nada.
En la parábola de los talentos, a uno le dieron cinco, a otro dos y a otro uno, y el señor se fue lejos. Ese detalle importa: el carácter se construye cuando nadie te ve. Dios no promueve el talento; promueve la fidelidad. No le dijo: «Qué bueno eres para lo que haces», sino: «Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré». El problema no es perder algo, sino no valorarlo. Esaú, aunque lo procuró con lágrimas, no pudo recuperar lo que había menospreciado. Valoremos, cuidemos y guardemos lo que Dios puso en nuestras manos. La verdadera responsabilidad no depende de la supervisión, sino de la convicción.
El siervo que recibió un talento lo escondió porque tuvo miedo, y el miedo produce pasividad. No fuiste creado para ser espectador, sino para ser responsable. Además, puso excusas: le dijo a su señor que siega donde no sembró. Cuando no nos hacemos responsables, siempre tenemos excusas. Quizá digas: «De pequeño me tocó vivir esto, y me dolió tanto». Es cierto. Pero hay alguien que se hizo responsable de toda herida y de todo daño que otros te hicieron, y su nombre es Jesús. Se acabaron las excusas. Llora y desahógate delante de Jesús por lo que te ha dolido, pero dile: «Tú te hiciste responsable de todas las maldiciones; yo me hago responsable de una vida nueva». Que tus generaciones no comiencen donde tú no terminaste, sino donde te tocaba terminar.
Dios prueba el carácter en lo pequeño. Tener un solo talento no era excusa, porque lo más grande no era el talento, sino la oportunidad de ser fiel. A Dios no le impresiona el monto: aplaude tu fidelidad con lo que puso en tus manos. Por eso la grandeza en el reino no es la misma que en el mundo. Grandeza no es que haya miles de personas ni hacerse famoso; grandeza es hacer la voluntad de Dios. Una iglesia de diez personas puede ser grande para Dios si está haciendo su voluntad. Qué bendición si Dios permite llevar su palabra a muchísimas personas, pero no se trata de nosotros, sino de él.
Lo pequeño no es un castigo, es un entrenamiento. Deja de quejarte por lo pequeño. El reino es como la semilla de mostaza: la más pequeña de todas, pero llega a ser la mayor de las hortalizas y las aves anidan en sus ramas. Donde nadie aplaude, Dios observa. La integridad se forma en lo oculto, en las decisiones que tomas cuando nadie te ve. La recompensa viene de Dios, no de la gente; no hagamos las cosas por aprobación humana, sino por agradar a Dios. Tu carácter en privado sostiene tu vida en público.
José fue íntegro sin público: en la cisterna, en la casa de Potifar y en la prisión. Fiel en la cisterna, fiel en la prisión y fiel en la abundancia. Si no somos formados en lo poco, lo mucho nos destruye, y quienes se saltan la formación terminan en una gran destrucción. Todos recibimos tiempo, dones y recursos: adminístralos bien, sírvele al Señor y ámalo con todo tu corazón.
Responder al amor que nos respondió
Quedan tres preguntas: ¿cómo vamos a responder ante su venida? ¿Cómo vamos a responder por nuestra familia? ¿Y cómo vamos a responder por lo que Dios ha puesto en nuestras manos? Dios busca a alguien en quien confiar: guardianes de su venida que prediquen su palabra dondequiera que vayan, personas que respondan por su familia con firmeza y que respondan por lo que él les confió.
Estamos aquí porque Jesús se hizo responsable de lo que no le correspondía: de tus maldiciones y de las mías. No cometió el error, pero fue a la cruz y pagó con su sangre porque nos ama. Podemos decirle: «Perdónanos, Señor, por las veces que no te hemos respondido con lo que pusiste en nuestras manos ni por nuestra familia; por llenarnos de lo temporal y olvidar lo eterno; por no honrar porque creíamos tener la excusa perfecta; por quejarnos de lo pequeño olvidando que era nuestro entrenamiento. No nos pides perfección, sino integridad. No seremos guardianes perfectos, pero sí fieles».
Y podemos responder a su amor con esta confesión: «Gracias, Jesús, por responderme con tanto amor. No eras responsable de mis delitos y pecados, pero te hiciste responsable. Hoy te abro mi corazón y te confieso como mi Señor y mi Salvador».


