A Dios le gusta sorprendernos. Lo vemos a lo largo de toda la Escritura: nos ha sorprendido y nos va a seguir sorprendiendo. Pero esas sorpresas tienen un propósito: llamar nuestra atención y llevarnos a una relación con él.
Abre mis ojos
El Salmo 119:18 dice: «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley». Una versión dice: abre mis ojos para que pueda ver las sorpresas que hay en tus enseñanzas. Sus enseñanzas son sorprendentes; la pregunta es si lo son para nosotros. Hasta los noes de Dios son sorprendentes: salvan vidas y salvan matrimonios. Los límites que Dios nos pone no son para decirnos no, sino para decirnos sí: para cuidarnos y bendecirnos. Cuando Dios nos dice algo es por amor, no para negarnos algo. Aunque nos cuesten, esos noes de Dios son más positivos de lo que imaginamos.
Versículo clave
«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.»
Salmo 119:18
¿Te ha pasado que lees algo en la Biblia y dices: «Nunca me había dado cuenta de esto; estaba ciego»? De repente el velo comienza a caerse, y lo que lo hace caer es la verdad de Dios que nos hace libres. Descubres que creías que tu mentira era verdad, porque el único dueño de la verdad es Dios por medio de su palabra. La palabra está viva, y si la lees, te sorprende cada día. Que Dios abra nuestros ojos para ver lo que él nos muestra, no lo que queremos ver.
Preso en plena celebración
Hechos 12:3 relata que Herodes, viendo que la muerte de Jacobo había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro, y que esto sucedió en los días de los panes sin levadura, durante la Pascua. Imagina ir a una celebración y terminar preso. Es donde menos esperarías que algo saliera mal. Este Herodes era nieto de Herodes el Grande, el que mandó matar a los niños. Herodes no era un solo rey, sino una familia de reyes idumeos que se levantaban contra el propósito de Dios, con un poder humano impresionante.
Lo metió en la cárcel y lo entregó a cuatro grupos de cuatro soldados cada uno para que lo custodiaran: dieciséis soldados. Herodes pensaba sacarlo al pueblo después de la Pascua. Para que un músculo crezca hay que ejercitarlo con peso, hasta que las fibras se rompan y vuelvan a crecer; así también hay cosas que deben romperse dentro de nosotros para que haya crecimiento espiritual.
Orar con todas las fuerzas
Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel, pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Una versión dice que la iglesia oraba con todas sus fuerzas. ¿Cuánta fuerza gastamos queriendo solucionar situaciones que solo Dios puede solucionar? Gastamos las fuerzas pensando en lo mismo, y no las usamos para orar al Dios que está por encima de lo que nos sucede. Terminamos desgastados en cuerpo y alma porque seguimos buscando salvadores cuando solo hay uno. Imagina orar con todas tus fuerzas: «Señor, en ti confiamos. No voy a usar mis fuerzas para intentar resolver lo que solo tú puedes resolver».
El problema no es correr, sino no saber a dónde correr. El problema no es sentir ansiedad, sino no saber a dónde llevarla. El problema no es sentir dolor, sino no procesarlo con Dios. Eso marca la diferencia.
Llegó la noche antes de que Herodes lo sacara para matarlo. Pedro dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas. ¿A quién se encarcela así? A alguien que el enemigo considera muy peligroso, no por sus fuerzas, sino por el Dios que está con él. A veces preguntamos: «¿Por qué me ataca más fuerte que a otros? ¿Por qué tantos guardias, si quién creen que soy yo?». Y no abrimos los ojos a las sorpresas de Dios. No es que Dios te dejó; al contrario, estás viviendo eso porque no te ha dejado. Él es el Dios de los ejércitos. Si estás con vida y el propósito continúa, nada ni nadie puede estorbarlo.
Dormir como un bebé
Pedro estaba durmiendo como un bebé. Qué enseñanza nos deja durmiendo. ¿Quién de nosotros podría dormir ahí? Pedro no andaba buscando a alguien que le ayudara a salir ni a arreglar algo. Dormía, y eso se llama paz. La paz no depende de lo que estés viviendo: la paz tiene nombre y es una persona: Jesús. Él dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar».
Quizá sientes que apenas empieza el año y ya estás agotado como si hubieran pasado seis meses. Jesús te invita a descansar, pero no te va a quitar la carga a la fuerza: tienes que entregársela. Él respeta tu decisión. Si quieres vivir cargado, la carga la llevas tú; si se la traes, él la toma. Dormir como un bebé es descansar aunque muchas cosas no se hayan solucionado, confiando en que Dios tiene el control.
La sorpresa que Pedro estaba a punto de recibir no era salir de la cárcel, sino tener paz sin salir del problema. Dios quiere sorprenderte con eso: que en medio de lo que estás viviendo experimentes paz. No es «se solucionó y entonces tengo paz». Es la paz que este mundo no conoce, porque no lo conoce a él, que es la paz. Dios quiere que, en medio de una situación difícil, tengas paz, le entregues el control y lo reconozcas como tu Señor. «Pero son dieciséis guardias». Sí, pero él es Dios, y creó a los dieciséis guardias.
El regalo de la paz
En Juan 14:25, Jesús les dijo a sus discípulos que les hablaba estas cosas estando con ellos. Pedro estaba ahí, y no estaba por estar: prestó atención y no olvidó la palabra que aprendió a ver como sorprendente. Por eso, cuando estés recibiendo la palabra, deja el celular a un lado y aprovecha el tiempo.
Jesús continuó: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Tenemos un amigo: el Espíritu Santo. Él es quien lleva la palabra a nuestro corazón y hace que algo suceda dentro de nosotros. Cuidemos esa amistad; sin él no podemos hacer nada. ¿Qué habrá recordado Pedro rodeado de soldados? ¿Lo que alguien le dijo cuando era niño? No: la palabra de Dios. No importa quién te rodee: si el Espíritu te rodea, todo estará en paz.
Versículo clave
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.»
Juan 14:27
Una versión dice: «Los dejo sanos y salvos; este es mi regalo para ustedes: la paz». Era como si Pedro pensara: «Me dejó sano, y si muero, salvo». Ten paz. No te amargues. Pueden robarte el celular, pero que no te roben la fe ni el corazón, porque de él mana la vida. Eso es intocable. Guarda tu corazón para tenerlo sano.
A veces nos toca perder. Dios también perdió: entregó a su Hijo en la cruz. A veces perdemos, pero al final siempre triunfamos. Hay quienes hoy roban o hacen daño, y Dios puede cambiar sus vidas por completo; ora por quien te hizo daño, para que también conozca a Dios. No permitas que ninguna situación toque tu fe ni oscurezca tu corazón. Sabemos que muchas veces la fe queda herida, pero Dios la sana. Él siempre está esperando por nosotros.
Jesús añadió que no nos deja como el mundo deja, abandonados y despojados. Que no se turbara su corazón ni tuviera miedo. Que se iba, pero volvería, y que si lo amaban se gozarían de que iba al Padre. Es como si dijera: «El Padre es la meta y el propósito de mi vida». Dios te va a sorprender, pero esas sorpresas tienen un propósito: conocerlo más y testificar de él. Puede que un día la sorpresa deje de serlo, pero tu relación con Dios jamás dejará de sorprenderte.
Solo en Jesús encontrarás esa paz. Ninguna relación te la puede dar: una seguridad de que nada de lo que pase te apartará de él. Romanos 16:20 dice: «Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies». Creemos que tener paz es no hacer nada, pero la paz es confianza, y el Dios de paz es el Dios de poder. Puedes tener paz porque donde tú no puedes, él sí puede; lo que tú no logras, él lo logra; lo que tú no sabes, él lo sabe. Hay cosas que nos rompen, pero a Dios no.
Una luz que inunda la cárcel
Había otros soldados delante de la puerta custodiando la cárcel. Herodes era muy cuidadoso con los detalles, pero Dios lo es más. Dios tenía la vida de Pedro en sus manos y sabía perfectamente lo que iba a hacer. Entonces se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel. Una versión dice que su luz inundó la cárcel. No bebas un poquito de su paz ni de su luz: deja que te inunde.
Hay quienes han perdido algo justo en el tiempo en que esperaban restitución, y Dios les ha recordado que no hay restitución sin pérdida: para restituir, primero hay que perder algo, y su restitución es mucho mejor de lo que imaginamos. Dios obra de maneras que no imaginamos. Que su luz inunde nuestros hogares y familias, el lugar donde vemos televisión y las escenas que debemos evitar, el carro y el trabajo, hasta rebosar y salpicar a otros con la luz de Jesús.
Aquel calabozo oscuro se inundó de luz. En los momentos más oscuros, no huyas: busca su luz. No busques tus propias soluciones; ríndete a él, y entonces viene la paz. La paz no llega cuando tienes el dinero que esperabas, cuando por fin llega el novio, cuando te casas, cuando tienes una casa más grande o cuando cierras el contrato. La provisión da alegría, pero la paz solo viene de él. No te engañes pensando que la paz vendrá con lo siguiente. Solo hay uno que sostiene el universo, y cuando confiamos en él viene la paz. Aflicción, dolor, enfermedad: son momentos oscuros. Deja que su luz te inunde. No solo tendrás testimonios de milagros; también tendrás el testimonio de que Dios te sostuvo con paz mientras esperabas.
Cíñete y sígueme
El ángel tocó a Pedro en el costado y lo despertó, diciendo: «Levántate pronto». Y las cadenas se le cayeron de las manos. A veces necesitamos una buena sacudida. A Pedro lo sacudieron porque dormía en paz; a nosotros nos tienen que sacudir porque no confiamos. No importa qué grillete quieran ponerle a tus sueños ni qué etiqueta te hayan puesto, aun desde niño: para Dios no hay imposibles. Muchos no estamos encadenados físicamente, pero sí atrapados en situaciones y pensamientos que nos esclavizan. Puedes dormir como un bebé cuando tu corazón no está en esclavitud. Pedro no podía moverse físicamente, pero su corazón podía ejercer fe y tener paz. ¿Qué te está atrapando hoy? A veces exigimos la solución ya, o pensamos que merecemos tantas cosas; bendita misericordia que no nos da lo que merecemos. No hay cadena que Dios no pueda romper.
Las sorpresas de Dios te alumbran, te sacuden y te preparan para una asignación. El ángel le dijo: «Cíñete, y átate las sandalias». Y luego: «Envuélvete en tu manto, y sígueme». Esa parte nos cuesta. El ángel no iba a hacer lo que le tocaba hacer a Pedro. Dios te sorprende para darte una asignación, y te dice: «No voy a hacer lo que tú tienes que hacer; pero lo que tú no puedes hacer, yo lo haré». Ceñirse era ajustarse la túnica, y significaba prepárate, ponte listo para moverte, actúa sin demora, despierta, vamos a salir ahora.
Qué diferente fue Getsemaní. Jesús oró que pasara de él la copa, y no hubo respuesta hasta que dijo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces vino un ángel y lo fortaleció. No ores para evitar lo que tienes que afrontar: Dios te dará fuerzas para afrontarlo. No huyas de los procesos. Pero también habrá visitaciones en las que el ángel no vendrá a fortalecerte, sino a sacarte hacia una asignación y un nuevo nivel. Pedro iba a participar activamente en su milagro: tenía que atarse las sandalias. Dios quiere sorprenderte, no inutilizarte. A Dios le gusta la gente productiva. Jesús dijo: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Esfuerzo, fe y lo mejor de nosotros en todo lo que hacemos, porque lo hacemos para Dios.
Las puertas de la cárcel se abrieron
Cuando Pedro volvió en sí, dijo: «Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes». Una versión dice: «No puedo creerlo». Que Dios haga algo tan grande que solo él pueda lograrlo. A veces lo que vivimos es tan adverso que, cuando Dios se glorifica, nunca más olvidamos que solo él pudo hacerlo.
Pedro fue a casa de María, la madre de Juan Marcos, donde muchos estaban reunidos orando. La oración eficaz del justo puede mucho, y somos justos porque su sangre nos justificó. Tocó a la puerta, y una muchacha llamada Rode salió a escuchar. Cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió, sino que corrió adentro a decir que Pedro estaba a la puerta. Las puertas de la cárcel se abrieron, y la de la iglesia se quedó cerrada. Así es la iglesia: gente con defectos, a la que a veces le gana la emoción y comete errores, pero que estaba cumpliendo su función: estaba orando. Hay puertas que Dios abre, y otras que tendrás que seguir tocando una y otra vez.
Le dijeron: «Estás loca». Y como ella insistía, concluyeron: «¡Es su ángel!». Tenemos una parte humana: oramos, y nos sorprende que Dios responda. Hasta dudamos de la respuesta. Pero Dios nos escucha, conoce nuestros anhelos, nos conoce y nos ama, y va a contestar nuestras oraciones.
¿Has estado experimentando la paz que sobrepasa todo entendimiento? La paz no es la ausencia de problemas. Hay cosas que no puedes controlar; puedes ceñirte y atarte las sandalias, pero solo él puede romper las cadenas. Si estás cansado, ve a él y entrégale tu carga. Dale la bienvenida al Espíritu Santo, nuestro amigo, y pídele conocerlo más. Buscamos paz en resolver lo que creemos que nos dará paz, pero lo más profundo no es salir del problema, sino tener comunión con el Dios que es nuestra paz. Y la iglesia oraba con todas sus fuerzas: quien ora gobierna en lo espiritual. Oremos por nuestras familias, por los que aún no lo conocen y por quienes empezaron con emoción y ahora están entrando en una relación con él, para que Dios los guarde, renueve sus fuerzas y rompa cadenas en sus generaciones. Y si quieres recibir a Jesús, puedes orar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y hoy te confieso como mi Señor y mi Salvador».


