La palabra que Dios envía no vuelve vacía: cumple el propósito para el cual fue enviada. Dios vela sobre su palabra. Por eso, cada vez que la recibes, es un momento importante: te toca permitir que caiga en buena tierra, en tu corazón. No te distraigas. Hoy hay una doble sorpresa: Dios quiere darte lo que le has pedido, pero sobre todo quiere sorprenderte con lo que desea hacer en ti.
Un corazón lejos, aunque las palabras suenen bien
Isaías, uno de los profetas mayores, anunció cómo Dios quería sorprender a su pueblo no solo dándoles victorias, sino haciendo algo nuevo en ellos. «Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado».
Versículo clave
«Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado»
Isaías 29:13
Imagina al pueblo recibiendo esa palabra. Cumplían rituales, conocían las Escrituras, pero su corazón se había alejado del Dios que estudiaban. Que Dios te confronte es una sorpresa, pero también es una muestra de su amor: te muestra cómo te estás apartando de él. Acerca tu corazón a Dios.
Alguien puede decirte que te ama mientras sus acciones demuestran lo contrario. Eso le pasaba a Israel, y a veces nos pasa a nosotros: decimos que Dios es lo primero, pero nuestra vida muestra que ocupa el último lugar. Decirle a Dios «tú eres el primero» es muy fácil. Son tus reacciones y tus acciones las que dan testimonio del lugar que él ocupa. Honra a Dios no solo con tus labios, sino con tus hechos.
Dios no espera perfectos, sino sinceros
Dios veía a un pueblo que actuaba como si lo adorara, pero no lo hacía con sinceridad. Si dieran premios a la actuación delante de Dios, muchos ganaríamos uno. Le gritas a tu esposa y afuera eres manso como paloma. Con tus hijos andas amargado y con tus amigos eres el más amable. Dios ve el corazón: ve si tus palabras están respaldadas por tus acciones.
Dios no te espera perfecto, pero sí sincero. No quería solo darle a su pueblo una victoria más: quería transformar su vida. Su misericordia es tan grande que te busca para decirte: «Hijo, quiero sacarte de las apariencias. No sigas diciendo que soy tu Dios mientras tienes otros dioses antes que yo. Quiero llevarte a una relación conmigo».
Dios promete intervenir, despertar, asombrar. Muchas veces la carne está muy despierta, con ganas de pelear, de enojarse, de tener la razón, de no rendirse; mientras el espíritu está cabeceando. Esa intervención no es castigo: es el amor de un Padre que interrumpe momentos de tu vida para que le prestes atención y pueda transformar lo que necesita ser transformado. Áreas donde has estado atado, Dios las puede liberar.
El Dios al que no puedes calcular
«Por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos». En medio de tus errores, Dios te sorprende, te da palabra, te despierta y te lleva a un nuevo nivel.
Versículo clave
«por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos.»
Isaías 29:14
Los sabios lo tenían todo calculado. Pero a Dios no lo puedes calcular. Es como el cumpleaños: calculas qué te van a regalar. Dios les decía: «Me quieren calcular, pero soy el Dios que da sorpresas. Ahora no vengo a añadirles, sino a transformarlos». Qué terrible sería recibir añadiduras sin haber sido transformado. Dios es un buen Padre: forma a sus hijos, los ama y luego les añade lo que ni imaginaron.
Dios te dio inteligencia. Pero cuando la inteligencia se mezcla con orgullo y autosuficiencia, crees saberlo todo. En algunos temas eres experto, pero no en todos. A veces encerramos a Dios en una estructura religiosa y lo dejamos fuera de nuestra vida. No es solo el Dios que conoces: es el Dios que experimentas mientras lees su palabra y aprendes de ella.
¿Cuántas veces has tenido que decir: «No entiendo esta etapa de mi matrimonio, no entiendo este negocio, no entiendo esta situación»? No te preocupes: Dios te va a sorprender. No solo te sacará de ahí; saldrás transformado, reconociendo que tienes un Padre y un Señor. En Isaías, Dios aparece como defensor, juez y restaurador: lo que te atormenta y parecía tan grande, él lo hace polvo en tus manos.
Es tiempo de crecer y madurar. No puedes pelear batallas de adulto con tácticas de adolescente. Deja que Dios confronte tu vida, busca crecer en su palabra, en la oración y en el discipulado. Primero Dios te transforma; luego te sorprende con lo que le has pedido.
Un día en la puerta la Hermosa
«Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo». Cada día, en el mismo lugar. A veces también nosotros permanecemos en el mismo lugar, no por una limitación física, sino por pensamientos y experiencias que convertimos en estilo de vida, aunque empiece un año nuevo.
Aquel hombre esperaba una limosna. Pero Dios no se limita a tus expectativas ni a las de otros. Quizá lo que esperabas no sucedió como pensabas; aun así, sigue esperando en Dios. Y no te victimices: Jesús, la mayor víctima de la historia, no se victimizó. Hay momentos en que otros te cargan, como cargaban a ese hombre; y luego Dios te levanta.
Lo que tengo te doy
«Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos». Levanta la mirada: tu solución no está en los hombres, sino en el Dios que ellos te presentan. Aquel hombre los miró esperando recibir algo. Ambos estaban abiertos a una sorpresa de Dios.
«Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda». El amor de Dios te permite dar una moneda, pero también te permite ver por la fe lo que alguien puede llegar a ser. Ninguna cantidad de dinero lo había levantado de ese lugar; lo que Pedro llevaba, sí.
«Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos». Dios afirma donde nada más puede hacerlo, y allí encuentras tu identidad. Habrá días en que extiendas tu mano para pedir ayuda, y Dios extienda la suya hacia ti. Y habrá días en que Dios use tu mano para levantar a alguien más.
Caminar fue el milagro; adorar, la mayor sorpresa
«Y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios». Eso no lo logra una religión: lo logra una relación con Dios, cuando el corazón se acerca a él. Queremos que Dios cambie la economía, las circunstancias y a las personas, pero a veces sin dejar que nos cambie a nosotros.
Caminar era disfrutar el milagro; adorar era disfrutar la relación con Dios. Esa es la doble sorpresa: que Dios sane el cuerpo y también el corazón, y sobre todo que nos dé salvación y vida eterna. No te definas por tus peores momentos ni por los errores de tu pasado: la misericordia de Dios es más grande. Mantente dispuesto a ser sorprendido, y acerca hoy tu corazón a él.


