Hay temporadas de avance desde adentro. Dios destruye caminos antiguos, seca arroyos del pasado, y transforma tu manera de pensar, de sentir y de ver. Muchas veces la mayor batalla es en la mente, frente a desafíos que te superan. Pero si miras atrás, puedes ver la fidelidad de Dios y su mano, a pesar de todo. Termina con gratitud.
Un cierre que sacia
Quizá pasaste por tragos amargos y te quedó ese sabor desagradable. Quizá atravesaste valles y desiertos, y te quedó sed por dentro. Dios no quiere que sus hijos terminen amargados, sedientos ni vacíos: quiere quitar lo amargo y llenarte. Recíbelo con fe: Dios te va a saciar.
La miel de la palabra
En la Biblia, la miel representa la bondad de Dios, su plenitud, su provisión y su bendición. «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca».
Versículo clave
«¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.»
Salmos 119:103
La palabra de Dios es tan poderosa que puede cambiar aun el sabor de tus temporadas. Quizá esta semana te dieron a beber hiel, recibiste una mala noticia o un trago amargo. Cada vez que escuchas la palabra de Dios, te queda un sabor dulce. Nada alimenta tu alma como su palabra.
La miel que trae claridad
En medio de una batalla, Saúl hizo jurar al pueblo que nadie comería pan hasta la tarde. El ejército estaba cansado, hambriento, agotado. En lugar de fortalecerlo, Saúl lo debilitó, y el pueblo quedó en angustia y confusión. Así quiere el enemigo traer confusión y agotamiento extremo a tu vida.
Jonatán no había oído el juramento, y metió la punta de su vara en un panal y probó un poco de miel. «Y fueron aclarados sus ojos». Y dijo: «Mi padre ha turbado el país. Ved ahora cómo han sido aclarados mis ojos, por haber gustado un poco de esta miel». La miel que Dios te da aclara tu visión. Quien llegó cansado puede salir con nuevas fuerzas, y quien llegó confundido, con claridad.
No recibas las conclusiones que el enemigo pronuncia sobre tu vida. No permitas que te siga contando sus historias. Él no sabe nada, y no tiene la última palabra: la tiene Dios. Dios no ha terminado contigo. Cuando dejas de escuchar al enemigo y recibes lo que Dios dice, la confusión se retira.
Miel donde menos se espera
Un león joven salió rugiendo contra Sansón, y el Espíritu de Jehová vino sobre él, y lo despedazó. Días después, cuando volvía para casarse, se apartó del camino para ver el cuerpo del león, «y he aquí que en el cuerpo del león había un enjambre de abejas, y un panal de miel». Tomó la miel en sus manos y la fue comiendo; y cuando alcanzó a su padre y a su madre, les dio también a ellos, pero no les dijo que la había sacado del cuerpo del león.
Versículo clave
«Y volviendo después de algunos días para tomarla, se apartó del camino para ver el cuerpo muerto del león; y he aquí que en el cuerpo del león había un enjambre de abejas, y un panal de miel.»
Jueces 14:8
No es normal encontrar un panal dentro de un cadáver. Esa es la enseñanza: de las luchas, de las batallas y de los momentos amenazantes, Dios puede sacar miel. Lo que el enemigo quería usar para destruirte, Dios lo usa para nutrirte, fortalecerte y levantarte.
Necesitas un cambio de perspectiva. Deja de mirar lo que te falta o lo que Dios no te dio, y empieza a ver lo que sí te ha dado y lo bueno que ha sido contigo. Sácale provecho a tu proceso. No todas las batallas traen destrucción: algunas traen revelación, fuerza y vigor. Hay leones muertos en tu historia que hoy te dan dulzura.
Del León de la tribu de Judá, que murió en la cruz, brotó la vida eterna, el perdón y la redención: miel para toda la humanidad. Donde pensabas que todo había terminado, Dios te prepara para la miel.
Dile a quien tienes al lado: «No eres el mismo». Las batallas no te destruyeron: te hicieron más fuerte, fortalecido en Dios. De esa adversidad puede salir dulzura para este tiempo. Solo es cuestión de tiempo. Dios tiene poder para convertir tus batallas en bendición.
Sansón compartió la miel con sus padres, pero no les habló del proceso. Cuando te sientes a la mesa con tu familia en las celebraciones, que la conversación no sea la amargura de lo que viviste, sino la dulzura que Dios te dio en medio de ello. Comparte la miel, no la hiel. Los procesos se viven en lo secreto entre Dios y tú; lo que brote de ti tiene que ser dulzura.
Deja las fuentes secas
Muchas veces bebemos de nuestras propias fuentes: nos adelantamos, sacamos conclusiones rápidas, inventamos nuestras propias historias. La mujer samaritana iba al pozo una y otra vez, siempre insatisfecha, hasta que Jesús le dijo: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás».
A veces Dios mismo seca el arroyo, como secó el arroyo de Querit, donde Elías bebía, porque se acercaba una transición. Esa incomodidad viene de Dios: te mueve hacia lo nuevo y te reubica en su diseño. No te aferres a la fuente que se secó.
Cuando Elías salió de Querit, lo primero que hizo fue pedirle a una viuda: «Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba». La transición despertó en él una nueva sed, y lo llevó a un nuevo milagro. Si te sientes incómodo y no sabes qué hacer, puede ser Dios moviéndote a una nueva temporada, para saciarte de una forma nueva.
Hoy Dios te dice: «Bien hecho. Peleaste tus batallas y me dejaste intervenir. Ahora te doy miel: quito lo amargo y te doy mi dulzura». Dios quiere darte miel y agua.
Jesús, la fuente de agua viva
En la fiesta de los tabernáculos se recordaba la provisión de Dios en el desierto: se derramaba agua y se encendían antorchas. «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva».
Las familias acampaban en enramadas, recordando cómo Dios los había sostenido en el desierto. Desde el estanque de Siloé se llevaba agua en una vasija de oro y se derramaba en el altar; y las antorchas recordaban la columna de fuego. Era una fiesta alegre, pero también una costumbre. Y en medio de ella, Jesús interrumpió.
Jesús rompió con lo acostumbrado en medio del ritual, porque la sed del alma no se sacia con esfuerzos humanos, rituales ni costumbres. Si nada de lo que has intentado con tus manos te llena, Jesús es la fuente de agua viva. Él es el León que murió para darnos miel.
No termines vacío, sino lleno; no con hiel, sino con dulzura. Recibe a Jesús como tu Señor y Salvador, la fuente de tu vida. Dile: «Señor, quita todo lo amargo. Tengo sed de ti. Lléname con tu palabra y con tu presencia».


