Dios te ha estado fortaleciendo. Pero también has pasado momentos en que todo parece sacudirse. ¿Qué sostiene tu fortaleza? ¿Y qué hace Dios cuando permite que seas zarandeado? La fuerza verdadera no se fabrica: se recibe de Dios.
El fundamento de la fortaleza: depender de Dios
«De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo». Un bebé no va al refrigerador a prepararse su leche: depende de su madre, que lo alimenta cada pocas horas. El fundamento de la fortaleza es depender de Dios.
Versículo clave
«De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza, A causa de tus enemigos, Para hacer callar al enemigo y al vengativo.»
Salmos 8:2
El mundo te enseña a ser autosuficiente: «Tú lo puedes todo; no dependas de nadie». El reino te enseña lo contrario. Si quieres fortaleza, depende de Dios cada día, cada segundo de tu vida. Saca de tu mente la idea de que tú mismo te fortaleces. Por más fuerte que seas, te enfermas, te cansas, te agotas. Solo hay uno que no se cansa, que nunca ha sido vencido, que te anima y te fortalece. «Separados de mí nada podéis hacer».
La dependencia se convierte en adoración
Una versión de este salmo dice que Dios enseñó a los pequeños a darle perfecta alabanza. Nadie es perfecto; pero cuando dependes del Dios perfecto, tu adoración sube perfecta. La adoración va más allá de una canción: es entregarle todo tu ser, y seguir dependiendo de él cuando sales a la calle, cuando tienes un negocio delante: «Señor, esto es tuyo; ¿qué dice tu palabra?». Esa dependencia es un aroma agradable a Dios, y avergüenza a tus enemigos.
No olvides de dónde viene tu fuerza
David mandó censar al pueblo. «Y fueron los de Israel ochocientos mil hombres fuertes que sacaban espada, y los de Judá quinientos mil hombres». Un gran ejército de guerreros probados. «Después que David hubo censado al pueblo, le pesó en su corazón». Había sustituido la confianza en Dios por las estadísticas. Su fuerza nunca había venido de los números, sino de una palabra de Dios.
El mayor problema es cuando ya no nos pesa en el corazón el error que cometemos, el corazón se endurece y encima creemos tener la razón. A David sí le pesó, y oró: «Yo he pecado gravemente por haber hecho esto; mas ahora, oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo, porque yo he hecho muy neciamente». Había intentado calcular a Dios.
El mundo funciona con estadísticas; Dios no. «Despide a la multitud: son cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños». Pero Dios no puede ser calculado: solo experimentado. Él rompe las estadísticas. La salvación misma no se calcula ni se paga en cuotas: es por precio de sangre. Cuando llega el temor, empiezas a contar con lo que nunca contaste, y te olvidas de contar con quien te ha dado tus mayores victorias. David solo había necesitado una honda y unas piedras: Dios era su armadura.
La era: donde Dios separa lo que sobra
«Y el ángel de Jehová ordenó a Gad que dijese a David que subiese y construyese un altar a Jehová en la era de Ornán jebuseo». La era era el lugar donde se trillaba el trigo: se sacudía y se separaba la paja del grano. Allí debía levantarse el altar. Todos tenemos algo que sacar, y Dios te invita a la era, a su altar, a dejar que su fuego consuma lo que ya no debe estar en tu vida.
Dios no quiere aliviarte; quiere libertarte. Por eso va a la raíz. Si cada fin de semana caes en lo mismo, hay una raíz por la cual esa conducta se repite, y en la era Dios te la muestra. Su fuego liberta cuando hay rendición. En la era se saca la paja y queda lo que alimenta: lo que de verdad produce fruto en tu vida y bendice a otros.
Dios le dijo a David que volviera a levantar un altar, para que no olvidara de dónde venía su fuerza. Hoy tú eres ese altar: puedes presentar tu cuerpo como sacrificio vivo cuando adoras. Vuelve al altar. Recuerda al Dios que adoras. Ninguna cifra puede darte la victoria; la fortaleza siempre ha estado en él.
Un altar que sí te cuesta
Ornán le dijo a David: «Tómala para ti, y haga mi señor el rey lo que bien le parezca; y aun los bueyes daré para el holocausto, y los trillos para leña, y trigo para la ofrenda; yo lo doy todo». ¡Qué corazón generoso! Pero David respondió: «No, sino que efectivamente la compraré por su justo precio; porque no tomaré para Jehová lo que es tuyo, ni sacrificaré holocausto que nada me cueste».
Es personal: nadie puede ir a la era por ti, y no puedes culpar a otros de tus errores. Lo que das a Dios debe nacer de un corazón correcto. Cada vez que das tu diezmo y tu ofrenda con alegría, es un altar: tu dinero se convierte en olor fragante. Si das refunfuñando o para obligar a Dios a hacerte rico, la iglesia lo recibe, pero Dios mira el corazón. Todos estamos expuestos a cometer errores; lo que no debemos es persistir en ellos. Como David, reconoce tu error y llévalo hoy delante de Dios.
Mejor zarandeado y fortalecido que cómodo y débil
La victoria es legítima cuando el proceso ha sido legítimo. No todo te saldrá bien, y seguir a Cristo no siempre es cómodo; pero «esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria». El esfuerzo y la fortaleza van de la mano: la fortaleza de Dios sostiene a quienes se esfuerzan.
No se trata de celebrar el dolor por sí mismo. Se trata de que tu fortaleza no descanse en estadísticas ni en la comodidad, sino en una confianza renovada en Dios. Cuando tus certezas se sacuden, revisa de qué estabas dependiendo, y pídele a Dios un corazón dispuesto a crecer.
Jesús ora por ti en la zaranda
«Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos».
Versículo clave
«Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo»
Lucas 22:31
Simón era como Pedro actuaba; Pedro era como Dios lo llamaba. El enemigo puede golpearte, pero nunca vencerá la oración de Jesús. Lo que vives en la zaranda no es el final: es la preparación para que, cuando vuelvas, fortalezcas a otros. Depende de Dios, deja que te lleve a la era, y sal fortalecido para bendecir a tus hermanos. Ora: «Señor, renuncio a mi autosuficiencia. Te necesito cada día. Saca de mí lo que sobra, y fortaléceme para fortalecer a otros».


