EN Oración
Serie Familia

Un día que todo cambia: la Palabra de Dios en la familia

Toma decisiones guiadas por la Palabra, hazle espacio en tu hogar y piensa en tus generaciones. Como la mujer sunamita y Rahab, confía en la misericordia de Dios y cierra la puerta a aquello que destruye.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
50 min

Hoy puede ser el día en que tomes decisiones distintas: un encuentro con Dios cambia el rumbo de una persona y de su familia. Quien recibe al Señor no olvida ese día, y descubre con los años que, en medio de sus imperfecciones, Dios ha estado con él, renovando sus fuerzas con paciencia y amor.

Sus misericordias son nuevas cada mañana. A la medianoche termina un día y comienza una nueva misericordia, aunque nosotros no siempre seamos tan pacientes. Aprovecha cada día para crecer y seguir la Palabra: persistir en lo que destruye no perjudica a Dios, te perjudica a ti.

Dios ya hizo su parte en Jesús: ha mostrado su amor, restaura y da fuerzas. A ti te corresponde asumir tu responsabilidad como hijo de Dios. La mujer sunamita vio pasar al profeta, reconoció que era un hombre de Dios y le propuso a su esposo prepararle un cuarto en la casa. Eso es abrir espacio para la Palabra en el hogar: el atractivo o las cualidades de una pareja no bastan para sostener una familia; hace falta Dios.

Versículo clave

«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.»

Deuteronomio 6:6-7

La sunamita era una mujer importante, no por su dinero ni por sus conexiones, sino por esforzada, valiente y dependiente de Dios. Permitió que Dios y su Palabra entraran en su hogar; no había podido tener hijos y llegó a vivir milagros. Cuando la Palabra de Dios entra en tu vida, hace lo que las palabras humanas no pueden hacer.

La tierra prometida no reemplaza a Dios

En Deuteronomio 6, los mandamientos se dirigen al pueblo, a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y la obediencia se une a días prolongados en una tierra que fluye leche y miel. ¡Hasta los nietos están incluidos! Si eres soltero, guarda la Palabra: Dios ya te ha bendecido, aunque a ti te toca elegir y tomar decisiones.

La tierra que el pueblo iba a poseer era buena, pero no podía sostener a una familia. Lo mismo vale para una casa o un buen carro: nada sustituye la obediencia a la Palabra. Una bendición puede convertirse en ídolo si adoras lo recibido y olvidas a quien te lo dio. Tu familia no se sostiene por la tierra, sino por Dios, su creador, y por escuchar y obedecer su Palabra.

Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y estas palabras estarán sobre tu corazón, porque el corazón engaña. Que aparezca primero un sentimiento, como el enojo, no significa que deba guiar tu respuesta. Cuando estés entusiasmado con un proyecto, busca a alguien con fruto en ese ámbito, que no esté emocionado y pueda decirte si estás equivocado. Todos necesitamos consejo: en la multitud de consejeros hay sabiduría.

Una buena intención puede convertirse en una mala decisión: quieres llevar a tu esposa a comprar ropa y almorzar, pero una respuesta que te molesta te hace pensar en gastar el dinero en ti mismo. Así actúa el corazón, y por eso la Palabra debe gobernarlo. El éxito también puede volverse adictivo: si tu identidad depende de tus logros, un fracaso te hará sentir la peor persona. No dejes que el orgullo ni los éxitos desplacen la Palabra.

Enseña diligentemente a tus hijos. Si eres soltero, prepárate desde ahora para formar generaciones diferentes. Conocer a Cristo cambia las generaciones, y hasta un desconocido puede notar la felicidad de un niño que crece en una familia que ama a Dios.

Una invitación que puede cambiar una familia

Una madre divorciada que ora y busca a Dios, y cuya vida se transforma, puede llevar a toda su familia a Cristo. Quizá la primera visita a la iglesia asusta y uno sale corriendo pensando que nunca volverá. Pero ella insiste, los invita a un grupo, y el día que llegan, todo cambia para ellos y para su familia.

Dios puede alcanzar también al padre y restaurar un matrimonio roto hasta que vuelvan a casarse y caminar de la mano. Bendice a quien te presentó a Cristo. La vida cristiana no es ausencia de desafíos: hay momentos difíciles, soledad, angustia y temores. La diferencia es que Dios está allí; no importa solo el lugar que atraviesas, sino el Dios que está contigo.

Haz de la mesa familiar un espacio para hablar de la Palabra. No sueñes solo con que tus hijos te acompañen a la iglesia, sino con que tengan un encuentro con Dios. Si te preocupa qué pasará con ellos cuando mueras, y conocen a Dios, tendrán esa herencia. Está bien dejarles una herencia material, pero la mayor es prepararlos para depender de Dios y atravesar con él la escasez o cualquier situación.

Habla de la Palabra estando en tu casa, andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes. Escríbela en los postes de tu casa y en tus puertas. Empieza por tu hogar, y que la vida de tu familia sea testimonio en la ciudad. No es una religión distante, sino una relación: dondequiera que vayas, manifiesta, habla y enseña la Palabra. Dios no ha terminado contigo ni con tu familia: aférrate a lo que él ha dicho.

Cuando alguien se acerca a Dios, puede que parte de su familia deje de hablarle o lo amenace con desheredarlo. La presión es fuerte, pero con el tiempo toda la familia puede llegar a conocer a Cristo. Alguien tiene que levantarse en la familia y dar el primer paso. Así lo hizo Rahab. Lee en casa Josué 2, y recuerda las piedras tomadas del Jordán como memorial para las generaciones.

Rahab: una decisión en medio del peligro

Muchos murieron en el desierto porque no tomaron la bendición y murmuraban en sus tiendas. Dios no necesita que lo obedezcas: eres tú quien necesita obedecer, porque la desobediencia te destruye. Ir a la iglesia o cumplir la Palabra no es un favor que le haces a Dios, sino tu respuesta al favor de la cruz, donde Jesús derramó su sangre. Dios vive y oye tus oraciones y tu adoración.

En Jericó, los espías estaban en peligro de ser capturados, y Rahab los escondió en la azotea de su casa. Ella había oído del Dios de Israel y sabía que el pueblo de Jericó estaba aterrorizado por lo que Dios había hecho por Israel. Rahab reconoció que Jehová es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra. A veces sientes temor frente al enemigo, cuando es el enemigo quien está aterrorizado por el Dios que vive en ti.

Rahab pidió que la salvaran. Los espías le dijeron que, cuando entraran en la tierra, atara el cordón de grana a la ventana por la cual los había descolgado, y reuniera en su casa a su padre, su madre, sus hermanos y toda la familia de su padre. Todos. Fue una oportunidad de salvación para toda la familia. Ese cordón rojo es una señal profética de la sangre de Cristo: perdón, misericordia, sanidad y restauración.

Versículo clave

«He aquí, cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste; y reunirás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre.»

Josué 2:18

No debe ser fácil salir de la prostitución, pero Rahab lo hizo. No confundas un estado emocional o una situación difícil con tu identidad: puedes pasar por distintos estados emocionales y seguir siendo hijo de Dios. Muchos veían a Rahab descalificada moral y socialmente, pero el pasado no es más poderoso que la sangre de Cristo. Rahab forma parte del linaje de Jesucristo: Dios ve el corazón, no solo lo exterior.

La bendición estaba delante de Rahab, pero ella tuvo que decidir. Estaba en un lugar bajo y era amada por Dios. No confundas el lugar que atraviesas con tu identidad: sigues siendo hijo de Dios, y Dios puede levantarte junto con tu familia. El cordón representa el amor de Dios y la sangre de Cristo, y la salvación de Rahab y de su familia llegó por su decisión de recibir a los espías y cumplir sus instrucciones.

Rahab tuvo que filtrar lo que quería para su vida. Cuántas razones habría tenido para llegar a donde estaba. Pero una decisión puede abrir paso a una generación distinta. Cuando ves a los niños adorar en la iglesia, ves generaciones en las que la Palabra de Dios está obrando.

Cerrar la puerta a lo que destruye

Que venir a adorar y recibir la Palabra sean tus prioridades. Rahab tuvo que escoger entre su propia opinión, la corriente de un mundo que llama blanco a lo negro y niega que sea pecado lo que sí lo es, y la Palabra de Dios. El pecado te destruye a ti, no afecta a Dios. Levántate a adorar y declara que hoy comienza una generación distinta.

Pide perdón por el pasado, transformación para el presente y bendición para el futuro. Rahab no fue obligada: decidió cambiar el rumbo de su historia. Se casó con Salmón y forma parte del linaje de Jesucristo. Si dispones tu vida y pones a Dios primero, él puede cambiar y transformar tu historia familiar.

Los espías le juraron a Rahab: si alguien dentro de su casa era herido, ellos serían responsables; si ella los denunciaba, quedarían libres del juramento. Ella aceptó y ató el cordón de grana a la ventana. Rahab tuvo que cerrar la puerta. Quizá sus antiguos clientes vinieron a llamar, pero cierra la puerta a lo que te destruye, aunque te prometa dinero.

No abras puertas que quizá después no puedas cerrar. Si ves televisión con tus hijas y aparecen escenas de sexo, adelántalas. Habrá quien diga que eres demasiado cuadrado, pero no se trata de agradar a la sociedad, sino de no abrir una puerta que puede hacer daño. Permanecer, a pesar de las imperfecciones de tu familia, es fruto de la misericordia de Dios: sin Dios, muchos matrimonios no seguirían en pie.

Si atraviesas una mala situación, Dios está contigo, aunque todavía no hayas salido de ella. Dios ve el panorama completo; tú ves solo lo que tienes delante. Quizá todavía no te has casado, pero un día podrías ver a tus nietos adorando a Dios y bendecir la decisión que tomas hoy. Tu casa no durará para siempre, pero si en ella se adoró, se predicó la Palabra y algunos recibieron a Jesús, eso permanecerá en tus generaciones.

La decisión y el legado para las generaciones

Dile que no a lo que ofrece el mundo, que no puede darte plenitud ni seguridad. Lleva la Palabra, habla de ella en el camino y al despertar, y diles a tus hijos quiénes son para Dios. Honra y bendice a tus padres. Una sola persona que un día decide reconocer que no puede vivir sin Dios puede cambiar a toda su descendencia.

Un hombre puede haber tenido éxito en los negocios y carros deportivos, y aun así llegar al punto de decir: «No puedo más; necesito al Dios del que me hablaron». Cuando alguien se rinde delante de Dios, aunque muera pocas horas después, puede partir con una sonrisa y sabiendo adónde va. No nos corresponde juzgar sus errores: la decisión de aceptar a Jesús cambia la eternidad y abre camino a generaciones diferentes.

Jesús vino del linaje de Rahab, y hoy tú también puedes aceptar a Jesús. Ya no es solo un cordón rojo: es la sangre derramada en la cruz del Calvario. Abre tu corazón, no como una repetición, sino como una confesión: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados, te abro mi corazón y te recibo como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas