El corazón humano anhela familia. Dios nos creó para el encuentro con él y con los demás, no para el aislamiento. Por eso el evangelio te invita a juntar las mesas: en la familia de Dios hay lugar para el publicano, para el de mala fama, para el que todos excluyen. No es del evangelio que alguien coma solo, ni que alguien se sienta excluido. Dios es un Dios que atrae con cuerdas de amor.
Hechos para la relación, heridos por el pecado
La familia es el lugar de tus primeras veces: la primera vez que fuiste amado, que fuiste escuchado, que hablaste en público. Cada familia construye su propia cultura: hay familias que expresan la alegría a gritos y otras en silencio; hay quienes expresan el enojo con la ley del hielo y otras con efectos especiales. Y luego se casan entre ellas. Lo que vives en tu familia te marca.
Desde Génesis 3, todo se complicó. El pecado rompió la relación con Dios: ya no había aquella comunión de deleite en el huerto. Rompió la forma de vernos a nosotros mismos: llegaron la vergüenza y la culpa, y aprendimos a fingir y cubrirnos con hojas de higuera, a vivir de apariencias. Y rompió la relación con el prójimo, empezando por la familia: «La mujer que me diste…». Desde entonces, culpamos al otro.
La cercanía tiene su precio: a quien tienes más cerca es a quien más puedes lastimar, aun sin querer. Y a la familia la medimos con una vara más alta: puedes ser comprensivo con una señora desconocida que trata mal a su hija, pero no con tu propia madre si te habla igual. El vínculo perfecto no es la sangre, sino el amor.
La Biblia no presenta familias perfectas. Te muestra hombres y mujeres que Dios ama, con sus errores, sus heridas y sus dinámicas familiares, sus pasos de fe y sus retrocesos. Y te dice: «Mira a Dios, cómo los ama, cómo los busca, cómo los bendice». Así cada familia que lees en la Biblia te llena de esperanza sobre la tuya.
Una casa con favoritismos y heridas
A Abraham, Dios le había dicho: «Serán benditas en ti todas las familias de la tierra». Dios nunca piensa en una sola persona: piensa en todas las familias. Pero la familia de Abraham tuvo sus complicaciones: Agar e Ismael; Isaac, engañado por su hijo Jacob cuando estaba ciego, con ayuda de su madre; Jacob, astuto y negociante, que también fue engañado por Labán. Jacob tenía varias esposas y muchos hijos, y Génesis lo describe sin aprobarlo.
«Y amaba Israel a José más que a todos sus hijos, porque lo había tenido en su vejez; y le hizo una túnica de diversos colores. Y viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente». Los sueños de José aumentaron aún más ese rencor. Mucho de lo que pasa entre hermanos es, en el fondo, un reclamo contra los padres.
Cuando falta carácter
Cuando vieron venir a José, sus hermanos dijeron: «Venid, y matémosle». Rubén intercedió: «No lo matemos… echadlo en esta cisterna», con la intención de devolverlo después a su padre. Su conciencia funcionaba, pero le faltó carácter para detener el plan. Esa presión de grupo también existe en la familia, en la escuela o en la oficina: sabes que algo está mal, pero no te atreves a decir que no. Un verdadero hermano tiene el carácter de proteger al otro.
Pero el Señor estaba con José
José acumuló la muerte de su madre, el rechazo de sus hermanos, la traición, la esclavitud y la injusticia. Sin embargo, la Escritura dice:
«Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio».
Versículo clave
«Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio.»
Génesis 39:2
Ese «mas» no borra el dolor: José seguramente extrañaba a su padre y se preguntaba por qué. Pero tu vida no la determinan el sufrimiento ni las ausencias, sino el Dios que está contigo. Puedes declarar sobre tu historia: «Me pasó esto y aquello, pero el Señor estaba conmigo».
Eso te obliga a repensar la prosperidad: no depende de las circunstancias, sino de que Dios esté contigo. José prosperó siendo esclavo, y prosperó en la cárcel, donde «Jehová estaba con José y le extendió su misericordia». No se quedó de brazos cruzados: trabajó con integridad, aunque quizá lloraba por las noches. Cuando Dios está contigo, aun el lugar más injusto puede convertirse en un lugar de bendición.
Dios obraba en toda la familia
El hambre llevó a los hermanos a Egipto, y sin saberlo se encontraron con José. Allí reconocieron su culpa: «Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos». Rubén se ofreció a responder por Benjamín, y Judá, el mismo que había propuesto vender a José, le dijo a su padre: «Yo te respondo por él». Eso es ser hermano: responder por el otro. Dios estaba transformando a toda la familia.
Cuando José se dio a conocer, les dijo: «No os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros». Dios no estaba mirando a los buenos y a los malos de la historia: miraba a una familia que quería salvar y transformar. Y al despedirlos, José les dijo: «No riñáis por el camino». En medio de conflictos y disfunciones, Dios obra en tu familia.
Quizá en tu familia hay heridas que todavía duelen: palabras que no se olvidan, ausencias, favoritismos, traiciones. No tienes que fingir que no pasaron. Pero puedes entregarlas a Dios, y pedirle que haga contigo lo que hizo con José: que te dé un corazón capaz de perdonar y de ver la mano de Dios en tu historia.
Jesús te hizo su familia
La historia de José apunta a Jesús: el Hijo amado del Padre, enviado a buscar a sus hermanos, rechazado, acusado injustamente, vendido por monedas de plata, y convertido en rescate por muchos. El sufrimiento de José salvó a su familia; el sufrimiento de Jesús te hizo parte de la familia de Dios. Por él puedes decir: «Padre nuestro».
«Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios».
Versículo clave
«Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios»
Efesios 2:19
Por eso la Escritura te llama a hacer bien a todos, «y mayormente a los de la familia de la fe». Recibir a Jesús te da una nueva familia que llena tus anhelos más profundos. Entrégale las grietas de tu familia, mira a tus padres y hermanos con una perspectiva nueva, y confía en que Dios no solo te transforma a ti: está obrando en toda tu casa.
Referencias bíblicas
- Génesis 37:3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 39:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 39:21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 45:4-5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 2:18-19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 2:9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Gálatas 6:10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 2:19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


