EN Oración
Serie Familia

Generaciones de fe: memorias que cuentan la fidelidad de Dios

La fe de David, Abraham, Zacarías y Timoteo nos llama a transmitir a las siguientes generaciones confianza en Dios, incluso en medio del dolor, la espera y la incertidumbre.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
44 min

Aunque todavía te consideres demasiado joven para formar una familia, prepárate: vas a tener una familia que hará historia. Donde está Jesús, hay historias diferentes. Hablamos de generaciones de fe: de impartir fe al corazón. Venimos de experiencias y procesos distintos, pero estamos juntos adorando a Dios y escuchando su palabra.

«Mi boca publicará tu justicia y tus hechos de salvación todo el día». David está impresionado por la salvación de Dios. ¿Cómo hace Dios justos a quienes son injustos? Por el sacrificio de Jesús y la sangre del Cordero. No somos justos por nuestras acciones: todos tomamos decisiones injustas y también sufrimos injusticias, pero Dios es justo.

Versículo clave

«Mi boca publicará tu justicia Y tus hechos de salvación todo el día, Aunque no sé su número.»

Salmos 71:15

«Vendré a los hechos poderosos de Jehová el Señor; haré memoria de tu justicia». Las obras de Dios son poderosas. Mira los procesos, desafíos e injusticias del presente con perspectiva de futuro: lo que hoy parece difícil o imposible de superar, un día será memoria. El dolor existe, pero esa memoria tiene un propósito generacional y llegará a ser un relato de la justicia y el poder de Dios.

David dice que Dios le enseñó desde su juventud, y le pide que no lo desampare aun en la vejez y las canas, hasta que anuncie su poder a la posteridad y su potencia a todos los que han de venir. Viejo en años, pero fuerte en la fe, tenía algo que transmitir. Pastoreó ovejas y llegó a ser rey; cometió errores y la misericordia de Dios lo visitó. Pero el héroe de su historia no es él: el centro son las obras y la justicia de Dios.

¿Qué les mostramos y qué les decimos a nuestras generaciones? Que tus hijos y tus nietos puedan contar que Dios se glorificó en una situación que para ti parecía imposible. Lo que era imposible para el abuelo o la madre no lo era para Dios, cuyo plan es perfecto. Dios no miraba solo a la persona que atravesaba el proceso, sino a la generación que venía detrás. Vive de modo que la historia que transmitas no sea solo la del problema, sino la de tu confianza en Dios.

Del dolor heredado a una memoria de victoria

Raquel, al morir, llamó a su hijo Benoni, «hijo de mi dolor», pero Jacob lo llamó Benjamín. El dolor vivido fue real, pero no tuvo la última palabra sobre la identidad de la siguiente generación. A veces, en lugar de transmitir la fe, los padres heredamos a nuestros hijos el dolor que estamos viviendo: «a mí me tocó muy duro», «a mí me fue muy mal». Un proceso difícil puede amargarte o frustrarte, y ese dolor puede terminar marcando lo que transmites.

Benjamín no debía llevar la marca del dolor, sino la marca de la fe que su familia tuvo en medio del dolor. Jacob sabía lo que era crecer bajo una influencia equivocada; luchó con el ángel hasta el amanecer, no lo soltó hasta recibir la bendición, y su nombre fue cambiado a Israel. Si tu historia familiar ha sido difícil, toma hoy decisiones para que surjan generaciones diferentes.

Hay dos maneras de contar una herida. Una familia puede convertirla en razón para odiar a otra, y enseñarle a un hijo a odiar por algo que ocurrió hace mucho tiempo. Si el relato se queda en el rencor, nunca llega a ser memoria de victoria. Si confías en Dios, la memoria se cuenta como victoria y bendición. David pudo haber escrito sobre las injusticias que vivió, pero proclamó el poder y la gloria de Dios. Que lo que vives hoy llegue a ser una memoria que honre al Rey todopoderoso.

Abraham: una promesa que alcanza a los descendientes

Abraham tenía noventa y nueve años cuando Dios le dijo: «Yo soy el Dios Todopoderoso». Por un lado, la edad y los límites de Abraham; por el otro, el poder de Dios. Quizá atraviesas un momento de imposibilidad y el año termina sin que hayas visto lo que esperabas, pero Dios no ha terminado contigo ni con tus generaciones.

«Anda delante de mí y sé perfecto». No se trata de ser perfecto en el sentido de no fallar nunca, sino íntegro. Puede costarte, pero ríndelo a Dios y avanza paso a paso. Reconocer lo que necesita cambiar es una muestra de madurez, y la integridad conduce a la libertad. Dios prometió confirmar su pacto y multiplicar la descendencia de Abraham, y Abraham se postró sobre su rostro, asombrado de que Dios le hablara.

El pacto no se limitaba a la vida de Abraham: sería padre de muchedumbre de gentes, y Dios sería su Dios y el de su descendencia. Cuida la palabra que has recibido, ora y cree, porque la promesa también tiene que ver con tus generaciones. Dios cambió el nombre de Abram, «padre enaltecido», a Abraham, «padre de multitudes»: define tu identidad a partir de lo que Dios dice. No pienses solo en tu vida, sino en lo que Dios puede hacer a través de ella.

Abraham esperaba un hijo, pero la promesa de Dios incluía generaciones, reyes y naciones. ¿Por qué llegó cuando tenía noventa y nueve años? Para que nadie pudiera atribuir el resultado a sus propias fuerzas, sino darle la gloria a Dios. Tus generaciones podrán reconocer que fue Dios. No te construyas un altar a ti mismo ni dejes a tus descendientes dependiendo de ti en lugar de Dios. La fe transmitida con el ejemplo sí es una herencia digna de imitar: benditos los abuelos, padres y madres que creyeron.

Dios dijo que sería el Dios de Abraham y de su descendencia después de él. Eso trae paz, aun sabiendo que no estarás presente junto a todos tus descendientes. Tu confianza está puesta en quién es Dios y en que él permanece con tus generaciones. Confía en Dios para el futuro de tu familia.

Versículo clave

«Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti.»

Génesis 17:7

La fe también se muestra al entregar

En Génesis 22, Dios le pide a Abraham que entregue a su hijo amado. Una cosa es cantar que todo le pertenece a Dios y otra es vivir una prueba de esa confianza. La fe no se mide por lo que obtienes con ella, sino por lo que sueltas cuando Dios te lo pide. Abraham creía que Dios podía levantar a su hijo aun de entre los muertos. Dios lo llamó su amigo, y el muchacho no fue sacrificado.

La fe no se mide solo por las obras visibles, sino también por lo que dejas ir y le entregas a Dios. La promesa sobre las generaciones preparó a Abraham para confiar en que estaban en las manos de Dios. Llevar a un hijo a ser sacrificado parecía una locura, pero Dios es un padre mejor que cualquier padre humano. La fe sostiene a una familia incluso en lo que resulta difícil de comprender.

Hay familias que atraviesan años de enfermedad: dolores tan fuertes que obligan a hospitalizar a alguien, tratamientos y médicos distintos, idas y venidas entre el hospital y la iglesia. Y aun así, quien sufre sigue adorando y sirviendo, sin darse por vencido. Las familias de quienes sirven en la iglesia no llegan cargadas por ángeles: también enfrentan luchas.

Adorar solo cuando todo sale bien no es la adoración a la que Dios nos llama: adora y sirve a Dios en lo que te toque atravesar. Ni la muerte ni la vida, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Seguir un día más inspira fe. No te des por vencido: el dolor de hoy puede ser la memoria de mañana, y la angustia, una victoria contada a tus hijos y a las generaciones que vienen.

Hijos de Dios y herederos de la promesa

Todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; los que fuimos bautizados en Cristo, de Cristo estamos revestidos. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer: todos somos uno en Cristo Jesús. Y si somos de Cristo, somos linaje de Abraham y herederos según la promesa. Celébralo: esa herencia también se transmite con el ejemplo.

Puedes tener expectativas altas, pero mantén tu mirada en Dios, que está por encima de cualquier expectativa. Si una expectativa falla, Dios no falla. Y esto no se limita a tu vida personal: alcanza a tus generaciones. La fe es la capacidad que Dios te da para recibir y crear lo que dice su palabra. Deja de actuar según lo que te rodea y empieza a actuar según lo que Dios ha dicho.

Imagina las rodillas de Abraham a los noventa y nueve años mientras le contaba la promesa a Sara. No actúes según lo que te rodea, sino según lo que Dios dijo. Si esperas un milagro y todavía no ha ocurrido, tu relación con Dios es más importante que el milagro que viene. El milagro pasará, pero Dios permanece. Tener fe para una sanidad es extraordinario; también lo es atravesar el día mientras llega, y seguir adorando, sirviendo y haciendo lo que te corresponde.

Zacarías: una oración escuchada en medio de la espera

Zacarías ejercía el sacerdocio en su turno en el templo. Un ángel se le apareció a la derecha del altar del incienso, y él se turbó y tuvo temor. El ángel le dijo: «No temas, porque tu oración ha sido oída», y le anunció que Elisabet le daría un hijo llamado Juan, que traería gozo y alegría a muchos. Zacarías preguntó cómo lo sabría, pues él era viejo y su mujer de edad avanzada. Como en la historia de Abraham, lo sobrenatural sorprende a quien está concentrado en las limitaciones naturales.

Zacarías estaba en el templo y se asustó al ver un ángel; cualquiera se habría asustado. Los temores se heredan: cuando a un niño se le repite constantemente «cuidado» y «no hagas esto», puede crecer creyendo que todo lo que emprenda terminará mal. Esa herencia es un cautiverio que impide disfrutar y emprender; Dios quiere formar generaciones de fe. «No temas» es una invitación a soltar la estructura religiosa y vivir una relación con el Dios todopoderoso que sorprende.

La demora no demuestra que Dios no te haya oído. Tu oración está guardada dentro del plan de Dios y llegará el día indicado. A veces la respuesta se manifiesta cuando ya no puedes producirla por ti mismo, para que la gloria y la honra sean de Dios. Que haya pasado tiempo no significa que Dios no haya escuchado: lo que quizá aún no ha ocurrido es su manifestación en tu vida. Sigue orando por tu esposo o tu esposa, por tus hijos y por tu generación: la oración es más grande que la resistencia.

«Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas». Las malas noticias pueden hacerte creer que Dios no te oye o no te ama, y entrenarte para esperar que la siguiente sea peor. Tu mente intentará averiguar cómo actuará Dios y limitará tu confianza. Aférrate a lo que Dios ha declarado, aunque no lo entiendas. La razón humana mira la vejez y la esterilidad; el espíritu sabe que Dios no falla.

La fe que se transmite con el ejemplo

Pablo recordaba la fe no fingida de Timoteo, que habitó primero en su abuela Loida y en su madre Eunice, y estaba seguro de que también estaba en él. Timoteo recibió una herencia espiritual familiar. Qué honor sería que un día tus descendientes te bendijeran por no rendirte ante la adversidad y por transmitirles algo más valioso que el oro: la fe.

Esa herencia no es solo decir «creo porque mis papás creen» o ir a la iglesia porque los padres lo mandan. Llega el momento en que la fe deja de ser prestada y se convierte en convicción propia. Tus hijos no necesitan ser convencidos solo con palabras: pueden experimentar a Dios. La fe de Loida y Eunice permaneció en Timoteo, y la historia que se cuenta en tu familia animará a tus generaciones cuando atraviesen sus propias pruebas.

Imagina a un padre que se levanta abatido y desconcertado por algo inesperado, y a su hija que lo espera con un cuaderno: «¿Por qué hay que dar gracias hoy?». Aun en medio del padecimiento, siempre hay algo por lo cual dar gracias. Y la niña a la que él le enseñó la palabra le dice que el Dios del que le hablaba, y que ella también ha experimentado, no los dejará. Es grandioso que un día los hijos levanten a sus padres y les recuerden, con las memorias que les contaron, que no deben darse por vencidos.

Aviva el fuego del don de Dios que está en ti, porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Aviva generaciones benditas y trabaja por ellas con fe. Pensar solo en ti mismo es egoísta: la bendición recibida en Cristo y las promesas de Abraham alcanzan a tu familia. Dios ensancha tu visión para incluir a tus descendientes. Dale gloria a Dios como familia.

Criar para honrar a Dios

Si criaste a tus hijos para ser médicos, abogados, deportistas o músicos, pero no para honrar y obedecer a Dios, fracasaste. Pero tus generaciones no van a fracasar. Si sientes que llegaste tarde porque tus hijos ya son grandes, Dios te sigue dando oportunidades: levántate a orar y a clamar por tus hijos y por tu familia.

Si eres joven, sé un buen médico o un buen profesional, pero sobre todo un buen adorador. Adorar no es solo cantar: también se adora con las acciones. En la fe de Loida y Eunice no aparece el padre griego de Timoteo: alguien tiene que levantarse en la familia. Honra a las mujeres que han guiado a sus familias a la iglesia y que han orado por ellas.

Un día peinarás canas y contarás las memorias de lo que hoy sientes que no puedes superar. Zacarías pidió un hijo, y nació Juan el Bautista. Cuando María y Elisabet se encontraron, la criatura saltó en el vientre: Juan reconoció que allí había alguien mayor. Esa es la influencia que necesitas en tu vida. Cree que hay generaciones benditas e imagina a tu familia adorando junta.

Benditos quienes abren brecha en sus hogares: en Jesús, tu historia y la de tus generaciones es diferente. Tus memorias quedarán marcadas por la gloria de Dios, no solo por lo que ocurrió, sino por lo que Dios hizo en medio de ello. Dios no pelea solo por tu vida, sino también por tus generaciones. Jesús dio su cuerpo y su sangre para darte una nueva generación: arrepiéntete y recíbelo como tu Señor y Salvador.

Referencias bíblicas