EN Oración
Serie Familia

Paz entre lo eterno y lo terrenal: aprender a contar nuestros días

Fuiste hecho para lo eterno, pero vives en lo temporal. Pídele a Dios, como Moisés, que te enseñe a contar tus días. Él siempre quiere hablar contigo. No acumules tesoros que se pierden, suelta el afán porque tu Padre sabe lo que necesitas, y deja de correr tras el viento: busca primero su reino.

Predicadora
Maya Alonzo
Publicada
Duración
58 min

Cada vez que termina un ciclo y comienza otro, recuerdas que vives entre dos planos: lo temporal, donde transcurre tu día a día, y lo eterno, para lo cual fuiste creado. Necesitas que Dios te enseñe a darle a cada uno su justo valor. Y nada más propio del evangelio que volver a comenzar: el evangelio no es una mejora continua, es nacer de nuevo. La misericordia de Dios se renueva cada mañana, y cada mañana puedes volver a empezar.

Piensa también en la iglesia perseguida en el mundo: hermanos que arriesgan la vida cada vez que se reúnen, mientras nosotros a veces nos quejamos del estacionamiento. Eso te ubica. Tu vida no corre peligro cada vez que te congregas; corre peligro cada vez que no lo haces.

Hecho para lo eterno, viviendo en lo temporal

Te gusta esta vida, y no está mal: lo que dura poco tiene su importancia. Pero «Dios ha puesto eternidad en el corazón» del hombre. Dios te deja pedacitos de eternidad en el camino, como migajas de pan: momentos de adoración en los que dices: «De aquí soy». Si no reconoces esos momentos eternos, empiezas a decir «de aquí soy» a cosas temporales, y tu alma se encariña con lo que no debe. Lo eterno no se puede publicar ni recibir aprobación en una pantalla; lo temporal sí.

Necesitas fe para el destino y fe para el camino; fe para lo grande y fe para lo cotidiano. David tuvo fe para vencer al gigante de afuera, pero no siempre para el gigante que llevaba dentro. Si no llevas fe para tu matrimonio, tu trabajo, tus estudios, tu nuevo año, ¿qué vas a celebrar? Lo que haces en esta vida tiene eco en la eternidad, y la eternidad también tiene eco aquí.

Enséñanos a contar nuestros días

Moisés vivió ciento veinte años: nació bajo un decreto de muerte, fue rescatado de las aguas, se crió en el palacio de Faraón, huyó a Madián, se encontró con Dios en la zarza, y pasó cuarenta años guiando a Israel en el desierto. Fue tan única su vida que Dios mismo lo sepultó. Ese hombre oró: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría».

Necesitas entender la brevedad de tu vida a la luz de la eternidad. Si supieras lo rápido que crecen los niños, los cargarías más. Lo que dura poco importa, pero nunca tanto como lo eterno; y lo eterno te ayuda a darle su justo valor a lo temporal. También puedes contar mal tus días: con los años, en lugar de volverte más sabio, volverte más necio y obstinado. Por eso pídele a Dios que te enseñe a contar.

¿Qué cuentas cuando haces el recuento de tu año? ¿De qué está llena tu narrativa: de ti mismo o de Dios, de lo temporal o de lo eterno? Lo que te cuentas sobre tu propia historia es muy importante. Necesitas que Dios te llene de su verdad cuando te cuentes esa historia, porque solo así vivirás una vida auténtica y no de apariencias.

Dios siempre quiere hablar contigo

La primera verdad para este nuevo tiempo es esta: Dios siempre quiere hablar contigo. Nadie en el mundo quiere hablar contigo tanto como él. A veces les cuentas algo a tus hijos y te dicen: «Ya me lo contaste tres veces». Dios nunca te dice: «Eso ya me lo contaste» ni «Eso ya me lo pediste». Hay padres a quienes solo se puede llegar con trofeos; a veces no le cuentas algo a tu madre para que no se preocupe. Con Dios no es así: «Platiquemos».

Jesús conversó con la samaritana, y con sus preguntas sacó a la luz una verdad que ella no le habría dicho a nadie. Dios le preguntó a Agar: «¿Qué tienes, Agar? No temas», aunque ya lo sabía. Y a los discípulos de Emaús, que iban tristes, Jesús les preguntó: «¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis?». Dios te hace preguntas para que pongas en tu boca la verdad.

A Dios le importa lo que sientes y lo que piensas, aunque no siempre sea verdad. David lo expresó en salmos llenos de miedo, frustración y soledad. Con un Padre así, tus emociones tienen dónde reposar y ser expresadas. Sentir delante de Dios es el primer paso de la sanidad emocional. Hoy es un buen momento para decirle: «Platiquemos», y contarle cómo te fue.

¿Dónde está tu tesoro?

«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo… Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Jesús pone tesoro frente a tesoro. ¿Estás atesorando lo que se puede robar y acabar, y descuidando lo que nadie te puede quitar?

Versículo clave

«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan»

Mateo 6:19

Acumular es no poder soltar. Y lo acumulado ocupa espacio en tu mente, en tu corazón y en tus lugares, hasta que la vida se vuelve pesada. Pregúntate qué estás acumulando que no es eterno: cosas, rencores, preocupaciones, compromisos que ya no corresponden.

Del afán a la confianza en el Padre

«No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo… vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?». Cuando la Biblia te hace una pregunta, respóndela. Preocuparte por lo que no te corresponde te roba la vida.

«Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas». A veces hemos llorado por cosas que Dios ya había resuelto. Y no siempre sabemos lo que necesitamos: Eva sintió que le faltaba algo en medio de la abundancia del huerto. Tu Padre sabe lo que necesitas mejor que tú.

No corras tras el viento

Eclesiastés habla de lo que sucede «debajo del sol», es decir, de lo temporal. «Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu». Lo pasajero te atrapa, y terminas corriendo tras el viento: algo que no se puede agarrar ni sirve para edificar. Hay relaciones, proyectos y asuntos que son correr tras el viento, y ese afán te desgasta.

Versículo clave

«Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.»

Eclesiastés 1:14

O sigues a Jesús, o corres tras el viento. Tu mente, tus emociones y tu memoria no siempre son confiables, y a veces tienes mal repartida tu confianza. Se trata de prioridades: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Cuando miras con perspectiva eterna, lo que parecía enorme se ve del tamaño que realmente tiene. Pídele a Dios que te enseñe a contar tus días, y entra a este nuevo tiempo con fe, con paz y con la mirada puesta en lo eterno.

Referencias bíblicas