Dile a la persona que tienes al lado que está creciendo en sabiduría. Quizá su esposa no lo haya notado todavía, pero tengan paciencia: vamos creciendo.
Una identidad que no depende de las circunstancias
Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión. Ese «hoy» sigue vivo para ti: Dios declara que te ama, que eres especial y que tiene promesas para tu vida. Tu voz interior puede llevarte a tratarte como víctima. Haber sufrido como víctima no es lo mismo que vivir en la victimización: en Cristo somos más que vencedores. Jesús padeció sin adoptar esa postura y llevó en la cruz las maldiciones de la humanidad.
No es lo mismo ser posesión de Dios que estar poseído por otras cosas. La sabiduría trae liberación cuando abres espacio a la palabra de Dios. Dios te bendice, pero la falta de sabiduría puede dejarte saqueado en tus sueños, en tu matrimonio y en el propósito que Dios tiene para ti. El enemigo vino para hurtar, matar y destruir: no dejes que la distracción o el desánimo te convenzan de que tu vida no tiene propósito.
Puedes llamar «mía» a tu esposa, pero todos pertenecemos a Dios. Los esposos se hablan con amor incluso cuando no están de acuerdo; Dios te seguirá amando cuando te equivoques y cuando aciertes, porque eres su posesión y entregó su sangre por ti. Pertenecer al pueblo de Dios es motivo de alegría.
Revisar quién influye en tu vida
Crecer en sabiduría incluye revisar tu entorno. Eres el resultado de las cinco personas que más influyen en tu vida. El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado. ¿Quién influye en ti? Se puede justificar una vida que ya se está desmoronando.
Versículo clave
«El que anda con sabios, sabio será; Mas el que se junta con necios será quebrantado.»
Proverbios 13:20
Escuchar un mensaje el domingo no compensa pasar de lunes a sábado expuesto a malas influencias. Estar actualizado no exige ver todos los noticieros: vive conectado con Dios y confía cada día en que dependes de él. Las malas noticias llegarán de todos modos. ¿Con quién te juntas? ¿Toleras influencias que te dañan por buscar aceptación? La palabra de Dios y el Espíritu Santo pueden llenarte de sabiduría y librarte de necesitar la aprobación de los demás.
Revisa hoy tus cinco influencias principales. Puede llegar el momento de renunciar a algo que parecía una bendición, pero que ya no lo es. Lo que te ayudó durante una temporada puede convertirse en esclavitud si te aferras a ello en lugar de depender de Dios.
Israel también tuvo que enfrentar influencias internas. En el desierto, Faraón ya no era el enemigo: los israelitas se dañaban unos a otros con sus murmuraciones. ¿Fue Dios o la influencia mutua lo que les impidió entrar en la tierra prometida? Dios da la bendición, pero cada uno escoge qué influencia recibe.
De los doce espías que reconocieron la tierra, diez regresaron hablando de gigantes y de que no podrían vencer, mientras Josué y Caleb animaban al pueblo a entrar porque Dios había prometido darles la tierra. Los diez influyeron en todo el pueblo y cambiaron la mentalidad de más de un millón y medio de personas. Más de cuarenta años después, Caleb aún decía que tenía las mismas fuerzas que cuando recibió la promesa. Mantén tu influencia puesta en Dios: busca la palabra, al Espíritu Santo y a personas que impulsen tu vida a un nuevo nivel.
Jacob: no ponerle al futuro el nombre del dolor
Jacob había crecido en sabiduría. Fue engañador y usurpador; huyó de Esaú y una noche durmió con una piedra como almohada. Allí soñó con una escalera por la que subían y descendían ángeles, despertó espiritualmente y reconoció: «Ciertamente Jehová está en este lugar». Hizo pacto con Dios, derramó aceite sobre la piedra y comenzó a vivir bajo una influencia distinta, con prioridades nuevas: ofrecer a Dios y saber que Dios estaría con él.
Cuando nació Benjamín, Raquel, con mucho dolor y al borde de la muerte, llamó al niño Benoni, «hijo de mi dolor». Jacob le cambió el nombre a Benjamín, «hijo de mi mano derecha», hijo de fortaleza. Imagina a una madre llamando «dolor» a su hijo cada día. No dejes que el dolor que atraviesas determine la identidad de quienes te rodean. Lo que sientes te influye: puedes aferrarte a la amargura y no perdonar, aunque Dios tiene gracia para ti y quiere transmitirla por medio tuyo. A Jacob también le dolía la pérdida de Raquel, pero no marcó al niño con el nombre del sufrimiento.
Jacob quería casarse con Raquel, pero Labán le dio a Lea, y Jacob lo descubrió al amanecer. Trabajó otros siete años por Raquel: catorce años en total. Aun así, no nombró a su hijo según lo que él y Raquel estaban viviendo, sino según lo que creía que Dios haría.
Jacob también había llevado el nombre de engañador hasta que tuvo un encuentro con Dios y recibió el nombre de Israel, aunque salió cojeando de aquel encuentro. No influyas en tus hijos desde el dolor del momento. No conviertas un mal momento en un estilo de vida. Habrá temporadas difíciles y momentos de victoria: crece en ambos.
Benjamín es comparado con un lobo, un animal leal, fiel a su pareja, de carácter y capaz de recorrer grandes distancias en la nieve, las montañas y los ríos. Permanece firme en Dios tanto en los tiempos difíciles como en los buenos.
José: dar fruto donde la vida te coloca
«Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro». Habrá un muro, y aun así José será fructífero. No siempre eliges la situación que te toca vivir, pero sí puedes elegir a Dios dentro de ella y dar fruto. Sé parte de una generación firme en el propósito de Dios: algunos son más usados precisamente en las áreas donde han sido atacados. El fruto se manifiesta en medio de las dificultades, aunque sientas temor; no permitas que el sufrimiento haga crecer tu miedo.
Versículo clave
«Rama fructífera es José, Rama fructífera junto a una fuente, Cuyos vástagos se extienden sobre el muro.»
Génesis 49:22
Hay quienes se convierten en «la banda de los funerales» porque, cuando nadie quiere ir a acompañar a una familia en duelo, ellos siempre dicen que sí. Y más tarde Dios los usa delante de multitudes para reprender espíritus de suicidio y de muerte. El Espíritu Santo usa de maneras inesperadas a quienes siguen adelante cuando otros no quieren hacerlo.
José recibió un sueño y después terminó en una cisterna. Quizá pensó que Dios lo había abandonado. Sus hermanos le quitaron la túnica, pero Dios le enseñó que su gracia lo acompañaba con túnica o sin ella. A veces lo que llamas abandono es entrenamiento: Dios no dejó a José; estaba formando su carácter para una etapa posterior.
Esa formación ordena tus prioridades y motivaciones. Quizá quieres comprar una casa, y Dios cambia tu prioridad: ya no buscas solo una propiedad, sino un hogar y la bendición de Dios. Puedes levantar una empresa con propósito. La sabiduría de Dios te permite ser fructífero aun cuando la vida no sale como esperabas.
José podría haberle preguntado a Dios por qué no le mostró la cisterna, la esclavitud en casa de Potifar o la prisión injusta cuando le dio el sueño. Dios le mostró el destino, pero no todos los pasos del proceso. Nadie podía detener lo que Dios había dicho sobre su vida, excepto él mismo si se amargaba, dejaba de llenarse de la sabiduría de Dios y no daba fruto.
Antes del primer año de hambre, José tuvo dos hijos con Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. Al mayor lo llamó Manasés, porque Dios le hizo olvidar su trabajo y toda la casa de su padre; al segundo, Efraín, porque Dios lo hizo fructificar en la tierra de su aflicción. Su esposa era egipcia y sus hijos nacieron en Egipto: prepárate para bendiciones inesperadas en lugares improbables.
Los espías trajeron un racimo de uvas tan grande que debían cargarlo entre dos. El fruto de la tierra se come y pasa; el fruto que desarrollas en el camino hacia las promesas de Dios es eterno. No te enfoques solo en que Dios te saque de inmediato del sufrimiento. Es natural querer alivio, pero Dios puede hacerte fructífero allí. Si negocias con Dios para que te saque de la cisterna y sales sin haber dado fruto, solo habrá cambiado lo de afuera.
El valor es interno. La apariencia cambia con los años, pero tu hombre interior se renueva de día en día por la palabra de Dios, que te llena de sabiduría. Dios puede colocarte en situaciones que necesitan de ti: si José no hubiera llegado a Egipto, una civilización habría muerto de hambre. No te desesperes: Dios te está formando, y el tiempo llegará.
José prosperó sirviendo en la casa de Potifar, y en la prisión notó que dos hombres estaban tristes. En lugar de hundirse en su propia situación, se interesó por ellos. El panadero soñó que las aves comían el pan de su canastillo, y José le anunció que moriría; el copero soñó con una vid, y José le dijo que volvería a su puesto. El copero se olvidó de José, que permaneció dos años más en prisión. Esos años no fueron pérdida, sino formación.
No midas el fruto por la casa o el dinero que posees. Fruto es lo que haces con lo que Dios pone en tus manos: si usas el dinero para destruir tu vida, no es fruto; si honras a Dios con tus recursos, das fruto. De la angustia y del sufrimiento puede salir algo productivo, y el fruto se manifiesta tanto en las dificultades como en los mejores tiempos.
Rendirse para que la caída no sea el final
Hay cosas que le has pedido a Dios que cambie y que aún no han cambiado, pero tú sí estás cambiando. ¿Estás bajo la influencia de tus circunstancias o de lo que Dios dice? Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.
No se trata de no caer nunca, sino de rendirte a Dios: reconocer las áreas que no le agradan y entregárselas. La clave no está en caer, sino en morir a lo que te mantiene caído. Hay quienes esperan ir al cielo, pero viven un infierno aquí en la tierra. Aprovecha cada caída para perdonar, sanar tu corazón, arrepentirte y abandonar la necedad que te hace caer una y otra vez.
El primer paso hacia la libertad es reconocer lo que no está bien en tu vida. Dale gracias a Jesús por su presencia y su fidelidad, y pídele al Espíritu Santo que siga obrando y que su influencia gobierne tu vida. Si te rindes, producirás fruto allí donde antes caías, y otras personas se beneficiarán de ese fruto.
Jesucristo es la semilla más preciosa, que murió en la cruz del Calvario para que tú puedas dar fruto. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».
Referencias bíblicas
- Deuteronomio 26:18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 13:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 49:22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 35:18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 41:50-52 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 12:24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Números 13:23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


