Una fotografía captura un instante. Puedes sonreír para la foto aunque minutos antes hayas discutido en casa. Pero Dios no toma una foto de tu vida: pinta un cuadro, con paciencia. Y si en ese cuadro hay una sonrisa, no es fingida: nace de adentro, de la transformación y de la alegría de que Dios está en ti. El problema es que muchas veces metemos la mano donde no nos corresponde, y hacemos garabatos en lo que solo él puede pintar. A ti te toca una parte; pero hay otra que solo Dios puede hacer. Es tiempo de un cambio de manos.
Humíllate bajo la mano poderosa de Dios
«Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo». Humillarse es una decisión tuya. Dios no dice que te va a humillar; te invita a rendirte. Es decirle: «Reconozco tu poder; mis manos son limitadas, las tuyas no». Y no solo el domingo, sino todos los días. Nadie puede orar para que se te vaya el orgullo: el orgullo se rinde.
Versículo clave
«Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo»
1 Pedro 5:6
Qué fácil nos resulta humillarnos ante la mano de alguien más, como si fuera Dios: haríamos cualquier cosa por conseguir un favor o un dinero. Pero todo aquello a lo que corras que no sea Dios, con el tiempo se seca. Cuando confías en las manos de Dios, prepárate para ver lo que todavía no has visto.
Manos extendidas todo el día
«Extendí mis manos todo el día a pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos». Andas por mal camino cuando tus pensamientos no están alineados con la palabra de Dios y aun así los sigues. Imagina a Jesús extendiendo sus manos hacia ti cada día: «Te he estado esperando todo el día, y ni siquiera me has buscado; sigues tus propios pensamientos». Hay manos que te esperan cada día.
Versículo clave
«Extendí mis manos todo el día a pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos»
Isaías 65:2
Israel le dio la espalda a Dios y ofreció sacrificios a dioses falsos, y aun así Dios seguía extendiendo sus manos: «Los amo; tengo lo mejor para ustedes». Cuántas veces, en tu rebeldía, has creído tener la razón y confiado más en tus manos que en su voluntad, cuando sus manos siempre traen su voluntad. La mejor obra no es la de tus manos, sino la obra de las manos de Dios a través de las tuyas.
«Y sabrán los egipcios que yo soy Jehová, cuando extienda mi mano sobre Egipto, y saque a los hijos de Israel de en medio de ellos». Que la adversidad, la enfermedad y la escasez que enfrentas sepan que la mano del Señor está extendida sobre tu vida. Cuando se extiende tu mano, haces lo posible; cuando se extiende la de Dios, sucede lo imposible, y aun quienes te rodean tendrán que reconocer que fue la mano de Dios.
Quizá has dicho: «Dios, no metas tu mano; yo lo resuelvo». Y luego viste cómo quedó tu cuadro, lleno de manchas. Pero su misericordia es tan grande que puede tomar tus garabatos y seguir pintando. Entrégale el pincel otra vez: tu matrimonio, tus hijos, tus finanzas, tu salud, tus decisiones. Sus manos saben lo que las tuyas no saben.
Un llamado y una flecha pulida
«Oídme, costas, y escuchad, pueblos lejanos: Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria». Aun en medio de la adversidad, el menosprecio o la vergüenza, puedes afirmar: «Dios me llamó; tengo un propósito». Dios pronunció tu nombre antes de que nacieras. Tu potencial es todavía un misterio que se irá revelando conforme maduras.
«Y puso mi boca como espada aguda, me cubrió con la sombra de su mano; y me puso por saeta bruñida, me guardó en su aljaba». Deja que Dios te convierta en lo que él dice que eres, no en lo que otros dicen de ti. Ser pulido no es cómodo, pero es de lo mejor que te puede pasar: una flecha pulida tiene propósito. No te resistas: estás en buenas manos. Y ten presente que solo Dios puede salvar a alguien; tú puedes ser de bendición, pero no eres el salvador de tu cónyuge, tu hijo o tu amigo.
No juzgues el proceso de nadie. A lo que tú llamas fracaso, quizá Dios le llama aljaba: lo está guardando y preparando, y lo lanzará cuando él quiera, adonde él quiera. El tiempo de Dios es perfecto, y sus manos no fallan.
Nada es en vano en las manos de Dios
«Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios». Quizá sientes que todo lo que has vivido fue inútil, que el proceso fue en vano. Pero nada es en vano en las manos de Dios. Puedes estar en su voluntad y no sentir a Dios; a veces sus manos se dejan sentir y a veces no, para que tu confianza no dependa de lo que sientes, sino de lo que crees. Aun el dolor que atraviesas dará fruto.
Ante la injusticia, quieres hacer justicia rápido, con tus propias manos, como cuando alguien se te atraviesa en el tráfico. Pero confía en la justicia de Dios, que es perfecta, y en su recompensa. Lo mismo con tus debilidades: no son para revolcarte en ellas ni para justificarte, sino para llevarlas delante de Dios. «Mi poder se perfecciona en la debilidad». Lo que en tus manos es debilidad, en las suyas puede convertirse en testimonio.
En el lugar secreto, Dios te guarda en lo íntimo de su presencia mientras te pule. Allí no siempre hay reconocimiento ni resultados visibles, pero allí se forma el carácter que sostendrá lo que viene. Quédate en sus manos, aunque el proceso sea silencioso, porque cuando llegue el momento, él sabrá exactamente hacia dónde lanzarte.
Dios no falla
«Con las nubes encubre la luz, y le manda no brillar, interponiendo aquellas». Otra traducción lo expresa así: Dios toma el relámpago entre sus manos y le ordena dar en el blanco. Tus manos pueden fallar; las suyas no. Por eso tu seguridad no está en el gobierno, en las ventas ni en los ahorros, sino solo en Dios. José parecía retroceder cada vez más —la cisterna, la esclavitud, la cárcel—, pero estaba en las manos de Dios, que no fallan.
«Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban». Dios se dio a conocer, y envió a Jesús a extender sus manos en la cruz. Esas manos marcadas por los clavos te dicen que hay salvación. Hoy puedes abrir tu corazón, reconocer a Jesús como tu Señor y Salvador, y poner tu vida en sus manos.
Referencias bíblicas
- 1 Pedro 5:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 65:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 65:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Éxodo 7:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 49:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 49:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Job 36:32 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


