La Biblia, de Génesis a Apocalipsis, es la historia de Dios salvando a su pueblo una y otra vez, y lo sigue haciendo hoy. Su amor es un amor comprometido: está comprometido a amarte y a rescatarte en los momentos difíciles.
Cuando se reveló a Moisés en la zarza, Dios no se presentó como Creador, aunque lo es, sino como Salvador: «Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha». Dios lo sabe todo: cada desierto, cada valle, cada temporada difícil que has atravesado. Como un rescatista —alguien entrenado para vigilar, prevenir y atender emergencias—, Dios cuida de ti.
Versículo clave
«Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias»
Éxodo 3:7
El rescatista vigila
En la playa, el rescatista está en su torre con binoculares, atento, sin distraerse. «Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres; desde el lugar de su morada miró sobre todos los moradores de la tierra». Dios se fija en ti; no le eres ajeno. Y no te vigila para castigarte: busca pecadores no para condenarlos, sino para salvarlos y sanarlos. Jesús vio a la multitud y tuvo compasión; vio a Zaqueo en el sicómoro; vio la fe de los cuatro amigos del paralítico; vio dos barcas junto al lago. El cielo ve tu constancia, tu obediencia, tu fe, y también tu dolor.
Cuando Dios te mira, no solo ve tu necesidad: ve tu propósito. Jesús miró a Simón, y vio a Pedro, la roca; miró a un pescador, y vio a un pescador de hombres. No vio sus defectos, sino lo que haría en él por su gracia. Lo que vives es temporal; más allá del valle, del desierto o de la crisis, Dios ve el propósito que tiene para ti.
Jesús llegó a la puerta de Naín al mismo tiempo que salía un cortejo fúnebre: el único hijo de una viuda. «Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro… y dijo: Joven, a ti te digo, levántate». Imagina a esa mujer, que ya había sepultado a su esposo, recorriendo otra vez el mismo camino de dolor: «Otra vez lo mismo». Pero Jesús irrumpió. Cuando sientes que vuelves a pasar por lo mismo, prepárate: el desenlace puede ser diferente. Dios le dice al enemigo: «Basta». Tus lágrimas y tus oraciones no han sido en vano.
Hay quienes, en una crisis económica, han obedecido una idea sencilla que Dios puso en su corazón —ofrecer un producto que nunca habían vendido—, y detrás de esa obediencia se abrieron puertas una tras otra. En cualquier momento Dios puede hablarte, revelarte algo e interrumpir una mala racha.
Dios no te ha perdido de vista. Él ve tu familia, tu trabajo y cada paso de fe que das. Observa tus actitudes y tus reacciones. No estás solo: el que te vigila no duerme ni se distrae. «He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel».
El rescatista previene
El rescatista lleva un silbato. Cuando ve una corriente que puede arrastrar a alguien, lo hace sonar. Eso hace Dios. La oración te pone en estado de alerta: «Velad y orad, para que no entréis en tentación». «Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia». Cuando abrazas la verdad de Dios, se convierte en una armadura. No abraces tu realidad —«es que no hay cura»—; abraza la verdad, y te protegerá de las corrientes que quieren destruirte.
La palabra es como los banderines de la playa. A veces la bandera es roja: cuidado con esa amistad, con esa situación, con ese contrato. A veces es verde: avanza, aunque todo parezca adverso, porque la puerta está abierta. «Lámpara es a mis pies tu palabra»: ilumina cada paso, no todo el camino, para que no te vuelvas autosuficiente. No salgas de casa sin haber oído a Dios. Lee la palabra, memorízala, declárala y créela.
«Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?». No dejes que las corrientes de la duda te arrastren. Nada impidió que Dios cumpliera su palabra en José: ni la cisterna, ni la acusación, ni la cárcel. «Pelea la buena batalla de la fe». Las batallas aparecen donde hay duda; por eso al enemigo le interesa que dudes. La duda te paraliza y te drena; la fe te hace avanzar con paso firme.
El rescatista atiende
Lo que mueve a Dios a lanzarse a rescatarte es su amor y su misericordia, que no tienen principio ni fin. Quien se está ahogando levanta los brazos y los agita pidiendo auxilio. A veces necesitas soltar el control y decir: «Señor, no pondré mi confianza en el dinero, en amistades, en una empresa ni en nadie; sueltos los falsos salvavidas; solo tú puedes rescatar mi matrimonio, sanarme y sacarme de esta crisis». Eso requiere humildad e integridad: dejar de aparentar que puedes solo, y reconocer delante de Dios que lo necesitas. El orgullo te hace seguir nadando contra la corriente hasta agotarte; la humildad reconoce su límite y pide ayuda a tiempo, antes de hundirse.
Quien ha sentido que una corriente lo arrastra mar adentro, sin fuerzas y sin nadie cerca que pueda alcanzarlo, entiende el valor de un rescatista. Cuando sientes que te ahogas y no hay salida, la misericordia de Dios te alcanza. No hay rescatista como él: llega a tiempo, nunca se cansa y nunca falla.
Un padre llevó a Jesús a su hijo, que no hablaba, sufría convulsiones y estaba atormentado por un espíritu desde niño: herida sobre herida. Los discípulos no habían podido ayudarlo. El padre, cansado, dijo: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos». Quizá este tiempo has tenido batalla tras batalla, y tu fe se ha desgastado. «Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad». Y Jesús liberó a su hijo. Levanta tus manos y clama: tu Rescatista te está mirando. Él puede hacer tres milagros a la vez, sanar herida sobre herida y devolverte la fe que se desgastó en la lucha. No te rindas en medio del mar: grita, cree, y deja que él te saque a la orilla.
Versículo clave
«Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.»
Marcos 9:23


