De Génesis a Apocalipsis, la Biblia es una historia de rescate: Dios rescata una y otra vez, y vuelve a hacerlo hoy. Recuérdale a tu corazón, a tu mente y a tu espíritu el plan de Dios, su bondad y su fidelidad.
En las películas, quien está perdido escribe «SOS» para que lo rescaten. ¿Cuántas veces habrías querido escribir esas letras en el techo de tu casa, pero te frenó la vergüenza de que los vecinos lo vieran? En el matrimonio o en el trabajo hay momentos en que piensas: «Dios, rescátame». Y cuando te preguntan cómo estás, respondes que todo está bien aunque estés atravesando un momento difícil.
Reconoce que necesitas ser rescatado de lo que piensas, de cómo actúas y de tus expectativas sobre lo que debería estar ocurriendo. Aunque no te atrevas a pedir el rescate, Dios ve el clamor de tu corazón y actúa.
Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres. Dios no mira buscando a quién destruir: mira porque ama a sus hijos y tiene un plan de rescate.
Versículo clave
«Desde los cielos miró Jehová; Vio a todos los hijos de los hombres»
Salmos 33:13
Una mujer no pidió en voz alta que la rescataran, aunque su corazón lo necesitaba. Si tu corazón fuera un proyector, a veces mostraría lo que intentas ocultar: la impaciencia cuando llega la suegra, el enojo con tu pareja o la duda, a mitad de semana, de que Dios te ame porque una palabra que recibiste aún no se ha cumplido. Puedes apagar un proyector, pero tu corazón sigue mostrando lo que hay dentro, y tu boca termina expresándolo.
Jesús ya estaba junto al pozo
Jesús vino a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José, y estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo; era como la hora sexta, casi mediodía, el momento de más calor. Vino una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber».
Jesús ya estaba allí antes de que llegara la mujer. Ese encuentro fue la respuesta al clamor que ella llevaba por dentro, aunque no lo hubiera dicho. La pregunta no es si Dios quiere rescatarte, sino si tú le permitirás hacerlo. Si sientes que Jesús tarda, quizá él ya te está esperando en el lugar al que quiere llevarte, y tú todavía no has llegado.
Los discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. ¿Por qué esa mujer fue al pozo al mediodía, cuando las mujeres solían ir por la tarde, al bajar el sol? Quizá por vergüenza: había tenido cinco maridos, y el hombre con quien vivía no era su marido. Tal vez quería evitar las miradas.
El mensaje de Jesús para ella fue: «No vine a juzgarte; vine a rescatarte, a bendecirte y a levantarte». Los discípulos pensaban en la comida; Jesús, en la necesidad de la mujer. Con frecuencia nos enfocamos en lo nuestro y no vemos la necesidad del otro. Jesús mira más profundamente y busca transformar una vida.
La mujer se sorprendió: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?». Porque judíos y samaritanos no se trataban entre sí; las diferencias venían de siglos atrás, y los judíos temían que las prácticas samaritanas los llevaran a adorar otros dioses. Pero Jesús no limita su rescate a una cultura: Dios quiere bendecir incluso a quien crees que no lo merece, hasta a la persona que te cae mal en la oficina.
Cuesta aceptar lo que no entendemos. Todos nos resistimos cuando las cosas no ocurren como esperábamos, pero eso no significa que no vengan de Dios. La mujer no esperaba que un judío atendiera su necesidad; Dios puede sorprenderte con las personas a quienes rescata.
Jesús respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva». ¿Sabes qué regalo tiene Dios para ti? Si alguien te anuncia un regalo, preguntas si es tu cumpleaños o tu aniversario. Pero mantente abierto a las sorpresas de Dios, que no necesariamente llegan en la fecha que tú elegiste.
En momentos frustrantes podemos cerrarnos a la posibilidad de que Dios nos sorprenda. No apagues la esperanza hasta el punto de no estar dispuesto a recibir algo inesperado. El hijo pródigo pasó necesidad cuando vino una gran hambre en aquella provincia, hasta desear las algarrobas de los cerdos. Dios puede usar incluso el hambre de toda una región para traer a un hijo de vuelta a casa.
A veces, por ayudar a alguien con buena intención, te interpones entre un pródigo y su Padre, y terminas comiendo algarrobas con él. Una ayuda sin dirección puede retrasar que esa persona acuda al Padre, que puede ayudarla para siempre; tú solo puedes ayudarla por unos días. Dios puede hacer lo necesario para rescatar a una persona. No juzgues la situación de nadie: no sabes si Dios ve en su corazón un clamor de rescate.
La fe no consiste solo en sentirte seguro, sino en permanecer dispuesto a que Dios te sorprenda. Tu seguridad está en Dios. La mujer le dijo: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?». Tú también habrías añadido más preguntas y conclusiones ante algo que no entendías.
«¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo?». La arrogancia muchas veces nace de la inseguridad. Se ve en la impaciencia en la gasolinera, en molestarte por la atención recibida o en responder «yo también hice uno» cuando alguien menciona su negocio. La mujer podría haber dicho simplemente: «Ayúdame».
Jacob durmió con una piedra como almohada, recibió una palabra de Dios y derramó aceite sobre la piedra. Hay quienes se quejan por lo poco que tienen, y hay quienes, aun con poco, levantan un altar y reconocen que lo eterno y glorioso viene de Dios. El rescate de Jacob y el de José estaban conectados con la historia de esta mujer: dentro del plan de Dios estaba que un día el Mesías, el Rey de reyes, se encontrara con ella junto a ese pozo.
Dios conoce la historia completa, incluso la de tus generaciones, y sigue rescatando ayer, hoy y mañana. El pozo era hondo, más de treinta metros, y no había cubo ni cuerda. Pero los límites visibles de una dificultad no limitan el poder de Dios para salvar, transformar, restaurar y bendecir.
Dios es el Señor de tus decepciones: no el Dios que decepciona, sino el que te acompaña en los días de decepción. Si el problema es más grande de lo que imaginabas, el poder de Dios también lo es: mucho mayor y más poderoso de lo que has imaginado.
Jesús le dijo: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna». Jesús no te ofrece un pozo más profundo, porque todo pozo tiene un límite. Te invita a acercarte al Dios que no tiene límites para amar, perdonar y rescatar.
Versículo clave
«mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.»
Juan 4:14
Hay una diferencia entre el agua que Jesús quiere darte y lo que tú buscas beber. Jesús quiere darte su presencia y su palabra; Dios trabaja en tu interior, más profundamente de lo que nadie puede ver. No busques solo cambios externos. Una casa, un carro, una cuenta bancaria, una pareja o los hijos pueden añadirse a tu vida, pero no pueden ocupar el lugar de Dios ni sostener tu corazón.
La mujer pidió esa agua para no tener que volver al pozo. Jesús le dijo: «Ve, llama a tu marido». Ella respondió: «No tengo marido». Dijo la verdad. Había tenido cinco maridos, y el que tenía no era su marido. Había intentado saciar su sed en otras personas. No es que las personas no puedan dar nada, sino que no poseen lo que solo Dios puede dar.
No hagas de tu pareja ni de tus hijos un ídolo, ni les pidas lo que no tienen. Hay artistas que han estado con muchas de las personas más hermosas del mundo y siguen fracasando: la belleza no puede saciar una sed cuya fuente es Dios. Si Dios llena tu vida, tu pareja será una bendición, pero no la fuente última de tu satisfacción.
Lo mismo vale para las posesiones. Construye y cree con fe, y celebra cuando recibas una casa, pero una casa más grande no garantiza que la sed no volverá. Tu estabilidad no está en lo próximo que adquieras, sino en Dios. Cuando Dios sacia tu vida, puedes disfrutar lo que te dio sin convertirlo en lo que te sostiene.
La verdad abre el camino a la libertad
«No tengo marido»: allí la mujer habló con integridad, y la integridad lleva a la humildad. Empezaba a entender: había buscado en otros lo que ahora estaba encontrando en Dios. Pregúntate cada mañana qué agua vas a beber: la que Dios te da o la que buscas por tu cuenta.
Lee la palabra de Dios cada día: es viva y siempre tiene algo nuevo, aunque la hayas leído muchas veces. Nosotros nos repetimos y nos volvemos monótonos; Dios te da una experiencia fresca. Ir al supermercado con hambre te lleva a comprar cosas que luego no quieres; si sales de casa saciado por Dios, podrás afrontar lo que el día te ofrezca sin aceptar cualquier sustituto.
Las malas noticias y las dificultades son reales, como el pozo profundo. Pero esa realidad tiene límite, y la frescura de Dios no. Su presencia te ofrece algo nuevo cada día.
Muchos samaritanos creyeron en él por la palabra de la mujer, que decía: «Me dijo todo lo que he hecho». Quizá lo que más la tocó fue que Jesús conocía todo lo que había hecho y, aun así, la amaba. ¡Qué distinto de quien lleva una lista de los errores de su pareja para reprochárselos! Ella fue conocida, y aun así recibió amor y rescate.
Pídele a Jesús que llene tu vida y calme tu sed: la sed de buscar salidas que aún no llegan, la de querer ser alguien cuando ya eres alguien en Dios, la que las adicciones prometen saciar sin lograrlo. Pídele que sacie tu vergüenza: Dios no se avergüenza de ti, porque Jesús pagó el precio en la cruz.
Jesús vino a rescatarte. No te sientas juzgado por tus errores, aunque hayan sido graves. No te des por vencido, porque Jesús no se ha dado por vencido contigo y sigue amándote. Ábrele tu corazón y habla con Dios con honestidad sobre lo que padeces: reconoce lo que no está bien y que no puedes cambiarlo solo, pero sí caminar de su mano.
La verdad es el camino a la libertad. El orgullo te mantiene a la defensiva, aferrado a lo que te deja sediento; la humildad te lleva a beber del agua que sacia. Confiesa con tu boca que Jesús es el Señor, no como una repetición, sino desde tu corazón. Pide perdón por tus pecados, ábrele tu corazón y dile: «Tengo sed de ti».
Referencias bíblicas
- Juan 4:5-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:9-10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:11-14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:16-18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:39 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 15:14-16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 33:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


